El espacio entre nosotros 48. Maeve
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48. Maeve

Maeve

No había adónde ir, adónde huir. El nerviosismo había tensado todos los músculos de Jude, la piel sobrecalentada donde se separaba de la de ella por unos escasos hilos.

Olía a sangre y sudor y cenizas, y ella lo amaba.

Maeve lo amaba , y el amor le daba un peso a su decisión.

No había límites, nada que no fuese a sacrificar. Haría lo que fuera para protegerlo.

Lo que fuera.

Soltó la cintura de Jude y caminó hacia Ezra, ignorando el susurro frenético de su nombre por parte de Jude, los dedos que le resbalaban por la muñeca.

—Me alegra tanto que nos encontraras —exclamó, usando una voz aguda, como si hubiese estado esperando que Ezra viniera y la salvara.

—¿Maeve? —repuso Ezra—. ¿Eres tú? ¿Estás bien?

La falsa dulzura en su voz le escoció. Sus pasos hacían eco en la habitación de techos altos.

No sabía cuál era su plan, solo que tenía que detener a Ezra antes de que llegara a Jude.

Se acercó más, cerró las manos en un puño a sus costados.

Estaba indefensa. Podía enfrentarlo, mirarlo a los ojos y decirle que no obedecería a la Abadía, no haría lo que siempre hacía, no bajaría el mentón ni diría sí a cualquier cosa que le pidiese.

Ya no era esa persona. Quizá nunca lo había sido.

Ezra se encontró con ella en medio de la habitación. La vela que llevaba en la mano se consumía y le arrojaba oleadas de sombras profundas sobre el rostro. La expresión que tenía en los ojos era inconfundible. Una que había visto diluida en breves instantes, nunca en su totalidad.

Furia ... Y estaba lista para estallar.

Maeve se quedó quieta. Llevó la mirada furtivamente a la mano derecha de Ezra, que estaba cerrada justo debajo de su garganta.

Un destello plateado brillaba entre sus dedos.

Ella dio un paso tambaleante hacia atrás, la detuvo una ola brillante de dolor que le oprimió la cabeza.

En algún lugar lejos detrás de ella, Jude inhaló con fuerza.

Antes de que pudiera dar otro paso, antes de que pudiera correr hacia Jude y cubrirlo con su cuerpo, Ezra la atacó con la palma de la mano abierta. La reliquia brilló metálica en su mano, también abierta para dejar ver un mechón de pelo claro.

Se le nubló la vista cuando una luz dorada la cubrió antes de que el dolor le partiera la cabeza.

No hubo pelea, su mundo se desvaneció a negro.