47. Jude
Jude
Unas manos apoyadas sobre su corazón intentaban calmar sus frenéticos latidos. Le presionaban la punta de la nariz y detrás de los párpados. Contra los labios y debajo de la lengua. Sabía a sal y a hierro y a ella.
Tenía los ojos abiertos, aunque una blancura lo rodeaba como un plumón. Era casi reconfortante, pensó. Pero no se quedaría así. Nada abrumador lo hacía.
Por medio instante trémulo, creyó que Ezra había regresado a acabar con él.
Y entonces oyó la voz de ella.
—Jude... —Su voz estaba amortiguada y mojada; su contacto, frenético; la presión de su cuerpo, inquebrantable.
Intentó mover los labios, responderle, asegurarle que estaba bien.
Él siempre estaba bien. ¿Con cuánta frecuencia se había mirado al espejo y se había dicho esas mismas palabras?
¿Cuántos rostros había visto devolviéndole la mirada?
Recordaba haber visto un niño una vez. Libre del peso de las expectativas.
Luego, un acólito. Un muchacho con los hombros demasiado cargados para que su cuerpo joven pudiese soportarlo.
Si Jude tuviese que mirarse al espejo ahora, ¿quién estaría allí para recibirlo?
Un santo, un exiliado, un mártir... Un tríptico impío armado para luchar en una guerra santa.
Se le crisparon los dedos. Buscando. Las manos frías de ella encontraron las suyas.
«¿Por qué estás fría? No deberías estar fría. Te di mi bufanda.»
Una tela suave le frotó la cara para limpiarle la sangre de la nariz. Parpadeó, despacio al principio, luego más rápido cuanto más seguía borroneándole la vista la neblina blanca. Quizá ella fuese un sueño, enviada para obsesionarlo, torturarlo como el dolor nunca podía.
—Maeve —balbuceó. Le chorreaba sangre fresca por el mentón desde la nariz—. ¿Eres tú? ¿Estás... estás realmente aquí? —Una tos húmeda le cortó la voz—. No puedo ver. Mi mentor me dejó ciego de algún modo. No puedo ver. Nada. Solo blanco.
—Jude... —Maeve se atragantó. Levantó la mano de Jude y la llevó hasta su cara para dejar que él pudiera sentir los contornos familiares. Jude deslizó los dedos por su trenza, sintió el peso sedoso.
Ella era real. Estaba aquí .
Lo acarició con los dedos debajo de los ojos, trazando la línea de las pestañas, luego los deslizó hacia abajo por el rostro. ¿Estaba pensando en lo que había pasado entre ellos en la posada? ¿Recordaba ella cómo había rogado, cómo él había huido?
Le rozó el labio inferior y Jude pensó que sí.
Volvió a toser, luchando para liberar su voz. Tenía que hablarle de Ezra antes de que se dijesen ninguna otra cosa el uno al otro. Nada era más importante.
—Mi mentor, tu mentor... Ezra. Es Ezra, Maeve. Él fue quien... quien...
Se le cortó la voz. La mano apoyada en su hombro convulsionó.
—Lo sé —repuso ella—. Bueno, en parte. Lo vi salir de aquí y pensé que quizá...
quizá había sido quien te había capturado.
Pero que él sea nuestro mentor... —Un chasquido le salió de la garganta—.
Supongo que tiene sentido, ¿no? —Dejó escapar un suspiro, cansado y abrumado al mismo tiempo—.
Mierda. Mierda. No hay inocencia en la complicidad, ¿cierto?
Nunca la había oído decir palabrotas. Le hubiese hecho gracia si no fuera por el dolor que le atravesaba la voz.
Se frotó los ojos con las manos y también debajo de la nariz, para limpiarse la sangre.
La neblina que le cubría la vista no cedía.
Hubiese dado lo que fuera por ver su cara en este momento.
—Es más que solo cómplice —sostuvo Jude—. Es un instigador. En verdad cree en todo lo que la Abadía defiende. La manipulación de la memoria, engañar a la congregación para que crean que las plegarias son respondidas, exiliar a los santos; en todo eso.
—Odio eso —dijo Maeve, el veneno denso en su voz—. Lo odio tanto, Jude. La Abadía y sus mentiras constantes. Cuán profundo es el daño. Solo quiero ser libre.
Jude asintió con la cabeza, deseando más que ninguna otra cosa poder ver su expresión.
Cuando Maeve volvió a hablar, no fue lo que él esperaba.
—¿Puedo intentar algo? —Le tocó el rostro, un dedo le presionaba con suavidad debajo de cada ojo—. No sé si va a funcionar, pero tengo una idea para que recuperes la vista.
¿Cómo podía decirle que a ella le confiaría todo? Su vista, su corazón, su vida.
No podía. Solo pudo asentir con la cabeza.
Ella se acercó más. La punta de su nariz fría le tocó las mejillas antes de que lo hiciera su boca. Lo besó justo debajo de la oreja. Aire fresco. Luz del sol. Caminatas en los páramos y dedos cubiertos de pintura. Él estiró el cuello, siguiendo la boca de Maeve cuando ella se apartó.
—Lo siento —susurró ella—. Es solo que te he echado de menos.
—No. No te disculpes. Necesito decirte..., sobre la posada...
—Ahora no —lo interrumpió—. Por favor. No puedo... —Una inhalación apagada—. Necesito concentrarme.
Él se frotó los labios entre sí, atrapando las palabras detrás de ellos.
—Bien... —El roce de una tela—. ¿Funcionará? Si yo... —Maeve siguió murmurando mientras se inclinaba sobre él, con un brazo apoyado al lado de su cuello rozando su piel. Él sintió un escalofrío—. Cierra los ojos.
Ella le apoyó las yemas de los dedos sobre los párpados cerrados. No pasó nada el tiempo suficiente como para que él comenzara a moverse y preguntarse si se suponía que debía hacer algo.
—No te muevas —lo regañó. Su voz sonaba cansada—. Ya casi...
Ella soltó un gritó aspirado y el mundo de Jude explotó de oro, un estallido que duró menos de un segundo cegador antes de que el blanco se desvaneciera como la bruma sobre la costa.
Parpadeó y dejó los ojos abiertos cuando ella apartó la mano de su cara.
El techo se abrió encima de él, oscuro e infinito.
El rostro de Maeve apareció, perfecto en todos sus ángulos.
Lo había logrado.
Sonrió y el corazón de Jude se rompió un poquito más.
—¿Ha funcionado?
—¿Cómo? ¿Cómo lo has hecho? —Siguió mirándola. No podía evitarlo.
—No era que tuvieras la vista dañada. Era que tu cuerpo no podía recordar cómo ver —explicó Maeve—.
Como cuando yo no pude ver durante algunos minutos en la iglesia del señor Peters.
De algún modo, Ezra hizo que creyeras que habías perdido la vista.
Alteró tu percepción de la vista. Solo quité el bloqueo, por así decirlo.
Jude se frotó el ojo con el dorso de la mano.
—Pero... ¿cómo?
—Encontré el ícono que tenían de mí y lo quemé —respondió—. Siento mi magia más cerca de la superficie ahora. Más accesible. Como si pudiera usarla si quisiera. No del todo... pero más.
Sacudió la cabeza, una luz parpadeó contra su rostro. A la vela le quedaban unos dos centímetros de cera. Solo unos pocos minutos antes de que se apagara, o menos. La desesperanza le talló los rasgos en piedra cuando sus ojos encontraron los de él.
—¿Acaso importa que lo hayamos descifrado? La puerta se ha trabado nada más entrar. Estamos atascados aquí dentro. Atrapados. El Llamado al Sol es al amanecer.
Jude se empujó sobre los codos, le envolvió la cintura con un brazo y la atrajo a su lado.
—Nos iremos —le dijo al oído, sin querer pronunciar sus sospechas de que lo último que quería la Abadía era que ellos se perdieran el Llamado—. Romperemos la puerta o encontraremos otra manera. Lo prometo.
Maeve resopló un suspiro incrédulo. Tenía la nariz fría donde le presionaba el cuello. Justo cuando estaba a punto de acercarse más, de decirle cuánto se alegraba de verla, cuánto lamentaba haberla metido en este lío, ella se apartó y le apoyó una mano en el brazo.
—Lamento tanto lo de Elden. No tenía ni idea. Jamás se me ocurrió ... —Se le entrecortó la voz con dolor—. No es culpa tuya, Jude. Las elecciones que hizo para traicionarte las decidió largo tiempo atrás. Nada de lo que hiciste podría haberlo detenido ni alentado el camino que tomó.
Él cerró los ojos. Sus palabras fueron como un bálsamo que calmó la quemadura que había debajo. Si se permitía sentir todo el dolor de la traición de Elden, jamás se recuperaría, y ahora no era el momento.
—¿Lo viste? —preguntó, con los ojos todavía cerrados—. Después de que... me llevaran. ¿Nos siguió?
—No. —Le pasó un dedo por la mandíbula, un ir y venir tranquilizador—. No sé adónde fue. No estaba bien. Vomitaba y se tambaleaba. Era... extraño.
Jude abrió los ojos.
—¿Extraño cómo?
De repente, la vela se extinguió. La negrura los invadió desde todos lados.
Maeve inhaló con fuerza.
—Debemos irnos.
Un dolor se disparó por las piernas de Jude y permaneció detrás de sus rodillas cuando comenzaba a ponerse lentamente de pie. Se mordió la lengua para evitar un quejido. El dolor fue menguando cuanto más firme permanecía, como si estuviera drenándose hacia el suelo debajo de él.
—No es... —inhaló con fuerza— tan malo como creí.
Maeve soltó un sonido de desacuerdo, se pasó uno de sus brazos por encima del hombro y lo estabilizó poniéndole una mano sobre la parte baja del abdomen. Su contacto era cálido a través de su jersey.
De repente, un chirrido bajo se movió a través de la oscuridad. Ambos se quedaron quietos.
—¿Qué ha sido eso? —susurró Maeve.
La negrura penetrante de la habitación se quebró cuando un tajo de luz atravesó el suelo.
En una lenta revelación, una silueta emergió de la puerta, ahora abierta.
Jude se tensó, atrajo a Maeve hacia él. Dio un paso atrás, luego otro, lo paralizó una nueva oleada de dolor en la nuca, que se acumuló alrededor de sus mandíbulas.
Maeve inhaló con fuerza cuando la figura en el umbral se acercó, sus rasgos de repente se hicieron nítidos en relieve.
La mano que le apoyaba en la cintura se sacudió.
Antes de que él pudiera detenerla, salió de debajo de su brazo y fue directa hacia Ezra.