El espacio entre nosotros 46. Maeve #2
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46. Maeve #2

Ezra levantó la vista. Sus ojos claros registraron el pasillo y pasaron sobre el nicho donde Maeve estaba escondida. Levantó el mentón mientras olfateaba el aire. Ella cerró las manos en puños cuando él se movió hacia ella, con la mirada fija en la puerta del depósito abierta a su derecha.

Si entraba allí, si veía los íconos quemados... Maeve no tenía ninguna duda de que él sabría que ella estaba aquí y qué planeaban hacer. Pero si intentaba detenerlo, él la encontraría aún más rápido.

No tenía otra opción que dejar que descubriera los íconos y huir mientras él estuviera ocupado con eso.

Cerró los ojos con fuerza y giró con el rostro hacia la pared mientras él pasaba. La puerta del depósito se cerró con un chasquido detrás de él.

Tenía minutos, o ni eso.

Tan silenciosamente como pudo, Maeve se escabulló del nicho y se dirigió a la puerta por la que Ezra acababa de salir.

Los sonidos tenues de los cantos provenían de la basílica, pero de algún modo sabía que Jude no estaría ahí todavía.

Si querían usarlo para el Llamado al Sol, lo esconderían hasta el momento final para crear el mayor impacto sobre la multitud ya enfervorecida.

La mano se le quedó congelada sobre el picaporte por un doloroso instante que duró un latido. Las manchas rojizas en el hábito de Ezra... eran de sangre, ¿cierto? Y las reliquias que llevaba al cuello...

¿Acababa de venir de ver a Jude? ¿Era Ezra responsable de su captura?

Apartó la pregunta junto con todas las demás, dejó que fermentaran en su estómago y la impulsaran y empujó la puerta para abrirla. ¿Qué era una traición más en medio de los escombros de su vida entera?

La puerta se abrió a un pasillo angosto interrumpido por un vitral estrecho.

Arrancó una vela encendida de uno de los candeleros de pared y la usó para iluminar su camino.

Al final del pasillo había una sola puerta que, según lo que recordaba de la disposición de la Abadía, llevaba al aula más grande en el ala oeste.

No había estado allí en años, pero recordaba el enorme espacio de piedra y las ventanas brillantes, las voces de los acólitos haciendo eco contra los techos arqueados.

El picaporte giró con facilidad, la puerta se impulsó hacia delante a una habitación oscurecida. La vela no hizo demasiado por penetrar la densa negrura. El aire le llenó la boca de sabor a sal, que cubría algo dulzón y metálico. Tragó una oleada ácida de náuseas.

Algo no estaba bien. Lo sentía en los huesos.

Maeve se giró, su propia trenza le azotó la cara. El sonido de sus zapatos y la intensa inhalación de su respiración avivaron el espacio. Patinó y se detuvo frente a la puerta.

Se había cerrado detrás de ella.

Dejó la vela a sus pies y pasó las manos por el borde del marco, buscando el picaporte. Sus dedos tanteadores encontraron el trozo de madera ahuecado, el pinchazo afilado del metal desfigurado.

Faltaba el picaporte, lo que dejaba la puerta trabada tras cerrarse.

Se arrodilló para examinar el reflejo pálido de la madera cruda en la base de la puerta. Había rasguños gruesos, profundos, marcados en la madera, espaciados de forma regular en cinco largas líneas. La forma era familiar...

Alzó la mano, sus dedos cabían en la forma de las marcas.

Humanas.

El miedo le clavó los dientes. Los rasguños continuaban en el borde, en ranuras profundas, dolorosas, como si quien las hubiese hecho estuviera dispuesto a sacrificar vida y extremidad con tal de que la puerta tan solo se abriera.

La luz de la vela captó un destello iridiscente.

La madera alrededor de la esquina superior izquierda estaba astillada, faltaba la punta.

Incrustada entre las fibras había una media luna irregular, transparente y delicada, con el borde oscurecido por una capa roja.

Maeve se tapó la boca.

Una uña.

Tenía que salir de aquí.

Se puso de pie, giró de nuevo hacia la extensión ennegrecida de la habitación.

El espacio cavernoso era una incógnita, pero era mejor que la puerta.

Avanzó deprisa, ahuecando una mano alrededor de la vela.

El calor le quemó la palma. Sus pasos hacían eco a través del espacio extenso, como pulsaciones.

Algo patinó a su izquierda.

Se detuvo.

Le ardían los pulmones.

—¿Jude? —llamó, con un hilo de voz débil.

El silencio palpitó en respuesta. Alzó la vela para que brillara hacia donde había oído el ruido, medio convencida de que su cerebro aterrorizado lo había imaginado. Pero no...

Ahí estaba otra vez. Un ligero raspado, como una tela contra una piedra.

Maeve se abrió paso con cuidado. Una negrura como de tinta se separaba alrededor de ella. A través de la sombra, distinguió la forma de algo desplomado. La luz de la vela dio sobre una curva pálida.

Un brazo. Estaba mirando un brazo.

—Oh... — exclamó inhalando el sonido.

Con un quejido, la masa se dio la vuelta.

Al principio, lo único que pudo distinguir fue el rojo vivo de la sangre fresca que le salía de la nariz para cubrir la mitad inferior de su rostro.

Cabello oscuro y rasgos angulosos, distorsionados por el dolor.

Sus ojos, que miraban vacíos en dirección a ella; ningún indicio en su cara de que la reconociera.

La imagen se completaba con una serie de vertiginosos restallidos en el fondo del cráneo de Maeve.

Jude.