46. Maeve
Maeve
Maeve pensó que conocía bien la Abadía, pero la habitación a la que Brigid la había enviado era completamente desconocida.
Intentó calmar los temblores nerviosos en sus piernas mientras miraba a su alrededor.
El espacio estrecho olía a abandono y agua de mar y estaba lleno, de un extremo a otro, de pilas de objetos olvidados.
¿Por qué había querido Brigid que entrara aquí?
Su respiración agitada rompió el silencio cuando cruzó la habitación hasta donde había dos marcos amontonados cerca de las ventanas.
Eran las únicas pinturas que podía ver en medio de montones de banquetas y cestos llenos de ropa de cama arrugada, un aparador abarrotado de platos tambaleantes y una mesa de trabajo baja cubierta por una sábana blanca.
Se arrodilló frente a ellos, pidiéndole a su corazón acelerado que se calmara.
La madera del más grande estaba astillada y envejecida, el papel protector estaba manchado de moho. Le temblaron las manos cuando tomó la pintura más cercana y le dio la vuelta.
Un niño... un niño pequeño, además. De siete u ocho años, quizá.
Muy, pero que muy joven para ser un santo.
Le devolvía la mirada con un destello imprudente en los brillantes ojos azules.
Algo en él le resultaba familiar, pero Maeve no podía ubicar qué.
El color de los ojos, tal vez, o los rizos del color de la arena.
Faltaban pequeños trozos de pintura en la aureola dorada detrás de su cabeza.
Nunca había visto que un ícono mostrara ningún tipo de envejecimiento; incluso las pinturas más viejas en la basílica estaban inmaculadas.
Una firma ilegible manchaba la esquina izquierda de la pintura; el niño santo era igual de anónimo.
¿Lo conocía Brigid? ¿Era por eso que quería que quemara el ícono?
A Maeve le convulsionó la garganta, el miedo la agarró antes de que pudiera obligarlo a retroceder, y buscó el siguiente ícono. El marco estaba hecho de madera toscamente labrada, la protección de papel era más nueva y sin moho. Le dio la vuelta.
Por el lapso de un latido, solo pudo quedarse boquiabierta.
Su propia cara la miraba.
Con cuidado, tocó con la punta del dedo índice un pico de pintura gris polvorienta en la esquina y la frotó entre sus dedos. Aún estaba húmeda. Habían terminado el ícono hacía poco. Con razón se había estado sintiendo tan mal.
Era raro. De alguna manera, había esperado sentirse conectada con su ícono. Había visto la expresión de Jude cuando se sentó frente a su ícono terminado, el asombro, la fascinación que le aflojaba la mandíbula cuando su mirada se había movido desde el ícono hacia ella, su iconógrafa.
Lo único que Maeve sintió fue un vacío. Y para ser del todo honesta, se sentía un poco ofendida.
No hubiera echado ni un segundo vistazo al ícono de haberlo visto en la basílica. Era tan sorprendentemente mediocre . Poco profesional, incluso en estilo. La mezcla de colores era apenas... No estaba impresionada. ¿Se había negado Brigid a pintarlo y habían usado a un aprendiz en su lugar?
Examinó la falta de volumen de su cabello, que le caía sobre el hombro izquierdo en una trenza simple.
El final de la trenza era liso salvo por un mechón, una porción brillante casi blanca contra el azul oscuro de su vestido.
Todo el resto de la pintura era monótono, tan poco inspirado como algo calcado.
¿Por qué estaba ese mechón fuera de lugar?
Su nariz estaba un poco descentrada, su boca más fina en la pintura que en la realidad, pero habían captado la oscuridad de sus ojos y la punta de su mentón era correcta. Quienquiera que hubiese descrito su rostro la había conocido bien.
Se quedó inmóvil, con los dedos flotando sobre el ícono.
Ezra era el único que la conocía lo suficientemente bien como para describir su cara con tanta precisión. Incluso teniendo en cuenta la magia del iconógrafo..., en especial de un aprendiz, la descripción debía ser precisa. ¿Quién más podría haber sido sino Ezra?
Darse cuenta de esto fue como si un hierro le cayera en el estómago mientras su mirada volvía a regañadientes hacia ese maldito mechón desviado. Quería que desapareciera.
Despacio, Maeve metió la mano en el bolsillo de su hábito, cerró los dedos alrededor de una estrecha caja de fósforos.
Los había cogido en la tienda donde había robado los hábitos, desesperada por encontrar algo que la ayudara a encender un fuego.
Antes de dejar la posada, había escarbado la bolsa de Elden que Jude había subido, pero solo había encontrado los libros que él le había mostrado.
Ningún elemento para encender el fuego. Ningún combustible, ningún fósforo, nada de madera.
Solo libros. Libros de jardinería . De algún modo, ver todos esos libros sobre alentar a las plantas a crecer desde el difícil suelo invernal fue como una puñalada en la espalda, tanto como lo había sido el hecho de que los había saboteado desde el principio.
Abrió la caja de fósforos de altar. Solo había ocho. Ocho oportunidades para quemar los íconos.
Maeve tomó uno, dudando. ¿Debía usar uno ahora? Quería deshacerse de su ícono..., pero ¿valía un fósforo entero? No había ninguna vela ni candelabros de pared encendidos en el depósito, pero con suerte habría alguno en la basílica que pudiese coger... si los guardias no la frenaban antes.
Claro que una vela no sería de mucha ayuda para los íconos que estaban más altos en la pared...
Pero tampoco los fósforos.
Pasó el pulgar sobre la punta del fósforo. El miedo le oprimió el pecho. Fijó los ojos en las réplicas de ellos pintadas. Ese maldito mechón desviado ...
El penetrante olor del fósforo invadió el aire cuando lo encendió. Lo llevó al ícono del niño primero, pero apenas la llama tocó el lienzo, se extinguió, dejando nada más que un hueco chamuscado en la pintura.
—No —exclamó Maeve sin voz—. No. —Tomó otro fósforo, sin hacer una pausa para pensar antes de encenderlo.
Tenía que quemar los íconos. Encontraría otros fósforos, velas, quizá, o combustible de algún modo, pero estos íconos debían irse primero.
Tenía que tener éxito con algo si iba a creer que podía quemar toda la Abadía.
Esta vez, se prendió.
Quemó el ícono del niño primero, luego llevó el fósforo encendido a su propia cara.
La vista rápidamente se le nubló, le hormigueaba contra el recoveco maleable de su mente.
Esperaba tener una reacción como la de Jude cuando ella había quemado su ícono: desmayarse o alucinar; pero, en lugar de eso, hubo un intenso destello de luz dorada, una abrupta explosión de dolor detrás de sus ojos y luego... nada.
Pero había algo distinto. Sentía la mente pulida, como el cobre después del fuego, y su magia se sentía... accesible, como si pudiera estirar una mano y tomarla.
Y sus recuerdos...
La presión que sentía en el cráneo era agobiante, punzante, y le envió una oleada de dolor a través de la frente.
Jadeó, se tomó la cabeza con las manos e intentó luchar contra el caudal de recuerdos que llamaban su atención.
Entre la catarata de los últimos días —cruzar los páramos amargamente fríos, la cabaña de Caleb, el rostro pálido de terror de Elden a las puertas de la iglesia—, recuerdos más hondos salieron a la superficie.
Un destello dorado como el sol. Una gota de sangre como pintura.
Un quejido que se le había escapado de entre los dientes apretados. Reuniendo todas sus fuerzas, logró apartar los recuerdos mientras se ponía de pie tambaleándose.
Quemar los íconos funcionaba , los recuerdos que golpeaban con puños cerrados el fondo de su mente eran prueba suficiente. Pero no podía dejar que la consumieran. Aún no. No hasta que encontrara a Jude.
El humo de los íconos que todavía ardían era intenso en el aire cuando se dirigió hacia la puerta.
Se arrastraría por la Abadía si tenía que hacerlo, ensangrentada y exhausta.
Haría cualquier cosa por encontrarlo. Cualquier cosa por salvarlo.
Emergió del depósito y se quedó helada, con la espalda contra el marco de la puerta.
Se clavó las uñas en las palmas de las manos mientras fijaba la mirada en una puerta justo enfrente.
Con un suave clic, se abrió.
Maeve miró hacia todos lados, desesperada por encontrar un lugar donde esconderse, y se metió en un nicho cercano detrás de la estatua de mármol de una mujer, rezando para que la oscuridad fuese suficiente para ocultarla.
Una figura salió de las puertas dobles. Hábito marrón, cabello gris hierro...
Ezra. Se mordió la mejilla con tanta fuerza que la boca se le llenó de sangre.
No estaba lista para verlo. No estaba lista para explicarle lo que estaba haciendo aquí.
Él le había mentido. De forma constante y sin remordimientos.
Era cómplice de cómo la Abadía había tratado a Jude. Cómo la había tratado a ella.
Ezra cerró las puertas tras de sí y siguió su camino.
La luz de la vela que sostenía proyectaba la sombra de las perlas bordadas en las costuras de su casulla de color blanco lechoso, los cientos de gemas acaparaban la luz.
Una invitación a que el fuego las devorara hasta que solo quedara un dobladillo andrajoso.
Maeve se presionó con más fuerza dentro del nicho, demasiado asustada como para siquiera respirar.
Él hizo una pausa, pasó los dedos sobre algo que le colgaba del cuello, antes de quitarse el pelo de la cara.
Tenía un brillo sudoroso en la frente que la exigua luz de la vela dejó ver.
Maeve dejó caer la mirada por debajo de las manchas rojizas en el hábito de su mentor, al delgado relicario que le rebotaba contra el pecho. Dos más colgaban al lado.
Maeve se atragantó con un grito silencioso al ver las reliquias. Tres… ¿Acaso una era de ella? La repulsión se le acumuló en la garganta. En lo profundo del estómago, el miedo le clavó los dientes. Percibió un destello dorado a través de la visión periférica.