45. Jude
Jude
La siguiente vez que Jude se despertó, lo habían movido.
Ya no estaba en una cama. Pesadas cadenas le colgaban de los brazos, lo sujetaban al suelo mojado, arenoso.
Las paredes lloraban lágrimas negras como la tinta de las grietas entre las piedras.
Había estado aquí antes. El hedor espantoso de la sangre y el mar estaba marcado en su carne, palabras en su piel que jamás desaparecerían por completo.
Le dolía todo el cuerpo; el enebro aún en su boca, pesado y persistente. ¿Por qué, por qué , había tomado el agua? ¿Por qué había confiado en la Abadía incluso por un instante?
Jude se tapó la boca con fuerza con una mano, las cadenas chirriaron con el movimiento. Lágrimas frescas le caían por las mejillas. Ciñó los dedos con más fuerza contra su cara, luchando contra el impulso de gritar.
De repente, tenía quince años otra vez, consumido por el olor rancio de su sudor nervioso mientras yacía sobre la piedra esperando que viniera su mentor y lo encontrara.
Había hecho algo, ¿cierto? Algo más que intentar quemar los íconos de la Abadía, algo con una motivación más profunda.
No podía recordar qué, solo una desesperación de salvar a alguien que le latía en las extremidades, de salvarlos a todos.
Había recordado recientemente algunas piezas de qué lo había hecho acabar en el exilio, pero aquí, en la Abadía, el comienzo de su desentramado...
había desaparecido. Aún fuera del alcance.
Tenía ocho años otra vez. Tenía quince, estaba solo...
—Parece que nada ha cambiado demasiado, después de todo, Jude.
Dejó de respirar por completo.
Ezra se alzaba frente a él. Un latigazo de dolor obligó a Jude a cerrar de nuevo los ojos. El corazón le latía detrás de los párpados, le dolía con un pulso como de martillazos. Un recuerdo lo agarró del cuello y estrujó.
Todas las cuidadosas explicaciones de Ezra de antes, sus sonrisas calmadas, la falsa preocupación por su seguridad, todo culminaba en esto: Jude extendido sobre su espalda con sal en la nariz y terror en los ojos. Una mentira, como todo lo demás que la Abadía representaba.
—¿Qué creíste que pasaría? —preguntó Ezra—. ¿Pensaste que rechazarías mi oferta y de todas formas te irías libremente? ¿Pensaste que podrías salvarla? ¿Salvarte? —Se rio—. Nunca has sido muy bueno para eso.
Antes de que pudiera moverse, de que pudiera siquiera respirar, Ezra machacó los dedos de la mano derecha de Jude con su bota. Jude gritó mientras intentaba liberarlos. El dolor se le disparó a lo largo del brazo, más abrasador que el fuego.
—Jude —insistió con más ímpetu—. Dime.
—Yo no... —Tomó aire por entre dientes apretados—. Creí...
—No —susurró Ezra—. No pensaste. ¿No recordaste lo que te dije ese día que dejaste el único hogar que jamás habías conocido? Dilo.
El dolor de los dedos quebrados aumentó diez veces. Se le doblaron hacia dentro, raspando el cuero desgastado de la bota que los sujetaba contra el suelo. Ardía. Jude emitió un quejido, intentó dejar su cuerpo, elevarse más allá del dolor, pero Ezra solo pisó con más fuerza.
—Mis elecciones tienen consecuencias —soltó con los dientes apretados.
La bota abandonó su mano. Los restos destrozados de sus dedos palpitaban con su propio pulso.
—Así es. —Ezra se agachó—. Y ni siquiera recuerdas lo que hiciste, ¿verdad?
—Por tu culpa —dijo Jude con voz entrecortada—. Me quitaste los recuerdos. Corrompiste mi magia. Durante años , me odié a mí mismo. Por tu culpa.
Se hizo un silencio mientras Ezra volvía a erguirse a su máxima altura.
—Pero de todos modos regresaste, ¿verdad? Vosotros tres estáis de regreso. Tal y como estaba destinado a ser. Salvo que, ahora, tienes esa marca en la espalda. Marcas que coloqué ahí. Ódiame todo lo que quieras, Jude, pero estas siempre permanecerán.
«¿Vosotros tres?», se preguntó Jude, concentrándose en esa parte de la diatriba y no en los dardos venenosos. Él estaba aquí, y Maeve también debía de estarlo, pero ¿quién más?
Ezra continuó:
—Y qué impecable tu sentido del tiempo. Los peregrinos están aquí, ¿sabes? ¿No sería maravilloso que tengan a un santo al que puedan rezarle? ¿O ese era tu plan todo este tiempo, atacar cuando las plegarias estén en su momento más poderoso?
La mente de Jude se aferró a sus palabras finales, dándoles vuelta en su cabeza y comparándolas con sus escasos recuerdos de la última vez que intentó quemar la Abadía.
Quizá había fallado porque los íconos no habían estado en su máximo potencial.
Quizá era necesario quemarlos durante el ritual, ni antes ni después.
Sus pensamientos flotaban y se hundían febrilmente. Cerró los ojos al sonido de Ezra moviéndose por la habitación. Con cuidado, estiró los dedos uno por uno. La rigidez se desvanecía con el crujido de cada nudillo.
No estaban rotos. Ni siquiera estaban magullados.
Quizá lo había soñado todo. Despertaría en la cama para ver pasar pájaros a través de la ventana y el té calentándose en el hervidor. Olive estaría acurrucada en algún lugar cerca de su cabeza, su pelaje de seda negra brillando rojizo en el amanecer de un nuevo día.
Ella estaría allí. Él rodaría hacia el otro lado y la abrazaría, cálida, a salvo, feliz .
Ese sueño no existía en su cabeza, donde las pesadillas enjauladas andaban de un lado para otro tras barrotes de hierro, tallando líneas sangrantes en su piel. Vivía más abajo, protegido por sus costillas, y le envolvía el corazón. Más suave. Un sueño escrito con amor.
Los pasos de Ezra se acercaron. Jude abrió los ojos para ver franjas de ocre y marrón rojizo porque el sol del ocaso daba sobre el techo enmohecido por el agua, que se mezclaban con el índigo y el violeta del crepúsculo.
La fatiga le pesaba con fuerza en las extremidades.
La respiración apenas le movía el pecho.
Un contacto en el brazo. El pliegue del codo, tentáculos aceitosos que le envolvían la muñeca.
Apretujó; dolió. Un fuego siguió el camino de sus venas hacia arriba por el brazo como un aceite contaminado echado en un arroyo de aguas rápidas.
Le hinchó la panza y le succionó la sangre que se acumulaba en los espacios entre sus costillas, la hendidura entre las clavículas y el hueco del ombligo.
Le clavó las garras en su delicada piel, abriendo las líneas ennegrecidas de sus tatuajes con una familiar precisión.
El dolor servía un propósito, aunque Jude había ignorado durante un largo tiempo su advertencia.
Quería levantar las manos, cubrirse la boca.
Quería volver a casa .
Casa significaba seguridad. Significaba anonimato y elección.
Era una casa solitaria sobre páramos más solitarios, que había menospreciado hasta el momento en que daría lo que fuera por estar de vuelta.
Acunaba su hogar en su pecho frágil y lo deslizaría entre sus costillas bajo custodia.
Una alegría venenosa; una más, una demasiado ávida, y eso acabaría con él.
Como si le hubieran echado acelerante en la piel, el dolor aumentó diez veces. Jude, de algún modo, se ubicó los pulmones entre las vísceras y gritó.
—No deberías haber venido nunca —murmuró Ezra—. ¿Por qué has vuelto?
Unos dedos le tocaron las sienes, rascándole el pelo.
Jude se contrajo; agradeció haberle pedido a Maeve que lo rapara.
Recordaba demasiado bien que le habían arrancado largos mechones del cuero cabelludo.
Solía doler durante días. Ezra estaba profundamente interesado en castigos que durasen más allá de su ejecución.
Jude negó con la cabeza, le caían lágrimas por el costado del rostro. Las oleadas de agonía cedieron lo suficiente como para que respirara hondo por la nariz y abriera los ojos, inconsciente de que los había cerrado otra vez. Yacía postrado en el suelo frío, las manos dobladas sobre el corazón.
¿Era ese su cuerpo, sus manos?
Las manos ajenas estaban dobladas en rezo con las palmas juntas.
No ajenas, no extrañas. Sus brazos.
—Ha habido cinco himnos hasta ahora. Faltan tres —murmuró Ezra—. Cuantos más peregrinos rindan culto, cuanto más alto eleven sus voces, más magia puedo usar. Y tu ícono está ahí, Jude. Observando, escuchando. Y tengo esto. —Algo frío le rozó la cara a Jude—. ¿Sabes lo que es?
Un destello de plata entró en su campo visual. Una cadena. Al final de esta, colgaba abierto un relicario. Dentro, en un molde en resina, había una espiral oscura. Jude parpadeó.
Pelo.
Pelo humano.
Tal como Maeve recordaba.
Se veía familiar; el color casi negro. Brillaría con un tinte rojizo bajo el sol.
—¿Es mío? —preguntó con voz ronca. Se humedeció los labios con la lengua. Su voz sonaba como si hubiese sido arrastrada por brasas ardientes—. ¿Mi pelo?
—Ajá. Así es —respondió Ezra—. Una reliquia.
Un ruidito metálico, el relicario al cerrarse con un clic. Ezra soltó un sonido apagado, contemplativo desde el fondo de su garganta. La reliquia se mecía a centímetros de la nariz del sabio.
—Siempre tendré una parte de ti, Jude.
La repulsión le revolvió el estómago. Ver un rizo de su pelo pegado para siempre bajo la resina era aterrador, una muestra desagradable de invasión.
Ezra suspiró, el sonido apesadumbrado.
—Supongo que el porqué de tu regreso ya no importa.
El octavo himno comienza con el amanecer y necesitamos a alguien para el Llamado al Sol.
Eres perfecto para eso. Y con esto… —abrió la reliquia con un clic otra vez, mostrando el pelo en el interior— puedo mantener tu mente dócil. Mantener tus recuerdos atrapados.
La cabeza de Jude le colgaba de los hombros.
Moriría. Lo martirizarían.
Lo inundó la oscuridad de su realidad: una marea negra de desesperación ineludible, reminiscente de todo lo que había intentado dejar atrás con tanto esfuerzo. Una voz familiar, traicionera, le susurró en su mente que quizá era lo de menos. Quizá debía morir. Quizá sería más fácil rendirse.
Desesperado, luchó por encontrar asidero, una soga que llevara su mente de regreso a la claridad. No tenía su jardín ni sus libros cerca, pero necesitaba una razón para mantenerse alerta, para seguir luchando.
La encontró en sus dedos ensangrentados y la agarró.
Ira.
Se había levantado a rastras cada vez que Ezra había intentado enterrarlo; tenía una vida y un hogar y un poco de paz, aunque había tenido que irse para darse cuenta de cuán rico era en verdad.
Tenía a Maeve. Su Maeve, su corazón palpitante, la única santa en la que podía creer.
La Abadía lo había dejado en el frío y que lo maldijeran si no la incendiaba para mantenerse caliente.
No podía morir. Aún no. No cuando se había prometido a sí mismo que viviría.
Los cantos entraron por la puerta abierta. Ezra maniobró a Jude para ponerlo de pie. Tenía el cuerpo demasiado débil por el dolor y la reliquia para resistirse. En algún lugar detrás de sí, persistiendo en los más lejanos alcances de su vista, oro.
Luego, blanco puro, cegador.