El espacio entre nosotros 44. Maeve
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44. Maeve

Maeve

Cuando la Abadía se alzó imponente frente a ella, Maeve apenas recordaba los pasos que había dado tras dejar la taberna y subir a toda prisa los escalones hacia el descomunal edificio de piedra caliza.

Ninguno de los negocios había abierto, así que había tenido que entrar en una tienda de artículos religiosos a robar unos hábitos de peregrino por su cuenta.

No era el plan original —Elden debía comprarlos cuando llegaran a Whitebury— ni tampoco era el momento que más orgullo le generaba, pero la salida del sol y la ciudad durmiente la habían forzado a actuar.

Al menos se había escabullido por la puerta trasera y dejado monedas en el mostrador en vez de romper una ventana.

El hecho de que habían estado en Whitebury todo el tiempo no le gustaba nada.

Aunque la Abadía tuviese su ícono y lo estuviera usando, debería haberlo sabido.

¿Había sabido Elden que la Abadía borraría sus recuerdos de la ciudad?

Después de todo, había trabado la puerta sin que ella lo notara.

Quizá también había sido quien había orquestado que la Abadía se llevase a Jude.

Recordarlo le daba punzadas de dolor, como un moretón que no podía evitar tocarse.

¿Se había dado cuenta Jude de lo que estaba pasando antes de que la mano le cubriera los ojos?

Maeve se lo imaginó siguiendo a Elden de regreso a la posada como un cordero que va al matadero, pensando solo en la mano segura que lo guiaba hacia delante.

Se frotó el pecho cuando el dolor se extendió, exigiendo que lo sintiera.

Le goteaba la nariz. Se la secó con el puño de su hábito gris claro de peregrina.

La tela olía a sudor y sal, con un dejo al hedor herrumbroso de la sangre lavada.

Los cuerpos se apretujaban por todos lados, con tanta presión que respiraban como uno solo, a medida que los peregrinos ascendían los casi doscientos escalones hacia la enorme entrada de la Abadía.

La fibra de nostalgia que en el pasado le generaba había sido reemplazada por un temor helado.

De alguna manera, su hogar había pasado de ser de piedra caliza cubierta de sal y vitrales a transformarse en una casa ventosa moldeada por los vientos salvajes, el sabor ahumado de la leña en la lengua y él.

Un claro de azul acuoso se abrió paso entre las nubes por encima de la aguja más alta, visible solo por el lapso de un latido antes de que desapareciera. A Jude le hubiera gustado verlo... Ese talismán de azul. La ira y el dolor se expandieron en su pecho como algo vivo.

Se tropezó en el escalón final con la punta del pie, lo que la forzó a enderezarse contra el frío hierro de la reja interna de la Abadía.

Los peregrinos se unían en varias filas que serpenteaban más allá de los guardias a través de los portones principales.

Maeve rápidamente echó un vistazo a sus opciones y eligió la fila vigilada por el rostro menos familiar.

Juntó un puñado de monedas en la mano y rezó para que el sudor de su piel no se pegara a ellas.

Los ojos del guardia se entrecerraron cuando ella se acercó, enfocándose en el brillo de la trenza clara debajo de su capucha.

—¿Nombre? —Los ojos del guardia bajaron a las monedas acurrucadas en su mano ahuecada—. Ah.

Los peregrinos tenían dos opciones para entrar en la Abadía: conseguir un tour guiado con meses de anticipación, donde se ponía su nombre en una lista que el guardia sostenía con manos enguantadas, o pagarle al guardia directamente.

Una estaba aprobada por la Abadía. La otra no tanto, pero podría decirse que era más efectiva.

El hombre dejó caer el soborno en su bolsillo con un movimiento perezoso, discordante.

Era evidente que no le preocupaba que lo vieran.

Su mirada seguía recorriendo con osadía el rostro de Maeve.

Ella lo miró a los ojos sin alterarse, rezando a quien fuera que estuviese escuchando para que el guardia no pasara más tiempo preguntándose por qué había elegido sobornarlo en vez de conseguir que su nombre estuviese en la lista de peregrinos autorizados.

Al final, inclinó el mentón para asentir levemente con la cabeza y le hizo un gesto al siguiente peregrino para que avanzara.

Por una vez, estaba agradecida de que la corrupción no se alejara demasiado de la fuente.

Avanzó por el interior, dejó atrás la enorme expansión del pasillo hacia los claustros que ocupaban el área exterior del ala oeste. El olor fétido a sal mezclado con velas que se dejaron extinguir solas se le pegaba al fondo de la garganta como si hubiese mordido algo podrido.

Había esperado sentirse peor dentro de la Abadía, algo similar al aletargamiento tóxico que había sentido en la iglesia del señor Peters o peor...

, perder el sentido de sí misma por completo, caminar para encontrar largos períodos perdidos en su memoria.

Era casi preocupante que se sintiera en gran medida presente en su mente.

Le preocupaba que eso significara que la Abadía la quería aquí. La quería consciente.

Los cantos de la basílica se filtraban al sendero y la golpearon como un puñetazo en el pecho.

Tirando de los costados de su capucha para acercarlos a su cara, Maeve se alejó de la baranda y siguió a los peregrinos por el salón claustral.

Habían estado taconeando durante los himnos como las agujas de un reloj.

Había habido al menos tres desde el amanecer, según lo previsto para que el Llamado al Sol comenzara con la salida del sol al día siguiente.

Se le estaba acabando el tiempo.

Delante de ella, un grupo de peregrinos se abrió cuando emergió una figura por la esquina. Un hábito gris oscuro; un acólito o artesano.

Maeve se quedó helada. No había dónde ir. Estaban a punto de descubrirla.

Se dio la vuelta, regresó a toda prisa por el pasillo, examinando la pared mientras avanzaba. Había una pequeña puerta entre dos arcos, quizá a veinte pasos de distancia. Justo cuando estaba por echarse a correr, una voz la llamó por su nombre. En voz baja, casi ahogada.

Pese a que todo en ella le gritaba que corriera, Maeve se volvió.

Brigid estaba a mitad de camino de los claustros. Tenía los ojos bien abiertos en su rostro pálido mientras avanzaba apresuradamente hacia Maeve.

—¿Qué estás haciendo aquí? —siseó— ¿Te has vuelto loca? ¿Por qué tenías que regresar?

Maeve se estremeció.

—Los recuerdos... Mis íconos, tus íconos , Brigid. Yo no podía...

—Shhh.

Brigid no pudo por menos que rogar. Parecía haber envejecido una década en las semanas desde que Maeve la había visto por última vez. El cabello, que normalmente llevaba bien arreglado, le caía débil y grasiento alrededor de la cara.

—Lo sé. Lo sé, Maeve, pero aquí no. Santos ... —Inhaló por la boca—. En cualquier lugar menos aquí.

—¿Sabías sobre la magia de la memoria? —preguntó Maeve. La ira estaba a punto de estallar en su interior—. ¿Sabías que la Abadía usa nuestros íconos para manipular los recuerdos? Sabes que eres una...

—Maeve —gruñó Brigid, con ojos desorbitados—. Sí, lo sé. Sé todo acerca de eso. Pero no podemos hablar de eso ahora. Necesito que te vayas.

—No puedo —imploró Maeve, acercándose—. Mi... Jude. Su casero, su amigo , lo traicionó. Los sabios lo tienen ahora. Está aquí en algún lugar. Tengo que encontrarlo.

—¿Quién? —preguntó Brigid, su voz se alzó abruptamente—. ¿Qué casero? ¿Qué amigo? El nombre.

Maeve parpadeó, por un instante anonadada.

—Elden. ¿Lo conoces?

Los ojos de la mujer se cerraron de golpe. Respiró hondo antes de volver a abrirlos. Su mirada clavó a Maeve en el lugar.

—Ezra no puede saber que estás aquí —afirmó Brigid, ignorando la pregunta de Maeve—.

Nadie puede saberlo. De hecho... —Miró frenética a su alrededor hasta que sus ojos se clavaron en la puerta que Maeve había detectado minutos atrás—.

Allí. Ve allí. La sala de los criados. Lleva a un depósito.

Hay íconos ahí. Quémalos. Prométeme que los quemarás.

¿Íconos?

—¿Quemarlos? ¿Por qué...? —escupió desordenadamente Maeve. No entendía qué le estaba pidiendo Brigid, no del todo, pero de todas maneras necesitaban quemar los íconos, así que Maeve haría lo que ella le pedía. Asintió con más firmeza esta vez—. Está bien, pero luego necesito...

—Sí, sí —interrumpió Brigid—. Desde ahí, puedes buscar a tu Jude o lo que sea que necesites. Pero, por favor, prométeme. —Tomó las dos manos de Maeve en las suyas—. Una vez que lo encuentres, llévatelo y huid. Podéis comenzar una vida nueva. Crear nuevos recuerdos.

Antes de que Maeve pudiera responder, sonaron pasos al final del salón. Brigid la empujó hacia la puerta y la lanzó con brusquedad al interior.

—Vete. Ahora.

Cerró la puerta detrás de ella. El silencio presionó los tímpanos de Maeve, roto por el golpeteo constante de sus latidos y su respiración agitada.

Presionó la oreja contra la puerta. Voces: la de Brigid y alguien más.

Un hombre; su voz, desconocida. A regañadientes, se despegó y descendió un breve tramo de escalones.

¿Cuánto tiempo había sabido Brigid sobre el poder en sus íconos, el poder en su sangre?

¿Por qué había accedido a que la Abadía usara sus habilidades para dañar?

Brigid era una iconógrafa..., una santa.

¿Por qué le habían permitido quedarse en la Abadía?

¿Por qué no podía quemar los íconos ella misma?

Maeve pensó en las preguntas mientras caminaba por el oscuro túnel. No podía borrar el recuerdo del miedo patente en el rostro de Brigid. La alarma en su voz.

Había aberturas excavadas a intervalos regulares en las paredes, que llevaban a varias habitaciones y pasillos.

Se detuvo a echar un vistazo a través de la más cercana.

El pasillo estaba más abajo que la habitación que estaba mirando, lo que ubicaba sus ojos al nivel del suelo.

El suave embate del mar se filtraba por los gruesos muros.

Estos pasajes serían los primeros en inundarse si las olas alguna vez lograban entrar.

Sus ocupantes, ella misma o las criadas para las cuales habían sido construidos no tendrían ninguna posibilidad frente a la marea.

Siguió adelante a toda prisa.

El camino se curvaba hacia una estrecha escalera de hierro que salía del suelo. El repentino eco de alas batiéndose se deslizó desde el pasillo. Maeve se presionó contra la pared al mismo tiempo que el corazón le daba un salto hasta la garganta.

Nada. Ningún pájaro, ninguna criada.

Le temblaron las manos. Sus ojos destellaron metal cuando la presión le creció en el pecho. Cerró los ojos, cediendo al oro, los recuerdos que no eran suyos.

De inmediato, el pasaje cambió. Ahora colgaban lámparas del techo, que arrojaban un resplandor oleoso a los alrededores fríos y húmedos.

El aire frío llegaba desde las ventanas por encima de su cabeza y traían el aroma a polvo de libros y a piedra mojada por el agua del mar.

Antes de que pudiera inspeccionar más allá, sonaron voces desde la estrecha puerta en lo alto de las escaleras. Susurros.

—Está dormido —masculló una voz masculina, no era la voz de un niño, pero tampoco de un adulto—. Funcionó.

Un cosquilleo de consciencia se deslizó por la columna vertebral de Maeve cuando otra persona rio. Sonaba como Jude, su voz más joven y más aguda que la de su amigo. Su respuesta susurrada confirmó su sospecha...

—Tengo la llave.

Los pasos se desvanecieron al mismo tiempo que el oro se drenaba de su vista. ¿De quién había sido el recuerdo que acababa de ver? No era suyo y dudaba que fuera de Jude sin un libro presente. ¿Cómo se había disparado el recuerdo?

El impulso de abrir de un golpe la puerta sobre la que estaba apoyada y encontrarlo era más fuerte que nada de lo que hubiese conocido jamás, aun cuando lo que acababa de oír no era más que un recuerdo borroso. Deseaba que fuera real. Deseaba que Jude estuviese aquí. A salvo. Con ella.

Maeve tenía poca experiencia con los secretos.

Conocía los rumores, dónde los cocineros guardaban las latas de galletas o quién se había escabullido a encontrarse con un muchacho.

Conocía el poder de las palabras ocultas, susurradas entre amigos y amantes.

Nunca había tenido demasiadas razones para mantener secretos ella misma.

Pero esto ... este sentimiento, como si se estuviera ahogando, como que todo era insulso sin él, era nuevo.

Algo que había mantenido guardado como una joya preciosa.

La consumía. Transformaba cada parte de su ser hasta que Maeve fue reescrita por completo.

Una nueva criatura hecha con las yemas de unos dedos temblorosos sobre una arcilla maleable.

No podía ponerlo en palabras. Aún no.

Conteniendo la respiración, Maeve empujó la puerta y la abrió, dejando atrás un residuo de polvo de oro que cubría lo que una vez había estado sucio y abandonado con los restos dorados de lo que no nombraría.