El espacio entre nosotros 43. Jude #3
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43. Jude #3

—Estamos creando paz como cualquier otra religión o comunidad —continuó Ezra al no responder Jude—.

Incluso en los gobiernos, no existe estructura de liderazgo sin algún elemento de su función que se mantenga oculto de sus seguidores.

¿Me estás diciendo que necesitas saber cómo se hace la salchicha para poder disfrutarla?

Al responder las plegarias, podemos mantener a nuestros seguidores contentos.

Mantener a la Abadía próspera. Ayudar a nuestra comunidad.

Los santos simplemente son nuestra cara.

—Hacemos que siga entrando el dinero, querrás decir —estalló Jude.

Ezra se encogió de hombros, sin inmutarse por la acusación.

—La riqueza es una consecuencia del poder, no necesariamente el objetivo.

—¿Por qué me cuentas todo esto? —preguntó Jude. Las náuseas se le dispararon desde el estómago. Se deslizó unos centímetros más abajo por la pared—. Después de todos estos años, tanto dentro como fuera de la Abadía, ¿por qué ahora?

Ezra se puso de pie. Le crujieron las articulaciones de las rodillas al hacerlo.

—Tengo un trato que ofrecerte, Jude, por eso. Y quiero que estés bien consciente de lo que está en juego antes de que lo aceptes. —Su sonrisa era dulce, casi empalagosa. Como si tuviera un frasquito de veneno preparado para endulzar el té de Jude—. Si te vas ahora, no sufrirás más daños.

Se le abrió la boca. Eso era lo último que esperaba oír de Ezra.

—¿Y Maeve?

—Está viniendo para aquí, ya sabes. A la Abadía. —Ezra comprobó su reloj—. Debería entrar en, hummm, ¿una hora? Vio cómo te llevaban y supuse que vendría e intentaría rescatarte. —Ladeó la cabeza—. ¿Sería correcta mi suposición?

—¿Me estás usando para atraerla hasta aquí?

Ezra alzó una ceja.

—Bueno, no era nuestro plan original. Debía estar contigo cuando te encontráramos vagando por las calles. Pero esto también funciona. —Alzó una mano antes de que Jude pudiese continuar—. La oferta sigue en pie. Vete y regresa a tu hogar, y estarás a salvo.

—¿Y Maeve? ¿Qué hay de ella? —repitió Jude. Tenía tantas ganas de cruzar la habitación de un salto y estrujar el cuello de Ezra con las manos que le hormigueaban los dedos.

—¿Tanto te preocupa la iconógrafa que arriesgarías tu propia vida?

Sin duda, debes saber que no dejaré que le ocurra nada malo.

Es como una hija para mí. —Ezra tamborileó con los dedos sobre su otra muñeca—.

No sería algo difícil, borrar sus recuerdos de ti y los tuyos de ella. Lo hemos hecho antes.

Jude podía soportar cualquier cosa menos eso.

Intentó calmar su respiración ante la idea, pero continuó extendiéndose hacia abajo por su cuerpo como veneno en su corriente sanguínea y prometía un pozo de desesperación sin fondo.

Sus recuerdos de ella..., lo más preciado que tenía, evaporado en un instante.

¿Por qué, por qué no los había guardado en un libro?

Maeve mirándolo con las piernas cruzadas en el suelo, con el primer asomo de ternura en los ojos.

Ella sacándolo del pantano, la forma de sus hombros debajo de sus manos en la biblioteca.

Cómo lo había retratado por completo en el lienzo.

Se había arrodillado ante ella bajo la lluvia y el humo, para prometerle su lealtad, su vida.

Lo había visto como nunca nadie lo había hecho y nunca nadie lo haría otra vez.

Con tanta seguridad como conocía el sonido de sus propios latidos, sabía que Ezra estaba diciendo la verdad. Les arrebataría sus recuerdos si no obedecían. O peor.

¿Era su imaginación o podía oír cantos a través de las gruesas paredes de piedra? Su capacidad de oír aumentaba y disminuía, dejándole un leve pitido. Se tambaleó.

Un santo en un altar, la multitud que abucheaba pedía sangre.

Jude parpadeó y el recuerdo había desaparecido, pero el mensaje quedaba; la Abadía jamás les permitiría entrar como santos y salir a menos que fuera como mártires.

Se había prometido de niño, solo tras sufrir una paliza en una habitación no muy lejos de esta, que lucharía.

Había luchado entonces y continuaría luchando ahora. Mientras pudiera respirar.

—Si está aquí, entonces yo también —afirmó Jude—. No la dejaré.

—Ah. —Ezra sonrió—. Pensé que tal vez dirías eso. —Dejó caer los ojos a la mesa que estaba colocada contra el costado de la cama. Levantó el vaso que había ahí, lo inclinó para hacer girar lo que quedaba de agua en el fondo.

Por primera vez, Jude notó el residuo ligeramente aceitoso en su estela.

Tragó. Aún percibía el sutil sabor del enebro en la lengua.

—No bebiste todo el vaso, como esperaba, pero debería ser suficiente —dijo Ezra. Dejó el vaso—. Quizá sea mejor que te sientes antes de que te desplomes. Será más cómodo.

Jude volvió a tragar. Una sequedad le cubría la garganta. El mareo en su visión periférica se acercaba cada vez más. Le temblaron las piernas.

—Yo... no...

Ezra se levantó. Deslizó las manos debajo de los brazos de Jude y lo llevó hacia la cama.

—Te dije que te sentaras —murmuró.

Arriba, el techo destelló oro brevemente antes de desvanecerse por completo a negro.