43. Jude #2
—Como estaba diciendo —continuó Ezra—. La magia es frágil, como bien sabes.
Cualquier... manipulación es como una balanza desequilibrada.
Reconocible al instante. Cuando comenzaste a explorar tus habilidades, lo sentimos.
¿No era natural que quisiéramos saber por qué?
, ¿que quisiéramos proteger a la Abadía y a sus fieles?
Jude luchó para mantener sus palabras firmes, sus emociones a raya. Lo último que quería era que su magia atacara justo entonces.
—¿Cuánto tiempo hace que lo saben? —preguntó.
—Un año, más o menos —respondió Ezra.
Sus palabras confirmaron las preguntas que Jude ya se había hecho mucho antes...
Maeve no fue la única espía, entonces. Se preguntó por qué habían creído que era mejor enviar a Maeve cuando Elden ya les estaba informando.
¿Cuánto había visto? ¿Había entrado él también en la biblioteca y visto sus libros de recuerdos?
¿Se había dado cuenta de que Jude estaba investigando sobre iconografía?
¿O habían sido informes más mundanos, más íntimos, de las largas horas pasadas en el jardín, de caminatas al amanecer por los páramos?
De pintas y comidas quemadas y discusiones sobre a quién le tocaba alimentar al gato.
Jude intentó tragarse el dolor y se preguntó si siempre sería tan intenso.
—Nuestros informes se habían vuelto irregulares en los últimos tiempos —sostuvo Ezra—. Al parecer, nuestro informante se había vuelto demasiado... blando para ser útil. Por eso enviamos a la iconógrafa.
—Maeve —lo corrigió Jude otra vez, con veneno en la voz—.
Su nombre es Maeve. ¿Quién decidió enviarla lejos, entonces, si no fuiste tú?
¿Expulsarla como una abominación a los ojos de la Abadía por la magia que blandía sin saber?
—Clavó los dedos en la pared para mantenerse en el lugar—. ¿Fuiste tú quien decidió no marcarla?
Los ojos de Ezra no abandonaron los suyos. Azul claro. Cándidos.
—La Abadía no ve a los santos como abominaciones, al menos no de la manera en que te estás imaginando. Los vemos como cualquier otra deidad, supongo.
—No entiendo.
No lo entendía. Ni un poco. Los santos habían sido la única deidad que le habían enseñado a reconocer. Sabía que había otras religiones, otros dioses adorados fuera de los ojos inquisitivos de la Abadía, pero no para Jude.
—Cuando un grupo se compromete con un dios, si lo quieres llamar así, es natural querer que esa cosa sea diferente.
Que haya una distancia con la gente común —explicó Ezra, adoptando un tono académico—.
Cuando algo está lejos, es más fácil verlo como perfecto.
Las grietas solo son visibles de cerca, después de todo, ¿y quién quiere consagrar su vida a algo falible?
Incluso aquellos que tienen el suficiente privilegio de ver a los santos por lo que son...
—Te refieres a los sabios —interrumpió Jude.
—Sí. Los sabios. Mantenemos a los santos a distancia para sostener el frágil equilibrio entre quienes rezan y quienes conceden.
Tanto la magia como la religión tienen su lugar.
La religión es una labor pública. La creencia en los santos une a nuestra comunidad.
Es una expresión de estructura. Y cada comunidad necesita su andamiaje.
—¿Y la magia?
—La magia —respondió Ezra con paciencia— es algo individual que hemos hecho comunitario. Por naturaleza, es una acción privada. Un talento que se presenta cada tanto en los individuos. Simplemente la transmutamos de lo individual hacia lo colectivo.
Jude sopesó las palabras de Ezra contra su propia visión cínica de la religión.
Lo comparó con la aceptación de Bethan de sus habilidades, tras crecer en un ambiente lejos de la Abadía y su agarre hermético, de nudillos blancos, sobre los santos.
Ella no tenía el odio sofocante que Jude sentía por la magia que compartían, lo que hizo que se preguntara: ¿su actitud hacia la magia era por su experiencia personal con esta o lo que le habían enseñado a creer?
En cierto modo, entendió el punto de vista de Ezra. Aunque la magia de Jude se sentía fuera de alcance en el mejor de los casos, siempre la veía a través de una lente egoísta. Era su magia. El contacto de la Abadía era lo que la hacía sentir contaminada y mal.
Sin embargo..., los sabios usaban esa misma magia todos los días. Habían tomado lo que era personal y lo habían hecho colectivo, sacrificando su autonomía en el proceso.
La idea no le parecía bien.
—Pero sois vosotros quienes robáis nuestras habilidades para manipular memorias y lo llamáis «responder plegarias» —dijo despacio.
Ezra hizo un sonido apagado con la parte posterior de la garganta.
—Si te ayuda verlo de esa manera, sí.
—¿No es así como lo veis vosotros?
Ezra inclinó la cabeza hacia atrás y hacia delante.
—No... exactamente. Nosotros los sabios nos vemos a nosotros mismos más como intermediarios.
Nos hemos estado preparando toda nuestra vida, después de todo.
Hemos recibido el don de discernir cuándo y cómo moldear recuerdos para responder plegarias.
Los santos... —Hizo una pausa, para inclinar la cabeza en dirección a Jude—.
¿Por qué los acólitos deberían confiar en vosotros para decidir qué rezo responder?
Sois tan jóvenes, tan volátiles, con una confianza que no habéis ganado. ¿Por qué, incluso mi propio hijo...?
La mandíbula de Ezra se cerró de golpe, se le desorbitaron los ojos. Deslizó una mano hacia su garganta, la pasó por debajo del cuello de su hábito. Algo plateado destelló antes de desaparecer bajo la tela marrón.
Un mareo revoloteó en la visión periférica de Jude. Parpadeó y se desvaneció tan rápido como había llegado, pero lo dejó inestable sobre sus pies. Cuando buscó en su mente los últimos segundos de la conversación, no podía recordar lo que Ezra había dicho.
—Lo que quiero decir es —agregó Ezra antes de que Jude pudiera rastrear más en su memoria— que los santos son jóvenes cuando sus poderes se manifiestan. Imagina cuán catastrófico sería darle a un niño rienda suelta sobre sus habilidades.
—¿Para qué fingir que respondemos plegarias, entonces? —argumentó Jude—. ¿Por qué intervenir y no dejar que la vida tome su curso natural? No puede ser fácil manipular los recuerdos de tantos.
—¿Dejarías que la vida siguiera su curso si tuvieras el poder de cambiarla para mejor?
—preguntó Ezra—. Además..., no estamos alterando eventos.
Solo cómo son recordados. ¿A quién hace daño dejarlos creer en las plegarias?
Es un consuelo saber que hay alguien ahí, alguien que te escucha cuando rezas.
Jude odiaba su tono, odiaba la falsa bondad en este.
Hedía a engaño intencionado. La furia arraigada que sentía porque las memorias de tantos estuvieran bajo el control de la Abadía creció con fuerza.
Los miembros, incluidos los acólitos, no tenían idea de que sus recuerdos eran alterados en nombre de las plegarias respondidas.
¿Cómo podían los sabios justificar el robo?