El espacio entre nosotros 43. Jude
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43. Jude

Jude

Jude se despertaba a intervalos demasiado breves como para catalogar.

En un momento, dormía, soñaba, algo oscuro que permanecía en su lengua como la fruta pasada; al siguiente, estaba despierto.

La sal le inundaba las fosas nasales. El aire marino se le pegaba a los labios y a la piel sensible debajo de los ojos.

Soltó un quejido. Le dolían los músculos que le recubrían la garganta.

Despacio, entreabrió los párpados. Al principio, solo podía distinguir la más tenue sugerencia de la luz del día que venía de algún lugar a su izquierda, pero cuando su vista se enfocó, también lo hizo la realidad de su situación.

Recordó las campanas. Los santos tallados y observándolo, abriendo la boca para gritar. Una luz, creciendo con un hambre voraz, tan brillante que se lo comió entero. Una mano contra el hombro, un trapo entre los dientes.

Elden.

«Mierda.»

Su amigo más cercano, alguien a quien lentamente había llegado a ver como a un hermano. Alguien en quien había confiado .

¿Había sido una decisión fácil para Elden? ¿O le había costado, la había masticado como un cartílago hasta tomarla? Deseaba tanto preguntarle. Exigirle la razón por la que era tan fácil lastimarlo.

Se frotó la cara con las manos y se deshizo del pensamiento, una dolorosa espina a la vez. Le dolía con furia un punto detrás de la oreja izquierda. Lo tocó con suavidad, se contrajo cuando sus dedos volvieron pegajosos con sangre. Debieron de haberlo noqueado.

Genial.

Estaba en una cama, al menos, aunque la habitación estaba vacía y fría, salvo por la manta fina —de un lino áspero, hilado a mano, color azul desgastado que le recordaba al cielo justo antes del amanecer—.

Había un vaso de agua al lado de la cama.

Lo olfateó con cuidado antes de beber un largo trago para eliminar algo del regusto rancio de su boca.

Una única ventana miraba a la cama. La vista —estrecha, surcada por rejas de hierro, que dejaba ver no mucho más que un suave manto de nubes— lo urgía a ponerse de pie. Oro se arremolinaba en los más lejanos límites de su visión mientras luchaba por mantenerse erguido sobre sus piernas temblorosas.

Fuera, las olas se arrastraban hacia delante en un deslizamiento constante. Los pensamientos de escape eran una idea a medio desarrollar, intangible y merodeando demasiado lejos como para agarrarla. En algún lugar en la distancia, comenzaron los cantos.

El tiempo pasó como un goteo constante. Olas y cantos; cantos y olas.

Debería haber sabido que no era buena idea regresar. Debería haberlo sabido, maldita sea.

¿Había estado Elden en contacto con ellos desde que habían dejado Ánhaga? O, peor aún, ¿había estado siempre bajo sus garras? ¿Era esa la razón por la que lo habían enviado con Jude? No porque había rogado tener compañía, no como un beneficio por su continuo silencio, sino para vigilarlo.

Después de todo, no importaba. Lo habían arrastrado al lugar de su perdición y lo habían dejado esperando el juicio final. Dejar entrar el pasado y todo su dolor oculto no cambiaría nada, solo echaría a perder la dulzura que dejaba atrás.

Debería haberse quedado. Ella debería haberse quedado.

Sintió a Maeve en los huesos, entre las costillas, y le daba punzadas como un moretón. Jude se mordió el labio hasta que sintió sabor a sangre. La había abandonado; la había dejado vulnerable y sola. ¿Habían entrado a la posada después de llevárselo a rastras para buscarla a continuación?

Maeve, la iconógrafa convertida en santa. No podía protegerla. No aquí, ya no.

Detrás de él, la puerta se abrió con un crujido.

Jude se preparó. No se movió de la ventana, aunque sintió un hormigueo en la nuca como advertencia. Ruidos. Alguien apoyó un plato, los cubiertos repiquetearon juntos. El olor a carne chamuscada le revolvió el estómago pese al hambre.

—Tu cena —dijo una voz desconocida, el acento tan pronunciado y redondo como el de Elden.

Había un hombre de mediana edad junto a la puerta.

Su cabello plateado le caía denso sobre la frente, un hábito marrón desgastado se estiraba sobre su voluminosa barriga.

Contempló a Jude con una sonrisa chata. Jude lo observó, sin poder deshacerse del cosquilleo de la familiaridad que se le deslizaba por la columna vertebral.

Algo sobre la forma en que la sonrisa no le llegaba a los ojos tiraba de un recuerdo.

El hombre se giró y destapó el plato. Un trozo de carne, con un montón de patatas. El estómago de Jude dio un salto hambriento. Parecía que llevaba días sin comer. Aun así, mantuvo la espalda contra la pared. Las manos presionadas contra la piedra.

—¿Cuánto tiempo vas a fingir, Jude? —preguntó el hombre con suavidad, volviéndose de nuevo para mirarlo.

«¿Fingir?»

—Ah, claro. —Ladeó la cabeza, la sonrisa se desvaneció cuando le echó una mirada de arriba abajo—.

Me preguntaba si sería ese el caso. Si me habrías olvidado...

Han pasado tantos años, ¿no? En nuestro último encuentro, me dejaste por fuera de una puerta cerrada.

—Soltó una risita—. Trabada por una pieza de madera para mantenerla en el lugar. Pero tampoco te acuerdas de eso, ¿no?

De repente, a Jude le cedieron las rodillas y se deslizó hacia la mitad de la pared antes de enderezarse.

El dolor que sentía detrás de la oreja se intensificó, se le ciñó la garganta como si una mano la presionara.

Atrapó un grito detrás de los dientes cuando los rasgos del hombre se duplicaron, triplicaron, fracturándose por el espacio de una respiración antes de reformarse con el sobresalto del reconocimiento.

Jude se sostuvo contra la pared, agitado y débil, mientras miraba al hombre que tenía frente a él.

El hombre que había tenido como único objetivo torturarlo en todas las formas posibles, aislarlo hasta que no estuviera a salvo ni siquiera en su propia mente, hacerlo odiarse a sí mismo y a su magia. Jude lo recordó.

Ezra.

Tanto su mentor como el de Maeve.

¿Cómo no lo había sabido? ¿Cómo no lo había sabido ella ?

¿Le habían quitado los recuerdos de Ezra como habían hecho con Jude?

Se disparó en él una ira ardiente y avasallante, ¿la había torturado Ezra a ella también?

¿Le había puesto un cuchillo en la piel?

¿La había forzado a escuchar palabras contra su oído, que le decían que era indigna, una vergüenza tanto para él como para la Abadía?

—Vaya, tu memoria ha regresado, ¿no? Muy bien —dijo Ezra.

Antes de que Jude pudiera responder, antes de que pudiera erguirse del todo, Ezra estaba sobre él. Los ojos azul claro que habían rondado sus sueños estaban de repente a centímetros de su rostro. La mano de Ezra le presionaba el pecho, los dedos se hundían con suficiente fuerza como para doler.

—La santidad, los recuerdos... ¿Por qué? Incluso el Goddenwood, ¿eh? No hay más secretos entre tú y la Abadía. Entre tú y yo.

—¿Dónde... —Jude luchó para respirar— está Maeve?

Ante esto, Ezra retrocedió unos pasos. Se le ablandó la cara de nuevo a esa sonrisa plácida. Hizo un gesto hacia la cama.

—¿Por qué no te sientas y hablamos de la iconógrafa?

Jude negó con la cabeza, apenas resistiéndose a mostrarle los dientes.

Ezra se encogió de hombros. Soltó un quejido cuando se sentó en el borde del colchón. Debajo de su hábito, llevaba unos pantalones de lana que no le quedaban bien, eran demasiado largos para sus piernas cortas. Los bajos estaban embadurnados con una fina capa de arena.

—¿Te importa? Estas rodillas ya no son lo que eran. —Como Jude no respondió, continuó—: Es un enigma interesante, ¿no es cierto?, la pequeña iconógrafa. No llega a tener tu... rebeldía, ¿no? Pero vaya vaya, sí que es talentosa.

Jude apretó los dientes con tanta fuerza que el dolor le hizo vibrar el cráneo.

—No fue mi decisión mandarla lejos tan pronto. Creí que tendría más tiempo para prepararla. Años, incluso. —La mirada de Ezra vagó hacia la ventana, se le arrugó el entrecejo—. Fue ingenuo esperar algo distinto de lo que pasó.

—Sabías que sería exiliada —afirmó Jude, observando su rostro con atención—. Sabías que tenía magia de la memoria.

—«Exiliada...», qué manera tan interesante de decirlo.

—Ezra sonrió mientras negaba con la cabeza casi con indulgencia—.

Supongo que la visión sagrada de los sabios es cierta en ese aspecto.

Al menos sabemos qué significa el polvo de oro.

Sabía que tu encantadora iconógrafa era una santa mucho antes de que ella lo supiera.

Sabemos que todos los iconógrafos tienen magia de la memoria, por eso son elegidos para dedicarse al arte.

—¿Y mandarla a espiar? —preguntó Jude.

—Ah, sí. Bueno. —Ezra alzó un hombro a modo de disculpa—. El Goddenwood no está muy lejos. ¿Creíste que no nos enteraríamos si intentabas visitarlo en todos esos meses atrás? Aunque la anciana decidiera mostrártelo de todos modos.

Esta vez la ira fue imposible de calmar.

—Siobhan —siseó— . Siobhan. La asesinasteis...

—Jude. —Ezra alzó una mano—. Difícilmente puedo controlar a toda la Abadía. Lo que le pasara a Siobhan estaba fuera de mi alcance.

Jude no le creyó ni por un instante.

—¿Por qué? —se obligó a preguntar—. ¿Por qué la mataron?

Ezra lo observó largo rato.

—A veces hay que tomar decisiones difíciles. Los enfermos deben ser eliminados por el bien del rebaño. Y a veces, Jude, los enfermos se van voluntariamente, sabiendo que su sacrificio es para mejorar a todo el conjunto.

—¿Y eso hizo ella? ¿Irse voluntariamente? —escupió Jude—. ¿O quizá la manipularon para que pensara así?

Ezra suspiró.

—Si me permites el atrevimiento, sus asuntos, los asuntos de la Abadía, no siempre son para que tú los sepas. En especial, cuando has convertido en tu misión darles la espalda por completo.

Jude se mordió la parte interna de la mejilla. Nunca había experimentado semejante anhelo incontenible de violencia.