42. Maeve
Maeve
El amanecer se abría paso sobre la aldea y Jude aún no había regresado.
Maeve no había dejado su vigilia frente a la ventana en horas, tenía las extremidades heladas en un estado de interludio forzado.
No podía ir hacia delante ni hacia atrás, solo esperar, con los ojos clavados en la calle de abajo, como si la repentina reaparición de Jude fuese la chispa que la traería de regreso a la vida.
El recuerdo de su sombra aún no la dejaba en paz.
La negrura se desparramaba como tinta sobre los adoquines cubiertos de nieve, permanecía incluso cuando su dueño había desaparecido hacía largo rato.
El dormitorio resplandecía con violetas y cobaltos, el blanco impoluto de las sábanas intacto.
No se permitiría imaginarse a Jude allí.
La vergüenza y el dolor le clavaron sus garras.
Había ido demasiado rápido. Pedido más de lo que estaba listo para dar.
Su respiración empañó el vidrio cuando se inclinó más cerca de la ventana.
El humo de las chimeneas se alzaba en columnas blanquecinas, que se disipaban en una baja neblina azulada.
El horizonte se ondulaba, las formas de los edificios distantes oscilaban como si una nube veloz se apresurara a cubrirlos.
Maeve se frotó los ojos. El más leve indicio de una aguja presionaba contra la imagen.
El resplandor de un rosetón demasiado familiar...
Se puso en pie de un salto, apoyó las dos manos en el cristal para mirar más de cerca.
La forma de la Abadía era inconfundible.
Apenas la reconoció, fue como si el velo que oscurecía la aldea se hubiera derretido, reemplazado por una claridad nítida. No estaban en una aldea a las afueras de Whitebury; ya estaban en la ciudad. Y Maeve ni siquiera se había dado cuenta.
Antes de que pudiera procesar nada más, dos guardias cruzaron calle abajo, sus capas negras les rozaban las piernas.
Se movían despacio, con la mirada recorrían la calle estrecha de arriba abajo.
Un movimiento rápido llamó la atención de Maeve.
Del lado de enfrente a la ventana, se cerraron las cortinas de una pensión a unas pocas puertas de distancia; se apagó el amarillo tenue de la luz de una vela.
Contuvo la respiración. Uno de los guardias siguió avanzando mientras que el otro se detuvo para inclinarse a mirar por el agujero entre las cortinas de una ventana, con las manos ahuecadas alrededor de sus ojos.
¿Qué estaban buscando?
De repente, el guardia de abajo levantó la vista. Sus miradas se encontraron.
Maeve corrió hacia atrás, con el corazón en la boca. Se movió para sentarse contra la pared, la ventana a su derecha. El pánico le nubló la vista. Seguro que no la había visto. Estaba dos pisos más arriba y su ventana estaba oscura... ¿y qué si lo había hecho? No estaba haciendo nada malo.
Todavía no.
Se obligó a respirar con calma por la nariz. Si había guardias abajo, si encontraban a Jude...
Le daría una hora, después saldría a buscarlo. Entendía la necesidad de caminar y aclararse la cabeza, pero ¿toda la noche, en la nieve? ¿Sabía que estaban en Whitebury? ¿Y Elden, dónde estaba?
Un grito repentino la hizo girar y volver a la ventana.
Los dos guardias seguían ahí, pero ahora no estaban solos.
Otro se había unido a ellos y estaban retorciendo a un hombre para echarlo al suelo.
A su lado, una cuarta persona que Maeve no había advertido a primera vista cayó de rodillas y comenzó a vomitar.
Un horrible charco de bilis se hundió en los surcos entre los adoquines.
Una pinta a medio llenar se posaba al lado de su figura postrada, cerveza recién derramada y vidrios rotos al lado.
¿Los guardias habían interrumpido una pelea en la taberna?
No le sorprendía, basada en la desagradable muchedumbre que había visto antes.
Se estremeció cuando el hombre que soportaba la peor parte del ataque de repente se desplomó.
Los guardias lo llevaron hacia atrás y le metieron un trapo en la boca.
Justo antes de que una mano le cubriera los ojos, Maeve le vio la cara.
Jude.
Un miedo helado como el filo de un cuchillo se estrelló contra ella. Golpeó el vidrio con las manos.
—¡No! No, ¡deténganse! ¡Jude!
Los guardias ni siquiera hicieron una pausa cuando lo arrastraron hasta ponerlo de pie. Maeve corrió hacia la puerta. ¿Cómo lo había encontrado la Abadía? ¿Qué iban a hacer con él? Se quedó helada, con la mano en el picaporte.
Sabía... sabía exactamente lo que iban a hacer.
Recuerdos neblinosos, a medio formar, de intercesiones, del Llamado al Sol, se arremolinaron en su mente, dejando atrás la mancha de la violencia, como cenizas después de un fuego.
Pensó en Siobhan, muerta, con su tatuaje de «santa» quemado.
Una figura en el altar, las manos alzadas.
Voces que llamaban más alto; sangre que se derramaba en el suelo. Éxtasis y brutalidad, mano en mano.
Un sacrificio. Un mártir.
La mano, mojada por el sudor, se le resbaló del picaporte en el primer intento. Volvió a probar. La puerta no se movía. Alguien la había cerrado por fuera. Golpeó la madera, mientras pedía ayuda a gritos y agitaba el picaporte con desesperación. Le dolía la garganta por las súplicas aulladas.
Nadie vendría.
La Abadía tenía a Jude y ella estaba atrapada.
Maeve regresó a toda velocidad a la ventana, a tiempo para ver que los dos guardias se pasaban los brazos de Jude por los hombros y comenzaban a hacerlo caminar hacia una callejuela que se desviaba de la carretera.
La cabeza le colgaba hacia atrás mientras que sus piernas flojas iban arrastrándose y dejando marcas por la nieve mezclada con lodo.
—No —suplicó Maeve—. No.
Tiró del pestillo de la ventana con los dedos entumecidos, intentó arrancarlo con las uñas. Si podía abrirlo, podría deslizarse por el tubo del desagüe hasta el techo inclinado de abajo y saltar desde ahí al suelo. Los dedos se resbalaban contra el metal oxidado.
La única figura que quedaba lentamente se puso en pie.
Un hombre de hombros anchos y encapuchado.
La respiración agitada le sacudía la espalda mientras miraba el charco de vómito que lo rodeaba.
Despacio, comenzó a arrastrar los pies hacia la esquina donde la calle se dividía en dos rutas diferentes.
Cada tanto se detenía a mirar a su alrededor, el movimiento era mecánico y brusco.
Le recordó a Maeve a un espectáculo de pantomima que se había escapado para ver años atrás.
Las miradas exageradas, el caminar afectado.
Se detuvo al llegar a la esquina, se llevó las manos al rostro, se lo arañó, deslizó los dedos bien profundo dentro de la boca.
Se le salió la capucha. Una incipiente barba rubia le cubría la mandíbula, tenía un mechón de color arena pegado a la frente.
No lo reconoció. ¿Había sido su aparición una coincidencia?
Quizá había venido de la taberna, en el lugar equivocado en el momento equivocado.
Ella hizo un gesto de asco cuando otro chorro de vómito cayó en el suelo y redobló sus esfuerzos para abrir el pestillo, agitándolo hacia delante y hacia atrás mientras mantenía los ojos en el hombre.
Este parecía haberse recuperado en cierto modo, ya no estaba pegado a la pared.
Despacio, casi con miedo, se palpó de los hombros a la cintura.
Se tocó alrededor del cuello, moviéndose hacia arriba para palmearse la nuca.
El pestillo se deslizó para abrirse con un chirrido metálico justo cuando el hombre levantó la vista.
De repente una presión le creció detrás de los ojos a Maeve. Le tomó toda la fuerza que pudo reunir reprimirla, luchar para tener claridad, porque había algo, alguien a quien necesitaba ver por completo. La pequeña parte de su cerebro luchadora que todavía era suya le gritaba que mirase.
Se presionó los ojos con las manos, apretó los dientes contra el dolor.
Los abrió hacia un rostro que conocía y la miraba desde la calle de abajo.
Elden.