El espacio entre nosotros 41. Jude
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41. Jude

Jude

Jude huyó.

El pánico le nublaba la vista de tal forma que solo veía pequeños puntos.

No miró si alguien de la taberna lo vio estrellarse contra sillas y mesas y abalanzarse sobre la puerta de entrada, para que al salir una ráfaga de nieve cubriera su mundo de blanco.

El ardor del frío era irrelevante. Solo le quedaba el escozor en los pulmones.

Unas sogas le ceñían el pecho, cada nudo las apretaba con más fuerza cuanto más lejos corría de la posada.

De ella. La vergüenza lo invadió, ardiente y brillante.

No podía respirar. No podía respirar , maldita sea.

¿Cómo pudo dejarla, cálida y deseosa, sola en esa maldita habitación con una única cama, mirándolo como si acabara de arrancarle el corazón del pecho para pisotearlo?

Cómo se odiaba.

Por un momento hermoso, su beso había sido exactamente como lo había soñado en esas madrugadas oscuras solo en su dormitorio. Ella había despertado sentimientos en su cuerpo dormidos hacía mucho y le había hecho creer, por un brillante suspiro, que podía ofrecerle el amor que merecía.

Pero entonces. Ay, entonces... la desolación.

Maeve le había deslizado las manos hacia arriba por la camisa y sobre la piel desnuda.

Le había susurrado, rogado que quería más, a él por completo.

Se había frotado contra él hasta que no hubo confusión sobre cuánto la deseaba.

Sin embargo, él solo pudo pensar en los tatuajes debajo de los dedos de Maeve y tan pronto como lo invadió el miedo, consumió todo lo demás.

Se frotó los ojos con la manga del jersey, jadeando.

¿Cómo podía esperar que ella quisiera ver su cuerpo cuando él mismo no podía soportar verlo?

Las heridas físicas de la Abadía podrían haber sanado a lo largo de los últimos ocho años, pero las heridas emocionales aún estaban tan abiertas que se preguntó si alguna vez se permitiría ser vulnerable.

En ese momento, le había parecido imposible.

Entonces, Jude había huido y seguiría huyendo.

La aldea se extendía a su alrededor en una red de callejones estrechos y calles cubiertas de nieve. El aire olía a sal y metal. Los edificios destellaban en tonos de gris sucio, amarillo pálido, el azul desteñido de la tela gastada. Nada de esto reconocible, todo borroso.

Se detuvo y se apoyó contra una pared manchada de lodo.

Un cartel que colgaba justo encima crujió, ruido que se mezcló con el suave silbido del viento y su respiración agitada.

Un pensamiento escurridizo se coló entre los fuertes latidos que sentía en los oídos, de algún modo más venenoso que todo el odio hacia sí mismo que le había sobrevenido.

Ella le conocía. Ella le había visto. Le había pintado.

Maeve le deseaba . Al darse cuenta, le dolió el corazón traicionero.

Había ocurrido demasiado despacio como para que él comprendiera cada momento por completo, pero, de algún modo, ella había visto la persona rota, hueca que él era y aun así le quería.

Le había puesto una mano sobre los tatuajes del brazo y le había ofrecido cargar el dolor por él.

Le había rogado contra su boca. Había tenido las manos sobre su piel desnuda y le había susurrado «por favor».

«Mierda.»

Jude abrió los ojos. Se había equivocado.

Regresaría y sería honesto con ella: la deseaba con desesperación, pero tenía miedo.

La vulnerabilidad no era algo que tomase a la ligera.

Le había llevado meses incluso tener una conversación completa con Elden cuando llegó, sabiendo que era la Abadía quien lo había enviado para hacerle compañía.

Meses de esquivarse, de comer los intentos de comida de Elden, de observar cómo se encargaba generosamente de las tareas desagradables de la casa que Jude había estado evitando.

Pero, poco a poco, su constancia había erosionado la hostilidad de Jude.

Las mismas tácticas que él había usado para amansar a Olive cuando la habían encontrado acobardada debajo de un arbusto unos pocos meses antes.

Quizá Jude se parecía más a un gato salvaje de lo que se hubiera imaginado.

Jude había dejado entrar a Maeve más rápido que a Elden, pero su razón para mantenerla a distancia había sido distinta que con este.

A Elden lo había encontrado y empleado la Abadía, pero venía de una vida como leñador y no directo de sus pasillos de piedra caliza.

Maeve había sido criada de la misma forma que él. Ambos tenían cicatrices, visibles o no.

Ella no se reiría de las marcas de su infancia. Jude tenía que creer eso si alguna vez permitía que lo viera por completo. Y, maldición , quería hacerlo. Quería experimentar todo con ella.

Si sabía algo sobre Maeve era que ella lo escucharía con el corazón abierto, le tomaría la mano y le daría exactamente lo que necesitaba.

Un único farol parpadeó perezoso por encima de él, arrojando sombras oleaginosas sobre la calle.

Había visto a los faroleros antes, muchachos que corrían por ahí con palos que alzaban hacia los postes de luz para encender las llamas en las farolas.

No había señales de ellos ahora, ni de nadie más de hecho.

El edificio frente a él estaba entablado con papel de cera, una esquina rota ondeaba al viento salado que venía del estrecho callejón.

El olor le dio que pensar... ¿No había dicho Elden que estaban en una aldea a las afueras de Whitebury?

No debería de ser capaz de oler el mar tan lejos tierra adentro.

La sal se disipó en la siguiente respiración, reemplazada por un ligero olor a humo.

La nieve se arremolinaba en copos mojados para cubrirle la cara inclinada hacia arriba.

Metió las manos en los bolsillos de la chaqueta, agradecido de haber tenido la previsión de volver a ponerse el abrigo.

La camiseta le irritaba la piel hipersensible, lo que le recordaba la sensación de las uñas de Maeve raspándole el torso.

Desenganchó el pensamiento antes de que pudiera insertarse con más profundidad.

Necesitaba moverse.

Un albañal abierto corría al costado del camino adoquinado y olía inquietantemente como el fertilizante de Elden.

Donde fuera que estuviera en la aldea, esperaba que estuviera a salvo.

No le habían gustado los ojos de los guardias antes.

Una tensión frenética encendió el aire, una vigilancia.

Si no fuera por la suave caída de la nieve, se preguntaría si se acercaba una tormenta eléctrica.

Cerca, sonó una campana.

Jude dobló una esquina y allí estaba: la torre del reloj.

Representaciones de antiguos santos esculpían la piedra clara, talladas alrededor de estrechas ventanas de vitrales sencillos que ascendían de manera uniforme por el lateral de la torre.

Esta llegaba más alto que los edificios vecinos, su fachada más vieja y mejor cuidada.

Supuso que había estado aquí mucho antes que las otras construcciones; su presencia suponía un obstáculo para construir otras infraestructuras alrededor.

Así era como funcionaba la Abadía: reclamaba espacio incluso donde no era bienvenida.

Se detuvo en la base y miró hacia arriba.

Oro le destelló en los bordes de la visión.

Presionó las palmas contra la piedra fría, trazó el contorno de un brazo estirado, los pliegues de una capa.

Las yemas de los dedos resbalaron sobre la larga trenza de una santa, mientras imaginaba la cara de Maeve en su lugar.

¿Lo habían hecho artistas como ella: acólitos convertidos en artesanos que creaban para la Abadía y que se entregaban para marcar su devoción?

El trabajo no era para nada como el de ella. Estas figuras estaban congeladas. Las de ella respiraban vida, pasión y luz y devoción a su arte. Presionó la palma abierta sobre la cara de la santa, cubriéndola para evitar su mirada de piedra.

Arriba, la luz desde el campanario parpadeó y palpitó. Inclinó el mentón lentamente hacia el cielo. Una voz en el fondo de su mente, que más se desvanecía cuanto más miraba, le susurraba que debía apartar la mirada.

No quería hacerlo.

De repente, el oro se retrajo, exponiendo los oscuros contornos de la fachada de la torre.

Cada rostro tallado sobresalía en un relieve nítido.

La textura de la piel de piedra se veía más blanda que la carne.

Intentó cerrar los ojos, intentó ver algo que no fuera oro o las caras observadoras, lascivas.

No pudo.

No podía, no podía, no podía.

Los santos debajo de sus manos se giraron para mirarlo.

Se les abrieron grandes los ojos y la boca cuando el terror se apoderó de sus rasgos, tallados con tanta facilidad como si fuesen humanos.

Las campanas tañeron con más fuerza y le ahogaron los pensamientos, los latidos, la mismísima sangre en su interior...

—¿Jude?

Por un segundo aterrador, Jude no reconoció al hombre frente a él.

Una capucha le ocultaba el rostro e inundaba su cuerpo en un mar negro manchado de lodo.

Su repentina aparición devoró la calma sobrenatural del campanario hasta que solo quedó el pánico, lo suficientemente fuerte como para enviar una onda expansiva mareante a través de él.

La mano que se estiraba hacia él, indeseada.

Jude se tambaleó hacia atrás y el hombre lo agarró del hombro para alejarlo de la torre del reloj.

La capucha se deslizó hacia atrás. Todo el aire le volvió a los pulmones en una ráfaga dolorosa.

—¿Elden? —Jude se aflojó, se frotó el rostro con una mano—. Mierda.

La mano de Elden le apretó el hombro antes de aflojarse.

—¿Qué estás haciendo aquí? ¿No deberías estar con Maeve?

Jude apartó la mirada. No le podía contar lo que había pasado, no ahora.

—Lo estaba.

Elden no respondió. Jude se atrevió a mirarlo a la cara. Estaba echando un vistazo a su espalda, tenía el ceño fruncido y movía los labios sin emitir sonido. Jude se acercó.

—¿Elden? —repitió.

Este se estremeció, un movimiento brusco que lo recorrió de la cabeza a los pies.

—Debemos regresar —murmuró—. Es tarde.

Jude asintió con la cabeza. Elden serpenteó por las calles como guiado por un mapa, sin comprobar si Jude lo seguía.

La aldea parecía incluso más solitaria que cuando había dejado la posada, si eso siquiera era posible.

No había movimientos de cortinas cuando ellos pasaban, ni sonidos de risas en la distancia o peleas procedentes de tabernas o burdeles. Solo el silencio les colmaba los oídos.

Elden dobló una esquina, la punta de la bota se le atascó en un adoquín suelto.

Jude se apresuró a enderezarlo, sujetándole con fuerza la muñeca desnuda.

Su magia no había reaccionado sin su consentimiento en semanas, moderada no por los libros, sino por su propia aceptación de ella.

Su propia quilla estabilizadora interna.

Pero ahora que estaba tenso y ansioso, arremetió.

El recuerdo de Elden se disparó a través de él, completamente en blanco salvo por un aluvión de ruido.

Una neblina gris como las cenizas de un fuego se le enterraron en la garganta y le oscurecieron los ojos. Una mano le envolvió el cuello; las palabras en su oído, dulces e inevitables. No quería hacerlo, no podía...

Los labios se le helaron cuando un grito silencioso le abandonó la garganta.

La palabra no vendría.

Jude se liberó de una sacudida. Los pensamientos le dieron vueltas vertiginosamente.

—¿Qué... qué ha sido eso?

Elden siguió caminando, con pasos cortos y erráticos. No se detuvo cuando Jude se quedó mirándolo boquiabierto.

—¡Elden! —llamó mientras corría para alcanzarlo.

¿Qué acababa de ver? Una manipulación de la memoria, hasta ahí era obvio, pero nunca había visto un recuerdo tan oscurecido que no quedaban más que emociones reprimidas puestas de manifiesto. Nada salvo palabras en su oído.

Distraídamente, Jude notó que el cielo había aclarado de algún modo en los minutos desde que había dejado el campanario. Vetas violetas e índigo atravesaban las nubes en el cielo. ¿El reloj no acababa de tocar la medianoche? El sol no debería salir hasta al cabo de ocho horas.

Elden al fin se volvió para mirarlo, justo frente a la puerta de la posada.

Se le abrieron bien grandes los ojos mientras su respiración jadeante nublaba el aire a su alrededor.

En la luz clara, cada detalle del rostro de Elden se hizo de repente visible.

Tenía los ojos vacíos por completo, como si no estuviera siquiera allí, como si ya no habitara su cuerpo en absoluto.

Gotas de sudor le invadían las sienes y la línea del cuello.

—Yo... —Elden se atragantó. Alzó ambas manos para pasárselas por el pelo con fuerza. Tenía los ojos desorbitados—. Perdóname.

Jude no tuvo tiempo para responder, ni siquiera tuvo un segundo para respirar antes de que se le vinieran encima.

Manos contra los hombros, agarrándole las muñecas.

Tapándole los ojos. Gritos que llenaron el aire junto con el violento sonido de vómitos.

Un trapo mojado introducido entre sus dientes, el dulzón aroma del incienso en su nariz.

Empalagoso y explorador, eliminando todo lo que no fuese su última y evanescente mirada hacia Elden, que caía de rodillas, rodeado de un creciente charco de vómito.