El espacio entre nosotros 40. Maeve #2
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40. Maeve #2

Juntos, subieron los escalones de la posada y se detuvieron frente a una puerta en el segundo piso. Notó que a Jude le temblaban las manos cuando metió la llave en la cerradura. Maeve se secó las suyas contra los pantalones, consciente del sudor que le mojaba las palmas.

La habitación era pequeña y estaba limpia, en la chimenea ya ardía un fuego.

Maeve decidió ignorar por completo la presencia de una sola cama y se dirigió a la ventana.

El vidrio estaba frío contra su mano, atemperando el calor de su cuerpo.

La habitación daba a un mar de tejados. La nieve espolvoreaba los aleros y se acumulaba en gruesas capas en los alféizares.

Las chimeneas escupían humo en nubes blancas contra la oscuridad del cielo.

Incluso a kilómetros de distancia, sintió la presencia vigilante de la Abadía como un vapor que serpenteaba a través de las calles, acechando en cada esquina con relatos de devoción y desviaciones.

Se preguntó si se sentiría tentada de caer de rodillas cuando estuviese en el interior de sus salones o si el recuerdo de la traición despertaría en ella una furia que no podría controlar.

Había una sola forma de averiguarlo.

Con determinación, dejó atrás la ventana y la Abadía, y volvió su atención a Jude.

Él miraba la cama, mientras frotaba el dobladillo de su jersey entre el pulgar y el dedo índice.

Sus movimientos, poco naturales; el silencio entre ellos...

Se había equivocado al suponer que no estaba nervioso.

Cada centímetro de su cuerpo lo traicionaba, cada pequeña señal que ella se había vuelto tan experta en leer le decía que estaba tratando de mantener la compostura con mucho mucho esfuerzo.

—¿Jude? —preguntó, luchando para que la voz le saliera firme. Dio un solo paso hacia él. Se detuvo.

Él no respondió, tan solo siguió mirando la cama como si fuese una ecuación aritmética particularmente difícil que estaba tratando de resolver.

Maeve se quitó la capa, se desenrolló la bufanda del cuello y se sacó el gorro de la cabeza. Su trenza cayó atropelladamente, las raíces mojadas por la nieve derretida y el sudor. La liberó para que el pelo le cayera en ondas sueltas sobre los hombros.

Todavía silencioso, Jude se quitó las botas y las acomodó ordenadamente junto a la puerta.

A Maeve el corazón le latía en los oídos. ¿Cómo se podía esperar que durmiera al lado de él así? ¿Con la tensión respirando entre ellos como algo vivo?

Con movimientos lentos, intencionados, Jude comenzó a desabrocharse los botones de la chaqueta.

Siguió por el jersey, lo dobló y lo guardó en un cajón.

Pronto, estaba frente a ella en camiseta interior de suave lino gris y manga larga; los pantalones le colgaban sueltos de las caderas estrechas.

Las perneras estaban mojadas casi hasta las rodillas y embadurnadas de lodo.

Apoyó los dedos sobre el botón del pantalón, meditabundo.

—No puedes dormir con eso —murmuró Maeve, con voz ronca, en el pesado silencio.

La mirada de Jude se deslizó sobre su cabello suelto y bajó hasta los pantalones, los de él que ella había tomado prestados para la caminata, y que estaban igual de sucios.

Había enrollado el bajo varias veces para adaptar la diferencia de estatura entre ambos, pero solo los había convertido en bolsillos donde la nieve acumulada se derretía.

Caían gotas de agua que mojaban el suelo bajo sus pies.

—Tú tampoco —señaló él.

—No.

Jude se agachó y abrió la bolsa que Elden se había dejado en la taberna y que él mismo había subido a la habitación.

Frunciendo el ceño, levantó un libro, luego otro, inclinó la bolsa para mostrarle el contenido.

Todo libros. Qué extraño... Ella estaba segura de que esa era la bolsa que había traído de la iglesia con los útiles para el fuego.

—Nada de ropa —masculló Jude—. Ni lo necesario para el fuego.

La línea de la garganta le bajó y volvió a subir mientras se ponía de pie.

Todos los pensamientos sobre los libros desaparecieron cuando, lentamente, él se desabotonó los pantalones.

Debajo, el negro de su ropa interior contrastaba con el blanco de la parte baja de su abdomen.

Soltó los últimos dos botones, dio unos pasos para salir de sus pantalones y quedar frente a ella en unos calzoncillos que le llegaban a mitad de los muslos.

La luz de las velas le doraba la piel recién revelada; las líneas gruesas e irregulares de sus tatuajes, negras por completo.

Como la primera vez que había contemplado su ícono, Maeve tuvo una clara sensación de otredad. Como si él fuera algo perfecto y sagrado y ella una mera penitente, que no deseaba nada más que arrodillarse.

El vestido suelto que se había metido en la cintura se desplegó cuando dejó caer los pantalones a sus pies, cubriéndole desde el cuello hasta parte de los muslos.

No se había puesto un nuevo par de medias esa mañana, lo que le dejaba la piel desnuda bajo la seda blanca.

En la oscuridad de la habitación, la magra luz de las velas había vuelto la tela traslúcida.

Contuvo la respiración, esperando a que él la mirara como lo había hecho en su dormitorio, queriendo sentir el peso de sus ojos igual de intenso sobre su cuerpo.

Como no lo hizo, dio un paso adelante. Él permaneció tan quieto que ella se preguntó si acaso respiraba cuando le envolvió una muñeca con la mano y la llevó sobre su corazón. Seguro que podía sentir cómo este quería huir de su pecho.

Por fin, por fin , sus ojos se encontraron. La mezcla de miedo y deseo desnudo, salvaje, le quitó el aliento.

—Eres hermoso —murmuró—. Tan hermoso. Cada parte.

Los labios de Jude se entreabrieron ligeramente. Parecía atormentado, como si partes iguales de él estuvieran en guerra y aún no supiera qué lado ganaría. Movió la mano apoyada sobre su corazón hacia el costado de su cuello, llevó el pulgar a la punta de su mentón. Con reverencia en su tacto.

—Jude... —comenzó a decir.

—Shhh —murmuró él—. No hables.

Entonces, la besó.

El primer pensamiento, el único pensamiento, fue cuán indescriptiblemente bien se sentía al tener sus labios sobre los de ella. Al fin . Cuánto tiempo lo había querido, con cuánta desesperación había anhelado este momento. Cómo era a la vez un bautismo aclarador y un desamarre.

Nada más existía salvo la sensación de su piel sobre la de ella, la lengua en su boca.

De algún modo, se habían movido hacia la puerta cerrada, Jude bloqueado entre esta y su cuerpo.

Él le sujetaba la cara con firmeza entre ambas manos.

Cualquier sentimiento contenido que ella había experimentado antes no era nada, nada , comparado con su actual desesperación.

Quería que la tocara más. Que la tocara toda.

—Jude —murmuró, una plegaria en su nombre susurrado.

Inclinó la cabeza hacia atrás mientras él bajaba por su cuello besándola, con la boca abierta, los dientes contra su pulso. Los sonidos que provocó en ella rompieron el silencio.

Maeve lo atrajo más cerca aún agarrándolo de la nuca y gimió cuando él deslizó los labios hacia arriba sobre su mandíbula para regresar a su boca.

Los últimos vestigios de cordura la abandonaron por completo cuando él empujó un muslo entre sus piernas y presionó hacia arriba.

La exquisita presión bordeó el dolor y, de repente, ella se dio cuenta de que podía alcanzar el clímax así.

Quería hacerlo. Tan solo con su pierna entre las de ella y su boca.

Esto era mucho mejor de lo que se había imaginado; eran él y ella juntos, y Jude la estaba besando, al fin...

Él le soltó un suave gemido en la boca cuando Maeve le deslizó una mano debajo de la camisa y le rascó con las uñas la cálida piel del estómago. La otra fue al hueco de su cadera, donde le metió los dedos dentro de los calzoncillos y empujó hacia abajo.

—Por favor, Jude —susurró—. Por favor.

Él se apartó con brusquedad, un movimiento tan repentino que la hizo trastabillar hacia delante.

—Suficiente.

Antes de que ella pudiera decir nada, antes de que siquiera pudiese mirarlo a la cara, él se fue caminando a largos pasos hacia la ventana. Cuando se volvió, tenía los ojos desorbitados.

—¿Qué... qué pasa? —preguntó Maeve con un hilo de voz. Se abrazó a sí misma con fuerza cuando una fría oleada de temor le cubrió la piel, borrando cada centímetro de calor previo—. ¿Estás bien?

—Lo siento. —Jude se frotó la cara con las manos. Los calzoncillos le colgaban de forma desigual sobre las caderas, mostrando una línea de marcas de conteo a lo largo de la parte baja de su abdomen. Tenía los labios enrojecidos y un rubor intenso que le bajaba por el cuello—. No puedo.

Antes de que Maeve pudiera responder, se estaba subiendo los pantalones y poniéndose el jersey y el abrigo sobre los hombros. No la miraba mientras se movía. Ella se quedó quieta, incapaz de hacer otra cosa que mirarlo mientras se iba vistiendo a trompicones.

El impacto de ver la mano de él sobre el picaporte la hizo reaccionar.

—Espera... Por favor, dime qué pasa. —Se acercó, pero se detuvo cuando él dio un paso atrás. Se le hizo un nudo en la garganta—. ¿Jude?

Él bajó la cabeza, apoyó la frente contra la puerta cerrada. Cerró los dedos con más fuerza alrededor del picaporte hasta que el metal crujió.

—No eres tú. Yo tan solo... no puedo.

Sin otra palabra, se fue, dejándola sola y a medio vestir, con el corazón cayéndosele a pedazos en el suelo.