El espacio entre nosotros 40. Maeve
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40. Maeve

Maeve

Maeve seguía, de algún modo, sorprendida de que la pequeña aldea a unos pocos kilómetros de Whitebury le resultara desconocida pese a que su mente tenía la consistencia de la arena mojada.

Estaba segura de que había estado allí antes, pero al serpentear por las calles laberínticas, le impactó encontrar que absolutamente nada le refrescaba la memoria.

Ni los edificios apretujados unos al lado de otros, ni las calles adoquinadas, ni las ventanas escarchadas de la torre del campanario que asomaba sobre la extensión de techos de tejas.

Ni, sobre todo, los guardias con los que se cruzaron de camino hacia la aldea. Contuvo la respiración cuando les revisaron las bolsas, agradeció tener todavía un ícono acuñado metido en uno de los bolsillos laterales. Prueba de devoción a la que aferrarse, una última vez.

Elden lideró el camino a través de las calles, comprobando en todo momento si Maeve y Jude lo seguían de cerca. El movimiento era tan seguido y tan crispado que estaba tentada de preguntarle si estaba bien su cuello. Hasta sus pasos parecían forzados, sacudidos como por una fuerza desconocida.

Los ojos avellana de Jude brillaban oscuros y atentos sobre el borde de su bufanda, más fijos en Maeve que en los caminos que transitaban.

Si la ansiedad de Elden se manifestaba en miradas nerviosas y un paso acelerado, la de Jude se plasmaba en una quietud cautelosa; el peso de su concentración, una presencia tangible alrededor de ella.

Hasta ahora, se habían mezclado bastante bien con la multitud de peregrinos y habitantes que llenaban las calles abarrotadas. Había sentido un par de ojos persistentes, pero los descartó como simple curiosidad humana.

O eso esperaba.

Por suerte, y por lo que sabía, podía recordar todo sobre ese día, que había empezado cuando se despertó en el granero de Caleb.

Ni siquiera los momentos en que había perdido la vista en la iglesia estaban del todo borrados.

Algún rato durante la caminata un zumbido difuso le había llenado los oídos y las náuseas le habían revuelto el estómago al mismo tiempo, pero en gran parte se había sentido...

«Bien» no era la palabra. Pero le había resultado llevadero.

Por ahora. No quería pensar en lo que podría pasar cuando llegaran a la Abadía.

—Aquí estará bien —opinó Elden, tratando de abrir con torpeza una puerta debajo de un tosco cartel que decía P OSADA . Unas cadenas chirriaron cuando se mecieron adelante y atrás, oxidadas donde los eslabones se unían.

Dentro reinaba un fuerte olor a cerveza agria y a demasiados cuerpos, pero resultaba agradablemente cálido. Después de dos días expuesta a los páramos, Maeve dormiría aquí a gusto si significaba que no tenía que temer por la seguridad de los dedos de sus pies.

Ella y Jude se quedaron atrás mientras Elden resolvía el tema de las habitaciones y pedía una comida para los tres en la taberna.

Jude miró detenidamente a su alrededor con la concentración de un águila, sus ojos se quedaban en cada rostro que había levantado la vista a su entrada.

Él permanecía justo detrás de ella, su calor le acariciaba la espalda.

Elden se acercó unos minutos después con una llave de latón colgada de un dedo, que le entregó a Jude. Maeve sintió alivio al ver que había relajado su actitud desde que habían entrado en la taberna.

Elden se movió para acunar su bolsa contra el pecho, echando una mirada furtiva a su espalda.

—El posadero es devoto. —Se señaló el cuello, donde los fieles de la Abadía solían llevar íconos acuñados colgados de finas cadenas o cuerdas—.

Le ha parecido extremadamente raro que una pareja casada eligiera este antro.

Sobre todo peregrinos. Quizá debamos vendérselo un poco.

No quisiera que salga ningún rumor de aquí, ni a los guardias ni a nadie.

Jude resopló.

—Ay, por el amor...

Elden alzó las cejas.

—Es solo una opinión. En fin, iré a buscarnos algo de comida.

Jude dejó escapar otro suspiro atormentado.

Movió a Maeve para que permaneciera frente a él, le rodeó los hombros con los brazos y la acercó hacia la parte frontal de su cuerpo como había hecho en esa maldita cabina de organista.

Y, al igual que entonces, mantuvo las caderas algo apartadas del cuerpo de ella.

Maeve cerró el espacio, luchando contra una sonrisa cuando Elden lanzó un guiño en su dirección.

¿Era realmente necesario fingir que estaban casados? Tal vez sí, tal vez no. Una mujer que viajaba sola con dos hombres llamaría la atención, desde luego. Pero ¿estaba Maeve disfrutando de la breve tregua del pánico, de la preocupación? Sin duda.

El corazón de Jude le golpeó la espalda. Ella se dio la vuelta para mirarlo. A tan corta distancia era evidente que tenía la mandíbula tensa.

—No te muestres tan dolido por esto —le susurró ella.

Él se relajó lo suficiente para soltar una larga exhalación. Se le dispararon los ojos hacia los de ella antes de volver a recorrer la taberna. Le bajó y subió la garganta.

—No lo describiría de esa forma.

Maeve apartó la mirada. Tenía la boca incómodamente seca.

Elden reapareció haciendo equilibrios con tres platos de pastel de carne de aspecto dudoso. Jude la soltó para guiarlos hasta una mesa discreta en un rincón ensombrecido, fuera del alcance de miradas curiosas. Se sentó despacio, de espaldas a la pared; escrutando a los parroquianos.

Maeve se detuvo junto a uno de los taburetes.

—¿Podemos pedir algo para tomar?

—Sí —asintió Elden. Se volvió y levantó tres dedos al tabernero, que los observaba.

Antes de que Maeve pudiera sentarse en un taburete propio, Jude le puso una mano en la cadera y tiró de ella para sentarla en su regazo.

Aflojó un poco el agarre cuando ella se acomodó, movió la palma para cruzarle el bajo vientre.

Maeve intentó calmar la respiración, segura de que él podría percibir su ritmo superficial.

El tabernero, un hombre canoso al que le salía una alarmante cantidad de pelo de las fosas nasales, dejó tres jarras sobre la mesa con un golpe.

Sostuvo la mirada fija en el rostro de Maeve mientras esperaba que Elden sacara las monedas de un bolsillo.

Incluso cuando ya se las había guardado en el cinturón, el hombre permaneció ahí, mirándola todavía.

—¿Necesitas algo? —ladró Jude.

Maeve se sobresaltó. Él le apoyó el mentón sobre el hombro y se llevó la jarra a los labios. El tabernero gruñó, se volvió y regresó pesadamente a la barra. Jude se bebió la mitad de la cerveza de un trago, antes de dejarla en la mesa. Se arrimó a su oreja.

—Quizá la farsa sea necesaria después de todo.

—Ah, sí —repuso ella, con indiferencia, mientras levantaba la jarra de peltre. Se pasó la cerveza amarga entre los dientes—. Si no estuvieras aquí, el tabernero y yo estaríamos subiendo las escaleras en este preciso instante.

La mano de Jude le presionó con más fuerza la cadera.

—¿Es tu tipo, entonces? —preguntó Elden, sonriendo. Se quitó la capa y el sombrero, se arremangó la camisa. Un calor ya le iluminaba las mejillas bajo la barba—. ¿Te gustan lascivos y decrépitos?

—Mientras me traigan tragos, no me importa demasiado.

Los tres terminaron la cena en poco tiempo.

Estaba caliente y era sustanciosa, más de lo que Maeve podía desear después de días de escasas provisiones.

Bajó el tenedor y se acomodó en el regazo de Jude.

Él resopló en respuesta. El dedo pulgar contra su vientre la acarició en un círculo constante que borró por completo su habilidad para enfocarse en ninguna cosa que no fuera él.

Su desesperación llegó al extremo, consumiendo todo pensamiento restante salvo su deseo de ir a la habitación con él. Necesitaba ver adónde llevaba esto. Podían tener una noche, ¿verdad? No era egoísta desear, ¿no? Antes de que llegara el día siguiente. Antes de que fuera demasiado tarde.

Elden se terminó de un trago lo que quedaba de su pinta y se puso de pie. Se tambaleó un poco, se estabilizó apoyando una mano en la mesa. La piel se le veía ligeramente gris bajo la escasa luz de la taberna. Tenía gotas de sudor en las sienes.

—Voy a mirar los alrededores. ¿Vosotros vais a subir a la habitación?

—Sí —respondió Jude—. ¿Estás bien?

—El tabernero sirvió con generosidad. El aire fresco ayudará, imagino.

Maeve notó que Jude asentía contra el costado de su cabeza. La mano que estaba sobre su vientre se tensó.

—Mantente alerta. No sabemos quién podría estar observando.

Elden los contempló en silencio, con la boca parcialmente abierta. Se sacudió un poco mientras una sonrisa se apoderaba de su cara.

—Siempre lo estoy.

—También se ha terminado mi pinta, ¿no? —murmuró Jude después de que se fuera. Movió la mano desde su vientre para sujetarle el lateral de las costillas. La atrajo más contra su pecho; el trasero más apoyado sobre su regazo.

Maeve hizo un esfuerzo para enfocarse en las palabras que él le decía. Cada uno de sus sentidos estaba centrado en sentirlo debajo de ella. En su regazo, para ser exactos. Sobre el cual seguía apoyada. Se movió hacia atrás, frotándose contra él.

Jude respiró hondo de forma entrecortada, antes de sujetarla de las caderas con las manos abruptamente y ponerlos a ambos de pie. Recogió la bolsa que Elden había dejado olvidada y la cargó sobre un hombro.

—Vayamos arriba.

Lo único que ella pudo hacer fue asentir con la cabeza.

Si Maeve no lo hubiese conocido tan bien, habría pensado que eran nervios lo que merodeaba detrás de sus ojos cuidadosamente inexpresivos, una variación distinta de la vigilancia que había empleado en la taberna.

Pero siempre estaba tan controlado, tan dueño de sí mismo, de una forma en la que ella era incapaz.

No podía estar nervioso por pasar unas pocas horas a solas con ella...

¿Lo estaba?

Mejor aún, ¿lo estaba ella ?