39. Jude
Jude
Para su sorpresa, Elden los alcanzó en menos de una hora, después de que escaparan de la iglesia.
Estaba agitado, traía el sombrero arrugado en las manos, pero estaba entero. Hasta sonreía al acercarse.
—Ya os he dicho que os alcanzaría.
Maeve lo abrazó.
—Cuánto me alegro de volver a verte.
—¿Cómo te las has arreglado? —preguntó Jude, mientras seguían caminando. Se aplaudió a sí mismo por lograr disimular el afecto en la voz.
Aun así, Elden le lanzó una sonrisa cómplice.
—Le he convencido de que me dejara ir. Le he dicho al señor Peters que sabía adónde ibais y que os traería de regreso.
Jude se detuvo.
—¿Qué?
Examinó el horizonte detrás de Elden. Nada. Ninguna figura oscura, invasora, manchaba las colinas cubiertas de nieve. Aun así, no podía negar el escalofrío que le recorrió la columna.
Maeve lo urgió a seguir con una mano entre los hombros.
—Me alegra que aún tengas sentido del humor, Elden.
Elden mantuvo la mirada al frente.
—Hay una aldea a las afueras de Whitebury. A una hora de camino del centro. Supongo que será más seguro que entrar en la ciudad. Debería haber varios grupos de peregrinos allí con los que podríamos mezclarnos a medida que nos acerquemos.
Jude frunció el ceño. No recordaba haberle contado a Elden su plan de hacerse pasar por peregrinos. Quizá lo había hecho Maeve.
A medida que pasaban las horas, se fueron encontrando con varios grupos que caminaban hacia la Abadía con la nieve hasta las rodillas, tal y como Elden había predicho.
Era él quien más hablaba cada vez que se encontraban con un nuevo grupo, escudando a Maeve y Jude con sus anchos hombros.
Por suerte, nadie se quedaba cerca demasiado tiempo, aunque Jude seguía sintiendo el peso de sus ojos mucho después de que se fueran.
Tras el episodio de la iglesia, desconfiaba más que nunca de miradas atentas y preguntas curiosas.
Examinaba cada rostro para ver si reconocía a alguien de la iglesia. Creyó que quizá un hombre... Algo en su pose desgarbada le resultaba familiar. Quizá era el botijo que aferraba en el puño, o tal vez el color claro de sus ojos, intensamente enfocados cuando vagaron hacia el rostro de Maeve.
Pero, como los demás, él también siguió adelante.
—Hay una posada donde nos podemos alojar en cuanto lleguemos —comentó Elden al tomar el camino hacia un pueblo bajo a lo lejos—. Maeve, tú y Jude os podéis esconder allí mientras busco túnicas y cualquier otra cosa que podamos necesitar.
En los ojos oscuros de Maeve se reflejaba el pálido paisaje que los rodeaba, la nieve le espolvoreaba las puntas de las pestañas.
—¿Escondernos en una posada? No es realmente como imaginaba mi gran regreso a la Abadía.
Le asomaba el nacimiento de la sonrisa por encima de la bufanda roja.
Su bufanda.
—Tal vez no —respondió Elden—. Pero es la opción más segura.
—¿Lo es? —murmuró Jude. Echó un vistazo a la nueva bolsa con los costados abultados que Elden llevaba sobre el hombro.
De algún modo, en el caos de la huida de la iglesia, se las había apañado para conseguir los útiles para el fuego—.
Tenemos madera y pedernal —continuó—. ¿Por qué no buscamos un lugar al aire libre para pasar la noche, que sería lo más seguro?
A Maeve le castañeaban los dientes de forma audible. Elden negó con la cabeza.
—Es más seguro donde podamos calentarnos. Venderé la madera si es necesario. Unas monedas extra no nos vendrían mal.
Maeve movió la cabeza de arriba abajo, asintiendo.
Se le notaba la tensión en los rabillos de los ojos y en el entrecejo.
Había estado inusualmente alegre ese día después de que Elden se reuniera con ellos, burlándose y bromeando con una alegría frenética que preocupaba más a Jude que si hubiese marchado de forma fatigosa y en silencio.
Era como si tratara de endulzar la amargura de su miedo.
Odiaba eso.
Sentía el miedo que ocultaba con tanta intensidad como el suyo propio; había visto cómo miraba al cielo incontables veces a lo largo de las horas, parpadeando con rapidez contra el dolor de cabeza que él sabía que le iba en aumento.
La conexión con la Abadía iba haciéndose más fuerte con cada paso que los acercaba...
¿Por qué estaba tan decidida a actuar como si fuese al revés?
Aun así, mientras observaba cómo Maeve se reía y juntaba nieve para lanzársela a Elden, sintió que se ablandaba.
Si ella prefería pasar las últimas horas de relativa seguridad fingiendo felicidad, lo mínimo que podía hacer era seguirle la corriente.
Nada bueno podía salir de arrastrarla al pozo de ansiedad donde actualmente él se regodeaba.
Jude se agachó y formó su propia bola de nieve. Maeve chilló cuando esta le aterrizó directo entre los omóplatos con un mojado «paf», se dio la vuelta y comenzó a correr hacia él. Tenía las mejillas y la nariz sonrosadas; la sonrisa más genuina que le había visto en todo el día.
En un frenesí de extremidades, Maeve le hizo un placaje y ambos cayeron a la nieve.
Esta caía a su alrededor en un remolino helado, espolvoreándoles los ojos.
Ella se la retiró de las mejillas y la nariz con las yemas de los dedos enguantados.
Los labios se le ampliaron en una sonrisa contagiosa.
Jude inspiró un par de veces antes de cogerla por las caderas para que ambos se levantaran del suelo.
La mirada en los ojos de Maeve lo detuvo.
—Te atrapé —susurró ella.
Su mirada iba rápido de uno al otro ojo. Él inspiró hondo. Los ojos de Maeve bajaron a sus labios, que él entreabrió en una exhalación. Con dedos fríos, ya sin guantes, ella le acarició la comisura de los labios, el costado de la mandíbula, la suave hendidura bajo la oreja.
Un grito apagado sonó en la distancia. Elden los llamaba por sus nombres.
Los ojos de Maeve aterrizaron en los suyos por un segundo desgarrador antes de apartarse y ponerse de pie.
El aire gélido se deslizó sobre él ocupando su lugar.
Observó el cielo gris perlado, contemplando los beneficios de dejar que la nieve lo consumiera por completo.
La excitación se desvaneció en una preocupación vaga, anticipatoria. Mitad deseo y mitad miedo.
Ya había besado a mujeres antes... muchachas, en realidad, ya que, al igual que su compañera, apenas tenía quince años la última vez que lo había hecho.
Besos prohibidos en la parte trasera de una taberna, poco más que un titubeo de labios y dientes, ninguno de los dos sabía qué estaba haciendo.
Más de ocho años habían pasado desde entonces.
No había hecho nada más. Nada.
Si Maeve fuera a besarlo, si fuese a desnudarse y buscar placer en su cuerpo, él no sabría qué hacer.
Estaría completa y condenadamente perdido, tal como lo había estado en su dormitorio cuando tuvo su cálida cintura bajo la mano, sus ojos suaves y deseosos.
Si no había sido capaz de tomar lo que quería, lo que ella le había ofrecido entonces, ¿sería capaz alguna vez?
Sin importar que tuviese el cuerpo salpicado de cicatrices y tatuajes, tanto a manos de los sabios como de las suyas propias. Tenía la palabra «devoción» marcada en la espalda, «maldita sea». Aunque ella sabía que estaba ahí, él se estremecía solo de pensar que ella lo viera en vivo, lo tocara.
Se merecía alguien mejor que él en todos los aspectos que importaban.
La sola idea de mostrar ese nivel de vulnerabilidad a otra persona le entumeció las extremidades. No podía soportar decepcionarla.
Y, sin embargo, la deseaba. Más que nada.
Dejando atrás su patético revoltijo de preocupaciones, Jude se levantó. Alcanzó a Maeve cerca del camino.
—Había un grupo de peregrinos pasando por aquí. Dos niños se lanzaban bolas de nieve. —Lo observó, se puso seria—. ¿Estás bien?
—Sí. —Extendió un brazo para que ella lo tomara mientras avanzaban por la nieve—. Bueno, no. Estoy... ansioso —se corrigió.
Ella asintió con un murmullo y agregó:
—No sé qué esperar. Especialmente cuando comiencen los himnos.
—No —reconoció él—. Me sentiré más tranquilo cuando estemos puertas adentro.
Maeve se quedó en silencio, miró con los ojos entornados las nubes pesadas en el cielo.
—Sobre las reliquias... —comenzó a decir Jude, vacilante. Había estado esperando todo el día para mencionarlas—. ¿Crees que puede ser la forma en que los sabios acceden a la magia en los íconos, en que pueden controlar nuestra memoria de forma individual?
El rostro de Maeve era por completo indescifrable.
—¿Por qué crees eso?
Jude intentó darle sentido a sus pensamientos tan rápido como pudo.
—Mencionaste que forman una conexión entre los sabios y los santos, y que era más bien metafórica.
Pero ¿y si no lo es? ¿Y si es real? Sabemos que los íconos nos amarran a la Abadía y que la magia de los iconógrafos es la que forja esa conexión.
Pero ¿qué pasa si las reliquias son la forma mediante la cual los sabios usan los íconos?
—¿Los usan cómo? —preguntó Maeve.
—¿Alguna vez conectaste dos latas con una cuerda cuando eras niña? Sostienes un lado contra la oreja, le das el otro lado a otra persona y amplía tu voz —explicó Jude. Ella asintió—. Quizá es como eso. El santo es una lata, el ícono es la otra y la reliquia es la cuerda entre ambos.
—Eso... tiene sentido —respondió Maeve, vacilante—.
Tengo un recuerdo sobre eso, creo. Uno de hace años.
—Se le frunció el ceño al concentrarse—.
Tendría unos dieciséis cuando vi el interior de una de las reliquias de Ezra.
Estaban por colgar mi primer ícono en la basílica y Ezra debía llevarme para que viera cómo lo colocaban.
Al no aparecer, fui a buscarlo. —Hizo una pausa; sus ojos se desenfocaron, como si requiriera esfuerzo extraer el recuerdo—.
Lo encontré en su estudio. Estaba inclinado sobre algo.
Una reliquia. Tenía el centro, la parte del relicario, abierto.
Alcancé a ver un atisbo del interior antes de que lo cerrara.
Era pequeño. Difícil de distinguir contra el forro de tela. Pero era inconfundible.
Se detuvo. Encontró sus ojos.
—Dentro... había pelo. Un rizo de pelo humano.
Le invadió el horror. Abrió la boca para responder, sin estar seguro de qué decir, pero las palabras se le quedaron atoradas cuando Elden comenzó a acercarse. Maeve se apartó, volvió a meter el rostro bajo la bufanda cuando él llegó.
—He estado pensando... —dijo Elden— sobre la posada.
Las piernas de Jude tardaron en reaccionar para seguir caminando, sus pensamientos volaban en torno a lo que Maeve le había contado. «Un rizo de pelo humano ... » Se estremeció. ¿Qué significaba?
—Nuestros fondos no son precisamente... infinitos —continuó Elden.
Jude entornó los ojos. Tenía razón, pero ¿por qué lo mencionaba ahora?
Además, Jude de todos modos había reservado dinero suficiente para unas pocas noches en una posada decente.
El cultivo de vegetales no era ni de cerca el negocio más lucrativo, pero tenían suficiente comida y el alojamiento cubierto para una semana si eran mesurados.
No planeaban quedarse tanto tiempo, pero debían estar preparados por si sus planes salieran mal.
—Estaba hablando con uno de los peregrinos de ese último grupo —explicó Elden—. Por lo visto están viniendo más de los que esperaban esta vez. Apenas quedan habitaciones y, cómo no, han subido los precios —agregó con una sonrisa alegre.
Como un espejismo lejano, horroroso, Jude vio hacia dónde estaba llevando la conversación Elden.
—Podemos compartir una habitación. No hay problema —señaló Maeve—. Será un poco inusual, tres personas juntas, pero dudo que llame demasiado la atención.
—No, definitivamente la llamará —interrumpió Jude, hablando antes de pensar del todo adónde iba—. Sobre todo si estamos haciéndonos pasar por peregrinos. ¿Dos hombres y una mujer en una habitación simple? La gente definitivamente lo notará.
—Sí —coincidió Elden—. Jude y yo tomaremos una. Maeve, tú irás a la otra.
—No debería estar sola —repuso Jude con rapidez. Ella se sujetó con más fuerza a su brazo—. No es seguro, especialmente con la Abadía tan cerca. Nosotros compartiremos una habitación, mejor.
—¿Una pareja que comparte una habitación sin estar casados? —Elden negó con la cabeza—. Eso también sería un escándalo, sin duda. A menos que... —Se dio unos golpecitos en el labio con un dedo, fingiendo que pensaba—. Siempre podéis fingir que estáis casados.
Maeve se tensó.
—¿Es esa la mejor idea?
Sus palabras fueron como un chapuzón en un río congelado. Lo último que él quería era forzarla a algo que ella no quisiera.
—No, no, para nada... —Jude se retractó—. Si te incomoda, Elden puede hacerse pasar por tu esposo. ¿O por tu padre, quizá?
—No soy tan viejo —gruñó Elden—. Pero tú decides, Maeve.
Ella no respondió. La forma en que lo miraba era como si hubiese oído cada pensamiento bochornoso que le había martirizado antes. Cuánto la deseaba, cuánto miedo sentía de tenerla. Algo se le ablandó en la cara.
—Prefiero compartirla con Jude, si no hay diferencia.
Él tragó para luchar contra la sequedad en su boca. «Casados.» No pudo por menos que asentir.
Debía mantener la cabeza fría. No podía permitirse el lujo de distraerse, ni por su bien ni por el bien de los demás. El tipo de temor que le daba la posibilidad de la intimidad no era el mismo que el miedo por la Abadía, pero de todas formas sintió su filosa punzada.
No era lo mismo, se dijo a sí mismo. Nada de eso era comparable.
La Abadía le había moldeado y convertido en algo temeroso y devoto al mismo tiempo; un perro que regresaba a su dueño violento una y otra vez esperando una caricia amable.
Maeve no era así para nada. Ella lo había buscado cuando tenía frío para que le diera calor; para que le diera luz cuando su mundo se había oscurecido con el cataclismo de sus creencias. Confiaba en él.
No quería decepcionarla.
Sus pensamientos se disiparon como tinta en el agua mientras caminaba a través de la nieve. Tal vez no tuviera demasiado en este mundo, pero aún le quedaba bastante de sí para darle a Maeve, que era exactamente lo que haría.