El espacio entre nosotros 38. Jude #3
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38. Jude #3

—Espera. La reliquia... No estaba segura antes, pero es una iglesia de la Abadía, ¿no es cierto? —Se estiró esquivándolo y sacudió el picaporte. Este se mantuvo firme—. ¿El señor Peters lo trabó después de que la puerta se cerrara?

Jude estrelló su hombro contra la puerta con tanta fuerza como pudo.

Esta crujió, pero no cedió. Jude volvió a intentarlo.

Tenía gotas de sudor en las sienes. Maeve empujó las bisagras con fuerza con la punta de la bota.

Finalmente, la puerta cedió con un crujido estrepitoso, y ambos salieron despedidos al estrecho rellano.

Maeve se estiró hacia arriba y lo tomó por los hombros para guiarlo hacia las escaleras.

La visión periférica de Jude se volvía lentamente negra. Se obligó a seguir avanzando.

Detrás de él, ella soltó un quejido.

—No veo... Jude. Mis ojos. No veo...

Él se volvió, la puso delante de él y la guio escaleras abajo tan rápido como pudo.

La perversidad le permeaba el cuerpo. El innegable daño de la violación le disparaba un dolor sofocante en la mandíbula, en la parte trasera del cráneo.

No solo los habían encerrado en la cabina del órgano; la Abadía estaba aquí, en sus mentes, carcomiéndoles los recuerdos, la cordura.

Bajaron los últimos escalones corriendo. A su lado, el antes colorido vitral no era más que un borroso manchón de grises, que desapareció por completó cuando él giró la cabeza para mirar.

El sonido de las voces le llegaba a través de los latidos en los oídos.

Gritos.

—Apresúrate —urgió Jude, envolviendo la cintura de Maeve con un brazo para ayudarla a avanzar.

Ella se aflojó contra él, la cabeza le quedó colgando contra el hombro de Jude. Las puertas estaban a la vista.

—Deténganse —ordenó una voz.

Jude no se volvió. La debilidad le hizo flaquear las rodillas, lo que le obligó a apoyarse mucho contra la pared cuando se acercaban a la salida.

La voz los llamó de nuevo, esta vez por su nombre y luego el de Maeve.

Más fuerte. Más desesperada. Se volvió para ver a Elden cruzando a toda velocidad hacia ellos, con el señor Peters sobre sus talones.

Siguió avanzando. No podía descansar hasta que Maeve estuviera fuera. Hasta que estuviera a salvo.

¿Sabía Caleb quién era el señor Peters? Él desconocía cuánto sabía el criador de ovejas sobre las habilidades de su pareja, si era consciente de que en lugares así, Bethan sería considerada una santa.

O quizá la Abadía tenía más ojos ocultos de los que Jude podía imaginar.

¿Había siquiera útiles para encender el fuego o había sido esa la excusa del señor Peters para atraerlos esa mañana?

Jude deseaba haber estado allí para ver la presentación de Maeve y Elden, para ver la manipulación por sí mismo.

El aire fresco le atacó cada sentido cuando finalmente logró salir con Maeve; el frío era tan intenso que cerró los ojos con fuerza mientras seguía alejándose más y más de la iglesia.

Cuando los abrió, el mundo volvió a estar nítido.

Para su alivio, los ojos de Maeve también estaban abiertos.

Ella se retorció para apartarse de sus brazos y girar hacia las puertas abiertas de la iglesia.

—¡Elden! —gritó.

Elden estaba en el umbral de la puerta, bloqueando la salida con sus amplios hombros, de espaldas a ellos. Jude alcanzó a ver al señor Peters buscándolos antes de que Elden lo empujara para atrás.

—¡Marchaos! —rugió a su espalda—. Por favor, Jude. Ya os alcanzaré.

Su mirada se conectó con la de Jude. Reconoció la desesperación en los ojos de su amigo. La súplica.

Jude asintió con la cabeza.

Maeve gritó, trató de regresar a la iglesia incluso cuando él intentaba llevarla a un lugar seguro.

—No puedo dejarlo —rogaba con lágrimas en la voz—. No puedo.

—Estará bien —la calmó Jude, hablándole contra el pelo e intentando al mismo tiempo calmar su propio miedo, que lo consumía.

Extendió la mano hacia atrás, tanteó el hierro frío de la verja, la abrió e hizo que ambos la atravesaran—.

No es un santo. La Abadía no tiene nada que hacer con él. Estará a salvo.

Las puertas de la iglesia se cerraron de un portazo, bloqueando de la vista a Elden y el señor Peters.

Maeve se aflojó, por lo que Jude pudo llevarla más deprisa por el camino y más lejos de la iglesia. Levantó la vista para mirarlo con los ojos rojos y llenos de lágrimas.

—No me mientas —susurró.

Él apretó los labios con fuerza. Para atrapar las mentiras o las verdades, no estaba seguro aún.

Delante de ellos, el camino se desvanecía en la naturaleza silvestre de los páramos.

El viento los azotaba como una bestia en sí mismo.

Cada inhalación le quemaba los pulmones, los ojos le ardían con lágrimas contenidas.

El peso de la mirada de Maeve, la acusación en su voz, todo eso le recordaba que no tenía una respuesta.

No podía protegerla, ni a Elden. No podía hacer que todo eso desapareciera.

Al final del día, era una criatura impotente. Atrapado bajo el peso de una bota, esperando a que lo aplastaran.