El espacio entre nosotros 38. Jude #2
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38. Jude #2

—¿Nos han dejado aquí? —preguntó Jude contra el cabello de Maeve. Quizá debería estar más preocupado.

Ella emitió un suave tarareo, aún presionada contra él de pecho a cadera.

Cada movimiento de su cuerpo era un recordatorio muy visceral de que Jude desesperadamente necesitaba pensar en algo que no fuesen las suaves curvas de sus pechos contra él.

El cuerpo de Jude le recordaba con determinación que ese nivel de proximidad era una experiencia totalmente nueva a la que debía prestar más atención.

Inhaló por la nariz, pensando en el fertilizante de Elden.

«Maldición . » Lo único que podía oler era a Maeve.

—Intenta abrir la puerta —susurró ella.

Él se estiró todo lo que pudo hacia atrás para agarrar el picaporte. Se había olvidado de que había una puerta, para ser honesto. Intentó girarlo. No se movía.

—Creo que está trabado —gruñó, mientras intentaba empujar con el hombro sin presionar demasiado a Maeve. Tan solo quedaron más pegados el uno con el otro. Ella no dijo nada mientras seguía tanteando alrededor del picaporte.

«Trabado —pensó Jude—, ¿o encerrados?» Probó de nuevo con el picaporte. Si la puerta estaba atascada, el picaporte aún giraría..., ¿no? Pero si lo habían cerrado con llave...

La respiración sofocada, aprensiva de Maeve atravesó la confusión de sus pensamientos.

Jude se quedó quieto. Bajó la mirada hacia ella.

Incluso en la luz tenue que llegaba desde la ventana que daba al santuario abajo, podía ver el rosado en sus mejillas.

Tenía los ojos bien abiertos, las pupilas dilatadas.

—¿Estás bien?

Ella asintió con la cabeza, con brusquedad.

—Sí. Es solo que... los espacios cerrados no son lo mío.

—Déjame que solo... —Golpeó la puerta con el costado del pie. El sonido de la madera protestando hizo eco a través del pequeño espacio. Lo intentó de nuevo, con más fuerza esta vez, pero no cedió.

Se filtraron cánticos a la cabina del órgano que venían del santuario de abajo. Miró por encima de la cabeza de Maeve hacia donde estaban los bancos, ahora llenos de feligreses. El servicio estaba comenzando.

El pánico se ciñó con más fuerza alrededor de su pecho. No podía decirle a Maeve que sospechaba que los habían encerrado ahí, no mientras siguiera temblando contra él. Tenía que solucionarlo él mismo.

—El señor Peters está allí abajo —señaló, intentando mantener un tono conversacional. ¿Por qué los encerraría aquí solo para volver abajo y comenzar su servicio religioso? ¿Estaba esperando algo?

Jude tragó. «¿Algo o a alguien ?»

Maeve presionó el rostro con más fuerza contra su pecho. Un pequeño quejido le abandonó los labios, ahogado contra su jersey. Jude le apoyó la cabeza contra la coronilla e intentó pensar. El aroma a jabón de manzana le llegó a la nariz. Era más el aroma de ella que el suyo ahora.

—Lo siento. No debería haber mostrado tanto interés en el órgano —comentó con liviandad.

Ella resopló una risa silenciosa. El movimiento le empujó el cuerpo contra el de él. Jude siseó una inhalación a través de sus dientes.

—Si mantengo los ojos cerrados, no está tan mal —respondió ella.

Jude la envolvió con los brazos, le deslizó las manos abiertas sobre la espalda. La acarició de arriba abajo con las yemas de los dedos.

—Elden nos encontrará pronto. Lo prometo.

«¿No?» Jude echó un vistazo a los bancos de abajo. Elden no estaba por ningún lado. Seguro que el señor Peters le había dado los útiles para encender el fuego antes de comenzar el servicio... Claro que había dicho que estarían listos después...

Maeve no respondió. Movió las caderas contra las de él.

Él se mordió el labio, con la esperanza de que el dolor fuese suficiente distracción, pero entonces ella deslizó las manos hacia arriba y le rodeó el torso.

Le frotó el cuello con la nariz, una suave inhalación llenó el espacio.

Cada pensamiento e idea medio soñada sobre ella coloreó su proximidad de rojo intenso.

Ella estaba tan tibia, tan cercana. Podía sentir cada centímetro de ella tocándole de formas en las que nadie lo había hecho antes.

Perdería la cabeza si se permitía pensar demasiado en eso.

Ella se inclinó hacia delante, más cerca de algún modo. Y «oh, no ... ».

—Por favor, quédate quieta —logró decir Jude. Empujó las caderas hacia atrás todo lo que pudo, contó hasta diez, luego hasta veinte...

—Lo siento —susurró Maeve. No sonaba muy apenada.

Jude observó a los feligreses abajo en un intento por distraerse.

Desde su punto de vista podía verles la parte superior de la cabeza, las manos con las que sujetaban los bancos.

Cómo los niños repiqueteaban las piernas y los susurros furtivos de los fieles de la fila de atrás.

El señor Peters permanecía al frente, hablándole a la multitud con una voz medida, autoritaria.

Sus palabras se deslizaban sobre Jude como un barco sobre el agua, su presencia intrascendente frente a la turbulencia que había debajo.

En algún momento desde que los había dejado en la cabina del órgano hasta que había comenzado el servicio, el señor Peters se había puesto una túnica blanca ornamentada, acompañada por un brillante medallón plateado.

La mente de Jude se enturbió, una oleada de estupor soporífero le carcomió la consciencia hasta que el lento vaivén del colgante lo consumió por completo. Oro le lamía los bordes de la vista.

Familiar, era tan familiar.

Parpadeó despacio, inclinando la cabeza hacia la izquierda, hacia la derecha.

—¿Jude?

Una mano en su pecho. Su corazón, saltando como un conejo contra la palma de ella.

—Jude.

Arrancó los ojos del medallón para encontrar a Maeve observándolo. Las cejas oscuras fruncidas sobre sus ojos más oscuros aún. Su boca, tan cerca de la suya.

—¿Qué pasa? —susurró. ¿Acaso no recordaba que estuvieran hablando?

—Estabas como aturdido. —Le miró la cara, el ceño aún fruncido—. ¿Qué estabas mirando?

Se pellizcó el puente de la nariz. El dolor de cabeza había regresado con fuerza.

—El medallón que el señor Peters lleva puesto. Me resulta familiar.

Maeve rotó hasta que su espalda quedó contra el pecho de Jude, un movimiento embarazoso en un espacio tan pequeño.

Se puso de puntillas e intentó espiar por la ventana.

El movimiento la empujó contra la parte frontal del cuerpo de Jude.

Demasiado rápido, él recordó su distracción de antes.

El calor se volvió a encender más rápido de lo que creía posible.

—Maeve... —le advirtió. La inmovilizó con ambas manos en la cadera.

Ella presionó aún más.

—Lo lamento.

—Estoy bastante seguro de que no lo lamentas nada —soltó.

Le sujetó la cadera con más fuerza. La inhalación que vino en respuesta hizo que él echara la cabeza hacia atrás contra la pared y cerrara los ojos—.

Para ya —susurró, casi rogando. Ella dejó caer la cabeza contra su hombro un breve instante antes de enderezarse—.

Maeve... —rogó con voz ronca. Para expresar qué... , no lo sabía.

De repente, ella se quedó helada.

—¿Está usando una reliquia el señor Peters?

Reliquia .

La palabra se hizo consciente.

No había pensado en las reliquias en mucho mucho tiempo, pero solía pensar en ellas habitualmente, ¿no? Por más que lo intentaba, su memoria regresaba con las manos vacías. Un agujero de oscuridad cuidadosamente asentado que asomaba a un espacio que le gustaría muchísimo ver con claridad.

—Recuérdame otra vez qué es una reliquia —pidió.

—Es una marca de devoción. Los sabios las usan como signo de compromiso con la Abadía.

En el fondo del estómago, algo afilado y urgente le clavó los dientes.

—¿Tienen un propósito? ¿Hacen algo?

Ella se mantuvo callada un largo momento.

—Oí rumores de que ayudaban a los sabios a conectarse con los santos de forma individual.

Un lazo directo con cualquier santo que la reliquia represente.

Siempre creí que era más... metafórico. Un signo de devoción.

Una petición externa de la bendición y protección de un santo, pero quizá...

—Soltó un chasquido con la garganta—. Quizá sea más que eso.

Jude no estaba seguro de si sus recuerdos sobre las reliquias habían sido borrados de la forma en que los humanos archivan información que consideran irrelevante, o si la Abadía se los había arrebatado. Pero no podía deshacerse de la sensación de que había algo que explorar.

Volvió a mirar hacia abajo a los feligreses.

«Espera.» El corazón se le disparó a la garganta. Si el señor Peters llevaba puesta una reliquia...

—Mierda, Maeve. Debemos irnos. Ya.

—¿Ya? ¿Por qué? —preguntó y rebotó sobre las puntas de sus pies para observar a la multitud de abajo. Lanzó un grito ahogado mientras se daba la vuelta para mirarlo de frente.