El espacio entre nosotros 38. Jude
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38. Jude

Jude

Cuando Jude se despertó todavía estaba oscuro.

Parpadeó para despejar los últimos vestigios neblinosos del sueño antes de rodar para darse la vuelta y estirar una pierna cerca de su pecho, luego la otra.

A su lado, Maeve se las había ingeniado para acurrucarse en una bola casi perfecta envolviéndose las piernas con los brazos, la trenza estirada detrás.

Le recordó, con una tierna nostalgia que nada tenía que ver con su gata, a Olive acurrucándose en un cálido rincón soleado; era una buscadora infalible de calor.

Tenía las mejillas enrojecidas, los labios entreabiertos y rosados.

Sintiendo como si se le hubiera alojado un pequeño pájaro en el esternón, Jude se levantó y dejó el granero.

Una inquietud le raspaba las extremidades mientras subía por una colina hacia donde se alzaba la figura del campanario de una iglesia contra el amanecer morado.

El aire fresco que le entraba en los pulmones le calmaba la ansiedad con cada respiración, como una escoba contra las telarañas.

Una euforia le recorrió los músculos. Un destello de estar vivo, como la sacudida de una caída soñada en los momentos antes del sueño profundo.

Pronto, el campo se extendió frente a él como un edredón hecho de retazos. Nunca había ido más allá de la Abadía. Su existencia se redujo a esto: páramos y bosques, recuerdos del mar y del viento salado quemándole la garganta.

El campo estaba salpicado de pequeñas aldeas y pueblos más grandes; cada uno, una comunidad individual en sí misma.

Excepto por los chicos que se iban de casa para unirse a la Abadía o, de vez en cuando, para continuar con su educación superior, la gente rara vez dejaba su lugar de origen.

Se casaban en la zona, tenían hijos con sus mismos acentos que continuarían sus oficios, que soñaban con el mismo paisaje que veían todos y cada uno de los días.

Vidas estables, consistentes, con una reconfortante falta de variación.

Una parte de Jude los envidiaba. Si alguna vez lograba liberarse de la Abadía, no le importaría tener una vida como la suya.

Se recostó sobre la piedra fría de un banco cercano y miró las estrellas que se desvanecían allá arriba.

Un momento para centrarse, para evitar implosionar en cientos de miles de pedazos y dispersarse.

Para calmar sus crecientes preocupaciones, todas relacionadas con la mujer dormida con la cabeza en su almohada.

Jude exhaló, inhaló. Lentamente, se aflojaron los músculos. Los párpados se le volvieron muy pesados. El canto matinal de los pájaros le envolvió los oídos y, en la distancia lejana, campanadas.

Se despertó con la voz de Maeve. El sol había salido por completo, le calentaba el jersey arrugado y le había secado el dobladillo de los pantalones cuando se impulsó para incorporarse poco a poco.

Se frotó la cara con las palmas de las manos y miró con ojos entrecerrados el camino que llevaba de la cabaña de Caleb hasta la iglesia.

Inesperadamente, Maeve y Elden estaban allí, acompañados por un hombre bajo, delgado, vestido con una amplia túnica negra.

Jude se puso en pie de un salto y comenzó a bajar la colina. Le tronaba el corazón en el pecho.

—Maeve —llamó, cuando se acercaba.

—Ahí estás —respondió Maeve—. El señor Peters ha dicho que nos dará un poco de la leña y útiles para encender fuego después del servicio de la iglesia.

—Empujó el mentón hacia la intimidante expansión de montañas a su izquierda.

La siguiente parte de su viaje—. Quizá sea complicado conseguir allá fuera.

—Hizo un gesto con la boca—. Otra cosa que olvidamos traer.

—¿El señor Peters? —repitió Jude, con la mirada en el hombre desconocido.

Examinó la túnica negra y la sonrisa simpática. Pese a su edad, tenía una brillante mata de pelo marrón meloso, sin una cana. No era el color de las túnicas de los sabios de la Abadía..., pero de todos modos...

—¿Quién es usted? —preguntó Jude, con tono cortante.

La sonrisa del señor Peters no flaqueó.

—Dirijo la iglesia. Le dije a Maeve que ustedes dos son más que bienvenidos si quieren venir al servicio. Nos encantaría contar con su presencia.

Jude frunció el ceño ante la agresiva amabilidad.

—Debemos irnos. Ahora.

—Necesitamos los materiales para el fuego —intervino Elden. Señaló la iglesia con la cabeza—. No nos llevará mucho tiempo, luego nos podremos marchar.

Apretó los labios con fuerza y los fue frotando entre sí, mientras se ponía a caminar al lado de Maeve. El señor Peters y Elden siguieron adelante. Aquello no le gustaba para nada a Jude. La impaciencia lo carcomía por dentro. Se giró hacia ella y en voz baja preguntó:

—¿La iglesia está conectada con la Abadía?

—No lo sé —respondió Maeve—. Creo que no. No soy la más... versada en las cosas de fuera de la Abadía. —Le lanzó una mirada de preocupación—. Seguro que hay otras, ¿no? ¿Otras instituciones religiosas?

Jude volvió la mirada al extraño.

—No lo sé. Elden parece confiar en él.

—Me gustaría asistir al servicio —susurró ella, con algo parecido a la culpa en el rostro—. Yo solo... —Dudó, se mordisqueó el labio—. Extraño la comunidad, supongo. La unión durante el servicio.

Jude asintió con la cabeza. Si bien él no quería tener nada que ver con nada que se pareciera a la religión organizada, podía entender que Maeve se sintiera atraída hacia eso. Los santos habían dejado un vacío en su vida, y no estaba lista para enviar sus rezos a la nada.

—Si quieres ir a más, en el futuro... te acompañaré —prometió.

Maeve lo miró con ojos brillantes y vidriosos.

Los cuatro entraron en la iglesia. Pese a que no conocía ese salón de techos altos con sus filas de bancos de madera de caoba y paredes de yeso blanco, a Jude le comenzó a hormiguear la nuca. El sutil aroma del incienso le cosquilleaba la nariz con cada respiración.

—¿Les muestro todo? —preguntó el señor Peters, abarcando el espacio con la mano.

Jude frunció el ceño.

—No, deberíamos...

—Genial —interrumpió el señor Peters. Comenzó a ir hacia las escaleras—. Les enseñaré el órgano. Es en verdad magnífico.

Jude intentó llamar la atención de Elden, enviarle una señal de que debían tomar las provisiones para encender el fuego e irse, pero él ya estaba a mitad de camino por las escaleras. Reprimiendo un suspiro, los siguió a regañadientes.

Una impresionante sección de vitrales bordeaba las escaleras, dejaba entrar una luz difusa que bañaba los escalones en azules, verdes y rojos. Jude se detuvo. Su mirada barrió desde las hojas y flores que se enroscaban alrededor del borde hasta el centro, donde se detuvo.

Había un hombre representado con una mano alzada y la otra flotando sobre su pecho. Los dos dedos doblados hacia dentro. «Un santo.» La aureola alrededor de su cabeza era tan vibrante y amarilla como la yema de un huevo.

Y algo en el rostro...

—¿Maeve? —susurró— ¿Te resulta familiar?

Ella no respondió. Jude se giró para mirarla. Aunque tenía los ojos fijos en el vitral, una extraña vacuidad se escondía en su expresión. Un vacío que él reconocía.

—Maeve —repitió, un poco más fuerte esta vez. La agarró del hombro y la sacudió con cuidado—. Maeve. Mírame.

Ella inhaló con fuerza. Sus ojos encontraron los de él.

—¿Humm?

La voz del señor Peters rompió el tenso silencio.

—¿Nos siguen ustedes dos? El órgano está justo aquí arriba.

—Estamos subiendo —respondió Maeve. Antes de que Jude pudiese decir nada, ella pasó rozándole por su lado y subió las escaleras.

Él echó una última mirada al vitral. Un miedo se agitó en su estómago.

Esta paranoia constante lo estaba consumiendo.

Ver rostros donde nadie observaba, percibir peligros en todos los rincones.

Si no podía ni siquiera ver el panel de un vitral sin sentir la urgencia de salir corriendo, ¿qué le quedaba para el resto de su vida?

¿Estaría siempre esperando el peor desenlace?

Con una palabra firme a sí mismo para intentar ser jodidamente normal , Jude subió las escaleras para unirse al grupo en una tribuna que daba hacia los bancos vacíos. El señor Peters sostenía abierta una puerta en el centro que llevaba a un espacio pequeño, con una iluminación débil.

—Y aquí es donde se sienta el organista. Uno de los mejores instrumentos del país. Somos muy afortunados de tenerlo aquí en nuestra modesta congregación.

El destello metálico de los tubos del órgano brillaba en la luz neblinosa: plateados, luego ligeramente dorados. Jude se acercó para contemplar el instrumento.

—Puedes mirar si quieres —dijo el señor Peters, al captar su interés.

Jude entró en la cabina, Maeve detrás de él.

—¿No podías esperar tu turno? —murmuró, dándoles la espalda a los brillantes tubos. Había algo mucho más interesante frente a él.

Ella lo rodeó por un costado para tocar una de las teclas de marfil. Una única nota reverberante hizo eco a través del espacio. Cerró los ojos, con una sonrisa en los labios.

—Teníamos un piano —recordó—. Mi hermana Una y yo tocábamos juntas. Ella era mucho mejor que yo.

—¿Lo recuerdas?

Maeve se encogió de hombros.

—Un poco. No tanto como... antes. Pero sí recuerdo tocar. Cómo se sentían las teclas debajo de mis dedos. El hombro de Una contra el mío. Pero eso es todo. —Arrastró los dedos con delicadeza sobre las teclas, demasiado suave para alentar una melodía.

—Quizá toques de nuevo con ella algún día —expresó Jude.

Ella estaba tan cerca que pudo ver cómo su sonrisa se levantaba más de un lado que del otro. El calor de su cuerpo se presionó contra su pecho. Se movió más cerca.

¡Bum!

Maeve saltó, su cabeza golpeó contra la mandíbula de Jude.

Él hizo un gesto de dolor, se frotó mientras intentaba girar hacia la puerta, que ahora estaba cerrada, y arrastró a Maeve más cerca con el movimiento.

El sonido de voces que se alejaban atravesó la quietud cuando el señor Peters le hablaba a Elden sobre las ventajas de la madera de caoba sobre el roble para las sillas del coro.

Sus pasos escaleras abajo traquetearon el habitáculo del órgano.