El espacio entre nosotros 37. Maeve
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37. Maeve

Maeve

Un poco más allá del portón de la propiedad de Jude, entre dos colinas llenas de brezo, había un solo roble.

Bajo la tierra, las raíces se extendían en un entramado oculto; arriba, un estallido de ramas peladas por el invierno se desplegaba como pulmones desnudos contra la forma del horizonte.

En sus extensos años, habría enfrentado incontables tormentas, períodos de sequía y golpes de viento implacable.

Aun así, se mantenía impasible incluso cuando se acercaba al ocaso de su vida.

Detrás de Maeve estaba Jude; enfrente de ella, el roble. Ambos solitarios y quietos, respirando con el viento. Ninguno dispuesto a desarraigarse del suelo que los sostenía.

El roble se quedaría, pero Jude partiría.

Perfilada contra el violeta del sol naciente, una bandada de pájaros se arremolinaba hacia las colinas en una danza coreografiada. Maeve se volvió para descubrirlo observándolos, un calmo asombro se movía en sus ojos.

Maeve enterró la cara más profundo en la bufanda carmesí de Jude.

Había nevado durante la noche, un polvo ligero que había dejado el mundo blanco.

Junto a ellos, sus magras posesiones estaban comprimidas en una bolsa.

Sin caballos, les esperaban tres días de camino a pie. Dos noches pasadas en un lugar nuevo.

Jude miró el portón como si fuese a quemarlo si se acercaba demasiado.

Estaba inquieto desde que se habían encontrado en la cocina esa mañana, con movimientos silenciosos para no despertar a Elden.

Se habían sobresaltado ante el más mínimo ruido, apenas habían hablado.

Jude se había pasado la mano sobre el pelo recién rapado tantas veces que Maeve temió que pronto comenzara a arrancárselo si no se iban de inmediato.

Se le revolvió el estómago. No sabía por quién estaba más asustada: si por ella o por Jude. No parecía haber muchas diferencias entre ellos cuando el corazón estaba involucrado.

La mano de Jude se unió a la de ella en el portón.

Descansó su peso contra este, los dedos se ciñeron con tanta fuerza al hierro que los nudillos se le tiñeron de blanco antes de que lo empujara para abrirlo y que pudieran pasar.

Ella no sabía muy bien en qué punto estaba su relación, especialmente después de la noche anterior.

Pensaba a menudo en él. El deseo no parecía estar disminuyendo.

Más bien al contrario, se hacía más fuerte. Más difícil de ignorar.

Le estudió la boca desde el rabillo del ojo.

La pálida luz previa a la salida del sol lo pintaba en delicadas láminas de color; verdes tan oscuros como un bosque cubierto por la noche, el color almendra de sus ojos como liquen.

Púrpuras oscuros le ensombrecían la mandíbula y el pelo azabache, moteado con el ámbar más intenso.

Él había desayunado té negro y tostadas con miel. Quizá sabría a eso.

El día transcurrió en una lenta procesión de pastizales cubiertos de rocío y cielos tumultuosos.

Ninguno de ellos dijo demasiado mientras caminaban, satisfechos con simplemente estar .

En silencio, no se dejaban llevar por sus preocupaciones, podían olvidar sus miedos.

Tan solo los acompañaban el sinfín de montañas cargadas de escarcha, sus pasos crujientes y un fino hilo de esperanza.

Una hora más tarde, Maeve se detuvo. Envolvió el brazo de Jude con los dedos.

—Alguien nos está siguiendo.

Él se volvió para observar con ojos entrecerrados a la figura vestida de negro que venía detrás de ellos y soltó un suspiro.

—Ha tardado menos de lo que pensaba.

La forma expuesta de los páramos hizo de la silueta de Elden una enormidad cuando este se acercaba. Una mirada burlona se extendía en su rostro.

—Sois más ruidosos de lo que creéis. Los susurros de anoche, la coordinación de esta mañana en la cocina. La forma en que Jude... hace el equipaje. —Alzó una ceja mientras se cargaba la bolsa al hombro intencionadamente—. No has traído una lona impermeable, ¿o sí?

Jude se cruzó de brazos.

—Creí que encontraríamos una posada.

—¿Una posada ? —repitió Elden, sin poder creerlo—. Vais de regreso a la Abadía, ¿cierto? ¿Debo anunciar vuestra llegada, entonces, o el reguero de rumores será suficiente?

—¿Qué estás haciendo aquí, Elden? —preguntó Maeve. Se negaba a admitir el alivio que traía su llegada. Su presencia templada era la antítesis de la planificación frenética que había hecho con Jude.

—Voy con vosotros —respondió Elden, nada en sus palabras sonó a pregunta.

—No —rechazó Jude—. Absolutamente no.

Él y Elden se miraron. La luz de la media mañana arrojaba sombras azuladas sobre la escasa extensión de pastizales de invierno. Una brisa gélida azotó el solitario árbol a la izquierda del camino, la forma en que sacudió sus ramas despobladas prometía más nieve.

—No creo que lleguéis demasiado lejos a través de los páramos sin mí —dijo Elden con voz suave—. Y Jude. —Enderezó los hombros—. También son mis recuerdos. Iré.

«¿Sus recuerdos?»

A Maeve el corazón le saltó a la garganta, seguido de cerca por una oleada de náuseas, como si cada segundo en que había tenido dolor de cabeza, en que había sentido que caminaba en el agua durante los últimos días, se hubiese fundido en algo asfixiante e ineludible.

Le caía sudor por la espalda mientras se tambaleaba en el lugar.

—Jude... —murmuró débilmente—. Jude, no, no puedo...

La mirada de Jude quedó fija en Elden.

—No puedo protegerte allí —dijo Jude—. No puedo prometer que recuperarás los recuerdos. No puedo prometer que sabrás por qué te quitaron tus recuerdos. —Su voz sonaba lejana y se volvía más y más distante—. Nada de lo que haga te mantendrá a salvo, Elden. ¿Ves por qué no quiero que vengas?

La respuesta de Elden quedó perdida cuando una ola de negrura le robó la vista a Maeve. Le cedieron las rodillas. Lo último que vio antes de que la oscuridad la reclamara por completo fue a Jude extendiendo los brazos para agarrarla.

Maeve se despertó con el silbido del viento colándose por entre los listones de la pared de un granero, que ahogaba el eco de los latidos del corazón en los oídos.

Le dolía la mandíbula como si hubiese estado apretando los dientes durante horas.

Una neblina le cubría la mente, le costó despejarla mientras miraba fijamente el desconocido techo de madera.

En algún lugar a su izquierda, se agitaron unas mantas.

Se frotó los ojos y se incorporó con cuidado.

Estaba acostada sobre un camastro en un pequeño granero. Nada del espacio le resultaba familiar.

El hombre que dormía a su lado, sin embargo, lo era.

Lo sacudió para despertarlo.

—¿Jude? —Este se revolvió, hundió el rostro todavía más hondo en la almohada. Maeve le dio unos empujones suaves en el hombro—. Jude.

—¿Hummm? —Se desperezó, parpadeó y abrió los ojos con cansancio—. ¿Maeve? ¿Por qué estás despierta?

Ella notó la falta de preocupación en su voz, cuán relajado estaba en su almohada, con un brazo echado sobre la cabeza.

—¿Dónde estamos? ¿Qué ha pasado?

—¿Qué? —murmuró él, mientras se frotaba un ojo.

—Me desmayé, ¿no? —preguntó ella, la voz se le fue haciendo más fuerte—. Después de que llegara Elden esta mañana.

La expresión dormida, confusa de Jude cambió a un gesto de alarma. Se sentó.

—¿Desmayarte? No. No pasó nada. Elden se unió a nosotros y caminamos hasta aquí.

Caleb nos dio de comer; Elden arregló su cerca.

Nos fuimos a dormir. —Se inclinó para acercarse, le recorrió la cara con la mirada como si estuviera buscando alguna señal de lesión—.

¿Por qué? ¿Por qué crees que te desmayaste?

Bajo las mantas, Maeve se pellizcó la muñeca con fuerza. El dolor le recorrió el brazo, prueba de que estaba despierta.

—Yo no... no recuerdo... nada de eso. Elden llegó, me sentí mal y... y pensé que me había desmayado. Recuerdo haberme desmayado.

Jude se aclaró la garganta.

—Te tropezaste un poco después de que viniera Elden. Con una roca, creo. Pero en cuanto te estabilizaste, estuviste bien.

Su memoria se estiró hacia atrás, buscando el agujero con dedos como garras. Rastreó por los bordes, buscando algo irregular, algo inusual, pero no encontró nada más que negrura. Escarbó más profundo. Un dolor le atravesó la mandíbula por el esfuerzo.

Y allí, como un dobladillo que cuelga, algo...

Desapareció antes de que pudiera agarrarlo.

Maeve tragó, se acarició el cuello para sentir el movimiento.

—¿Y estuve normal? —preguntó—. En la caminata. En la comida con... Caleb. —Hizo una pausa—. Y, por cierto, ¿quién es Caleb?

—La pareja de Bethan. Un criador de ovejas. Elden creyó que sería un buen lugar para pasar la noche —explicó Jude. Subió el volumen de su voz—. No noté nada raro. Al contrario, estuviste más habladora que de costumbre.

Bueno. No le gustaba para nada cómo sonaba eso.

—¿Qué dije?

—No demasiado. —Se encogió de hombros. Una sonrisa le apareció en los labios—. Profesaste tu amor eterno por Elden, pero nada más aparte de eso.

Ella rio por la nariz, un poquito de humor para disipar la tensión.

—Ah, ¿nada más?

Se percató de que él intentaba evitar que la preocupación se le notara en la voz, pero ella la veía en sus ojos. En cómo acariciaba su mano por encima de la manta.

Él volvió a sonreír abiertamente, antes de que desapareciera la jovialidad del momento.

—Me gustaría tener las respuestas. Me gustaría saber qué hacer para que la Abadía deje de manipular nuestra memoria sin tener que regresar allí.

—A mí también. —Maeve suspiró, cansada por la tensa conversación—. No hay nada que podamos hacer al respecto esta noche. Deberíamos intentar dormir un poco más.

Con suavidad, empujó el pecho de Jude hasta que él cayó sobre las almohadas. Durante la charla, su almohada de alguna forma había quedado superpuesta con la de ella. Jude destapó la esquina de la manta y alzó una ceja.

—Estarías más calentita si durmieras más cerca.

—Hum. —Maeve luchó contra una sonrisa mientras se acostaba, poniéndose de espaldas a él. Solo la regularidad de los ronquidos de Elden del otro lado del camastro de heno mantuvo sus nervios a raya cuando Jude pasó un brazo sobre ella y la atrajo con fuerza hacia su pecho.

—¿Ves? Hace demasiado frío para dormir sola —susurró. La respiración de Jude era cálida contra su nuca, Maeve movió las piernas para enredarlas con las de él bajo las mantas.

—¿Qué hay de Elden?

La risa de Jude fue un resoplido suave, soñoliento.

—¿Preferirías compartir lecho con él?

—No.

—Eso creía.

Maeve enterró su sonrisa en la almohada.

No había forma de que pudiera dormirse pronto.

¿Qué significaba que él la abrazara así?

Jude había estado solo tanto tiempo. Quizá simplemente quería estar cerca de alguien.

Quizá ella no era más que un cuerpo cálido en una noche fría.

Maeve quería mucho más con él y se preguntó si él sentía lo mismo.

Le preocupaba. Necesitaba averiguarlo. No saber la carcomía.

—Jude —comenzó a decir Maeve, en un susurro ronco.

—Ahora no. —Él se movió, acurrucándose más contra su espalda—. Duerme.

Aunque su corazón era una bestia agitada que golpeaba contra su caja torácica, Maeve cerró los ojos.

Se concentró en relajar los músculos uno por uno.

Pese al inolvidable peso contra ella, la inquietante negrura donde sus recuerdos de la tarde deberían vivir, el cansancio se coló por entre las grietas.

Se hundió más profundo en los brazos de Jude.

Su último recuerdo fue de Jude dejándole un beso justo debajo de la oreja.