36. Maeve
Maeve
Planearon partir hacia la Abadía al amanecer.
Maeve estaba frente al espejo de su dormitorio, pasándose el cepillo por el pelo mojado desde la raíz a la punta. Despacio, de forma metódica, dejándose sumergir en el movimiento. En la familiaridad.
Se examinó la cara, registrando cada línea tenue, cada peca y arruga y sombra en busca de cambios.
Algo que reflejara la turbulencia que sentía en su interior.
Pero su rostro se veía igual que siempre.
Ojos oscuros, grandes en la cara pálida.
El oro de su cabello, suave como barba de maíz tras el cepillado.
Había decidido darse el gusto con una de las camisolas de seda más bonitas para su última noche en el hogar de Jude, una que no se atrevería a usar fuera de su dormitorio.
Con cuidado, se presionó la yema del dedo pulgar debajo de un ojo, luego del otro.
Deslizó el índice hacia abajo por la nariz hasta los labios.
Su mirada atravesó su reflejo. Se había sentado y mirado la cara en un espejo recientemente, ¿no?
Con el sonido de las olas en los oídos y piedra caliza a su alrededor.
Maeve cerró los ojos.
No podía recordar.
¿Qué podía recordar de la Abadía? Estaba acostumbrada a recordar todo con la claridad de una pintora: el juego de la luz y la sombra, la aspereza de la piedra o el frágil pliegue de la seda.
Cómo olía el pasillo fuera de la cocina temprano por la mañana cuando se estaba horneando el pan o cómo se sentía un reclinatorio en las espinillas.
La forma de la Abadía aún estaba ahí. De eso estaba segura.
Los detalles, sin embargo...
Apoyó el cepillo en la mesa y dejó caer la cabeza sobre las manos.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Una parte de ella había notado el sutil desvanecimiento de los recuerdos a lo largo de los últimos días, pero una parte más grande y chillona había exigido que lo ignorara.
No quería pensar en qué podía significar.
Un suave golpe en la puerta le agitó los pensamientos.
Maeve se sentó más erguida. Solo podía ser una persona.
—Adelante —respondió.
Jude entró un momento después. Sostenía en alto una navaja de afeitar plateada y se deslizaba la palma de la otra mano sobre la cabeza.
—¿Te importaría?
—No sé qué hacer —respondió Maeve con una risa resoplada al tiempo que cogía la navaja y le hacía un gesto para que se sentara en el taburete. La mirada de Jude seguía sus movimientos hasta que de repente desvió la vista hacia otro lado y se le enrojecieron las orejas.
Maeve echó un vistazo hacia abajo. Se había olvidado de la camisola. La seda era lo suficientemente fina como para dejar entrever todas sus curvas. Se aclaró la garganta, cohibida, y encontró los ojos de Jude en el espejo.
—¿Qué te gustaría?
Él se acarició la nuca, deslizó los dedos por el cabello corto. Comenzaba a rizarse en las puntas.
—Solo que esté lo bastante corto como para que no se pueda agarrar.
«¿Agarrar?»
Maeve se tragó las preguntas y con cuidado movió la navaja a través de su cuero cabelludo.
Pelos finos, negrorojizos, espolvorearon los hombros de Jude a su paso.
No era tan difícil como parecía rasurarle el pelo para que le quedara tan corto como el día en que ella llegó.
Le pasó el pulgar hacia arriba por la nuca, siguiendo el patrón de su piel de gallina.
—¿Tienes frío?
—No. —Jude inclinó la cabeza para que ella pudiera llegar detrás de su oreja—. ¿Has preparado el equipaje?
—Casi todo. Voy a dejar mis utensilios de pintura aquí.
—¿Planeas regresar? —Sus ojos se dispararon hacia los de ella en el espejo y se apartaron igual de rápido—. ¿Por tus utensilios?
Maeve ordenó sus palabras con cuidado. No quería darle nada más que la verdad, frágil e incierta como era. Deslizó las manos sobre la cabeza de Jude para retirar cualquier pelo suelto.
—No lo sé. Yo solo... No sé qué esperar cuando regresemos.
—Dijiste que la intercesión de invierno estaría en proceso, ¿correcto? —preguntó Jude.
Habían discutido su plan la noche anterior, después de limpiar los restos quemados del ícono.
Una vez que obtuvieran las túnicas necesarias y los materiales suficientes para un fuego significativo que, con suerte, prendiera rápido, planeaban entrar disfrazados de peregrinos.
Si medían bien el tiempo, debían ser capaces de quemar los íconos y potencialmente toda la Abadía entre himnos, cuando la basílica estuviera vacía.
—Sí —respondió Maeve—. Tiene lugar durante una semana. Si nos vamos por la mañana, llegaremos el penúltimo día por la tarde. La intercesión termina con el Llamado al Sol.
—¿Qué es eso? —preguntó él, con el ceño fruncido.
—Un ritual al final del octavo y último himno —contestó ella, moviendo la navaja cerca de su sien.
Él inclinó la cabeza hacia atrás, se le estiró el cuello—.
Hay un santo presente para escuchar las plegarias.
Se dice... —vaciló, luchando contra el dolor de cabeza que le crecía detrás de los ojos—.
Los sabios nos dicen que cualquier súplica hecha durante el Llamado va directo a la mente del santo.
Cuando este levanta las manos y dirige el sol a la basílica, todas las plegarias serán respondidas.
Jude mantuvo la vista abajo mientras la escuchaba, las pestañas como largas espinas sobre las mejillas.
—Recuerdo un poco de eso, creo. He intentado aferrarme a más recuerdos desde que quemaste mi ícono.
—Levantó los ojos, que sobrevolaron el cuerpo de Maeve antes de reenfocarse en su cara—.
Estuve en la basílica. Había un... hombre.
Un santo, creo. Estaba debajo del rosetón.
La gente lo rodeaba. Todos llevaban hábitos.
Se estiraban hacia él. Como si quisieran, no sé...
, tirarlo del altar. Como si él fuera un sacrificio.
—Recuerdo algo similar, pero no mucho más —repuso Maeve. Apoyó la navaja en la mesa, se frotó los ojos con las manos y respiró hondo.
Durante las intercesiones, cada himno tenía un significado. Llamados al rezo, a las almas, a los actos de servicio y muestras de arrepentimiento. Cada uno diseñado para llevar tanto a los acólitos como a los peregrinos más cerca del corazón palpitante de la Abadía. Hacia algo como la devoción.
Sus recuerdos de las intercesiones estaban nublados en el mejor de los casos, enterrados en la tierra maleable en la que se había convertido su mente. Hilos de cánticos le llegaban si se concentraba con fuerza. El incienso quemado en su nariz.
El débil pero innegable matiz de violencia.
¿Cómo podía planear enfrentarse a lo que no podía ver con claridad? ¿Cómo podía saber qué esperar cuando llegaran a la Abadía en medio de una intercesión?
—No sé a qué nos enfrentaremos cuando lleguemos —continuó Jude, haciendo eco de sus pensamientos—. No puedo... no puedo prometerte seguridad. Desearía poder hacerlo.
Maeve asintió con la cabeza.
—Lo sé. Pero no podemos esperar más.
Jugó con el dobladillo de su camisola, frotando el fino material entre sus dedos.
—Últimamente, mis recuerdos... ¿Te acuerdas de lo que estabas diciendo antes? ¿Acerca de que no sentías tu cuerpo como tuyo? Cómo te sentías agotado. Los dolores de cabeza y las náuseas. —Jude hizo un sonido apagado para asentir—. Creo que también me está pasando.
Él se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—No estaba segura al principio. Quizá no quería estar segura. Pero no puedo negar que está empeorando.
—Maeve... —murmuró Jude, con angustia en los ojos. Se estiró y le tomó la mano, sus dedos la envolvieron con fuerza.
Ella cerró los ojos y se obligó a continuar.
—Desde que quemamos tu ícono, desde que decidimos ir a la Abadía. —Negó con la cabeza—. Es en lo único que puedo pensar. Y si pensamos que tus síntomas eran porque estaba pintando tu ícono, eso solo puede significar que...
—Hay un ícono de ti en la Abadía —terminó de decir Jude.
—Sí —respondió—. No se me ocurre ninguna otra cosa.
Jude se puso de pie.
—Creo que debemos irnos ahora.
Maeve parpadeó.
—¿Ahora? Es... —Echó un vistazo por la ventana al cielo completamente negro—. Jude, es casi medianoche. Podemos esperar algunas horas.
Jude se entrelazó los dedos detrás de la cabeza, fue hasta la ventana y miró fuera. Su respiración empañó el cristal.
—Eres una santa. Una iconógrafa. Quieren controlarte.
Mira a Siobhan. —Se le enronqueció la voz—.
Si no te la hubiera presentado, si no me hubiera metido en sus recuerdos...
la Abadía se habría conformado con dejarla vivir sus días sola y olvidada.
A salvo. Si tienen tu ícono, están viniendo a por ti.
No podemos esperar, Maeve. Debemos irnos ahora.
El peso de sus palabras cayó con fuerza sobre ella. Se puso de pie, cruzó la habitación para apoyarle una mano en el hombro. Él se giró hacia ella, la culpa que le cubría los rasgos era desgarradora.
—Estamos mejor enfrentándolos directamente que esperando escondidos —continuó él, examinándole la cara mientras hablaba—.
Si quieren aislarte de mí, si quieren usar tu ícono para hacerte daño, no podemos esperar a que lo hagan.
No puedo mantenerte aquí; no puedo dejar que otra cosa más sea culpa mía.
—Jude —susurró ella, movió la mano para apoyársela en el costado del cuello y le buscó el pulso con el pulgar.
Él exhaló pesadamente y cerró los ojos—.
No puedes culparte por sus acciones. No mataste a Siobhan.
La Abadía lo hizo. Tú eras su amigo, alguien que entendía lo que le estaba pasando.
La culpa recae en la Abadía y solo en la Abadía.
No en ti. Y si... si algo me pasa, tampoco será culpa tuya.
Jude arrugó el entrecejo, pero mantuvo los ojos cerrados.
—No puedo dejar que le pase a nadie más. Ni a ti. Ni a Elden.
Pese al juramento que había hecho antes de decirle solo la verdad, Maeve se encontró con que una mentira se le formaba en la lengua.
—No pasará. Lo prometo. Unas pocas horas no harán la diferencia. Quiero disfrutar del tiempo que nos queda aquí.
Jude abrió los ojos de golpe. La observó largo rato, con detenimiento, de forma constante, como si estuviera memorizando sus rasgos. Bajo su palma, Maeve sintió que él tragaba con esfuerzo.
Él dejó caer los ojos, que se deslizaron por su cuello, se quedaron en la pendiente profunda de su camisola, antes de seguir bajando por su cuerpo.
El cambio en su foco pareció intencionado, como nunca antes se había dado entre ellos, como si se estuviera permitiendo ver a su antojo por primera vez.
Como si quisiera ver cada parte de ella, marcarle su mirada en la piel.
Un pulmón lleno de aire después de una vida bajo el agua.
Cada respiración agitada rozaba la seda de la camisola sobre los pezones endurecidos de una forma que casi dolía. La tensión amenazaba con consumirla, obscena, casi, en su poder. En ese momento, Maeve supo que le daría cualquier cosa, cualquier cosa, que quisiera.
Jude hizo una inhalación corta, rápida. Luego se acercó un paso.
Alzó una mano para deslizar los dedos por la fina tela de la camisola hasta posarlos suavemente sobre la cintura de Maeve.
Sentir ese roce de los dedos contra su piel y el peso de sus ojos sobre el cuerpo le provocó a ella un calor casi insoportable.
Apretó los muslos entre sí para aliviar algo del dolor.
La mirada de Jude bajó, siguiendo el movimiento. Él entreabrió los labios mojados en una leve exhalación mientras le rozaba la parte inferior del pecho con el pulgar. Ella se mordió el labio para reprimir un gemido, cuyo sonido se le escapó rompiendo el silencio.
Con una brusca sacudida, Jude dio un paso atrás. Su mano la abandonó.
A Maeve se le nubló la vista y se tambaleó como un potrillo recién nacido, tratando de orientarse tras la repentina interrupción del contacto. Cuando encontró los ojos de Jude, parecía igual de aturdido, igual de hundido.
Él bajó la mirada al suelo mientras se aclaraba la garganta.
—No me importa que me mientas, ¿sabes?
Ella intentó aclararse la mente, recordar de qué habían estado hablando. Le había prometido que nada iba a pasarles, ¿cierto?
Una promesa que pretendía cumplir.
—Intentaré hacerlo más a menudo, entonces —respondió Maeve, con voz ronca.
Jude soltó una risita. Como una polilla que va a la llama, alzó los ojos una vez más para recorrerla antes de volver hacia la ventana y recomponerse.
Maeve deseó que no lo hiciera. Quería verlo inerme por completo, enteramente.
Él estiró una mano y la pasó por el marco de madera de la ventana.
—Nunca imaginé cómo sería partir —confesó—. Incluso cuando no quería nada más que eso, cuando me enviaron aquí solo y confundido, no fue algo que me permití imaginar.
—¿Y ahora? —preguntó Maeve. Un nuevo tipo de dolor brotó en su interior frente al sufrimiento en la cara de Jude. El anhelo.
—Ahora —respondió—. Ahora, es... diferente. Insoportable de una forma distinta. —Su sonrisa era suave y apagada cuando se volvió para mirarla—. Como dijiste, solo quedan unas horas para la mañana. Debes dormir. Tenemos una larga caminata por delante.
Habían decidido ir solos, con la esperanza de que Elden no los siguiera.
Estaba a salvo aquí, a salvo de lo que les esperaba en la Abadía.
Serían solo ellos dos abriéndose camino por los páramos hasta allí.
De regreso al lugar de su creación. La idea de volver se sentía como una montaña imposible, cuyo pico estaba escondido más allá de lo visible.
Los dedos de Jude apenas le tocaron la oreja cuando le acomodó por detrás un mechón de pelo.
Después Maeve lo vio irse, la marca de su presencia se desvaneció más despacio que su adiós susurrado. Permaneció mordisqueando los espacios sensibles entre sus costillas. Tan solo deseaba tener tiempo para disfrutar de la ternura entre ellos antes de que el miedo volviera a devorarla por completo.