35. Jude
Jude
Jude mantuvo los ojos cerrados. La cabeza gacha.
—No está funcionando. ¿Por qué no está funcionando?
Las manos de Maeve se ciñeron más a las suyas.
—Quizá es porque no crees realmente. En el rezo. En los santos. En tu propia magia.
Se entreabrieron los ojos.
—No puedo cambiar eso. No puedo de repente creer...
Se le cortó la voz cuando un repentino latigazo de vértigo lo atacó, el efecto fue tan repentino, tan abrumador que se dejó caer al suelo.
La capacidad de oír se le encendía y apagaba con las pulsaciones, llevándose consigo el esfuerzo de una voz frenética, un tarareo extraño que sonaba más y más fuerte.
El dolor en la nuca comenzó a aumentarle y envolverle la mandíbula. Luchó para respirar, se encontró la voz en algún lugar debajo del mareo nauseabundo.
—Algo está pasando... —siseó entre dientes. Se obligó a levantar la mirada.
El rostro frente a él era desconocido.
Jude parpadeó.
La conocía, ¿verdad?
Le comenzó un tamborileo debajo del esternón.
Se llevó las manos al pecho, sintió la vibración.
Más profundo que eso, un cambio en la médula.
La mujer era desconocida para su cerebro confundido, pero familiar en su corazón.
Sus dedos rebotaron contra el dobladillo del vestido cuando ella se puso de pie.
La mujer dio vueltas por la habitación, su mirada iba de un lado a otro como buscando algo. Una energía frenética se ceñía a sus extremidades. Jude gateó hacia ella, con un nombre en la punta de la lengua. La conocía. No podía olvidarla. No podía. No a ella. No a ella.
De repente, la mujer giró hacia la ventana.
Se movía, corría.
Luego, estaba de regreso con una vela encendida en la mano.
Antes de que él pudiera ponerse de pie, antes de que siquiera pudiera forzar sus pensamientos enlodados a recordar quién era, ella llevó la vela hacia el lienzo.
La llama comenzó en una esquina. Un agujero perforó el lienzo, los bordes se despegaron lentamente con una oleada de brasas naranjas.
Despacio fue lamiendo el ícono hasta que su cara comenzó a desintegrarse.
Sus ojos, su mano alzada. El halo detrás de su cabeza.
Como si se hubiera cansado de devorar con lentitud, el fuego de golpe consumió el resto del lienzo en un descenso súbito hasta que lo único que quedó fue el marco de madera y los bordes ardientes, raídos y abiertos como unas fauces hambrientas.
Durante unos momentos, ninguno de los dos se movió.
Conteniendo la respiración, Jude estiró una mano hacia el ícono quemado...
La habitación se disolvió en un destello de luz cegadora.
Un flujo de metal fundido voló desde el ícono hacia él.
Gritó mientras gateaba hacia atrás. Cada movimiento resultaba arduo, como si estuviera debajo del agua.
Sentía que un extraño tamborileo le palpitaba en la parte trasera del cráneo, detrás de los párpados.
Un humo profano de campanas y voces que se alzaban.
De repente, cayó un velo de oscuridad, que consumió el oro en una ola negra corrosiva.
Las campanadas se intensificaron. Olió algo acre y dulzón como piel en llamas. Incapaz de soportar el ataque violento, Jude se cubrió la boca con una mano y los ojos con la otra, se hizo un ovillo hasta que golpeó el suelo con la frente. Las campanas repiqueteaban cada vez más y más fuerte.
No podía soportarlo. Era demasiado, más que demasiado.
Ya no estaba seguro de que el suelo estuviera bajo sus rodillas. Solo había oscuridad y dolor y campanadas sin fin. Algo húmedo le chorreaba por el cuello desde los oídos cuando el canto se inflamó con una emoción que no podía describir con palabras.
Tan rápido como comenzó, el ataque terminó.
Se despertó sobre su espalda. Mirando al techo. El silencio lo inundaba. Levantó las manos para tocarse las orejas. Nada; no había sangre bajándole por el cuello. Flexionó los dedos de la mano y movió los de los pies. Sintió como si el mar hubiese escupido su cuerpo a la orilla.
«El mar . »
Por primera vez en ocho años, Jude recordó la sensación de la arena contra la piel desnuda. Pudo rememorar su alegría, infantil y libre, al saltar hacia las olas. Había dos niños en su recuerdo incompleto. Sintió su presencia, oyó sus risas.
Se le cortó la respiración.
Algunos de sus recuerdos estaban ahí. Algunos, pero no todos.
Trozos de su vieja vida a medio regresar.
Un hombre sobre un altar, rodeado de figuras envueltas en capas cuyas manos desesperadas se estiraban hacia él.
Un tajo de luz cortaba el espacio de la basílica.
Le caían lágrimas por el rostro... ¿por qué, por qué?
La necesidad de cerrar los ojos y examinar qué había regresado casi lo consumía, pero el punzante olor a humo le golpeó las fosas nasales antes de que pudiera hacerlo.
«Quemado.»
Se incorporó. El olor arañó una puerta oculta en su memoria, un lugar largamente olvidado.
Del otro lado de la habitación, Maeve estaba palmoteando su cárdigan desechado contra el suelo.
«Maeve.» No se había olvidado de ella. Estaba aquí y él la conocía.
El alivio se desvaneció rápido, reemplazado por confusión cuando ella le dio un pisotón a la masa arrugada con la bota. Las tablas del suelo estaban ennegrecidas debajo. El humo olía metálico, como sangre o agua de mar podrida.
Cuando ella retrocedió, Jude recordó qué se había estado quemando.
Su ícono.
Maeve se puso frente a él. Tenía los ojos muy abiertos, los labios separados.
Se quedaron mirándose por un tenso instante mientras Jude permanecía en el suelo.
Las llamas parpadeaban cada vez que él lo hacía.
El hilo de un recuerdo tiraba de él con insistencia, aún demasiado lejano para aprehenderlo.
Había algo allí, algo en la punta de su lengua...
—No... no estabas bien —dijo Maeve con voz ronca—.
He quemado el ícono y has comenzado a gritar.
A mirar a tu alrededor como si pudieras ver algo que yo no podía ver.
Tus manos... —Tanteó a su alrededor, imitando lo que él había hecho apenas unos minutos atrás—.
Como si estuvieras intentando encontrar algo. ¿Qué has visto?
Él inclinó la cabeza hacia arriba, hacia el techo, mientras procesaba las palabras de Maeve. El yeso expuesto entre las vigas estaba manchado de gris por el humo. ¿ Qué había visto?
—¿Has oído las campanas? ¿Los cantos? —preguntó.
—Solo he oído tus gritos. —Ella se inclinó sobre la punta de los pies, como si quisiera ir hacia él pero hubiera decidido no hacerlo—. ¿Ha funcionado? ¿Has recuperado tus recuerdos?
—Algunos —respondió Jude—. Aunque no todos.
Pero me siento... mejor. Mi mente... está mucho más despejada que cuando estabas pintando.
Como si me hubieran quitado un peso de encima o me hubieran retirado un velo del cerebro.
—Inclinó la cabeza hacia un lado y hacia el otro—.
Me siento como yo otra vez. O más cerca de serlo, al menos.
—Se enfocó en ella—. ¿Cómo es que has quemado el ícono?
Maeve se arrodilló a su lado.
—Después de rezar, te has desplomado. Has comenzado a...
—Se le cortó la voz—. Has comenzado a convulsionar.
Me mirabas como si no estuviera ahí. Ha sido horrible.
Espantoso, Jude. —Negó con la cabeza, su mirada cayó a los restos quemados del ícono—.
Había quemado el ícono de Siobhan para tratar de destruirlo.
No supimos si había funcionado en ese momento, pero tenía...
tenía que intentarlo. Tenía que intentar algo .
Había un charco de cera en el suelo al lado del ícono, una costra blanca lechosa. La habitación apestaba a humo, pero no le importaba. No con lo que acababa de descubrir.
Jude se levantó, caminó en un círculo cerrado, pensando.
—Esto es bueno. Es muy bueno.
—¿Lo es? —preguntó Maeve. Se le elevó la voz al final, al ponerse de pie.
—Rezar no nos ayudará a devolverles la magia a los santos.
Ni siquiera rezarnos a nosotros mismos. Aunque creo que sirve a un propósito.
Que otros les recen a los íconos aumenta el poder de la Abadía, les permite robarnos más magia y, por lo tanto, más recuerdos, entonces, quizá rezarnos a nosotros mismos haga algo similar.
—Quizá también aumente la magia —agregó Maeve.
Su cara recobró algo de color mientras lo observaba a los ojos—.
Como una catapulta. Cuanto más atrás tires de ella, más lejos irá.
Quizá sea por eso que rezarle a tu ícono te afectó como lo hizo.
Tuviste que dar más de ti mismo para obtener más a cambio una vez que el ícono fue destruido.
Jude se pasó las manos por la cabeza.
—Deberíamos haber destruido el ícono de inmediato.
—¿Y arruinar todo mi arduo trabajo?
Él la miró.
—Hum. Cierto.
Ella se encogió de hombros, con una sonrisa todavía en los labios.
—Si no le hubieses rezado al ícono antes, tal vez el efecto de quemarlo no hubiese sido tan intenso. Quizá menos recuerdos habrían regresado a ti.
—Desearía que fuesen más. Pero quemar los íconos...
Debo de haber aprendido que funcionaba años atrás en la Abadía.
—Se plantó las manos en las caderas y observó el ícono quemado.
Ahora que se fijaba, el olor era avasallante.
Definitivamente no podía dormir ahí esa noche.
El olor acre era muy intenso en su nariz, casi como un altar de incienso...
Jude se quedó helado. Se le abrió la boca.
—Oh ...
Un recuerdo salió a la superficie. Fuego, extremadamente caliente y brillante. El sonido de pasos que corrían sobre suelos de piedra, el pecho le ardía del esfuerzo. Pánico. Estaba apurado, frenético por cumplir su tarea antes de que lo descubrieran. En la mano, fósforos quemados.
La Abadía. Fuego. Íconos.
—Maeve —exclamó sin voz; lo que significaba que el recuerdo le golpeó—. Intenté quemar la Abadía. Intenté quemar... —Cerró los ojos—. ¿Los íconos? Creo. Pero fallé. Por eso me exiliaron. No fue solo por la magia. Fue un castigo. Pero ¿por qué? ¿Por qué quise quemar los íconos?
Se dio la vuelta para mirarla.
—Eso es: quemar los íconos restaura los recuerdos.
Ella inhaló, rápido y corto.
—¿Eso es lo que haremos, entonces? ¿Regresar a la Abadía y quemar los íconos?
—No solo los íconos. Incendiaremos toda la Abadía.
—¿Qué?
—¿No era eso lo que estabas pensando?
—Yo... no. —Se rio sin aire—. No exactamente. Estaba pensando más en los íconos individuales. No en... un incendio.
—Ah. —Jude se encogió de hombros—. ¿Y si sin querer quedan algunos? Todos deben desaparecer. Si hay aunque sea la más mínima esperanza de que así se restauren los recuerdos de los santos. Los de todos aquellos a quienes la Abadía ha dañado. Elden. Tú también, Maeve.
Ella se tambaleó.
—Si lo has intentado antes, ¿por qué esta vez sería diferente?
—Solo podemos trazar un plan y volver a intentarlo.
Nos tenemos el uno al otro esta vez. Y sabemos más acerca de cómo funciona nuestra magia.
Y también sobre cómo funciona la Abadía —respondió—.
No sé qué falló la primera vez, pero debemos intentarlo.
—Respiró temblorosamente—. Tenemos que regresar.
—Cada advertencia que escuchamos, de Felix, de Bethan..., incluso... incluso la muerte de Siobhan. Todo fue para evitar que regresáramos. —Maeve negó con la cabeza. Su rostro había palidecido—. Pero tienes razón. No veo otra manera.
«La Abadía.» Jude vio la promesa de esta reflejada en la mirada de Maeve.
Recordaba su fachada con una precisión casi perfecta ahora.
Tres agujas que se elevaban a los cielos, reforzadas por contrafuertes voladizos embellecidos por columnatas y retratos tallados de santos fallecidos hacía mucho tiempo.
Largas ventanas interrumpían la fachada de la basílica principal, discretas en comparación con la joya más preciada de la Abadía: el rosetón.
Incluso ahora, recordaba las complejidades del patrón de vidrio con nostálgica reverencia.
Había pasado tantas mañanas arrodillado debajo de él, dejando que su belleza lo arrullara más cerca de la devoción.
Jude ya no era un niño. La gloria del vitral no lo influiría. Pero, al mirar a Maeve, se dio cuenta de que no estaba tan lejos del niño que había sido una vez. Deseaba adorar la cosa más cercana a la divinidad que jamás había visto.
—Sí —respondió con voz ronca—. Regresaremos. Juntos.
Maeve se abrazó a sí misma con fuerza, los hombros levantados cerca de las orejas. Ay, cuánto anhelaba abrazarla. Sujetarla entre sus brazos y mantenerla a salvo.
—Juntos —repitió ella.
Los ojos de Maeve encontraron los suyos, y una pieza de su armadura se desprendió para flotar entre las vigas.