El espacio entre nosotros 34. Jude
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34. Jude

Jude

Jude se incorporó de repente. La aguanieve que golpeaba su ventana ahogaba el ritmo rápido de su respiración.

Había tenido un sueño oscuro y confuso, en el que llevaba las muñecas atadas con fuerza, las palmas selladas una contra otra y la piel pegoteada con sudor y sangre.

Agitado, alzó las manos y se examinó las palmas.

Afortunadamente, estaban bien bajo la fría luz de la mañana invernal.

Se le nubló la vista, se oscureció en los bordes. Una sequedad le cubría la garganta.

Oía una voz lejana, que se volvió más fuerte, hasta que unas manos suaves le tocaron los hombros, el pecho. Una palma presionó donde el corazón le golpeaba.

Por instinto, Jude se retrajo ante el contacto antes de levantar la vista. Maeve estaba a centímetros de él, mirándolo con intensidad, los labios entreabiertos.

—Respira —susurró—. Despacio. Empuja mi mano. Así, eso es.

Manchas negras le bailaban en los bordes de la vista.

—¿Qué... qué ha pasado?

—Creo que has tenido una pesadilla. Intenté despertarte, varias veces, de hecho..., pero... pero Jude. Ya es de noche. Has estado dormido casi un día.

Intentó concentrarse más allá de los latidos en el cráneo, de la presión que le oprimía el corazón.

—¿Qué?

Ella asintió. Él estaba lo suficientemente despejado para reconocer el miedo en sus ojos.

—No sé cómo...

—El ícono —interrumpió Jude. Inclinó la cabeza hacia atrás para mirar el techo, se concentró en las manos de Maeve sobre él y no en el pánico remanente de la pesadilla.

Habían vuelto a casa desde Oakmoor a eso de las tres de la mañana y acordado reunirse justo después del amanecer para que Jude le rezara a su ícono.

De alguna manera, había dormido más de doce horas sin despertarse—.

Es el ícono. Me está afectando. Dolores de cabeza, náuseas.

Un extraño... tirón , debajo de la piel. El sueño también. Las pesadillas.

Maeve se apartó con suavidad; la culpa, evidente en su rostro.

—Lo siento —murmuró—. Con suerte, en cuanto le reces, mejorará. Te sentirás tú mismo otra vez.

Él mismo. Ya casi no sabía quién era ese hombre.

Los dedos de Maeve le tocaron la muñeca, se deslizaron hacia arriba por la piel desnuda.

Jude se estremeció. Estaba remangado hasta los codos, todos los tatuajes visibles.

Cada trazo tosco con que se había dañado la piel; líneas y símbolos, burdos rasguños que nunca había permitido que terminasen de sanar.

Maeve se quedó mirándolos. Con los ojos muy abiertos. Muda.

—No lo hagas —susurró Jude.

—Jude.

—Fue hace mucho tiempo. —Mantuvo los ojos en la cara de Maeve, sin querer unirse a ella para observar su piel marcada. Sabía cómo se veía.

Los dedos de Maeve se sacudieron ligeramente cuando deslizó la mano debajo del cuello de su camisa. Apoyó la mano sobre el símbolo de «santo», dándole calor a su piel frígida. Una presión fuerte, como para fusionarlos. Un deseo de quitarle el recuerdo doloroso.

—Puedes hablar de esto —susurró, sorprendiéndolo—. Conmigo. Si alguna vez quieres.

Jude sintió un nudo en la garganta. Asintió con la cabeza. No era la reacción que estaba esperando. Una vez más, Maeve lo desorientaba. Una voz en el fondo de su mente, que sonaba sospechosamente como Bethan, susurró: «Le importas ».

Comenzaba a creerlo.

Ella siguió tocándolo. El roce con las yemas de los dedos sobre los otros tatuajes debajo de su clavícula, las líneas en su antebrazo.

Tenía la piel sensible por la frecuencia con la que volvía a pasar la tinta.

La intensa consciencia que él tenía de la cercanía de Maeve lo empeoraba.

Era casi demasiado que soportar. Cuando le rozó el hueco del recodo, inhaló entrecortado por entre sus dientes.

Maeve se apartó. Soltó un sonido desde la garganta.

—Lo siento.

Él le atrapó la mano antes de que pudiera alejarla del todo.

La presionó de nuevo contra su piel. Cuando levantó la vista encontró que ella lo miraba con ojos tan dilatados que no podía distinguir la pupila.

Tenía los labios entreabiertos y su respiración era superficial.

Había una nebulosidad en su rostro que no estaba acostumbrado a ver.

Sin poder soportar el peso de su atención, Jude apartó la mirada. Dejó caer su mano en un patético intento por calmarse. Inútil. Como si pudiera no estar a la deriva cuando estaba con ella.

Su mirada se detuvo en la forma rectangular junto a la puerta. «Mierda.» Casi se había olvidado.

—Debería ponerme con eso. No tiene sentido posponer lo inevitable.

Maeve siguió su mirada.

—¿Estás seguro? Sugeriría esperar, pero...

—Realmente no tenemos tiempo —terminó por decir Jude.

—No si te queremos despierto.

—Y un poco coherente —masculló, mientras se levantaba de la cama a regañadientes.

Rozó el hombro de Maeve al pasar junto a ella hacia el ícono.

Finas capas de pintura se extendían por los bordes del lienzo, los colores se intensificaban a medida que se acercaba a su propio rostro.

Por un momento, el oro vivo que formaba un halo alrededor de su cabeza se reflejaba en sus ojos pintados.

Jude parpadeó y este desapareció.

Antes de que pudiera decidir cómo empezar, Maeve se arrodilló frente al lienzo y tiró de él para que se arrodillara junto a ella. Reprimió el escalofrío ante el contacto casual y se preguntó si alguna vez se acostumbraría a la sensación de su piel sobre la de ella. De alguna manera, lo dudaba.

Su ícono le devolvía la mirada, igual de desafiante que la primera vez que lo había observado. Igual de revelador. Le quitaba el aire. El talento de Maeve, la pasión y dedicación por su trabajo brillaban en cada una de sus pinceladas. No creía haber visto jamás algo tan hermosamente creado.

—Cuando rezo —explicó Maeve—, me concentro solo en lo que quiero. Paz, absolución, perdón, o algo más tangible. Un evento o elemento, por ejemplo.

—Lo recuerdo —refunfuñó Jude. La sensación de la madera bajo sus rodillas le gustaba menos cuando estaba arrodillado frente a su ícono en lugar de frente a Maeve.

Ella se giró hacia él y le dobló las manos entre sus palmas.

Jude sintió calor en la nuca. Casi podía sentir la mano de su mentor ahí, obligándolo a agachar más la cabeza.

Pero era Maeve quien lo tocaba, se recordó a sí mismo.

Era Maeve quien le pedía que rezara. Las palabras de Maeve en sus oídos. Confiaba en ella. Estaba a salvo.

Siempre obediente, Jude cerró los ojos.

Aunque ya no estaba mirando a su ícono, sintió que este lo observaba. Esperando escuchar qué podía pedir. Mirando desde arriba y encontrándolo carente y débil.

Inhaló con fuerza por detrás de los dientes. Maeve lo aferró con más fuerza.

—Estás bien —susurró—. Te tengo.

No creía en la santidad. Sabía que no era real.

No podía cumplir peticiones, no podía atender solicitudes.

Sin embargo, había un poder en creer. Los íconos contenían secretos en sus marcos cubiertos de oro.

Secretos que él poco a poco comenzaba a entender que podían estar muy lejos de sus desacertadas suposiciones.

Jude pidió orientación, pidió memoria. Tener el poder para ir a la Abadía a reclamar lo que era legítimamente suyo.

Fuerza para hacer lo imposible. Aunque formaba con la lengua palabras indescifrables para cualquier oído que no fuera el suyo, siguió hablando.

Maeve mantuvo las manos firmemente cerradas sobre las suyas.

Rezó.

Esperó.

Y no pasó nada.