El espacio entre nosotros 33. Jude
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33. Jude

Jude

Jude no tenía nada más que decir. Nada más que pudiera darle para suavizar la verdad.

Solo podía abrazarla, e incluso eso parecía no ser suficiente.

No para ella, no para él. Debería apartarse y liberarla.

Él tenía años de experiencia en negarse al contacto; Maeve no debía ser distinta.

Él tan solo tenía que apartar la mano de su pelo, soltar los dedos que la aferraban de la cadera.

Dar un paso atrás y dejar que la cortina de lluvia cayera entre ellos.

Debería, debería, debería .

Era egoísta, quizá. Tomar lo que no le pertenecía.

Pero no quería perderse ninguno de sus latidos, no cuando se alineaban con los suyos.

Ella estaba a salvo en sus brazos; no dejaría que se ahogara.

Eso mismo le dijo en palabras susurradas contra el cuello, justo en el punto donde el pulso le latía frenéticamente.

Maeve se aflojó contra él, temblando. Poco a poco, se fue soltando de su sujeción.

—Una santa.

Le dolían los brazos sin ella, fríos en el gélido aire nocturno. Ella se tambaleaba, como un potrillo recién nacido. Le brillaban los ojos con lágrimas contenidas y destellaron oro antes de que apartara la mirada.

Los vigilantes confines de Oakmoor los rodeaban. Se imaginó la agitación de una cortina, un susurro de oreja a oreja. Si miraba para abajo, ¿vería la sangre de Siobhan mezclándose con el lodo?

Sin poder evitarlo, se estiró hacia la mano de Maeve y la ciñó con fuerza con los dedos. Tenía la piel fría, los huesos frágiles. Tan humana que dolía.

—Felix tiene razón. No estamos a salvo aquí. —Cerró los ojos por un instante, para coger fuerzas—. Siobhan. Está muerta. La Abadía la mató.

El rostro de Maeve se desencajó al tiempo que sus ojos taladraban los de él.

—¿Qué?

—Eso es lo que Bethan vino a decirme. Ella y su madre la encontraron. Aquí... —Hizo un gesto con la mano hacia la ensombrecida plaza del pueblo—. Sola. Con el vestido abierto de un tajo. Su tatuaje de «santa», quemado e irreconocible en la piel. La martirizaron.

Maeve se tapó la boca con las dos manos.

—¿Quemado?

—Nadie la recordaba. —Respiró hondo—. Ni sabía qué pasó.

No le dijo que Elden estaba allí cuando la habían enterrado. Que su memoria había sido manipulada junto con la de los lugareños; otra víctima de los errores de Jude.

—¿Por qué? —preguntó Maeve. Las lágrimas le corrían libremente por las mejillas. Dio otro paso hacia atrás con una expresión de horror en la cara al darse cuenta—. Por culpa nuestra —susurró—. La visitamos. Dibujé su ícono. Nos mostró sus recuerdos. Felix... Felix nos advirtió...

Se agarró la nuca con ambas manos al inclinar la cabeza hacia el cielo mientras le daba la espalda.

—La Abadía nunca se detendrá, ¿verdad? Toman y toman y toman. Nada está fuera de alcance. Que... que la martirizaran, Jude. —Giró de golpe, su expresión casi trastornada—. No es la primera vez. Sé que no lo es. La Abadía ya ha martirizado santos. Lo he visto. Pero no puedo recordarlo. Mierda .

Se enterró las manos en el pelo; el pecho, agitado. Jude se estiró para tirarle con suavidad de las muñecas hasta que las aflojó.

—Lo sé. Lo sé, Maeve. —Un sollozo atragantado abandonó la boca de Maeve cuando se acurrucó contra el pecho de Jude; las manos le quedaron atrapadas entre la cara y el cuerpo de él—. Lo resolveremos. Lo solucionaremos.

Ella negó con la cabeza, la voz apagada por las manos.

—No lo sabes.

No, no lo sabía.

—Hay más —confesó Jude, odiándose por lo que estaba a punto de contarle—. Felix no es el único con una advertencia. Bethan también tenía una que hacernos. Ella tiene... sueños.

—Sueños —repitió Maeve, apartándose para mirarlo.

Jude asintió. Tan rápido como pudo, le contó el sueño que Bethan le había compartido y su interpretación.

La pared de íconos en blanco conectados por una soga de oro, cómo saltaba de un ícono a otro, consumiendo todo lo que tocaba.

La Abadía estaba viniendo. Siobhan solo era el comienzo.

Maeve sería la siguiente si no llevaba el ícono de Jude a la Abadía.

No le habló de la extraña neblina, del hombre sin rostro que había reconocido como su mentor.

—Y estos... sueños. ¿Cómo sabes que son reales? ¿Que no son solo, bueno...? —Se encogió de hombros, se abrazó a sí misma con fuerza—. Sueños.

Jude dejó escapar una larga exhalación.

—Bethan. También es una santa. Pero no fue criada en la Abadía.

La expresión de Maeve no cambió. Lentamente, alzó una mano para sujetarse un lado de la cara. El cabello claro se le resbalaba en finos bucles por las mejillas y la mandíbula mientras que sus ojos perdían foco en algún lugar entre ellos.

—Una santa —repitió, débil—. Entonces, ¿tiene la misma habilidad para manipular recuerdos que nosotros?

—No la ve exactamente de la misma manera —respondió Jude—. No la ve corrompida o dañada por la mano de la Abadía, sino como un don, supongo. Un talento que puede usar para el bien.

—¿Y lo hace? —Los ojos de Maeve se alzaron hacia los suyos—. ¿Usarlo para el bien?

—Su medio son los sueños. Como yo tengo mis libros o tú tienes tus pinturas.

Bethan sueña. Entiende su magia de una forma que yo...

—Jude tragó—. De una forma que yo no he aprendido a hacer.

Ella le cuenta a la gente qué sueña. Cosas hermosas que le traen esperanza.

Advertencias para prevenir daños. Todo está...

Todo lo hace pensando en cuidar, Maeve. No en dañar.

—¿Es esa una posibilidad para nosotros también?

Se humedeció los labios. Sintió la presión en sus palabras.

Peor: la esperanza.

—Quizá —concedió—. Quizá.

El silencio no hacía sino flotar entre ellos.

—La Abadía no descansará. Tomará nuestros recuerdos.

O peor —dijo Maeve. Un escalofrío le sacudió el cuerpo—.

La muerte de Siobhan no fue solo una advertencia.

Fue un mensaje. Una amenaza. Como dije: aunque no puedo recordar los detalles, sé que la Abadía ya ha hecho mártires a otros santos.

Lo siento en mis huesos. —Respiró hondo—.

Y... y nunca sabremos si nuestra magia es capaz de hacer el bien.

No mientras exista la Abadía. No mientras siga dependiendo de los santos.

Debemos hacer lo que podamos para detenerlos.

La lluvia caía entre ellos en una cortina de plata. Jude no tenía una respuesta. Solo pudo asentir con la cabeza.

Al sentir el contacto de las manos de Maeve, la tensión abandonó su cuerpo, dando paso al agotamiento, que fue llegando a su punto máximo. Una toalla escurrida sin gota que soltar.

—A primera hora de mañana, le rezarás a tu ícono y recuperarás tus recuerdos —declaró Maeve—. Si eso no funciona, probaremos otra cosa. Seguiremos intentando, seguiremos luchando. No vamos a rendirnos, Jude. No mientras estemos juntos.

Dio un paso atrás lentamente, las manos abandonaron los antebrazos de Jude, las yemas de los dedos le rozaron el dorso de las muñecas. Y Jude vio, por primera vez, que el más tenue rayo de esperanza le cruzaba el rostro. Hermoso y desgarrador en igual medida. Para él y solo él.