El espacio entre nosotros 32. Maeve
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32. Maeve

Maeve

Maeve se arrodilló frente al sagrario de Oakmoor.

La lluvia y el viento la golpeaban desde todas las direcciones; el lodo le empapaba el vestido, lo suficientemente frío como para quemar.

El santo le devolvía una mirada impasible cuando agachó la cabeza frente a él.

El acto en sí le pareció mal. Blasfemo, de algún modo.

La ira le crepitó en la garganta.

Todo era coerción. Todo manipulación. Robar recuerdos y llamarlo plegarias respondidas. Una estructura construida a base de desacreditar a personas que habían dado su vida para sostenerla. La habían alentado a estirar los límites de la piedad de todas las maneras posibles, ¿y para qué?

Toda su maldita vida... perdida. Arrebatada antes de que supiera qué significaba vivir.

Enterró una mano en el bolsillo, sacó el ícono acuñado y lo apoyó en el lodo debajo del sagrario. Lo hundió bien profundo en la tierra. Después de quince años de devoción, se sentía tan desgastada y alisada como la moneda.

Sonaron pasos detrás de ella.

No se volvió ni miró cuando se puso de pie; no era necesario. Sabía que él vendría. Sabía que él la seguiría en la tormenta, en el momento de la verdad.

La lluvia se deslizaba por la nuca expuesta de Jude y le oscurecía el cuello del abrigo de salpicaduras cuando se arrodilló frente al sagrario. Las rodillas se le hundieron en los terrones enlodados que las suyas habían dejado. Un santo vuelto penitente.

—Lo siento —susurró. Pronunció sus disculpas hacia el suelo, hacia el sagrario que había gobernado largamente sus vidas.

No era sagrado, pero sonó como una plegaria de todos modos—.

Maeve, lo lamento tanto. Quedarme con la carta fue un error.

Tenía miedo de lo que contenía cuando la cogí, y no podía soportar ... —Se le quebró la voz.

Se rascó la parte trasera de la cabeza con las manos, clavándose los dedos.

—No me permitieron llegar a la verdad de forma gradual.

Una parte de mí, errada como estaba, tenía la esperanza de ser esa persona segura para ti.

Incluso cuando te odiaba. Incluso cuando quería que te fueras.

Pero ¿quién era yo para ser tu ancla cuando había sido yo el que había provocado las olas?

Ella se acercó, le deslizó los dedos hacia arriba por la nuca.

Una larga exhalación le salió por los labios abiertos cuando apoyó la cabeza contra la parte baja del vientre de Maeve, con los ojos cerrados.

Ella movió la mano hacia el costado del cuello de Jude, sintió cómo él tragaba.

La lluvia le corría sobre la cara, limpiándola.

El momento se alargó con posibilidades sin decir.

Quería tirar de ellas hasta que se desentrañaran.

—Maeve. —La voz de Jude fue un susurro ronco—. Necesito decirlo. Necesito que entiendas por completo. No más secretos entre nosotros.

A ella se le comprimió el pecho, el pánico le clavó las garras en las costillas, en el esternón. No podía.

Se apartó bruscamente, se puso de espaldas a él, como si pudiera detener las palabras que sabía que él se estaba preparando para decir.

Detrás de ella, Jude repitió su nombre, esta vez con un filo en la voz.

La sombra de su contacto se deslizó por su brazo, le presionó algo contra la palma de la mano y se la cerró envolviéndolo. Un ícono acuñado.

Abrió los dedos para mirarlo. La cara de Jude le devolvía la mirada, grabada en metal.

—No quiero que lo digas —suplicó ella—. Por favor... por favor, no lo digas. No quiero saberlo.

Jude deslizó la mano por la soga empapada que era su trenza, para echarle la cabeza hacia atrás y que quedara apoyada contra su hombro. Donde le sobresalían los huesos de las caderas, él le clavó los dedos. Le apoyó sus suaves labios contra la oreja.

—Te han marcado como una de nosotros al enviarte aquí. No otra cosa que la blasfemia te trajo a mí.

Maeve temblaba. Él era una llama viva. Más cerca, y se quemaría.

—No hay diferencias entre nosotros —continuó, cada palabra martillaba sus paredes cuidadosamente erigidas—.

A los ojos de la Abadía, tú también eres una santa.

Exiliada por tu habilidad. Los sabios toman nuestra magia como propia, sacrificando nuestros recuerdos en el proceso.

Los rezos no son reales, Maeve. No han ocurrido milagros.

Esto no es más que una manipulación de la memoria enmascarada por la marca de la santidad.

Maeve negó con la cabeza, presionándola contra el hombro de Jude.

—Mira lo que le hicieron a Siobhan, desgastada en extremo por las plegarias. Mira tus propios recuerdos. Incluso antes que esto, antes de tu exilio, te estaban utilizando —dijo contra su oreja—. La Abadía te eligió hace mucho tiempo.

Un sonido ahogado se escapó de ella.

—No estoy marcada. No tengo el tatuaje. No puedo ser una santa.

—El tatuaje es una fachada, como todo lo demás —respondió él—. Los sabios no pueden ver quién es un santo. Solo pueden ver cuando el oro comienza a aparecer. Entonces, se apoderan de ti. Te marcan como una señal de propiedad. Es una marca disfrazada de honor. No significa nada. Nada.

La mano que estaba en su trenza se deslizó para presionarle el hombro justo donde debería estar la marca. La lluvia le cubría el rostro, congelándole la piel sobrecalentada.

—Eres una santa con o sin tatuaje.

—¿Por qué me dejaron ir? —argumentó—. ¿Por qué no me marcaron?

Él hizo una pausa. Durante un rato, solo el sonido áspero de la respiración de Jude llenó el espacio vacío alrededor de sus preguntas.

—Eres una iconógrafa. Necesitan tus habilidades, quizá más que las de cualquier otro, tanto de artista como de alguien con magia de la memoria. La Abadía sabe que puede usar tu trabajo para controlarnos. Te enviaron aquí para pintarme, ¿no?

La giró para que quedara de frente a él.

Ella examinó el transcurso de las emociones en el rostro de Jude, desesperada por cualquier cosa que él le diera, aunque fuese desilusión, aunque fuese dolor.

En un momento de vulnerable debilidad, pensó que mirarlo siempre era como mirar a la luna.

Las partes más oscuras, ocultas detrás de la luz brillante.

Las manos de Jude rozaron las suyas, sus dedos se entrelazaron. Pese al miedo que le oprimía el pecho —los recuerdos de Siobhan, del Goddenwood, de todo lo que tenían para perder—, Maeve apretó con fuerza.

—Jude —susurró—, no sé cómo soportarlo.

Él se estiró hacia ella de nuevo; esta vez, su contacto era una ofrenda. La envolvió con los brazos y la atrajo hacia su cuerpo. Descansó la mejilla sobre su cabeza. Uniéndolos en un solo corazón palpitante.

Un abrazo. La estaba abrazando .

Ella presionó la nariz debajo de su oído, respirándolo.

Los ojos de Maeve se cerraron, mientras pensaba en una chimenea que se había enfriado hacía tiempo y un viento que llegaba desde los páramos cubiertos de nieve.

Deslizó una mano por su costado hasta que la palma descansó sobre palabras grabadas en su espalda. Buscó, encontró.

—Jude —susurró otra vez, un ruego esta vez. Para qué, no lo sabía.

La sostuvo durante lo que parecieron horas, mientras ella escuchaba la regularidad de su respiración.

¿Tendría la oportunidad de estar otra vez en sus brazos?

Al temer que la respuesta fuera no, se aferró a él con más fuerza, aprendiendo cada latido de memoria.

Quería girar la cabeza y colocar los labios contra su cuello.

Acercarse tanto que no podría ser capaz de distinguir dónde terminaba él y dónde comenzaba ella.

Pero lo único que pudo hacer fue abrazarlo.

Ella, él...

Los dos santos.

Los dos en peligro.