31. Jude
Jude
Jude levantó la carta. La leyó rápido.
Cuando terminó, un hecho estaba alarmantemente claro. Había luchado contra esto desde la primera vez que advirtió que Maeve veía el oro y tenía la misma magia de la memoria que él, sabiendo que la verdad destruiría los cimientos sobre los que ella se anclaba.
Pero era el momento. Había sido egoísta, destructivo, incluso para él, esconder la verdad durante tanto tiempo. Había querido ir revelándola despacio, evitar que cayera demasiado rápido. Pero Jude no podía postergarlo más.
Necesitaba contárselo todo.
En las semanas que ella había estado en su casa, mientras se habían acercado, mientras las paredes entre ambos se habían resquebrajado y caído, ella se había mantenido incondicionalmente leal a su idea de los santos.
Una parte de él sabía que ella no se permitiría mirar más de cerca, conforme con mantenerse alejada del despreciable desastre de todo lo que le habían enseñado a creer.
Era más seguro de esa forma y la seguridad era un deseo que él nunca le reprocharía.
Seguridad, libertad , era al fin y al cabo lo que él quería sobre todas las cosas.
Jude la había oído desarrollar su teoría sobre cómo los iconógrafos tenían magia de la memoria y se había quedado callado.
Le había preocupado que la imaginada diferencia entre la alteración de los recuerdos y la respuesta a las plegarias se le hubiese ocurrido por puro instinto de supervivencia, que estuviera eligiendo no ver la verdad de la santidad en un esfuerzo por protegerse a sí misma.
Si ella supiera lo que era, cómo la marcaban la Abadía y su magia, ¿qué significaría para sus creencias? ¿Para su relación con los santos?
Había visto su cautelosa aversión hacia la verdad y no la había corregido, con la esperanza de que ella llegara a darse cuenta de manera natural.
Con la esperanza de que diera el salto sola y él no tuviera que empujarla desde la cornisa.
Una parte escondida de él rogaba, rezaba , que la voz de las dudas de Maeve fuese más fuerte que la parte de ella que aún se aferraba con desesperación a sus creencias. A la Abadía y a los santos.
Pero Bethan tenía razón: ninguno de ellos estaba a salvo. Por más que quisiera continuar en la burbuja de paz improvisada en su hogar, ambos estaban en peligro. La Abadía se acercaba cada día más.
Ya no podía seguir ocultándole la verdad a Maeve. La muerte de Siobhan era prueba suficiente.
Entonces, le había dado la carta. Había arrojado la primera piedra a sus frágiles cimientos.
Ahora se pondría a su merced y se ofrecería a ayudarla a reconstruirlos juntos.
Conocía mejor que nadie el deseo de trepar a un lugar alto cuando comenzaba la inundación; pero esa posición elevada no permanecería firme demasiado tiempo.
Jude dobló la carta con cuidado y se la guardó en el bolsillo, mientras se dirigía a la ventana.
A través de la delgada estela de luz lunar que bañaba los páramos, detectó una densa masa de nubes arremolinándose en la distancia.
Abrió el pestillo con cuidado y se retrajo contra la vigorizante ráfaga del viento invernal.
Aunque era tarde, más cerca del amanecer que del anochecer, buscó en el cielo sin saber cuántos pájaros necesitaría ver para calmarse.
Se acercaba una tormenta a toda velocidad. Maeve estaba ahí fuera, sola.
Y él sabía exactamente adónde iba.