El espacio entre nosotros 30. Maeve
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30. Maeve

Maeve

El viento se coló por la ventana entreabierta y se deslizó por el cuello suelto de su vestido. La luz de la luna se abrió paso entre las nubes de tormenta para cubrir el blanco inmaculado del sobre. El sello de la Abadía brillaba en la cera aún lacrada; su nombre cuidadosamente escrito.

—¿Qué es esto? —cuestionó Maeve, sin aire—. ¿Cuándo llegó?

Un dardo de emoción expuesta agrietó la máscara de Jude. Pareció, por un momento, miedo.

Ella cogió el sobre. Él siguió el movimiento, con el pecho ligeramente agitado. Los dedos se le cerraron en un puño mientras Maeve le soltaba el lacre con la uña del pulgar y liberaba las hojas que contenía.

La caligrafía era familiar. La había visto en cartas, aunque nunca dirigidas a ella. Comenzó a hormiguearle la nuca.

—¿Es la letra de Felix? —preguntó.

Una vez más, Jude se quedó en silencio. Su mirada vagó por el rostro de Maeve, casi como si estuviera evitando leer la carta junto con ella. El miedo se le coló en lo profundo del estómago, agitándose como bilis.

Oro le resplandeció en la visión periférica cuando comenzó a leer:

Quizá ya hayas descubierto la respuesta a las preguntas que se arremolinaban bajo la superficie la última vez que nos vimos. Las preguntas que se formaban en tus ojos cuando viste mi ícono terminado. Apenas tu mundo se volvió de oro.

La santidad es una mentira.

Preguntaste cuáles eran nuestros poderes.

Te lo diré lo mejor que pueda. La santidad es una protección para los secretos de la Abadía.

Eres devota. Te he visto volcada en tus rezos.

Pero, Maeve, por favor, préstame atención cuando te digo que nadie los escucha. Solo sirven para manipular y destruir.

Los santos son exiliados. Todos nosotros.

Nos expulsan cuando descubren nuestra magia de la memoria.

Nos envían lejos, o solían hacerlo. Yo hice un trato para permanecer en la Abadía.

Al igual que Brigid y cada iconógrafo antes que ella, ya que todos vosotros tenéis la magia que la Abadía tanto ama usar.

Tengo la sola esperanza de que Jude pueda explicarte lo que yo no puedo. Es más, deseo que pueda decirte que estás a salvo. Que no serás observada.

Debes mantenerte alerta, Maeve. No confíes en nadie de los pueblos locales, ni siquiera dentro de la casa de Jude, quienquiera que esté allí.

No dejes que nadie sepa de dónde vienes o qué tareas te dieron.

Y, sobre todo, por ninguna razón o circunstancia, pintes el ícono de Jude.

No envíes información sobre ninguna forma de seguridad que haya logrado arañar en esa solitaria casa.

A la primera oportunidad, debes huir.

Por favor, confía en mí. Como santo, debes hacerlo. Como alguien que está intentando ayudarte, más todavía.

Espero que encuentres la seguridad que todos buscamos.

Durante un largo, doloroso momento, Maeve simplemente se quedó mirando a un punto fijo.

La mente se le había retirado a un lugar vaporoso.

Sentía la sangre en las venas, una insensibilidad en las yemas de los dedos.

El continuo tamborileo del corazón. En algún punto del proceso de dudar de todo lo que alguna vez había valorado con tanto ahínco, había decidido creer tanto a Jude como a la Abadía pese a lo mucho que se odiaban.

¿Era fe si no se aceptaban las contradicciones?

La Abadía podía ser tanto un instrumento de control como una fuerza benéfica del bien.

Un santo podía existir tanto como una herramienta de los sabios como alguien que podía escucharla mientras lloraba, alguien que usaba sus habilidades como el don que eran.

Ella era una iconógrafa y todos los iconógrafos tenían magia de la memoria.

Felix acababa de confirmarlo. Esa era la diferencia entre ella y Jude. Tenía que serlo.

Se le agitó la respiración.

Felix creía que la manipulación de los recuerdos y la habilidad de los santos para responder plegarias eran la misma cosa: igual de intercambiables, doblemente destructivas.

Lo que significaba...

No. No.

Maeve descartó la malvada idea antes de que pudiera seguir desarrollándose. No estaba lista. No podía ver su nueva realidad en su totalidad. Necesitaba protegerse. Huir o esconderse, ¿cuál era la diferencia, en verdad? Ambas eran igual de cobardes.

Los santos y el sagrado misterio del rezo eran su cimiento, su lugar seguro cuando todo lo demás se volvía arena movediza. Tenía que aceptar que los sabios eran poco más que representantes de la manipulación, pero los santos y sus habilidades eran reales. No podía permitirse pensar de otra manera.

No estaba a salvo ahí. Comprender eso la impactó como un golpe al pecho.

Había pasado tiempo en Oakmoor, había visitado a Siobhan y había visto sus recuerdos del Goddenwood.

Había conocido a Bethan y Elden y a comerciantes y taberneros, pudiendo disfrutar de la comunidad de formas en las que jamás le habían permitido en la Abadía.

Lo que no había hecho era ser discreta. La advertencia de Felix le había llegado demasiado tarde.

Esa reflexión la hizo pensar.

Despacio, alzó los ojos para clavarlos en Jude.

—¿Cuándo llegó esto?

Jude tragó con esfuerzo.

—Maeve.

Avanzó hacia él hasta hacerle dar con su espalda en la pared. El hecho de que la carta estuviera sin abrir ni se registró en la mente de Maeve, que ella hubiera irrumpido en el espacio de él antes quedó en el olvido. Solo estaba la carta y las terribles verdades que traía.

—¿Escondiste esta carta antes de que pudiera leerla? —preguntó—. ¿Por qué no la había visto nunca?

—La cogí la noche que llegaste. De tu bolsa —respondió él.

Cada brasa de ira encendida de pronto estalló en llamas. Estaba enfocada por completo en Jude. Había apartado descuidadamente a un lado el contenido de la carta para centrarse en el hombre frente a ella.

—Como si no hubiera estado ya caminando en la oscuridad lo suficiente, ¿pensaste también en ocultarme cartas?

El pecho de Jude rozaba el de ella con cada respiración entrecortada.

—No sabía qué decía —rogó él, un fervor se le desbordaba de los ojos—. Iba a abrirla para ver qué me estabas escondiendo, pero en lugar de eso decidí quedármela. Abrirla después. No sé por qué exactamente...

—Sí lo sabes —afirmó Maeve—. Lo has dicho antes. Querías ocultarme cosas.

Las fosas nasales de Jude se abrieron, las pupilas se le dilataron hasta que no quedó nada del color avellana.

—¿Por qué me molestaría en ocultarte algo, Maeve? Está claro que encontrarías mis secretos y los tomarías tú misma, conmigo o sin mí.

—Lo que estuvo mal —disparó en respuesta ella, la culpa le carcomía el estómago, aún fresca, aún voraz—. Desearía no haberlo hecho. Pero eso no quita el hecho de que no me diste la carta de Felix. Durante semanas . ¿Quién te dio la llave de mi vida, Jude? ¿De mis creencias?

Él no respondió. Se le abrieron los labios; las palabras quedaron sin decir.

Riendo por la nariz, incrédula, se echó hacia atrás, pero él la detuvo agarrándola de la muñeca, deslizando la mano hacia arriba, sosteniéndola en su lugar. Sus labios se rozaron cuando él la atrajo hacia sí.

—Tienes razón —concedió—. Te habían enviado a quitarme algo. Quería quitarte algo a cambio.

—¿Y lo hice? —preguntó Maeve—. ¿Quitarte algo?

Jude hizo una pausa durante una lenta, embriagante respiración.

Sin quererlo, la mirada de Maeve cayó a su boca. Levantó el mentón. Sus narices se tocaron.

Ella se despegó, tropezando hacia atrás en el apuro.

No podía soportarlo más. No podía oír el susurro en el fondo de su cabeza que le decía que había roto su confianza al entrar en la biblioteca: una traición mucho más atroz.

Necesitaba escapar de la sofocante cercanía de Ánhaga, aunque tan solo fuera para ganar la perspectiva que solo la distancia podía dar.

Si no se iba ahora, haría algo de lo que podía arrepentirse.

—Me voy —anunció—. No me sigas.

—Por favor —soltó Jude entre dientes. No se había movido de la pared.

Tenía las dos manos abiertas presionadas detrás de sí, como sosteniéndose en el lugar.

Una expresión atormentada en los ojos—. No huyas.

Quédate y lucha conmigo. Quédate y déjame explicarte.

Quédate y déjame arrodillarme , Maeve. Déjame rogar.

Durante un latido de su corazón, se quedó helada. Su expresión desgarrada tocaba los puntos débiles que ella aún no había aprendido a ocultar.

Aun así...

Necesitaba pensar... sobre él, sobre la santidad y la Abadía. Sobre cada palabra que Felix había escrito con cuidado. No podía permitirse que su cercanía la desestabilizara ni le nublara los pensamientos. La amargura de la traición aún le escocía en la lengua.

Sin otra palabra, Maeve abrió la puerta y se fue.

En el suelo cubierto de polvo lunar detrás de ella, quedó la carta de Felix doblada.