29. Maeve
Maeve
A medida que avanzaba la noche, la ira y la acechante inseguridad que sentía Maeve fueron afilando sus dientes.
fueron afilando los dientes a Maeve. Jude estaba con Bethan.
Los oía a solo unas pocas puertas de distancia.
El murmullo de sus voces, el chirrido de los muebles sobre el suelo desnudo.
Bethan había dicho su nombre, una exclamación suspirada lo suficientemente alta como para que a Maeve se le cortara la respiración en la garganta.
Habían pasado horas desde la cena, pero él se tomaría su tiempo.
Había visto suficiente de su intensidad, de sus fijaciones, para saber eso.
Aun así, no estaba del todo segura de por qué había venido a la biblioteca.
El libro que eligió estaba encuadernado en cuero negro desgastado; las runas en el interior, indescifrables.
No importaba que ella no pudiera leerlo.
Lo único que debía hacer era abrirlo y la magia haría el resto.
Vibraba en sus manos; las páginas bordeadas en oro la consumirían tan pronto como las abriera.
Maeve se encontraba en una encrucijada. Si continuaba, tendría una parte de Jude que tal vez él nunca le habría dado. Si se detenía, la bestia rechazada que estaba en su interior permanecería hambrienta.
Colocó el libro en el suelo y apoyó las manos temblorosas en la tapa, reflexionando.
Este pulsaba con latidos propios. Bajo los párpados cerrados, el oro se le arremolinó en la vista como la interminable marea del mar, manchando todo lo que tocaba.
Incluso con la tapa todavía cerrada, latían recuerdos distorsionados.
Dolor y llanto reprimido. Gritos apagados contra un puño. Sangre que se derramaba de tajos finos.
Con una inhalación ahogada, se apartó.
No podía hacerlo.
Debajo de capas de músculo y hueso, su corazón luchó por liberarse del pecho. Casi había mirado. Había estado tan cerca de abrir la tapa. Su exhalación temblorosa rompió el silencio mientras el alivio la recorría. No lo había hecho. No había traicionado la confianza de Jude.
A su alrededor, la biblioteca cambió, inhaló.
Maeve abrió los ojos de golpe y, de repente, él estaba ahí.
Unas manos le presionaban los hombros y la empujaban hacia delante, hacia el libro. A Maeve la cabeza le cayó contra el pecho cuando luchó contra el movimiento.
—No. No, espera, Jude...
—Hazlo —siseó Jude—. Viniste aquí a buscar mis secretos, así que tómalos. Lee.
Le presionó la espalda, rodeándola, le agarró las muñecas para llevarlas hasta el libro. Ella tuvo poco más que un latido para luchar contra él antes de que le hiciera tocar las páginas con las palmas.
Las náuseas le saltaron a la garganta cuando el recuerdo se le enredó entre sus pliegues.
Paredes mojadas se le venían encima desde todos los lados. Agua de mar golpeaba contra la ventana en un pulso rítmico. El marco de hierro hacía ruido, se filtraba agua por los bordes donde el vidrio empañado se encontraba con la piedra.
Maeve reconoció el sonido del mar, el color de la piedra. Estaba de regreso en la Abadía. Olía a salmuera y sangre.
Arrodillado en el suelo, iluminado por un rayo de sol débil, estaba Jude.
Solo. Joven, recién salido de la niñez. Tenía el cuerpo frágil y tembloroso, desnudo de la cintura para arriba.
Tenía una mano apoyada en el suelo de piedra mojado debajo de él, con la otra se cubría la boca.
De la nariz le caían lágrimas que se mezclaban con la sal y las manchas rojizas que ya cubrían el suelo.
La espalda descubierta le sangraba.
A Maeve le dio vueltas la cabeza y sintió la lengua pesada en la boca. Al acercarse, incapaz de apartar la mirada del horror de la infancia de Jude, se preguntó si iba a desmayarse. No veía del todo bien. Nublado, borroso en los bordes.
Rasgada en su piel pálida, de axila a axila, tenía la palabra «devoción».
Se le derramaba sangre por la curva profunda de la espalda para acumularse en la cintura de los pantalones.
La piel alrededor de los tajos estaba cubierta de moretones.
Jude apoyó ambas manos en el suelo y gruñó al ponerse de pie.
Sus clavículas eran como cuchillos gemelos, cada costilla visible, enjaulando la ahuecada extensión de su estómago.
Su cara aún tenía algo de la redondez infantil en las mejillas y mandíbula.
Las lágrimas le caían en líneas desordenadas.
Se limpió la nariz con el dorso de la mano, respiró hondo e hizo un gesto de dolor cuando el movimiento le tiró la piel devastada.
El aire en torno a él se detuvo, las motas de polvo se congelaron en la luz, iluminadas con cada matiz de oro.
Sus ojos encontraron los de Maeve.
Ella cayó hacia atrás fuera del recuerdo.
Maeve abrió los ojos para ver a Jude de pie frente a ella, una figura espectral de dolor y vergüenza. El pecho le subía y bajaba en respiraciones agitadas.
—¿Estás satisfecha, ahora que tienes lo que viniste a buscar?
—Jude... —Maeve sufrió una arcada. No pudo detener las lágrimas.
¿Quién haría pasar a un niño por eso, grabar una palabra en su piel? ¿«Devoción»? Se sintió despreciable, la peor clase de ser humano por pensar que podía reclamar las pesadillas de Jude para sí. Llamarse su amiga era una abominación.
—Lo siento. Lo lamen...
—Basta.
Maeve no podía leer su expresión, como si la máscara de hierro hubiera descendido sobre cada área en que la suavidad se había ido poco a poco asentando.
—¿Por qué, Maeve? ¿Por qué vendrías aquí? —Se le quebró la voz ronca. Apretó los labios—. Te lo habría mostrado si me lo hubieras pedido. ¿Por qué lo hiciste?
No le dio tiempo a hablar, cruzó la habitación hasta la ventana y se apoyó contra esta como si no pudiera soportar verle la cara.
Abrió el cerrojo con dedos temblorosos. Entró una vigorizante corriente de aire gélido.
El jersey se le pegó a la espalda, delineándole los hombros y la forma de las costillas.
La palabra tallada destelló a la vista de Maeve.
—¿Quién te hizo eso? —susurró.
No podía verle más que el costado de la mandíbula, el rápido aleteo de las pestañas.
—No lo sé —respondió él, cuidadosamente impasible—. Hay un hombre en muchos de mis recuerdos que siempre está borroso. Es la misma persona que estaba detrás de la puerta en el recuerdo de mi último día en la Abadía. Mi mentor, con bastante probabilidad.
—¿Recuerdas algo acerca de él? ¿Fue él quien tatuó tu santidad?
—preguntó Maeve, poniéndose de pie. Su mentor había estado detrás de la puerta, no una enfermera como había pensado en un principio.
Sintió una necesidad insana de hacer que él siguiera hablando, como si las cosas fueran a volver a la normalidad entre ellos si él seguía respondiendo sus preguntas.
Sintió un olorcillo a algo desconocido cuando él se volvió para mirarla. Dulce, como a rosas machacadas con un dejo de madera recién cortada. Frente a su mueca, Jude ladeó la cabeza. Abrió la boca, a punto de decir algo, pero pareció cambiar de opinión en el último momento.
Ella quería que él le preguntara. Que le diera la oportunidad de averiguar la verdad sobre él y Bethan.
—¿Por qué viniste aquí sin mí? —preguntó Jude en voz baja.
Ella alzó las manos, temblorosas, frente a sí, con las palmas hacia arriba. Jude era un santo y todo en ella le gritaba que confesara.
—¿Quieres que suplique? ¿Eso es lo que quieres? ¿Que te suplique que me digas qué estabas haciendo esta noche?
Jude se tropezó hacia atrás cuando su creciente ira fue reemplazada por confusión.
—¿Qué?
Pero ella ya había empezado a hablar y era demasiado tarde para parar.
—Bethan. Sé que estabas con ella. No critico su conexión, y ella es encantadora, de verdad que lo es, pero desearía...
—Dudó, se le hizo un nudo en la garganta con las lágrimas contenidas.
Jude permanecía con mirada expectante. Maeve siguió adelante—.
Me habría gustado que me avisases antes de traer a una amante.
El horror transformó la cara de Jude.
—¿Qué?
—Lo siento, no debería haber venido —dijo con esfuerzo—.
Pero estos secretos que has mantenido, Jude...
, duelen. He... he llegado a ver este lugar como una especie de hogar para mí, y ver a Bethan contigo, cómo eres con ella...
tan abierto, cuando no lo eres conmigo. Cuando cada centímetro que se da aún se siente como una batalla.
—Se llevó ambas manos al corazón. Sintió el ritmo palpitante—.
Pensé que si veía alguna parte de ti que mantenías oculta, me distraería de lo que estuviese pasando en tu dormitorio. Está mal. Sé que lo está. Y lo lamento.
El silencio tras sus palabras era ensordecedor.
La mano de Jude se crispó a un costado, un fallido intento de estirarse hacia ella.
—Bethan no es mi amante.
Era el turno de Maeve de quedarse mirando.
—¿No... lo es?
Jude ladró una risa ronca, casi incrédula.
—No. Nunca.
—Ah. —Jugueteó con el final de su trenza.
La culpa que sentía empeoró. No era que el sentimiento de rechazo fuese una excusa para meterse en la biblioteca, pero ofrecía una débil justificación, aunque fuera errónea.
Ahora que Jude la examinaba como si estuviera al tanto de una nueva faceta de su personalidad, no tenía nada.
Había reaccionado de forma exagerada, sumamente exagerada, rompiendo algo entre ellos que no podía rehacerse.
—Hummm. —Jude hizo una pausa—. Y estabas celosa. Cuando creíste que estábamos... —Se llevó la palma de la mano a la nuca y bajó la mirada—. En la cama.
—¿Celosa? —Le subió un calor por el cuello—. Yo... No. Por supuesto que no.
Él apretó los labios con más fuerza.
—Bethan y yo solo somos amigos. Es como una hermana.
—Ya veo —repuso Maeve, mirando las medias que llevaba puestas.
La lana en el pie derecho se había desgastado tanto que asomaba un poco de piel a través del tejido.
La culpa y la vergüenza le oprimían el pecho, dificultándole la respiración—.
Lo siento —murmuró una vez más. ¿Qué más podía decir?
—. Podía... podía oíros en tu dormitorio, y supuse... pero eso no es excusa. Nada lo es.
Jude no respondió durante un largo rato. Maeve encontró sus ojos, solo para ver un frío desapego en su mirada.
—Creo que debo mostrarte algo. Abordar tu preocupación sobre mi...
franqueza. Tienes razón, Maeve. —Cuando Jude dio un paso hacia ella, Maeve se dio cuenta de que se había equivocado al pensar que su ira se iba apaciguando.
El dolor claramente se le plasmaba en el rostro y temió que permitirle verlo fuese una decisión intencionada—.
Te he ocultado cosas. Quizá más de lo que crees.
Y tal vez no he confiado en ti del todo. Tal vez tuve razón en no hacerlo.
El aire de la biblioteca se volvió aún más enrarecido.
No tenía una respuesta, solo pudo observar cómo Jude se movía por la estancia hacia una estantería estrecha en un rincón y sacaba un libro.
Extrajo algo de entre sus páginas antes de devolverlo al estante.
Cuando se volvió, algo turbio se le reflejaba en los ojos.
Como si lo que fuese que estaba sosteniendo fuera a doler, como si dárselo no fuera un acto de bondad.
Se acercó un paso más. Le extendió un sobre.
—Lo siento, Maeve. De verdad.