28. Jude #2
Inhaló una bocanada de aire, abrió de golpe los ojos cuando una salpicadura de agua le golpeó la cara y se le quedó aferrada a las pestañas, a los labios. Bethan estaba frente a él, con el vaso de la mesita de noche en las manos y miedo en los ojos.
—¿Qué ha sido eso? ¿Estás bien? —Agarró una manta del pie de la cama y se la dio. Jude se secó la cara e intentó recordar cómo respirar—. Perdón por el agua. No sabía de qué otra forma sacarte de ahí.
El corazón le tronaba como si hubiera estado corriendo desde hacía horas.
—Era niebla. Solo niebla infinita.
Ella frunció el entrecejo.
—¿Niebla? Eso no fue lo que yo vi.
—¿Qué viste? —Jude se inclinó hacia delante. Necesitaba su respuesta como nunca antes había necesitado nada—. Por favor, ¿qué viste, Bethan? ¿Qué soñaste?
—Soñé con un hombre —respondió ella—. Bueno, con la parte de atrás de su cabeza.
—¿Quién era?
—No lo sé. No lo reconocí. Tenía el cabello claro y vestía... ¿una túnica, quizá? Era de color marrón oscuro, algún tipo de lino. Y vi... —Se le apagó la voz, se pellizcó el puente de la nariz—. Una cadena..., creo. Algo que asomaba alrededor del cuello de la túnica.
Bethan había visto a su mentor. El hombre responsable de los peores recuerdos de Jude en la Abadía.
Estaba seguro. Y de algún modo, la Abadía había alterado lo que él podía ver en los sueños de Bethan.
Estaba más débil de lo habitual después de que Maeve pintara su ícono; su mente, más susceptible a la manipulación.
Pero igualmente... la idea de que su alcance se extendiera tanto era preocupante.
¿Habían descubierto la existencia de Bethan?
—Yo solo vi niebla —repitió Jude—. ¿En qué te concentraste para convocar ese sueño?
—Oí sobre la llegada de Maeve. Mamá estaba preocupada por ti, por la intervención de la Abadía.
Quería que viera si había algo sobre lo que pudiera advertirte.
Y que me asegurara de que yo me mantuviera a salvo.
Tuve el sueño antes de la muerte de Siobhan.
Pero lo que le pasó, Jude... —Suspiró—. Solo confirma lo que creo que significa el sueño.
—¿Y lo estás haciendo? —preguntó él—. ¿Mantenerte a salvo?
Ella se abrazó a sí misma con fuerza.
—Tanto como puedo.
—Bien. Quizá deberías mantenerte lejos de Oakmoor por un tiempo —le recomendó Jude, la preocupación le tiraba del pecho. Si algo le pasaba a Bethan por su culpa, como había pasado con Siobhan...
Jude tragó, exploró con la mirada el horizonte oscurecido desde la ventana. Empeoró la presión que sentía en el pecho, le resultó más difícil respirar. No podía ceder a la agonía ahora. Todavía no.
—Tus sueños te mostraron la pared de íconos en llamas —comentó—. Un hombre. Un sabio. Dijiste que era una advertencia, ¿qué crees que significa?
Las interpretaciones de Bethan eran obra de su magia tanto como sus sueños. Ella descifraba el simbolismo y el significado de una forma que él no podía comprender. Lo que fuera que hubiese captado en el sueño que él había visto, si realmente era una advertencia... Se temía lo peor.
Bethan regresó a su asiento frente al escritorio. Rozó el polvo de oro en el espejo.
—Creo que la Abadía quiere que sepas que están observando.
Saben que Siobhan llevó a la iconógrafa al Goddenwood, aunque fuese solo en recuerdos.
Los íconos en la pared estaban vacíos, como si se fuesen a quedar así hasta que Maeve lleve de regreso su creación.
La luz brillante, la llama, creo que representa cómo la Abadía toma la magia de los íconos.
Ella debe regresar o... —Se le cortó la voz.
Se frotó los labios con la yema de los dedos—.
Siobhan fue solo el principio. Una advertencia, incluso más que mi sueño.
Si Maeve no vuelve con el ícono a la Abadía, ella será la siguiente.
Jude no pudo por menos que quedarse mirando, completamente congelado, como si su mundo cambiara y se transformara.
Pensó que estaba seguro aquí, lejos del alcance de la Abadía, siempre que llevara una vida tranquila, solitaria.
Siempre y cuando no huyera, no quisiera más de su existencia que lo que ellos le permitieran.
Había protegido sus recuerdos y reformado su cuerpo roto paso a paso.
Había sido lento. Había dolido . Y luego Maeve había puesto su mundo cabeza abajo una vez más.
Le había mostrado que la libertad no era solo un sueño, sino una posibilidad que podía alcanzar.
No había querido otra cosa que enviarla de regreso a la Abadía. Pero ya no.
—Que Maeve esté aquí es... relevante —continuó Bethan, observándolo con detenimiento—. Tanto para ti como para la Abadía. Ha llevado tu vida a una encrucijada.
El terror seguía buscando sitio en el pecho de Jude.
Intentó no desconectarse. Pensar en Maeve y solo en Maeve.
Su piel contra la de él. Su aroma en la nariz.
Cómo ella le había enseñado cosas que él antes odiaba —el contacto, la transparencia, la vulnerabilidad— y había hecho que él las anhelara.
Cómo había entrado en su vida y la había cambiado por completo.
Necesitaba mantenerla a salvo.
Totalmente.
—Oh. —El tono de Bethan había cambiado al observar cómo él trataba de asimilar sus palabras.
Cuando Jude encontró sus ojos, le devolvieron una expresión seria a la par que apacible y feliz.
—Jude.
Él apartó la mirada.
Bethan se había convertido en una especie de hermana mayor para él.
A veces molesta, siempre afectuosa. Desde hacía tiempo deseaba que Jude encontrara a alguien.
Ella misma mantenía una larga relación informal con un criador de ovejas llamado Caleb, al que Jude había visto unas pocas veces.
Ella aseguraba que ninguno de los dos estaba interesado en dejar a su familia y casarse, pero Jude tenía sus dudas.
Bethan tenía demasiado amor para dar como para atenerse solo a encuentros esporádicos.
Si él verbalizaba sus sentimientos por Maeve, se volverían más reales y nunca se recuperaría cuando ella inevitablemente lo dejara o si la sombra que lo había acechado media vida se la llevaba.
Temía que la Abadía nunca los dejara encontrar, el uno en el otro, la paz que deseaba con tanta desesperación.
Bethan le apretó el brazo.
—No es solo por tu parte.
Sintió que se le oprimía el pecho.
—No puedes saber eso.
—Me doy cuenta de estas cosas. Se le nota en la cara lo que siente por ti. —Retiró la mano y se puso de pie—. Deberías decírselo. Parece una persona especial.
Se le hizo un nudo en la garganta.
—Lo es.
Bethan asintió con la cabeza.
—Debo irme. Es tarde. Y Jude... —Esperó a que él la mirara a los ojos—.
Cuídate. Y cuida a Maeve también. Con Siobhan...
—Se le apagó la voz mientras negaba con la cabeza—.
Oakmoor no parece seguro. No como solía serlo.
Y me preocupa que, salvo que alguien detenga a la Abadía, esto sea solo el comienzo.
Después de que ella se fuera, Jude presionó el costado de su rostro contra el vidrio, dejando que enfriara su piel acalorada. Ánhaga respiraba silenciosamente a su alrededor. Cada crujido y susurro aumentado cien veces.
Las palabras de Bethan, sus sueños y sus advertencias se arremolinaban a su alrededor como un vendaval que cobraba velocidad de manera continua.
Había dicho que la llegada de Maeve había llevado su vida a una encrucijada.
Tenía razón, pero ¿y si la encrucijada en realidad solo era el comienzo?
¿Y si les esperaba un camino más escarpado?
Sabía, del mismo modo que su cuerpo sabía cuándo despertarse por las mañanas, que la Abadía se enteraría apenas un rezo le atravesara los labios.
Vendrían. Y él y Maeve estarían a su merced.
A menos que hicieran algo para detenerlos.
De repente, en la intensa oscuridad de la noche, un portazo le sobresaltó y le hizo incorporarse.
Los ojos de Jude se abrieron de golpe y el corazón le saltó a la garganta con una sacudida que lo dejó mareado.
Se quedó helado, escuchando con atención.
En algún lugar en lo profundo de la casa, crujió la madera del suelo.
Pasos que se movían rápido. Una puerta chilló en sus bisagras.
Justo debajo de su dormitorio estaba su biblioteca...
Y había alguien dentro.