28. Jude
Jude
Bethan trabó la cerradura antes de volverse para mirarlo.
Todos los vestigios de sonrisas y risas de la cena habían desaparecido, reemplazados por la misma energía frenética que tenía apenas llegó de la tormenta.
Se le habían formado profundos surcos debajo de los ojos; su piel, normalmente de color marrón cálido, amarillenta.
Jude reconoció esa mirada. No la había visto a menudo, pero cuando lo había hecho...
—¿Bethan? —preguntó. Sintió que la inquietud le caía como un peso en el estómago—. ¿Has tenido un sueño?
Bethan era una santa, pero no había sido criada en la Abadía. De hecho, Jude estaba seguro de que los sabios no tenían ni idea de su existencia. Lejos de sus pasillos de piedra caliza, había podido desarrollar su poder de formas en las que Jude solo podía soñar.
Bethan veía su magia no como algo para ser robado, sino como un don para ser usado con cuidado y sabiduría. Un concepto que Jude había protegido como una bomba de relojería, para considerarlo solo cuando fuese lo suficientemente fuerte como para absorber su impacto.
Un don . No una carga.
No estaba seguro de poder llegar a ese nivel de aceptación consigo mismo.
La madre de Bethan había huido de la Abadía cuando se había quedado embarazada, llevándose consigo los secretos de la Abadía.
Según Bethan, su mundo se había convertido en un torbellino de oro a muy temprana edad.
La manifestación de sus habilidades fuera de la Abadía era un acontecimiento extremadamente raro, quizá incluso único.
Y más importante aún tal vez, su madre había reconocido los talentos de Bethan por lo que eran; los había reconocido y había elegido esconderlos de la Abadía.
Sabía qué título harían caer sobre los hombros de Bethan y lo que tendría que sacrificar para soportarlo.
Bethan había aprendido a contener su magia dentro de sus sueños como Jude había hecho con los libros, los manifestaba de una forma que podía ser útil para ella y otros.
Con frecuencia, él se preguntaba si sería capaz de aprovechar su magia de la manera en que Bethan lo hacía.
Ella estaba cómoda con su poder de un modo muy diferente al suyo.
Lo trataba como a un amigo, cuando Jude solo veía a un enemigo.
Normalmente, los sueños de Bethan tenían sus propios recuerdos o los de la otra persona en quien se estuviera enfocando, pero, en ocasiones, eran sobre el futuro. Y en alguna ocasión, aunque rara vez..., sus sueños incluían a Jude.
—¿Qué has soñado? —repitió Jude cuando ella no contestó—. Dime.
Bethan tragó con fuerza.
—¿Directo al grano, entonces?
—Acabamos de pasar casi tres horas cenando —respondió, apenas resistiendo la necesidad de dar golpecitos con el pie por los nervios.
Ella suspiró en respuesta, se dejó caer en un rincón de la cama.
Jude intentó que la incomodidad no se le notara en la cara.
Habían usado su dormitorio cada vez que Bethan venía a compartir un sueño.
Con frecuencia, él terminaba sus sesiones con una sensación de vulnerabilidad que sentía que era mejor mantener contenida en un lugar cómodo.
Pero no le gustaba que hubiera gente en su espacio. Jamás.
«Dejarías que Maeve estuviese aquí. Con mucho gusto», susurró una voz que sonaba sospechosamente como Elden.
Jude la ignoró.
El pensamiento sobre Maeve, sin embargo..., no lo podía ignorar.
Había estado rara durante la cena. Retraída, casi enfadada. ¿Había hecho algo él? ¿Había dicho algo por accidente? No sería la primera vez que su brusquedad se interpretaba como desconsideración. Jude tamborileó con los dedos sobre los muslos.
—Bethan. Cuéntame lo que viste.
Ella levantó la vista. Tenía los ojos enrojecidos y llenos de lágrimas.
—Siobhan. Está muerta.
Jude se quedó helado.
—¿Qué?
—Dejaron su cuerpo en medio de Oakmoor. Junto al sagrario. La habían estrangulado. Y... y... el tatuaje en su pecho. —Bethan cerró los ojos con fuerza—. Su tatuaje de «santa». Lo habían quemado. Ni siquiera reconocí qué era al principio.
—Mierda. Mierda. —Jude se frotó el rostro con las manos. Pensó en las frágiles muñecas de la santa, en sus brillantes ojos azules. Las náuseas se le dispararon a la garganta—. ¿Fuiste tú quien la encontró?
—Fue mamá. La enterramos juntas. —Un destello de confusión cruzó el rostro de Bethan—. Elden también estaba allí cuando la enterramos. Nos ayudó. ¿No te lo dijo?
—¿Elden? —Jude cruzó la habitación, dio media vuelta y caminó hacia el otro lado, con los dedos entrelazados detrás de la cabeza—. No... no, no dijo nada. ¿La encontraste esta mañana?
Bethan asintió con la cabeza.
¿Por qué no habría dicho nada Elden? Se había ido toda la mañana, sí, y había vuelto cuando Bethan llegó. Quizá no había tenido oportunidad de hacerlo..., pero no, no era así. La cena ya estaba preparada cuando bajaron. Elden debía de llevar mucho rato en casa.
Por alguna razón, había decidido no decir nada.
—Jude. —La voz de Bethan atrajo de nuevo su atención—. No le hacía daño a nadie. Solo trataba de reunir poco a poco lo que le quedaba de vida. Y la Abadía la mató .
No tenía palabras lo bastante fuertes para expresar el horror que le bullía en el pecho.
—¿Por qué? —logró preguntar Jude—. ¿Por qué harían...? —Se le apagó la voz, mientras se clavaba los dedos entre las cejas. El dolor era indescriptible—. La martirizaron. Se trató de una declaración. Tanto su asesinato como la quema de su tatuaje.
—Pregunté por el pueblo si alguien había visto algo, pero nadie sabía nada —continuó Bethan, se le fue haciendo más aguda la voz—. Nadie sabía quién era , Jude. No recordaban.
—Los hicieron olvidar —la corrigió. ¿Era posible que le hubiese pasado lo mismo a Elden?—. No era suficiente para la Abadía con quitarle la vida. Necesitaban borrar cualquier vestigio de ella.
Se echó hacia atrás bruscamente, se clavó las palmas de las manos en los ojos.
Era culpa suya.
—No debería haber llevado a Maeve a verla —gruñó Jude—.
La Abadía debe de haberse enterado de que estábamos investigando su vida.
Que sabemos sobre el Goddenwood y que le hablé a Maeve acerca de la manipulación de recuerdos que llevan a cabo.
La martirizaron para que nosotros... para que nosotros sepamos que ellos se enteraron. Para recordarnos que están observando.
Jamás deberían haber creado el ícono de Siobhan, aunque Maeve lo haya quemado después de usarlo. ¿Había sido eso lo que le había dado la información a la Abadía? ¿Sabían que Maeve había terminado de pintar su ícono?
Inclinó la cabeza hacia el techo. ¿Qué habían hecho?
Bethan se levantó de la cama y caminó hacia la ventana. La lluvia golpeaba los cristales en un staccato infinito, el viento silbaba a través de los agujeros. Colocó una mano en el vidrio y la frente al lado. Le temblaban visiblemente los dedos.
—Una advertencia —susurró—. Eso fue lo que soñé.
Él cruzó la habitación para sacar un pequeño espejo que colgaba de la pared. Lo apoyó horizontalmente sobre su escritorio.
—Muéstramelo.
Ella se sentó al escritorio y colocó ambas manos a cada lado del marco de madera.
Se inclinó lo bastante cerca como para que su respiración empañara la superficie.
Y entonces, lentamente, como la nieve abandona los cielos en las alturas, el polvo de oro apareció en el aire.
Flotó alrededor de ellos en un efluvio resplandeciente y se asentó sobre el espejo.
—Toma. —Lo empujó hacia él—. El primer sueño. El que le pedí que me mostrara.
Jude despejó el oro con la yema de los dedos. Por un instante persistente, solo mostró negrura.
Entonces, la escena cambió. Una pared saltó a la existencia, piedra desgastada salpicada por marcos de diferentes tamaños. La reconoció, de una forma distante, lejana, como la Abadía. La pared de íconos. En el sueño de Bethan, los lienzos estaban pintados de negro; no había santo alguno a la vista.
Había visto esta escena antes, ¿cierto? Con parafina en la nariz y calor en la piel.
De repente, una luz ardiente saltó desde el rincón, abriéndose camino a través de los íconos como una soga de luz de las estrellas teñida de oro.
Se arremolinaba en cada marco con más rapidez de la que él podía seguir, devorando el interior de los lienzos hasta que estuvieron vacíos y mostraron la pared de piedra detrás.
Un azul vivo le manchó las retinas a su paso.
Con cada salto de luz fue creciendo la presión dentro de él.
Una urgencia por moverse, por correr, por alcanzar, por hacer algo...
Y entonces, un grito pulsante. Un grito febril, desesperado que se disparó de un oído al siguiente. Jude saltó hacia atrás justo cuando se desvanecía, con las manos apretadas contra las orejas.
—¿Qué...?
Bethan estaba de pie frente a él como una figura espectral. Le aferraba las muñecas con las manos, sujetándolas a la mesa.
—No apartes la mirada. Todavía no.
Se obligó a mirar de nuevo al espejo.
Del sueño solo quedaba una extraña capa blanca traslúcida teñida de oro. Un zumbido empalagoso llenaba el aire. Un hormigueo en la nuca. Se inclinó más cerca.
El espejo no mostraba nada. Nada.
Sin embargo...
No podía respirar. No podía apartar la mirada. La niebla era infinita. Impenetrable.
Magia, ¿era magia? Tenía que serlo. El aire se sentía extraño en sus pulmones, como si no perteneciera al lugar donde debería estar.
La percepción se le deslizó por la espalda de forma tan repentina que Jude se sobresaltó y echó una mirada hacia atrás.
Casi esperaba ver una cara allí. Verlo a él.
Sentir la mano de su mentor en el pelo, tirándole de los mechones.
Un peso en los hombros que lo obligaba a agacharse.
Gritos, susurros, que le exigían que fuera mejor, que fuera cualquier cosa menos lo que estaba destinado a ser, un santo, un exiliado, un mártir , lo único que jamás podría ser...
—Jude. ¡Jude!