El espacio entre nosotros 27. Maeve #2
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27. Maeve #2

A Maeve se le cayó el tenedor estrepitosamente al plato.

Los ojos de Jude saltaron a los de ella, que buscó en su expresión algo que la sacara del embrollo.

Él se llevó la copa a la boca mientras alzaba una ceja, con los dedos apretados alrededor del tallo.

Unas gotas de oscuro vino tinto se le quedaron en el labio inferior.

Maeve apartó la mirada. La desilusión le clavó los dientes alrededor del corazón.

Bethan aún hablaba.

—Es por eso que solo he venido yo esta vez. Mamá no se encuentra muy fina últimamente, así que no sé si nos dedicaremos mucho a la herbología este invierno.

—¿Solo destinos y cartas, entonces? —preguntó Jude.

Maeve intentó escuchar con todas sus fuerzas, pero su mente no dejaba de regresar a Bethan y Jude.

Una parte de ella, la que hurgaba en la herida y hacía tiempo que tenía el hábito de escuchar toda conversación que podía, quería saber cada sórdido detalle de su relación.

¿Eran las visitas de Bethan algo habitual?

¿Eran de verdad amantes o su mente celosa estaba viendo una conexión que en realidad no existía?

Le vino un recuerdo que le atravesó la mente con la precisión de un cuchillo de acero.

Cuando estuvo en cama por el período, Jude le había traído té. Se lo había dado, sonrojado y tartamudeando, diciéndole que Elden lo hacía para su vecina, para ayudarla con síntomas similares.

También había dicho que prevenía embarazos.

Y Maeve le había hecho una broma al respecto, ¿no es cierto? Había bromeado y disfrutado su nerviosismo.

Miró fijamente su plato casi lleno mientras le crecía una presión detrás de los ojos. Con cuidado, apoyó el tenedor al lado del plato, alineándolo con el borde de la mesa. Sus dedos se movieron para juguetear, nerviosos, con el tallo de la copa de vino.

Qué tonta había sido. No era a ella a quien Jude pretendía proteger.

Bethan rio, se estiró sobre la mesa para darle una palmada a Jude en la muñeca. Maeve observó con enfermiza fascinación, sin poder apartar la mirada.

Por primera vez en días, quizá semanas, quería estar en cualquier otro lugar menos en la casa de Jude; pero era una cobarde.

Nunca cuestionaba su realidad hasta que era demasiado tarde.

A través del zumbido en sus oídos, escuchó la conversación.

Sonaba a que estaban hablando sobre la recolección de Bethan.

Algo sobre el clima, quizá. No era suficiente como para mantener la atención de Maeve, ni para que quitara los ojos de Jude.

Él picoteaba la comida casi tan lento como Maeve. Aunque sonreía con más frecuencia de lo habitual, parecía tenso. Su risa ocasional sonaba forzada, casi incómoda, aunque eso tal vez era el propio deseo de Maeve.

Cruzaron miradas y las sostuvieron a través de la mesa.

Jude le examinó el rostro con los ojos muy abiertos. Se veía más joven. Un muchacho que se preguntaba por qué su amiga lo estaba ignorando. Maeve sabía que, de haber estado solos, él le habría preguntado qué pasaba. Casi podía verle la pregunta escrita en la cara.

«Amigos», se recordó Maeve con ironía. Él la conocía como una amiga, ella le importaba como amiga. Nada más ni nada menos. Ella lo tomaría, agradecida de tener al menos algo de él.

Al levantar los platos, Elden los instó a reunirse en la sala de estar.

—Creo que deberíamos ir arriba —opinó Bethan, con los ojos apuntando a Jude—. Se está haciendo tarde.

Jude retiró su silla hacia atrás. Maeve registró cada uno de sus movimientos, esperando su respuesta.

Levantó los cubiertos, los apoyó con cuidado sobre su plato vacío.

Se acomodó el dobladillo del jersey sobre la cadera.

Los ojos de Jude encontraron los de ella por un momento, antes de girar hacia Bethan y hacerle un gesto hacia la puerta.

—Después de ti.

A Maeve se le vaciaron los pulmones en un instante.

Aunque ya no estaba segura de tener un cuerpo, siguió a Elden a la cocina y comenzó a llenar el fregadero con agua caliente.

Se le quemaron las manos mientras restregaba plato tras plato.

Por más que lo intentaba, no podía evitar estar pendiente de cada ruido que se producía en la casa.

Cada crujido de pasos o chirrido de muebles.

Se imaginaba que podía oír el suspiro de una respiración y el resbalar de la piel.

Cerró con fuerza los ojos, se sorprendió al encontrar sus pestañas mojadas.

El rechazo era un amo muy demandante.

—¿Maeve? —Elden le quitó el plato de las manos y, con suavidad, la empujó hacia un lado. Siseó cuando tocó el agua con las manos, abrió el agua fría e hizo girar una cuchara por el fregadero para mezclarla—. ¿Qué pasa?

Ella respiró temblorosamente. «Maldita sea . » Debía recomponerse. El mero hecho de pensar que Elden pudiera presentir hacia dónde iban sus pensamientos le lanzó una oleada fría de falsa calma a través del cuerpo.

—Es solo... —Respiró hondo otra vez—. Nostalgia.

— Nostalgia —repitió Elden, con gesto escéptico—. ¿Eso es todo?

Maeve asintió con la cabeza, retomó su lugar frente al fregadero y cogió un plato. Afortunadamente, Elden no insistió mientras secaba cada plato que ella lavaba. Intentó centrarse en la tarea, pero...

—¿Cuánto hace que se conocen?

Maeve se contrajo cuando los movimientos de secado de Elden se detuvieron poco a poco. La pregunta le había salido de los labios demasiado rápido como para detenerla. Él dejó el plato, se puso de espaldas a la encimera y se apoyó contra las manos.

—¿Bethan y Jude?

Maeve asintió con la cabeza, se observó restregar una copa de vino como si las manos fuesen de otra persona.

—Un año, tal vez —respondió Elden—. No tiene muchos amigos.

—¿Es...? —vaciló. Un calor le subió por el cuello cuando pensó cómo formular la pregunta sin preguntar directamente si eran amantes—. ¿Son cercanos?

Elden se encogió de hombros.

—Es difícil decirlo. Tampoco diría que son amigos... en esencia. No amigos cercanos. Su presencia es de ayuda para Jude, más que nada.

¿De ayuda? ¿Qué quería decir eso? Se mordió el interior del labio mientras secaba los últimos platos y doblaba el paño con esmero sobre la encimera.

—¿Por qué han ido arriba? ¿Adónde han ido?

Elden hizo una pausa. Recogió el paño para secar que Maeve acababa de doblar y jugueteó con el dobladillo.

—Al dormitorio de Jude, creo. Pero Maeve...

—Me voy a dormir —lo interrumpió—. Lo siento.

Ya había oído suficiente, y sus emociones estaban demasiado a flor de piel. Si se quedaba ahí mucho más, iba a ponerse a llorar. La posibilidad era demasiado humillante para considerarla.

Antes de que Elden pudiera decir nada, Maeve salió de la cocina.

Subió despacio las escaleras, atenta a cada crujido de la casa a su alrededor.

Se dijo a sí misma que no le importaba. Sus objetivos tal vez habían cambiado, pero aún tenía una razón para estar en esa casa.

Los recuerdos de Jude aún estaban en juego y los suyos estaban en riesgo de desvanecerse cada día.

Debía enfocarse en deshacer la conexión entre los íconos, los santos y los artistas que los creaban. La Abadía que les robaba.

Después de eso...

Quizá regresaría donde su familia. Quizá alquilaría una cabaña junto al mar y vendería cuadros en algún mercado local. Podría hacer cualquier cosa. Ir a cualquier lado.

Jude no influía en su decisión, su futuro. No podía.

Cerró la puerta de su dormitorio tras de sí y se apoyó contra ella.

Se preguntó si, en caso de haber tenido una experiencia similar antes, se hubiese tomado mejor este asunto.

Si hubiese tenido amigos en la Abadía mientras crecía, tal vez se habría puesto celosa de que pasaran tiempo juntos sin ella y habría aprendido cómo comunicar ese sentimiento de envidia sin que la carcomiera por dentro.

O si hubiera tenido relaciones que duraran más de una noche, tal vez habría aprendido cómo superar esos sentimientos posesivos y cómo evitar que aniquilaran su confianza.

Pero no había tenido nada de eso. Maeve estaba completamente perdida acerca de cómo lidiar con la fuerza tanto de los celos como de la posesividad, dos emociones ajenas a ella antes de esa noche. Nunca imaginó que podían ser tan fuertes, tan insidiosas. Exigían toda su atención.

Se negó a pensar en Bethan y Jude, y en la comprensión de que ella tenía el privilegio de verlo de formas con las que Maeve tan solo había comenzado a soñar.

Pensar en él desnudo, sin cargas, con manos suaves y exploradoras.

Todas sus sonrisas y miradas prolongadas, la cabeza gacha bajo su mano.

La expresión que tenía en los ojos cuando la miró hacia arriba, una señal de la frágil confianza que florecía entre ellos.

Dolía. No podía fingir que no.

Se había abierto a él de formas que jamás había hecho con nadie.

Le había permitido ver partes de ella que no sabía ni que existían.

Y, aun así, él se escondía de ella. No le había dicho quién era Bethan realmente para él, no era honesto sobre todas las facetas de su corazón.

Aún la dejaba fuera de su biblioteca a menos que él estuviera con ella, aún protegía sus recuerdos y su magia como si tuviera miedo de que lo atacara cuando él no estuviese mirando.

Y por mucho que intentara negarlo, sabía que aún temía que ella lo traicionara y llevara su ícono a la Abadía.

Debajo del dolor, de la angustia, surgió un destello de ira.

Si no confiaba en ella ahora, Maeve temió que nunca lo hiciera.