El espacio entre nosotros 27. Maeve
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27. Maeve

Maeve

Había una mujer en el umbral de la puerta.

Tenía el cabello oscuro revuelto y empapado alrededor de su rostro y la piel morena enrojecida mientras echaba un vistazo a la estancia. Sus ojos se posaron de inmediato en Jude. Inhaló con rapidez y entró rauda en el estudio.

—Jude.

Maeve se levantó de un salto al mismo tiempo que Jude.

Se puso por delante de él con los brazos abiertos.

Su pensamiento más intenso, su único pensamiento, fue que esta mujer era de la Abadía.

El terror le heló los dedos. ¿No habían sido lo suficientemente rápidos?

¿Se habían enterado de alguna forma de que intentaban revertir la pérdida de memoria?

¿De que el ícono estaba terminado? Las posibilidades hicieron que le diera vueltas la cabeza.

La mujer se quedó plantada, con la mirada fija esta vez en Maeve.

—Está bien —murmuró Jude, cerca de la oreja de Maeve. Con suavidad, le apoyó las manos en la parte superior de los brazos y los bajó a sus costados mientras la rodeaba—. Es mi vecina. Bethan.

—¿Bethan? —repitió Maeve. El nombre le resultaba familiar.

Antes de que Jude o la extraña pudieran hablar, apareció Elden. Cruzó miradas entre los tres, frunció brevemente el ceño antes de que se suavizara cuando sonrió. Le dio una palmada a Bethan en el hombro.

—Veo que lo encontraste.

Bethan se sacudió.

—Cielos. ¿Dónde están mis modales? —Extendió una mano hacia Maeve, ya con una sonrisa cansada en la cara—. Bethan, como dijo Jude. Vivo con mi madre no muy lejos carretera arriba.

Maeve le estrechó la mano. Sus dedos parecían de hielo; la manga de su abrigo goteaba mojando el suelo.

—Estás empapada —señaló Jude, echándole un vistazo de arriba abajo—. ¿Cómo es que has venido hasta aquí en medio de esta tormenta?

Los ojos de Bethan revolotearon sobre Maeve y luego regresaron a él.

—No se está tan mal ahí fuera. Y me gusta el camino.

Jude sonrió. Buscó la mirada de Maeve, asintiendo con la cabeza de modo alentador.

—Bajemos. Algo habrá que te podamos prestar. Y la cena pronto estará lista.

Elden apuntó a Jude con una mirada que Maeve no pudo descifrar al pasar junto a él de camino a la puerta, Bethan ya esperaba al otro lado.

—¿Preparo la habitación de invitados? —preguntó Elden hacia la espalda en retirada de Jude.

—Eso no será necesario —respondió Jude desapareciendo por el pasillo.

—No sabía que hubiera vecinos tan cerca —le comentó Maeve a Elden en cuanto estuvieron solos.

—No es tan cerca. Pasando Oakmoor. Quizá una hora de caminata —respondió Elden—. De vez en cuando, nos encontramos con Bethan y su madre para jugar a las cartas en la taberna. —Dudó, una extraña tensión se filtró en su voz—. A veces más, cuando Bethan quiere ver a Jude a solas.

—Ah. —Maeve tragó, pasó los dedos por el borde de su camisola desgastada, completamente inapropiada, bajo el cárdigan azul marino...

el cárdigan de Jude. No había sentido la necesidad de vestirse con formalidad cuando estaba en la casa, anteponía la comodidad a la moda—. Tengo que cambiarme. Te veré abajo.

Elden le dio una palmada en el hombro. Había abierto la boca para responder cuando hizo una pausa abrupta, mirando fijamente detrás de ella, al ícono.

—Creía que no ibas a pintar eso.

Maeve retrocedió, dolida, aunque sabía que no debería estarlo. ¿Había discutido Jude sobre su ícono con Elden? Ella definitivamente no le había mencionado nada. O peor: ¿había leído también Elden su carta a Ezra?

—No es para la Abadía —repuso, con un tono punzante—, es para Jude.

—¿Para Jude? —cuestionó Elden.

«No ha querido decir nada con eso», se dijo Maeve. La actitud protectora de Elden era una de las cosas que ella más admiraba de él. Le apoyó una mano en el brazo.

—No es para lastimarlo o para... espiarlo. Lo prometo.

Despacio, Elden asintió con la cabeza. Le echó una última mirada al ícono.

—Te veré abajo. La cena está casi lista.

Maeve lo vio irse, sus pensamientos pronto se transformaron en un torbellino.

Bethan.

Se le hizo un nudo en el estómago mientras se ponía algo más presentable. ¿Eran Bethan y Jude...? Ni siquiera podía pensar en la palabra. Mientras se mordía la parte interna de la mejilla, Maeve terminó de abotonarse el cárdigan y se dirigió a las escaleras.

Con cuidado, como quien manipula brasas encendidas, se obligó a considerar la idea de que Jude tenía una amante. Una amante que en ese momento estaba en la sala de estar, con uno de sus jerséis alrededor de los hombros. Ella dijo algo y Jude rio.

Maeve sintió los pulmones comprimidos. Observó a Bethan desde las escaleras, captando lo que no había tenido tiempo de ver en el estudio.

Era alta, casi tanto como Jude. El cabello negro se le había secado en ondas desordenadas hasta los hombros, y la piel le resplandecía con el brillo saludable de la caminata.

Innegablemente hermosa.

—Maeve. —Jude miró a su espalda hacia donde ella se ocultaba en las sombras. Se le borró un poco la sonrisa—. ¿Qué estás haciendo en mitad de las escaleras?

Ella se ruborizó mientras bajaba el resto de los escalones.

—Perdón. Estaba esperando a Elden.

Justo en ese momento, sonaron pasos unos escalones por detrás de ella y apareció Elden.

—La cena está lista. Lo cual estoy seguro de que era el plan. ¿Eh, Bethan? —Envolvió con simpatía los hombros de la mujer y ambos se fueron hacia la cocina.

—No soy de las que se pierden una comida gratis —respondió Bethan—, pero en realidad debo...

El resto de la respuesta se perdió en el interior del pasillo.

Jude se había quedado atrás, con los ojos aún en Maeve. Su expresión era indescifrable bajo la suave luz de las lámparas de aceite. Abrió la boca y la cerró, un músculo se le tensó en la mandíbula. Cuando habló, la voz le salió ronca.

—No se quedará mucho.

—No hay problema —Maeve respondió rápido.

Él la observó otro largo momento antes de asentir enérgicamente con la cabeza. Se dirigió por el pasillo hacia la cocina sin mirar atrás.

¿Qué estaba pasando? ¿No acababan de estar arrodillados en el suelo frente al ícono de Jude, con los corazones expuestos entre sí mientras se preparaban para rezar?

Bajó la mirada, se avergonzó por el lodo que le cubría las puntas de las botas.

Tenía las uñas embadurnadas de pintura y el dobladillo de su vestido estaba raído por el uso y el tiempo.

Un desastre. Por fuera y por dentro.

Lo que fuese que creyó que habían estado construyendo entre sí debía olvidarlo.

Representaba todo lo que Jude odiaba. La Abadía, la devoción a los santos, los recuerdos perdidos.

Maeve sabía que ella podía ser difícil. Ezra con frecuencia le decía que era ingenua, que su desesperación por recibir atención era demasiado evidente, que resultaba agotador tenerla cerca.

Palabras que había oído con la suficiente frecuencia como para empezar a creerlas.

Jude necesitaba a alguien diferente. Una mujer con confianza en sí misma.

Capaz y despreocupada, y con quien resultara fácil estar.

Todo lo que ella no era.

Sintiendo que recogía las piezas rotas de la esperanza que había atesorado como una piedra preciosa, Maeve siguió la risa de Jude hacia el poco usado salón comedor en la parte trasera de la casa.

Alentada por Elden, Bethan se sentó a la cabecera de la mesa.

Se rio y se burló de los dos hombres mientras comía, aunque una extraña tensión persistía en la forma en que sostenía el tenedor, en el movimiento rápido de su mirada.

También era atenta con Maeve, le hacía preguntas sobre su pintura y sus remedios para cuidarse el pelo.

Maeve se encontró a sí misma sintiendo simpatía por la mujer.

Si no hubiese sido por los indeseados celos que le apuñalaban el corazón, podrían haber sido amigas.

Si podía superar sus sentimientos, tal vez aún podían serlo.

Maeve picoteaba la comida. El pan negro de malta, las salchichas y el puré de patatas estaban más comibles que de costumbre. Tampoco es que hubiera demasiada diferencia. Su apetito casi había desaparecido.

—El pan está riquísimo —comentó Bethan. Le dio un sorbo al vino, haciendo chapotear el líquido rojo intenso alrededor de la copa—. Jude, ¿lo has hecho tú?

Él señaló con el tenedor hacia Maeve.

—A Maeve se le ocurrió la receta. Es una gran panadera.

—¡Oh! —exclamó Bethan—. Tienes que darme la receta. Mi madre y yo preparamos pan dos veces al mes para llevar al hogar de niños de Oakmoor. Deberías venir con nosotras.

—Me encantaría —murmuró Maeve.

Si planeara quedarse aquí a largo plazo (que no era el caso), se imaginaría construyendo un hogar en la comunidad.

Haciendo algo por la comunidad. Buscando esa sensación de pertenencia que siempre había buscado en la Abadía.

Pero, como todo lo bueno en su vida, su tiempo en la casa de Jude estaba llegando rápido a su fecha de vencimiento.

Bethan se inclinó hacia Maeve, sonriendo con complicidad.

—Elden debe de tenerte cariño si te da acceso a su cocina.

Maeve se sonrojó, jugueteó con su tenedor.

—Ah... No sé. Le enseñé algunas recetas, así que imagino que me echará pronto. —Se forzó a curvar los labios hacia arriba en una sonrisa. Al otro lado de la mesa, Jude la observaba con una expresión indescifrable.

—Siempre y cuando no sea Jude el que esté en la cocina, no me importa —comentó Elden.

Apoyó el mentón sobre una mano y masticó, sonriéndole a Maeve, cuyos hombros se relajaron en cierta forma.

Era sorprendente la habilidad que tenía Elden para calmarla con tan solo una sonrisa o un comentario amable.

—¿Y eso por qué, Elden? —La voz de Jude se había vuelto gélida.

Elden le guiñó un ojo a Bethan.

—Necesitas relajarte, eso creo. Eres demasiado rígido.

Maeve bebió un sorbo de vino, lo hizo girar por sus dientes mientras observaba cómo Jude se reclinaba contra el asiento y enganchaba un brazo sobre el respaldo.

—Hummm.

—No estoy de acuerdo —intervino Bethan. Tenía una expresión afectuosa en los ojos cuando miró a Jude—. Yo prefiero esa parte suya.