El espacio entre nosotros 26. Jude
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26. Jude

Jude

Releyó la misma página tres veces antes de oír un golpe en la puerta.

Mantuvo un instante la mirada en la página antes de levantar la vista.

Maeve esperaba en el umbral de la puerta.

Las puntas del cabello le caían húmedas sobre el abrigo; la parte superior, encrespada por la lluvia. Tenía una sonrisa en el rostro.

—He terminado. —Su voz fue baja, vacilante.

Cerró el libro.

—¿Tu paseo? Lo deduje yo mismo, por raro que parezca.

Maeve se sentó en el sillón frente a él. Olive de inmediato abandonó su regazo para ir al de ella. Pequeña traidora.

—No. La pintura. Tu ícono. Está listo.

Jude se tensó. Había sido rápida.

—¿Has hecho...? —dudó, sin querer mencionar sus habilidades por miedo a asustarla—. ¿Ha pasado algo extraño? —optó por preguntar.

Maeve miró a Olive en su regazo, le acarició el lomo. Sin saber que la estaban usando como distracción, Olive se enroscó aún más, ronroneando con alarmante ferocidad. El labio inferior de Maeve tembló.

—Maeve —dijo él con suavidad—. Está bien si ocurrió. No es nada de qué avergonzarse. Es lo que queríamos que pasara, ¿no?

Ella le sostuvo la mirada.

—No estoy avergonzada .

—No —se retractó—. Es solo que... yo también lo siento.

El interés de la Abadía en tu magia, su influencia...

Se diría que está sucia. Como si la hubieran corrompido.

—Hizo una pausa, las palabras se le escapaban.

No quería decir que aún se sentía dañado por eso, incluso en ese momento—.

Quería asegurarte que no hay nada malo en ti.

Incluso si la Abadía puede tomar tu magia, sigue siendo tuya.

Sintió el recorrido de sus ojos con tanta intensidad que casi percibió su contacto. Después de un momento que se prolongó más de lo normal, Maeve soltó un suspiro.

—Gracias. Lo sé. Solo que es difícil verlo como algo útil y no..., em... —levantó la mano que tenía sobre Olive y se presionó la mejilla con el dorso, como intentando enfriarse—, sucio, como dijiste.

Un alivio lo recorrió.

—Sé cómo se siente. Pero no lo es, Maeve. En absoluto.

«No para ti — se dijo—. Solo es así para ella, no para ti . »

Jude dejó caer los ojos, se examinó el borde de un tatuaje en la muñeca. Era fácil ver a Maeve tan sincera, tan dorada como era, no alguien ensuciado por las garras de la Abadía. Pero él...

—Pues sí —continuó ella, sin saber el rumbo que habían tomado sus pensamientos—. Ha pasado algo. Lo mismo que cuando completé la pintura de Felix y el bosquejo de Siobhan. He visto oro, he perdido la noción del tiempo y tu ícono estaba listo.

Jude ladeó la cabeza.

—Eso es bueno, creo.

—¿Lo es? —Bajo el vuelo de su falda, un pie repiqueteaba de arriba abajo.

—Consolida la conexión entre tu magia y los íconos —explicó, sonando más seguro de lo que se sentía—. Quizá crezca una vez que le rece.

Maeve respondió con un «hummm». Tenía una expresión vidriosa, preocupada, en los ojos.

Él se había vuelto experto en leer su cara a lo largo de las semanas y le resultaba casi instintivo lo rápido que podía descifrar sus pensamientos según sus expresiones.

Maeve separó los labios, dudando largo rato antes de susurrar:

—Tengo miedo.

Las manos de Jude apretaron los reposabrazos, la madera crujió.

—¿De qué?

—De que no funcione... que le reces a tu ícono. —Maeve negó con la cabeza—. Sé que pintar el ícono te está afectando. Puedo verlo en tu rostro, en cómo has estado... —hizo una pausa— olvidándote de cosas.

Jude se llevó la palma de la mano a la nuca. Sus palabras estaban exponiendo algo que no estaba listo para abordar.

—Es erosivo, en cierta forma. Como que cada trazo de tu pincel es una ola en mi contra. Tengo la mente más... —hizo un gesto con la mano— suelta, volátil. Como que no puedo definir mis pensamientos.

Ella lo observó detenidamente; qué buscaba... Jude no lo sabía.

—Sabíamos que eso podía suceder.

—¿Y tú? ¿Como iconógrafa? —preguntó, las palabras le rodaron sobre la lengua, dejando un regusto amargo—. ¿Cómo te sientes?

Maeve se encogió de hombros.

—No..., no he notado nada diferente. No realmente.

Bueno. Supongo que eso no es del todo cierto.

—Cerró los ojos, así que no vio el miedo que Jude sabía que le brillaba con claridad en el rostro—.

Algo no me encaja del todo bien. No puedo explicarlo, pero es como si un ícono no estuviera completo si no se crea en la Abadía.

Él se quedó helado.

—¿Crees que no funcionará?

No había considerado que ella pudiera sentirse de esta manera. Había sido en gran parte idea suya, después de todo. Fue a ella a quien habían enviado aquí a pintarlo y ella fue quien tomó el pincel y lo hizo posar para su ícono. Sin embargo, la resignación que traslucía era innegable.

La confianza que había decidido poner en ella flaqueó.

Como una piedrecita que cae en un estanque en calma perturba con sus ondas expansivas la quietud subyacente.

¿Había cometido un error? ¿Era todo esto un plan para completar su misión al fin y al cabo?

¿Después de todo lo que le había contado, de cada centímetro vulnerable de sí que había revelado?

—Quieres regresar a la Abadía —predijo, sin rodeos.

La mirada que Maeve le clavó era inmutable.

—No voy a llevar tu ícono allí. Te lo prometo, es lo último que quiero hacer. Solo quería que supieras que... —Tragó con dificultad—. Algo no es como debería.

Jude presionó las manos temblorosas de Maeve contra sus muslos para aquietarlas.

—Explícate.

—Cuando pinto íconos en la Abadía, es casi como si no fuera realmente yo quien los pinta.

Me dan una descripción del santo y trabajo con eso.

Con frecuencia, es exigua. Cabello, color de ojos y piel.

Una descripción básica de los rasgos. Edad y unas pocas líneas sobre su personalidad.

El resto depende de mí. Solo... —Frunció el ceño—.

Nunca pienso al respecto mientras estoy pintando.

Es como que se fija un rostro en mi mente y mi trabajo es transferirlo al lienzo.

Es decir, que soy un conducto para la magia.

Mi magia de la memoria en acción, probablemente.

—Deslizó los ojos de nuevo hacia los de él—. Pero contigo..., tú eres diferente.

Jude alzó una ceja.

Maeve pareció incómoda por un instante.

—Te conozco.

—Tanto como cualquiera —respondió él, aun cuando un calor se apoderó de su pecho.

—No. Quiero decir... —Resopló—. Estás frente a mí. Pinté lo que vi, no lo que me dijeron. Esa pintura allá arriba... El ícono es de ti, Jude. No es un retrato basado en una descripción. No es un santo. Un hombre. Tú eres real para mí, y creo que la pintura lo muestra.

Sus palabras no tenían la intención de ser afectuosas, pero él sintió su peso de todas formas.

Mientras ella lo miraba y describía cómo se había imaginado su rostro, sus manos, la expresión de su boca, Jude sintió una súbita desnudez.

Maeve no había pintado a Jude el santo; lo había pintado a él.

Sabía, mientras la seguía desde la habitación escaleras arriba hacia su estudio, que estaba a punto de ver la representación más íntima de su persona que jamás había permitido.

El solo pensar en ver el retrato de Maeve lo aterrorizaba. Y aun así... tenía que verlo. Tenía que ver cómo lo veía ella, aunque la idea le hiriera el pecho y le secara la boca.

Demasiado pronto, se plantaron arriba en la habitación que ella usaba como estudio, donde había llevado las pinturas para trabajar después de empezar en su biblioteca.

El corazón de Jude se aceleró, intentando superar a la bestia feroz de la ansiedad, mientras Maeve se colocaba detrás del ícono.

Se le pusieron los nudillos blancos alrededor del marco.

—¿Estás seguro?

—Muéstramelo —murmuró—. Por favor.

Tras enderezar los hombros, Maeve dio la vuelta al lienzo para que quedara frente a él.

Su primer pensamiento fue de asombro. Era talentosa, inmensamente talentosa.

El nivel de detalle, las libertades que se había tomado con la luz y las sombras; cada parte era magistral.

Su trabajo era de un realismo que quitaba la respiración y al mismo tiempo era estilizado, exhibiendo su amplio dominio del color y la técnica.

Apenas era capaz de admitirlo para sí, pero se veía...

«Hermoso» no era la palabra. Atractivo, quizá.

Siempre había sido ambivalente sobre sus rasgos.

Le gustaban sus ojos color avellana cuando les daba el sol y no le molestaba su pelo oscuro cuando tenía la longitud suficiente como para rizarse, aunque no se lo había dejado largo en años.

Su nariz no era su rasgo favorito. Pero la forma en que Maeve lo había retratado hizo que se sintiera admirado y completamente visto como nunca antes.

La firmeza de su mirada en la pintura le dio un escalofrío que le recorrió la columna hasta la nuca.

Se veía intocable. Algo en el ángulo de sus cejas y la tensión de sus labios hablaba de una rebeldía secreta.

Como si quisiera ser visto, pero solo tanto como él lo permitiera.

Tenía la pose con la mano alzada de un santo, pero le había dado la mirada fría de un disidente.

Jude se arrodilló despacio frente al ícono, lleno de la extrañeza que solo observar su rostro podía traer.

Ella tenía razón. Sí lo conocía. La evidencia estaba en la pintura. Las suaves pecas que salpicaban su nariz; el grueso trazo de sus cejas, una más curvada que la otra. Incluso la forma en que la luz se hundía en los picos y huecos de su rostro... Era él. Como él mismo se conocía mejor.

El entendimiento llegó tortuosamente despacio, un desenredo que le comenzó en el pecho y siguió desentrañándose hacia arriba por la garganta, donde se aferró con fuerza: no podía esconderse de ella. Ya no.

—¿Qué te parece? —preguntó Maeve. Devolvió la mirada al ícono con nerviosismo.

Una sonrisa tiró de los labios de Jude, ella quería que a él le gustara.

—Eres muy talentosa, Maeve —respondió—. Nunca he visto nada así. —Las mejillas de Maeve se enrojecieron frente al halago, y él de inmediato quiso saber cuánto más podía hacerla sonrojar—. Es hermoso. De verdad.

El rubor se intensificó en su rostro y se le extendió hacia el cuello.

—Gracias —susurró.

Jude se quedó de rodillas, mirándola. Se permitió sonreír por completo.

—¿Vas a rezarle? —preguntó ella enérgicamente, volviendo al tema.

—¿Ahora?

No había considerado que ella iba a querer que él lo intentase de inmediato.

Suponía que tenía sentido. ¿Para qué perder tiempo cuando los recuerdos de ambos estaban en juego?

Se le retorció el estómago con solo pensarlo, temeroso de lo que podría pasar cuando por fin tuviera disponible la imagen completa de su vida.

¿Qué había olvidado? ¿Qué le había arrebatado la Abadía?

La culpa se le disparó con un agarre tenaz, pese a cuánto intentaba librarse de ella...

Si los recuerdos regresaban, si se revelaban todos sus secretos...

Tendría que revelarle todo. Cada faceta de la magia de la memoria de Maeve que él había estado tratando de ocultarle con tanta desesperación saldría a la luz de forma inevitable.

Tendría que refutarle algunas ideas, decirle que iba en la dirección correcta pero que todavía no había llegado al final del camino.

Que todavía tenía más cosas que aprender.

Secretos para los que él tenía la llave, pero que seguía reacio a dársela.

No estaba listo. No podía arrojarla a la tormenta. Todavía no. Necesitaba más tiempo.

«¿Tiempo para contarle la verdad despacio y con cuidado o tiempo para disfrutar de la negación?»

Se tragó la pregunta y sintió cómo su peso se le asentaba en el fondo del estómago.

—¿Por qué no? —preguntó Maeve—. No ganamos nada si esperamos. Ninguno de los dos.

—¿Y si no funciona? ¿Qué hacemos?

Deslizó una mano dentro del bolsillo de su vestido, los contornos de sus dedos corrieron bajo la tela. Jude sabía qué estaba haciendo, lo que encontraría si le tiraba de la mano, la sacaba y le abría los dedos a la fuerza.

Un ícono, desgastado por las horas de rezo.

¿Cómo podía creer todavía, después de todo lo que él le había mostrado?

—Maeve —insistió, más fuerte de lo que quiso. Le dolían las rodillas, pero se quedó en el suelo—. ¿Qué haremos entonces?

—Regresaremos a la Abadía —susurró finalmente—. Y buscaremos las respuestas allí.

—¿Es eso lo que quieres?

Tenía que saberlo. ¿Quería volver pese a cómo la habían tratado? ¿Aún quería regresar con la información sobre los recuerdos y el Goddenwood, sobre él ? ¿Todavía tenía el objetivo de reanudar su vida, ahora como iconógrafa líder?

—No lo sé —admitió en voz baja—. Una parte de mí quiere quedarse aquí. Contigo. La otra quiere hacer como si nada de esto hubiera ocurrido jamás.

Sus palabras le dolieron. No fingiría que no.

—No puedo —dijo él, más fuerte de lo que habría deseado.

—¿No puedes qué?

—Ir a la Abadía. Las repercusiones... —Jude cerró los ojos, dejó caer la cabeza al pecho, las palabras le salieron tan ahogadas como una confesión—. No sé qué harán si regreso.

Maeve le apoyó una mano sobre la cabeza gacha.

Un regalo. El ofrecimiento de un contacto que él normalmente no permitiría; Jude, el penitente, de rodillas frente a ella.

La necesidad inesperada de entregarse a cada uno de los deseos de Maeve con la esperanza de ganarse su favor lo impregnó de un calor que fue intensificándose con lentitud.

No le importaba estar arrodillado a sus pies.

Se quedaría tanto como ella le permitiera.

Le retiró despacio la mano de la cabeza cuando se arrodilló junto a él. El más suave indicio de verde le brilló en los iris oscuros. Separó los labios; la punta de la lengua visible entre los dientes.

Las palabras lo abandonaron por completo.

—Jude —susurró ella—. Debes rezar.

Un sonido ahogado salió de él, que le hizo darse cuenta de que su capacidad para rezar no era algo que había roto, sino algo de lo que simplemente había huido...

—No recuerdo cómo.

Maeve posó las manos presionando las de él. Parecían tan frágiles sobre las suyas. Tenía las puntas de los dedos manchadas de pintura, todavía le quedaba polvo de oro en los nudillos. El contacto con ella era una revelación. Un desamarre.

—Te enseñaré.

Antes de que Jude pudiese siquiera considerar agachar la cabeza, antes de que pudiera buscar las palabras para suplicarle a su ícono, la puerta se abrió con un estruendo.