25. Jude
Jude
La mañana encontró a Jude sentado en su sitio habitual en la sala de estar, con Olive en una rodilla y un libro de botánica abierto en la otra.
Lo hojeaba distraídamente. Bethan y su madre tenían previsto llegar en las próximas semanas, como hacían una vez por temporada.
Bethan era una ávida recolectora, y Jude y Elden con frecuencia la ayudaban a buscar por toda la propiedad los ingredientes que ella necesitaba.
El invierno traía majuelos y endrinas, setas de pie azul y la esporádica manzana silvestre.
Castañas para tostar y ortigas para té. Con algo de suerte, traería una tanda de ginebra de la cosecha de endrina del año pasado. Ella sabía que era su favorita.
Sus ojos vagaron de regreso a la ventana. Un dolor de cabeza punzante le latía detrás de los ojos. Intentó ignorarlo. Lo que significaba.
En la distancia, Maeve se abría paso por los campos que bordeaban la pared del norte. El cabello claro le caía suelto y resplandeciente por la espalda, tajante contra la negrura del abrigo.
Su abrigo.
Se le crisparon los dedos sobre el regazo.
Aún podía sentir la suavidad líquida de su pelo, más suave que nada de lo que había sentido jamás.
Brillando como hilos de oro bajo la luz de la vela.
Se inclinó hacia la ventana cuando ella echó la cabeza hacia atrás para quedar de cara a la suave llovizna.
Podía ver el borde de su sonrisa, incluso separados por muros y ventanas. Se le contrajo el abdomen.
Emociones tiernas, indeseadas. Persistiendo donde no deberían.
Regresó a su libro, concentrarse le resultó más difícil que de costumbre.
Rezarle al ícono tenía que funcionar, no solo para recuperar sus recuerdos, sino para borrar la extraña miasma que se había asentado en él.
El incesante dolor de cabeza que le había sobrevenido cuando Maeve había comenzado a pintar aún no había remitido.
Los recuerdos parecían colores que se desvanecían de un cielo de finales del invierno.
Se volvían menos y menos nítidos cada día.
Se había escabullido a la biblioteca para esconder sus recuerdos en los libros todas las mañanas, aunque sentía su magia perezosa a la hora de salir a la superficie, reacia a responder su llamada.
Era más una medida protectora que otra cosa; la magia de Jude no había tenido la misma energía incontenible que solía tener, que se retorcía bajo su piel como una bestia hambrienta.
No la había tenido desde hacía un tiempo.
No desde que había saltado a los recuerdos de Maeve después del pantano, ahora que lo pensaba.
Algo en él estaba cambiando, aunque todavía no estaba seguro de si se debía a su nuevo ícono o a la iconógrafa que acechaba en cada rincón olvidado de su alma. Ambos, tal vez. Muy probablemente.
Intentó controlar la oleada de náuseas en su estómago. El insistente dolor del miedo.
Su ícono estaba casi terminado. Cuando Maeve le pidiera que le rezara, tendría que regresar a ese oscuro lugar de devoción que había intentado dejar atrás con tanto esfuerzo.
Por mucho que quisiera recuperar sus recuerdos y librarse de la última conexión que lo amarraba a la Abadía, tenía miedo de lo que los recuerdos de su niñez podían mostrarle.
Un tiempo que no estaba caracterizado por cuidados y risas, sino por sangre y acero y sal.
Sabía lo suficiente ahora para llamarlo por su verdadero nombre.
Abuso.
El rostro de su abusador había sido borrado de su memoria, pero su cuerpo aún llevaba las cicatrices.
Tras echar un vistazo por la ventana para asegurarse de que Maeve seguía fuera de paseo, se arremangó el jersey con cuidado para desnudarse los antebrazos.
Los mantenía cubiertos incluso en los días de verano más calurosos.
Las delgadas líneas y símbolos formados de manera tosca con tinta eran completamente negros bajo la pálida luz matinal.
Vería lo mismo si se levantara la camisa y se mirara el abdomen y los muslos.
Hacia abajo por los costados de los brazos y de cadera a cadera tenía líneas bien ordenadas a tinta por cada semana que pasaba.
Debajo de la clavícula llevaba el símbolo de la santidad.
«Pertenecer» le cincelaba el hueco de la cadera derecha debajo de las líneas de recuento.
Había pequeños símbolos para «lealtad», «piedad», «compromiso» y «devoción» repartidos por brazos, piernas y abdomen.
El más grande lo tenía en el centro del pecho, un semicírculo con tres líneas que salían en abanico desde la parte superior. El sello de la Abadía.
Un recordatorio de todo lo perdido y todo lo que le habían arrebatado. Tatuajes que se había incrustado en la piel durante los momentos de mayor debilidad, cuando creía que se merecía el tormento que había sufrido en la Abadía.
Aunque sus recuerdos eran vagos y estaban distorsionados, la putrefacción se le había enterrado en lo más profundo de la médula.
Recordaba el castigo. La coerción. Palabras venenosas en sus oídos y palabras grabadas en su piel.
El ardiente pinchazo de un cuchillo. El agarre en un puño del cabello que alguna vez fue largo.
Le habían dicho que mantuviera la sangre y las cicatrices ocultas.
¿Qué pensarían los otros acólitos si las vieran?
Creerían que él las merecía; un niño débil, cobarde, castigado por sus fracasos.
Le había llevado mucho tiempo luchar contra la voz que le decía que su comportamiento sí justificaba el abuso.
Darse cuenta de que era un niño, y ningún niño merecía que lo lastimara alguien que debía protegerlo, aunque no pudiera recordar quién era esa persona que había cumplido su misión de que la crianza de Jude se transformara en una pesadilla en vida.
Ahora, cuando sentía la necesidad de ir a por la tinta y la aguja, se volcaba en sus libros. Ver infligirse el propio dolor en vivo era una práctica espantosa, tal vez; pero al mismo tiempo resultaba terapéutico. Jude no se merecía el abuso. Ni tampoco merecía ser continuamente castigado por eso.
Ahora lo veía.
Había pasado un año desde la última vez que se había insertado tinta en la piel.
El corazón le palpitó frenéticamente detrás de las costillas cuando vio que Maeve se volvía para regresar a la casa.
Rápido como un animal, instándolo a huir.
No estaba seguro de cómo se sentiría tomando el rol de un acólito otra vez.
Había pasado casi una década desde que había rezado por última vez, aún más desde que había creído.
Podría haber sido marcado como santo a los ojos de la Abadía, pero eso no lo hacía sacro.
¿Qué mostraría su ícono...: un santo o un hereje?