El espacio entre nosotros 24. Maeve
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24. Maeve

Maeve

El más leve dejo de oro quedaba en el aire cuando Maeve bajó el pincel y examinó su trabajo.

Como en la vida, Jude se veía severo e intimidante, el rostro anguloso y los ojos inteligentes veían a través de cada protección que ella había erigido contra él.

Lo había pintado en una banqueta de madera con las piernas estiradas.

Una mano en un muslo, los dedos largos y elegantes contra el negro de su ropa.

La otra mano estaba levantada en el signo de los santos.

El pulgar y los primeros dos dedos extendidos; los últimos dos, doblados hacia dentro, al interior de la palma.

Terminado y completamente seco gracias a su magia.

¿Funcionaría esto de que Jude le rezara a su ícono?

La idea de que les faltaba algo no la dejaba en paz.

¿Qué significaría si funcionaba? No todas las personas a las que les habían alterado los recuerdos eran santos, ella incluida, aunque todavía sostenía con firmeza su idea de que la iconografía la conectaba a sus íconos tanto como lo hacía la santidad.

¿Los rezos de Jude recuperarían algún recuerdo que Maeve podría haber perdido también?

Inclinó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos con fuerza.

Tantas preguntas y tan pocas respuestas.

Cada paso envuelto en oscuridad, con poco más que una vela para encontrar el camino a través del lodazal.

Suspiró, clavándose los nudillos en la parte baja de la espalda. Una neblina persistía tras sus ojos.

La puerta que mantenía a raya sus dudas se volvía cada vez más débil.

No faltaba mucho para que desapareciera del todo.

Cuando apenas había llegado a la casa de Jude, estaba decidida a cumplir los objetivos que le había dado la Abadía y regresar a casa, lista para tomar el puesto de iconógrafa líder.

Y ahora... Ahora Maeve solo podía pensar en encontrar respuestas.

Se inclinó hacia delante y garabateó su firma en una esquina.

Se le retorció el abdomen con el movimiento, un dolor bajo que le comenzó entre las caderas.

Lo ignoró cuando una inesperada mezcla de agitación e inquietud se le arremolinó en el estómago.

Fue como si de repente conociera la estructura de una casa cuando antes solo había visto la decoración exterior.

Había dedicado casi toda su vida a mantener la fachada; ya era hora de que viera por completo lo que había trabajado con tanto esfuerzo en construir.

El dolor de espalda se extendió más allá hasta la parte baja del abdomen, le dieron espasmos extremos cuando se puso de pie. Cuando el bajo vientre le dio otro retortijón fuerte, hizo rápido la cuenta. Como siempre, su período no había llegado sino en un momento estelar.

Sintiéndose particularmente contrariada, Maeve abandonó el estudio y caminó con dificultad escaleras arriba para tomar un baño caliente.

Lo normal era que el agua ayudara. Las compresas calientes, aún más; pero no pensaba ir a buscar a Elden para que le consiguiera arroz y una funda de almohada vieja.

En cuanto tuvo suficiente de agua y la piel se le puso roja y los dedos arrugados, Maeve se hizo un ovillo bajo el edredón.

Deseaba el té que le daba Bronagh y que la ayudaba con los espasmos.

Las lágrimas le provocaban picor en los rabillos de los ojos.

Ni siquiera le había podido decir adiós a la enfermera mayor cuando se fue de casa. ¿Volvería a verla otra vez?

La soledad le oprimió el pecho. De repente se sintió como una niña. Sola, débil, extrañando un contacto amable. Tras secarse la humedad de las mejillas, tiró de la manta para taparse la cabeza e hizo todo lo posible por quedarse dormida.

Se despertó horas más tarde cuando algo suave le empujaba el mentón. Olive estaba plantada junto a su cabeza, observándola con una luminosa mirada amarilla. Maeve se estiró para acariciarla, pero regresó a su posición enroscada cuando el vientre se le acalambró dolorosamente.

—¿Cómo te has metido aquí dentro? —le preguntó a la gata.

Olive parpadeó con lentitud en respuesta.

—Yo la dejé entrar.

Maeve se sacudió y dejó escapar un gruñido cuando el movimiento le produjo otro latigazo de dolor en el bajo vientre.

Jude estaba a los pies de su cama. La luz que se filtraba en la habitación era suave y de color anaranjado.

Algún momento entre el almuerzo y la puesta del sol.

Había dormido quizá unas cinco horas. Jude barrió su forma ovillada con la mirada, la preocupación se encendió en su expresión mientras se movía alrededor de la cama hacia ella.

—¿Te has hecho daño?

—Vete —murmuró Maeve, que giró para presionar la cara contra la almohada. Quería llorar frente a la enorme traición de su cuerpo cuando más necesitaba su sumisión.

Él se sentó. La cama se hundió bajo su peso.

— Jude . —Se cubrió el rostro con las sábanas—. Por favor, vete.

Él corrió el edredón hacia abajo lo suficiente como para verle la cara.

Debía tener una pinta espantosa. Se había dejado caer en la cama inmediatamente después de bañarse, apenas había estado consciente para vestirse.

El pelo la rodeaba en una masa enredada de mechones medio húmedos.

Habría entrado en pánico por tenerlo en semejante estado de no haber sentido tanto dolor.

Valoraba su cabello más que la mayoría de sus posesiones.

—¿Estás bien? —preguntó él, con el ceño fruncido—. ¿Ha pasado algo?

—No, estoy perfectamente bien —masculló Maeve, arrancándole la manta y llevándosela hasta el mentón—. Evidentemente.

Jude no respondió. Simplemente continuó mirándola, trazando su cuerpo con los ojos, como si estuviera buscando una herida oculta. Dejó la mirada fija en sus brazos cruzados sobre su vientre, la forma visible bajo el edredón.

—Ah.

—Sí, ah. Es lo que les pasa a las mujeres una vez al mes, Jude. No es que tengas demasiada experiencia con eso.

Disparó los ojos hacia los de ella.

—¿Con los períodos?

—Con las mujeres.

Las comisuras de la boca de Jude se crisparon al mismo tiempo que se ponía de pie.

Maeve cerró los ojos y escuchó los sonidos apagados que él hacía paseando por su habitación.

Ella no tenía demasiadas posesiones consigo, algo que la había apenado al volver a deshacer la bolsa cuando decidió quedarse en Ánhaga.

Unas pocas alhajas, su escasa vestimenta que consistía en vestidos largos y prendas resistentes.

Recipientes de tinta y cintas para el pelo.

Oyó un cajón abrirse y se preguntó si él estaba examinando su ropa interior.

El pensamiento hizo que un torrente de sangre se le disparara hacia las mejillas.

Intentó sentarse.

—¿Qué estás buscando?

Los pasos de Jude se movieron más cerca de la cama.

—Inclínate hacia delante. —Suspiró—. Solo déjame que...

Ella obedeció con un lloriqueo reprimido cuando él se sentó detrás de ella.

Vio el reflejo de Jude en el espejo frente a la cama.

Él guardó el labio inferior entre los dientes y mordisqueó el borde.

El vientre de Maeve se tensó con algo que no era dolor.

Por un largo momento ninguno de los dos se movió.

El silencio entre ambos se sentía íntimo de una forma que ella no estaba del todo lista para diseccionar.

Ella sabía cómo normalmente reaccionaban los hombres cuando se enfrentaban con algo...

«inconveniente» en el cuerpo de una mujer, y no era agradable.

Cuando había necesitado tomarse tiempo de descanso por su período en la Abadía, antes de que Bronagh hubiese comenzado a darle el té que directamente los detenía, Ezra le había dejado claro que no creía que el dolor fuese excusa para faltar al trabajo.

Maeve recordó varias ocasiones en las que él le había exigido que trabajara dolorida.

Él había trabajado con molestias, y ella haría bien en mostrar el mismo nivel de compromiso.

Ahora que se permitía admitirlo, Ezra era un poco bastardo.

La cama se movió. La atención de Maeve regresó de inmediato a Jude.

Él deslizó cuidadosamente la melena enredada de debajo de su espalda para colocarla sobre el edredón.

Las pestañas le arrojaban largas sombras sobre la piel como rayos de sol.

Con cuidado, comenzó a peinarle el cabello, le desenredó las puntas hasta que estuvieron secas, antes de ir avanzando hacia arriba hasta el cuero cabelludo.

Una somnolencia se apoderó de ella cuanto más la peinaba él.

Jude le pasó los dedos por el pelo fino de las sienes y la nuca, desenredándolo con tanta suavidad que ella apenas lo sentía.

Presionó los labios y cerró los ojos. Intentó decirse a sí misma que eran sus emociones intensificadas y no el hecho de que nadie la había cuidado así jamás lo que le llenó los ojos de lágrimas.

Un vidrio tintineó y el aroma a aceite de romero para pelo invadió la habitación.

Tras dividir el cabello en tres secciones, Jude comenzó a trenzarlo con lentitud y volvió a empezar varias veces cuando el pelo se enredaba o se deslizaba por entre sus dedos.

Pequeños ruidos de exasperación le salían del pecho cada vez que cometía un error.

Maeve mantuvo los ojos cerrados. No quería pensar en la suavidad de su cuidado. No podía.

Le ató el final con una cinta. Antes de pararse, le pasó la mano una última vez por el pelo. Despacio, con reverencia, como si tocarla así, como si fuera preciada, fuese algo que no quería olvidar.

Maeve se permitió una última mirada a su rostro cuando él se ponía de pie. Le había vuelto la línea entre las cejas, más profunda que antes. Se le contraía la mano al costado, como si se estuviera reprimiendo para no volver a tocarla. Ella esperó. El pulso le aleteaba debajo de la mandíbula.

Él dio media vuelta y se fue.

Maeve tardó un buen rato en volverse a dormir. Cuando lo logró, sintió que solo habían pasado unos minutos, pero la habitación se había oscurecido con la caída de la noche. La luz de la luna trazaba una nítida raya blanca sobre el edredón arrugado.

Jude estaba otra vez junto a ella.

—Maldición, Jude —exclamó Maeve, sentándose—. Me has asustado.

Él soltó una risita mientras apoyaba algo en el tocador antes de encender una vela. Una luz cálida subió lamiendo las paredes y se quedó en los huecos de sus mejillas cuando echó una mirada a su espalda. La preocupación aún no le abandonaba la mirada.

—¿Cómo estás?

—Mejor. —Por suerte, los espasmos rara vez duraban más de una tarde.

Luchó con algo en el tocador, de espaldas a ella.

—Descansa todo lo que necesites.

Ella se arrastró hacia arriba para apoyarse contra el respaldo. Al moverse, la trenza se le deslizó sobre el hombro y hacia abajo por el pecho. Se llevó la punta a la nariz para oler el aroma terroso del romero. El gesto había significado mucho para ella.

—Ten. —Jude se dio la vuelta desde el tocador y le dio una taza de arcilla descascarillada.

Maeve se la llevó a la nariz. Olía de alguna forma parecida a la mezcla que Bronagh solía prepararle. La enfermera había preparado la infusión para aquellas que la solicitaban, pero mantenía la receta bien protegida.

—Jude... —titubeó—. ¿Qué es esto?

—Elden lo prepara para una de nuestras vecinas cuando ella se lo pide. Bethan dice que la ayuda con sus períodos. Y, eh... —Él apartó la mirada.

Incluso en la luz tenue, Maeve pudo ver que se sonrojaba.

—¿Previene los embarazos?

—O eso me han dicho. Si tú... Quiero decir, bueno. —La máscara inexpresiva que ella había creído largamente abandonada cayó sobre el rostro de Jude cuando se iba despacio hacia la puerta.

—Gracias —dijo Maeve y se llevó el té a los labios para ocultar su sonrisa. Elden había compensado algo de la amargura de la milenrama con un toque de miel—. Me alegra ver que sus habilidades culinarias no se transfieren a la herbología.

Jude sonrió y finalmente llegó a la puerta.

—No. En eso, es sorprendentemente experto. —La miró una última vez con preocupación—. ¿Ya estás mejor?

—Lo estoy. Gracias por el té, y... —Hizo un gesto hacia su trenza. Jude no respondió, ya llevaba la mano hacia el picaporte detrás de él. Maeve no pudo resistir un último intento de resquebrajar la máscara que con tanto cuidado colocaba—. Y gracias por asegurarte de que no quede embarazada.

El estupor le cruzó los rasgos.

—Eso no es... Esa no era la intención.

—Lo sé —respondió riendo—. Solo bromeo.

El estupor desapareció mientras él se apoyaba contra el marco de la puerta y se cruzaba de brazos. La miró de forma especulativa.

—Sin duda estás mejorando —murmuró—. Quizá deberías ponerte a trabajar.

Maeve puso los ojos en blanco y lo echó de la habitación.