23. Maeve
Maeve
La siguiente semana transcurrió a un ritmo cómodo.
La magia de Maeve no buscó una salida mientras ella pintaba, lo que la preocupó y tranquilizó al mismo tiempo.
No estaba segura de estar lista para otro episodio, pero también le inquietaba que el ícono no fuese a funcionar como ella esperaba si este no ocurría.
Eso le provocó intranquilidad en los pensamientos, como si estos no supieran dónde asentarse.
En combinación con el creciente deseo de estar cerca de Jude tanto como fuera posible... , no sabía cómo sentirse.
Se preguntó si la inquietud bajo su piel era un efecto de pintar su ícono. La conexión entre ella y su trabajo estaba ahí como siempre, pero la tensión extrema, la consciencia de que coloreaba cada una de sus interacciones..., eso era nuevo.
Algo también estaba cambiando en Jude cuanto más progresaban. Sonreía más a menudo, la tocaba con más facilidad, le sostenía la mirada por más tiempo. Pequeños actos de confianza que no pasaban desapercibidos.
Pasaban la mayoría de sus días en el estudio improvisado, una habitación en la que, según se había enterado, Jude había vivido durante sus primeros años en Ánhaga.
Ella pintaba mientras él leía o la observaba trabajar, y solo se detenía para comer o caminar por el jardín dando pisotones cuando se hartaba de estar sentado quieto.
Ella había insistido en que él posase para ella cada día aunque técnicamente no necesitara que él estuviese frente a ella para trabajar.
Para su sorpresa, él no había cuestionado su petición, lo que la preocupó más que nada.
Deseaba que eso fuese todo lo que ella había notado sobre él.
A veces, entre sonrisas, había un vacío detrás de sus ojos que le recordaba a Siobhan.
Una cualidad poco natural en sus movimientos.
Más de una vez notó que se estiraba para alcanzar algo solo para detenerse a mitad de camino o que se iba diciendo que iba a buscar una taza de té o algo para comer solo para regresar con las manos vacías horas después.
Era dócil y más blando que el Jude que había conocido al principio.
El comportamiento extraño no era constante, pero era suficiente como para darle que pensar. Se preguntaba si el ícono tenía la culpa.
No se preguntaba..., sabía. Y, sin embargo, ambos habían decidido que el riesgo valía la pena, incluso si le dolía verlo con todos sus bordes filosos deshechos.
Maeve se abrió camino por los campos hasta el huerto.
Su respiración arrojaba nubes blancas, la escarcha le crujía bajo los pies.
En la distancia, los páramos estaban espolvoreados de nieve como azúcar glas.
El sol apenas parecía asomarse por las cimas de esta porción del mundo antes de ponerse otra vez, lo que hacía que sus caminatas después del almuerzo ocurrieran, la mayoría de las veces, en un anochecer amoratado, espeso.
Incluso en una caminata matutina como esta, el calor del sol era débil e insustancial sobre su piel.
Entrecerró los ojos hacia la figura de Jude, que se cruzaba entre manzanos.
El abrigo le rozaba los talones, enredándose en las áreas de pastura resistente que se aferraba a través de la escarcha.
La luz baja del invierno arrojaba una sombra larga y serpenteante detrás de él.
Había estado muy callado hoy. Pensativo, incluso más que de costumbre.
Maeve no quería admitir cuánto la afectaba su mirada seria.
Se preguntó cuánto se transcribía su intensidad contenida a otras partes de su vida, pensamientos que ella escondía como un caramelo robado, un dulce bajo la lengua.
Se imaginaba cómo los tendones de su cuello se tensarían, cómo sus ojos se nublarían de placer.
Cómo ella le presionaría la palma extendida contra la espalda para acercarlo, cómo él le clavaría los dedos en la cadera al agarrarla con fuerza para provocar la cantidad correcta de dolor.
Sus aventuras amorosas allá en la Abadía no eran precisamente un suceso habitual, quizá un puñado de veces al año, cuando se sentía particularmente atrapada dentro de los pasillos de piedra caliza y ansiaba contacto humano.
Nunca habían sido más que la saciedad de la lujuria que se volvía excitante por el hecho de que estaba prohibida.
Como acólitos, se esperaba castidad, aunque no siempre se mantenía; Maeve sabía que no había sido la única que ocasionalmente se escapaba para degustar lo que Whitebury tenía para ofrecer.
El calor errante que sentía hacia Jude era diferente.
Rara vez había experimentado deseo dirigido específicamente a una persona.
Era extraño y difícil de manejar porque se negaba a calmarse.
No cuando él estiraba los brazos sobre la cabeza sentado frente a su escritorio para revelar una estrecha franja del abdomen marcado por tatuajes en tinta negra de símbolos que ella no podía descifrar.
Ni cuando se daba golpecitos en los labios con un lápiz, cuya madera había marcado con los dientes.
Especialmente no aquella memorable vez en la que ella había intentado alcanzar una caja de tubos de pintura que por alguna razón había quedado en un estante alto y él se había acercado por detrás y, rozándole la espalda, había cogido la caja por ella.
Maeve sintió el fantasma de su contacto durante horas.
Lo recordó esa noche cuando estaba sola con la cara presionada contra la almohada.
Metió el mentón en el cuello de su abrigo para esconder sus mejillas sonrojadas cuando él se acercó.
Todas sus pertenencias habían comenzado a perder el aroma polvoriento, empapado en sal de la Abadía y a tomar el olor de la casa.
Fuego de chimenea y páramos azotados por el viento. Manzanas y endrinas.
La punta de la nariz de Jude estaba rosada, sus labios enrojecidos. Se le había desenroscado la bufanda roja del cuello. Detrás de él, las nubes rodaban por el cielo sobre una brisa lejana, trayendo el más leve dejo a sal.
Maeve tembló, le repiquetearon los dientes. Al pasar junto a ella para dirigirse de regreso a la casa, le colocó su bufanda alrededor del cuello. Olía a él, calentada por su cuerpo.
Observó el contorno encorvado del cuerpo de Jude mientras caminaba con cuidado sobre charcos medio congelados, incapaz de detener la transformación de su corazón en una cosa caliente, deseosa. Inútil y con un anhelo desesperado.
Volvió a su estudio improvisado sola. La bufanda se le deslizó lentamente del cuello para acumularse en un charco de lana roja sobre el regazo.
Maeve la acarició con los dedos, pensando en ojos avellana que se volvían brillantes, en el roce de las puntas de unos dedos sobre su pulso.
La colocó con cuidado en la banqueta donde Jude solía sentarse y tomó su pincel.
El ícono estaba casi completo, pero le faltaba algo.
Una familiar sensación de embriagante devoción encontró hogar detrás de su esternón cuando tocó el lienzo con el pincel.
Le había faltado eso: el acto de veneración que era pintar.
Su parte más honesta, el compromiso más verdadero que haría jamás.
Más que la Abadía, más que las plegarias ofrecidas a los santos, más, incluso, que su deseo de una mano que la guiara al caminar por la vida, era el amor de Maeve por pintar.
Desde que había comenzado a estudiar iconografía de niña, al avanzar por la instrucción y perfeccionar sus habilidades hasta el detalle, había sabido que su oficio estaba completamente separado de su fe, pese a las similitudes.
Había una constancia en su devoción, una seguridad.
Podía sentarse frente a su caballete y liberar cada parte de sí misma al lienzo, sabiendo que este tomaría su fe sin juzgar.
Su ira y su desesperación, su confianza y su alegría.
Su trabajo recibía todo por igual. Y sin importar dónde se encontrara cuando su tiempo con Jude terminase, si caía de rodillas frente a un altar o decidía valerse por sí misma sin la guía de los santos, siempre tendría un oficio.
En su interior, no pudo sentirse mal por la conexión entre su pintura, su iconografía y su magia.
Tomar un pincel siempre le había parecido una experiencia trascendental.
Y esa era la diferencia entre fe y devoción, pensó Maeve, cuando vio los primeros remolinos de oro surgir por el rabillo del ojo, al comenzar el temblor delator en los dedos sobre el pincel.
Su fe en la Abadía era la base sobre la que la habían plantado cuando era niña; sus ramas se le enredaban en los pensamientos, las creencias e incluso los recuerdos. Ramas que ayudaban a crecer, sí; pero también ramas que ahogaban.
La devoción por su oficio era su fe puesta de manifiesto. Un compromiso profundo que requería acción e intención. Era algo que había elegido una y otra vez. Algo que la hacía sentir poderosa. Capaz. Aceptada por ser quien era. Un talento que había luchado por hacer suyo y solo suyo.
La Abadía podía sacudir sus bases, su mismísima fe, pero jamás podrían quitarle su devoción. Podía aferrarse con fuerza a su arte —lo que lo hacía sagrado, lo que lo hacía divino— y llamarlo completamente suyo. Algo de lo que la Abadía jamás podría despojarla, por mucho que lo intentara.
Con ese pensamiento creciéndole en el pecho, apoyó el pincel en el lienzo y por fin le dio libertad a su magia para que la llevara a lo desconocido, tan vasto y teñido de oro.