El espacio entre nosotros 22. Jude
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22. Jude

Jude

Jude odiaba sentarse quieto.

Parecía que habían pasado días desde que Maeve lo había colocado junto a la ventana de su biblioteca.

Le había corregido la posición de las piernas con precisión, modificado la caída del abrigo hacia un lado de una forma particular, ingeniosa, sobre el muslo.

Ella no había oído cómo se le había entrecortado la respiración cuando su palma se había deslizado por la pierna de Jude, infundiéndole calor en la piel.

Si no fuera por el recuerdo de ella intentando acomodarle el pelo rapado, se habría levantado hacía largo rato.

Tal y como estaban las cosas, la sensación de las uñas contra el cuero cabelludo se desvanecía más rápido de lo que le hubiese gustado.

Se movió lo bastante despacio como para no llamarle la atención y miró hacia la ventana.

Había recibido gritos una decena de veces durante la mañana por no estarse quieto y, aunque le gustaba el ceño fruncido que ella ponía al regañarlo, pensó que era mejor mantenerla contenta por el momento.

Incluso si el movimiento lo ayudaba a distraerse de la presión que le iba creciendo sin parar detrás de los ojos.

Era tal como temía. Pintar su ícono estaba afectándolo.

No podía negar el dolor de cabeza como tampoco podía olvidar el lento deambular de sus pensamientos, como si cada palabra debiera cruzar un lago de melaza para formarse.

Pese a las convicciones de Maeve, él había esperado sentirse confuso mientras ella trabajaba en su ícono, pero no así. No tan rápido.

Se preguntó si Siobhan habría notado que habían creado un nuevo ícono de ella o si ya estaba demasiado enajenada.

¿Había sentido algo cuando Maeve lo había quemado?

Y, quizá más importante todavía, ¿el quemarlo realmente lo había destruido?

Le dio vueltas a la idea en su cabeza. Otra pregunta que investigar.

Fuera, densas nubes se extendían en el horizonte, cargadas con la promesa de nieve.

Aún tenían que desplegarse desde los páramos para blanquear su casa, pero no faltaba demasiado.

Pronto, las ramas encorvadas de los manzanos y el césped lleno de maleza se cubrirían de blanco.

Dirigió la mirada a una telaraña en la esquina de la ventana.

Brillaba perlada, los hilos de seda bañados en la luz iridiscente de las estrellas.

Tres formas aladas se movieron hacia los páramos en la distancia. La tensa línea de su columna se relajó ante esa vista. Un pensamiento apareció cuando estas desaparecían sobre el horizonte...

¿Podía funcionar? ¿Podría rezarle a su ícono?

La teoría de Maeve no lo convencía del todo, incluso después de que le describiera lo que había visto en el recuerdo de Siobhan. Sin duda, después de años y años del poder de la Abadía, a alguien se le habría ocurrido rezarle a su propio ícono además de Siobhan, sola y desesperada.

Y ni siquiera le había funcionado, al menos no del todo.

Un roce del pincel devolvió su atención a la estancia.

La biblioteca los envolvía. Algo en él se relajó al permitirse mirar con libertad el rostro de Maeve.

La imagen frente a él —Maeve en su caballete, el cabello claro que le caía suelto sobre los hombros, el pincel que agarraba entre los dedos— lo había perseguido recientemente en el espacio oscuro donde sus sueños deberían estar.

Ella se mordió el labio inferior, mientras tarareaba por lo bajo. Jude le dio la vuelta a la esquina de su abrigo sobre el regazo y la alisó; la lana negra, rasposa al contacto.

—Estate quieto —murmuró ella. Bajó las cejas, lo que le dio el aspecto de una maestra de escuela decepcionada cuando levantó la mirada—. ¿Cuántas veces tengo que pedírtelo?

Sin poder hacer nada, Jude sintió ganas de sonreír. Algo se había debilitado en él cuando había decidido confiar en ella para que pintara su ícono. Se presionó el muslo con más fuerza.

Quizá no un debilitamiento, sino un ablandamiento.

—¿Cuánto tiempo ha pasado? —preguntó.

—Casi dos horas. —Se inclinó para mojar el pincel en una mancha de naranja amarronado. «Siena tostado» , lo había llamado ella—. El fondo está casi listo.

—¿El fondo ? —A Jude no le gustaba cómo sonaba eso.

Maeve rio con disimulo.

Volvió la vista a la ventana justo cuando otra ola de confusión llegaba a su punto álgido sobre él. Se balanceó ligeramente sobre la banqueta. Los tres pájaros habían desaparecido. Jude se dio cuenta de que se había olvidado por qué quería verlos en primer lugar.

—¿Estás bien? —La voz de Maeve sonaba muy lejana.

Sonó un golpe en la puerta.

—Yo iré. —Jude se puso de pie tambaleándose, agradecido por la distracción. Captó la parte final del gruñido exasperado de Maeve al pasar por su lado.

Elden aguardaba en la puerta, con una bandeja en las manos que tenía tres tazas y un plato de galletas.

Esta se veía fuera de lugar al lado de la enorme complexión de su portador.

Jude echó una mirada escéptica a las galletas.

Imaginó que harían un buen trabajo en caso de necesitar algo con que martillar un clavo.

Elden carraspeó.

—No son para ti.

Maeve le colocó una mano en el recodo del brazo para asomarse a su alrededor.

—¡Ah! Elden, ¡qué maravilla! —Se le arrugó el rabillo de los ojos al sonreír mientras examinaba la bandeja—. ¿Son las galletas de mantequilla de la receta que te di?

—Sí. —Elden le devolvió la sonrisa—. Me costaron un poco de trabajo, pero supongo que están bien.

Parecía extremadamente orgulloso de sí mismo mientras miraba cómo Maeve probaba un bocado. Ella apretaba los labios con fuerza mientras masticaba. Jude prácticamente pudo ver el bulto de galleta moviéndose hacia abajo por la garganta de Maeve cuando ella tragó.

—Deliciosa —comentó, tosiendo ligeramente—. Gracias.

La sonrisa de Elden se amplió mientras intentaba ver por encima de ellos.

—¿Qué estáis haciendo? ¿Puedo entrar?

—Yo me llevaré esto —interrumpió Jude, quitándole la bandeja de la mano—. Adiós.

Cerró la puerta con firmeza, luchando contra la necesidad de apoyarse cuando las náuseas le revolvieron el estómago.

Se obligó a recomponerse y se dio la vuelta, algo preocupado porque Maeve no se había quejado de que le había cerrado la puerta en la cara a Elden, solo para encontrarla doblaba, tosiendo contra las palmas. Extendió una mano como pidiendo ayuda.

—Té. Té, por favor. Por los santos .

Jude se apresuró a servirle una taza y se la encajó en la mano extendida. Ella se enderezó y la engulló en tres tragos. Tenía la cara enrojecida, los ojos llorosos. Se dio un manotazo en el pecho con la palma abierta y balbuceó:

—Creo que mezcló la sal con el azúcar.

Jude no pudo evitar reírse. Ella había sido tan amable con Elden al comer esa galleta con fingido placer, al elogiarlo hasta que él sonrió. Jude rio más fuerte cuando la vio inclinarse para rellenar la taza y volvérsela a llevar a la boca.

—Ay... —Luchó para recuperar el aire—. Tu cara.

—Solo agradece que no tuvieras que comer una —murmuró en tono amenazante—. Me temo que nunca me quitaré el sabor de la boca... —Hizo una pausa—. Jude. —Su voz sonó con una dulzura falsa.

Él dio un lento paso hacia atrás. No le gustaba la forma en que ella lo miraba.

—¿Sí...?

—¿Te gustaría no tener que permanecer sentado para tu retrato?

Él parpadeó. Eso no era lo que estaba esperando.

—¿Por qué?, ¿vas a usar tu magia para terminarlo?

—No. —La boca de Maeve se tensó aún más—. Pero, a decir verdad, ya no te necesito aquí por hoy. Es cierto que haría mi vida un poco más difícil que no estés, pero he hecho más con menos. Es solo que... —Su expresión se volvió casi depredadora.

A Jude se le tensó el estómago. No estaba seguro de si le encantaba la mirada en el rostro de Maeve o la temía. Quizá una profana combinación de ambas.

—Creo que necesito algún tipo de... premio por dejarte ir tan temprano.

Él se aclaró la garganta.

—¿Premio?

—Hum. —Maeve le dio un empujoncito a la bandeja descartada en el suelo con el dedo gordo del pie.

En medio del tumulto del té, yacía una última galleta de mantequilla intacta. Jude la observó, considerando las ventajas de ahogarse con una galleta excesivamente salada si eso significaba su libertad.

—Quieres que la coma.

Ella sonrió.

«Maldita sea.» Quería ir a acostarse. Salir y dejar que el aire fresco aflojara las telarañas. No quería pasar el resto del día sentado quieto, incluso si eso significaba ver a Maeve trabajando. Se agachó y recogió la galleta. Se preparó mentalmente y se la introdujo entera en la boca.

De alguna forma, estaba tan salada que podría derretirle los dientes y la textura más parecía arcilla secada al sol.

Abrió los molares a la fuerza, obligándose a masticar y tragar.

Ella observó divertida la debacle con ojos brillantes.

Cuando terminó, Jude se limpió las migas del labio inferior y se chupó el pulgar después.

Mantuvo la mirada fija en la de ella al hacerlo.

Maeve parpadeó una vez, dos veces. Se dispararon los ojos de nuevo hacia los de él al sonreír, matando cualquier ocurrencia que él hubiese estado preparándose para decir.

—Tienes migas en la cara. —Los dedos de Maeve le acariciaron la comisura de la boca—. Justo aquí.