21. Maeve #2
Las palabras ardían. No podía negar la blasfemia en ellas. El evidente cuestionamiento, la desconfianza... no era la mujer que había dejado la Abadía aquella mañana fría de invierno, con pensamientos de devoción y obediencia maduros en la lengua. Ya no.
Brigid había mencionado el polvo de oro en su última conversación, ¿cierto?
Maeve buscó el recuerdo, el proceso de sacarlo a la luz le resultó más laborioso que de costumbre cuando se abrió paso hacia la superficie. ¿Lo sabía Brigid porque ella misma lo había experimentado? De ser así, ¿por qué le habían permitido quedarse en la Abadía tanto tiempo?
Jude se presionó las puntas de los dedos contra las sienes.
—No soy iconógrafo. No sé nada sobre pintura.
—Quizá no lo notaron en ti lo bastante pronto —respondió Maeve—. De haberlo hecho, tal vez también te habrían instruido a ti en iconografía.
Jude no dijo nada. Siguió caminando de un lado a otro de la biblioteca, con las manos entrelazadas detrás de la cabeza. Maeve lo observó.
—Jude —lo llamó. Él hizo una pausa de inmediato y se volvió—. Si todos los iconógrafos tienen magia de la memoria, quizá los rezos no solo lastiman al santo. Quizá también lastiman al artista. ¿Y si los sabios pueden emplear al mismo tiempo la magia tanto del santo como del artista?
Un destello de frustración cruzó el rostro de Jude.
—Tal vez —concedió.
—La pérdida de recuerdos —continuó Maeve—. ¿Sería la misma para ti? ¿Para los iconógrafos también, si mi teoría es correcta?
Era correcta. Lo sentía en los huesos. Siempre había sentido una cercanía con sus íconos, una conexión que nunca sentía con ninguna otra cosa que hubiese pintado o bosquejado.
¿No acababa de confirmar que la conexión con el bosquejo del Goddenwood no había funcionado para traer el recuerdo de Siobhan, pero dibujar su ícono sí?
—Eso imagino, sí —respondió Jude—. Mis recuerdos estarán perdidos en tanto la Abadía tenga un ícono de mí que pueda usar. —Frunció los labios—. Lo mismo con... los iconógrafos. Si están conectados con los íconos, como dijiste, ellos, tú, también experimentarán pérdida de memoria.
—Un recuerdo diferente surgió cerca del final —dijo Maeve, cambiando de tema.
Se dio cuenta, solo por su expresión, de que no estaba convencido de su teoría—.
De la pintura del ícono más reciente de Siobhan.
Parecía ser de hace una década. Le rogó a la iconógrafa que se detuviera, que nadie más le rezara.
Parecía creer que los rezos empeoraban su condición.
Jude asintió con la cabeza.
—Es como echar leña al fuego. El rezo es uno de los sacramentos fundamentales de la Abadía. ¿Con qué frecuencia deben rezar los acólitos todos los días?
—Dos veces al día —contestó Maeve—. Siempre frente a un ícono. Si queremos rezar fuera de los horarios establecidos, debemos tener un ícono acuñado al que rezarle.
—En la basílica, no les rezas a todos los íconos a la vez, ¿cierto? —preguntó él—. Eliges solo uno al que rezarle cada vez, ¿cierto?
A Maeve le tembló el labio. Se lo mordió con fuerza.
—Sí.
Jude se puso en cuclillas frente a ella, para quedar cara a cara. Tenía una luz salvaje en los ojos que ella no podía descifrar.
—La Abadía no hace nada sin una razón. El rezo afecta a los íconos. Los alimenta, haciéndole daño al santo en contrapartida...
—Y al iconógrafo —interpuso Maeve.
Jude tragó.
—Y al iconógrafo.
—Aunque —continuó Maeve— quizá le lleve más tiempo al iconógrafo sentir algo, ya que pintamos tantos íconos. Los efectos de los rezos serían más espaciados, creo. Menos concentrados.
La frustración en los ojos de Jude tan solo creció. Maeve no sabía por qué su idea parecía irritarlo.
Se acomodó en su asiento.
—Hay más. Siobhan le rezó a su propio ícono en su recuerdo. Eso le dio lucidez. Le devolvió sus recuerdos, al menos algunos. No sé cómo lo sé... Es solo que me miró a los ojos y vi que toda ella me devolvía la mirada.
Jude exhaló lentamente. Se levantó del suelo y se acomodó en una banqueta a su lado.
—¿Se rezó a sí misma?
—Rezar la empoderó, de alguna forma —le contó Maeve—. Pero no... rezar en general. Solo a su propio ícono.
Hizo una pausa para observarlo. Su completa inmovilidad en la banqueta, la cuidadosa atención de sus ojos color almendra.
La innegable humanidad en el hombre frente a ella, algo que una vez había visto como una contradicción, incluso un ataque contra todo lo que le habían enseñado a creer, ahora le hacía más difícil expresar lo que necesitaba que pasara a continuación.
Él iba a odiarlo.
Pero Maeve no veía otra opción.
Jude estaba sentado en su silla con una rodilla doblada, la otra extendida frente a él con cierta elegancia indolente a la que ella se había acostumbrado.
La luz de la vela jugaba en los huecos debajo de sus mejillas, en la línea de su mandíbula.
Volvía sus ojos almendra más verdes que grises.
Pese a su temor, Maeve ansiaba un pincel.
Necesitaba retratarlo como nunca lo había hecho antes.
Jude no era devoto, pero era un santo.
—Voy a pintar tu ícono —espetó Maeve en un suspiro—. Pero no para la Abadía..., sino para que tú le reces. Quizá sea así como recuperes tus recuerdos.
—Es un riesgo. Tanto para el santo como para el artista, como dijiste. —Le tembló un músculo de la mandíbula—. ¿Qué pasa si crear un ícono realmente le hace daño al santo? ¿O... si el ícono cae en manos de la Abadía?
Las manos de Maeve se cerraron en puños en su regazo.
—¿Quieres decir si lo llevo hasta ellos?
Una angustia atravesó la cara de Jude ante sus palabras, pero no las refutó. Maeve respiró hondo. Exhaló.
—Tendrás que confiar en mí, ¿no?
Jude negó con la cabeza.
—No puedo arriesgar los recuerdos. No después de haberme esforzado tanto por esconderlos. Por conservarlos.
Se frotó la marca de santidad que tenía tatuada en el pecho con la palma de la mano. La frotó como si quisiera olvidarla. Como si no pudiera.
—¿Me lo enseñarías? —Las palabras salieron de la boca de Maeve antes de que pudiera pensarlas bien.
La garganta de Jude subió y bajó con fuerza. Alzó la mano despacio hasta el cuello de su jersey y lo abrió a un lado lo suficiente como para que se viera la parte superior de la marca, pronunciadamente negra sobre su piel. Tan nítida que parecía recién tatuada.
Maeve apretó los labios cuando una emoción desconocida se alzó en su interior.
Pena al pensar en un niño agarrado mientras le hacían el tatuaje.
Culpa por hacer que se lo muestre. O quizá era más profundo; quizá parte de ella nunca había creído de verdad que Jude era un santo hasta este momento, con la evidencia clara frente a ella.
Mostrárselo era un acto de confianza que ella no se tomaría a la ligera.
Le ardían las lágrimas detrás de los ojos. Arrancó la mirada de su piel y la bajó a sus propias manos, se clavó las uñas en las palmas hasta que dolió. Su siguiente pregunta, si decidía hacerla, la haría cruzar un límite del cual no podría volver atrás.
—¿Es un riesgo que vale la pena correr para recuperar tus recuerdos? ¿Para aprender cómo cortar el vínculo con la Abadía por completo? ¿Puedes confiar en mí lo suficiente para intentarlo?
Las palabras la impactaron. La blasfemia en ellas, la traición.
La Abadía podía haber sido su lugar seguro, la mismísima base de su alma...
pero ¿podía ella continuar, cómplice de sus males?
¿Podría ignorar la devastación que le habían causado a Siobhan?
¿A Jude? ¿Podía continuar sirviendo a una mentira?
No, decidió Maeve. No, no podía.
Jude le recorrió el rostro con la mirada; buscando qué, ella no lo supo. La vulnerabilidad se le fue escurriendo de la expresión tan despacio como el sol poniente, reemplazada por una determinación que cortaba la respiración.
—Comenzaremos mañana.