El espacio entre nosotros 21. Maeve
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21. Maeve

Maeve

La oscuridad del bosque dio paso al negro del lodo. Los bordes nítidos de los edificios y el resplandor dorado de la torre del reloj caían a la ruina a medida que una putrefacción desalmada cubría el Goddenwood.

Desde los aledaños del recuerdo, Maeve observaba cómo Siobhan deambulaba por el pueblo. Parecía alrededor de veinte años más joven.

Lágrimas trazaban líneas irregulares a través de su rostro. Estaba sola.

De pronto se detuvo. Alzó la cabeza hacia el cielo.

En una macabra transformación de la que Maeve deseó poder apartar la mirada, Siobhan pasó de mediana edad a su estado actual, cabello negro a blanco, se le encorvó la espalda, se le aflojó la piel alrededor del rostro y el cuello.

El vestido suelto que llevaba cayó hacia un lado con su repentina fragilidad y mostró el borde filoso de su hombro y el destello de un tatuaje en tinta negra.

Un vacío se asentó en sus ojos cuando alzó ambas manos para envolver el ícono que le colgaba del cuello.

Lo arrancó con tanta fuerza que le dejó una línea en carne viva a cada lado de la garganta.

—¡Vosotros me lo quitasteis! —gritó Siobhan—. Todo. Todo. —Dejó caer el collar para taparse los oídos violentamente con las manos—. Basta. Dejad de hablar. Dejad de pedir. ¡Deteneos!

Se quedó helada, mirando hacia delante. Los ojos habían perdido toda lucidez.

—Encontrarán a la viejita —murmuró, mientras se arrodillaba lentamente—. Ella escucha sus plegarias. No hay lugar seguro.

Sacó algo de dentro de su capa y lo sostuvo en el aire. Un marco de madera sólido que rodeaba un fragmento de lienzo, lo bastante pequeño como para que le cupiera en la palma de la mano.

El corazón de Maeve se saltó un latido cuando captó con la mirada el característico brillo de un halo pintado en oro. El amarillo cadmio del ícono estaba desgastado, los rasgos difuminados y torpes, pero el retrato de Siobhan era inconfundible.

Entonces, Siobhan hizo algo que Maeve no había esperado; se inclinó sobre su propio ícono y empezó a rezar. Sus palabras eran demasiado suaves como para que Maeve las entendiera, pero reconoció el tono rítmico, los ojos bien cerrados y la cabeza inclinada.

El pueblo pareció parpadear cuando, tan solo por un instante, volvió a su anterior estado ilustre antes de regresar a la ruina.

Siobhan miró hacia arriba mientras las plegarias le continuaban saliendo a trompicones de los labios.

El revoltijo de palabras se esclareció: estaba pidiendo claridad, el regreso de su salud mental y liberarse de la Abadía de una vez por todas.

Por un momento, funcionó.

A Siobhan se le despejaron los ojos, estaban completamente alerta cuando atravesaron los de Maeve.

Era imposible notarlo, pero Maeve supo que sus recuerdos estaban allí, completos de una forma en la que tal vez no habían estado en años.

Siempre y cuando los labios de Siobhan se movieran, siempre y cuando siguiera rezándole a su propio ícono, su mente era suya.

La santa se puso lentamente de pie. Alzó el brazo para señalar directamente a Maeve, la voz le cambió a algo bajo y gutural.

—Vuélvete. Date la vuelta, hija de la memoria. Abre los ojos.

Incapaz de hacer otra cosa más que obedecer, Maeve se volvió.

De repente, estaba de regreso en la Abadía. La visión duró menos de un minuto, pero fue suficiente como para que Maeve viera lo que Siobhan le quiso mostrar.

Una iconógrafa que no reconoció estaba inclinada sobre una pintura, movía la mano haciendo cuidadosas pinceladas sobre el lienzo. Sobre este estaba el rostro de Siobhan, casi perfectamente formado.

Una aguada de amarillo cadmio.

Polvo de oro.

Frente a la iconógrafa estaba sentada Siobhan.

Se veía alrededor de una década más joven de lo que era actualmente, con el cuerpo frágil y la piel manchada por la edad.

Estaba apoyada contra la pared. Se le habían vuelto los ojos hacia atrás, por lo que se veía una línea blanca debajo de las pestañas.

La iconógrafa se puso de pie, observando su pintura.

Su rostro joven estaba retorcido de dolor.

Despacio, se estiró y limpió el polvo de oro del lienzo, la pintura repentinamente seca.

Apartó los dedos para examinarlos, giró la mano para ojear la parte interna de la muñeca.

Pintura de color amarillo intenso le manchaba la piel marrón oscuro bajo la capa de oro.

Se frotó la muñeca, mezclando el polvo de oro con la pintura.

Luego se fue.

Un sabio entró un momento después y sacudió a Siobhan para despertarla. Ella regresó en sí con una fuerte inhalación y miró alrededor con cara de espanto.

—¿Dónde... dónde estoy? ¿Qué ha pasado? —Su mirada insegura giró hacia su ícono—. ¡No! No..., otro no. Por favor, ya no más, más no. No dejéis que recen. Por favor, no más plegarias. No puedo soportarlo...

De forma abrupta, la escena se disolvió, la Abadía fue reemplazada por Siobhan. Tenía la cabeza agachada, las manos en rezo. Su ícono descansaba junto a sus rodillas dobladas. No quedaban palabras en sus labios.

Una horrorosa imagen apareció de golpe. El ruego de Siobhan por «no más plegarias» hizo eco en el repentino silencio y Maeve se preguntó... ¿Los rezos que se enviaban a los íconos, a los propios santos, les dañaban la mente?

Si así era..., entonces, ¿por qué Siobhan se rezaba a sí misma con tanto fervor?

El Goddenwood era un refugio que habían dejado pudrir, al igual que a Siobhan: drenado hasta que no quedaba nada.

La Abadía había usurpado y usurpado y usurpado: su mente, su seguridad, su juventud.

La habían dejado en el Goddenwood para que muriera hasta que escapó a Oakmoor.

La Abadía la había expulsado lejos de casa y había colgado un ícono en su lugar.

Jude tenía razón.

La conexión entre la Abadía y los recuerdos estaba de algún modo en sus íconos. En algún lugar en los rezos que los conectaban con los intercesores, con los sabios, con la mismísima Abadía.

Entenderlo sacudió a Maeve de tal forma que la sacó del recuerdo y la trajo de nuevo a su cuerpo. Se atragantó, se le abrieron los ojos de golpe mientras braceaba violentamente intentando detener la caída dado que el mundo temblaba alrededor de ella en un espejismo de luz dorada.

Jude la atrapó antes de que se hiciera daño. La bajó al suelo lleno de polvo de oro de la biblioteca, con ojos desorbitados y examinadores.

—Maeve. Maeve. ¿Qué ha pasado? Estabas temblando mientras dibujabas. No he podido liberarte de eso. Después, te has caído...

Le protestó la espalda al intentar sentarse. ¿Cuánto tiempo había pasado?

—¿Dónde está mi bosquejo? —preguntó. Sentía la garganta irritada, como si hubiera estado gritando.

La luz se refractaba en esquirlas trémulas a lo largo de la mesa. La biblioteca estaba sumida en la oscuridad de una tinta negra más allá del capullo de luz que rodeaba a la vela.

Jude no pareció escucharla. Le barrió el cuerpo con la mirada, que se quedó en los dedos manchados por el carboncillo, en el polvo de oro pegado a su vestido. Se sacudió él también su propia ropa.

—Todavía está en el escritorio.

Maeve retomó su asiento frente al escritorio. Cuando dio la vuelta al papel, el dibujo era perfecto. Estaba terminado.

El nivel de detalle era muchísimo más fino del que Maeve podría haber logrado en tan solo unas horas. El rostro de la santa estaba retratado a la perfección; cada pelo, cada arruga alrededor del ojo y pliegue de su capa parecía tan real que impulsaba a tocarlo.

Maeve lo había vuelto a hacer. Se acordaba de todo el recuerdo de Siobhan. Todo.

—¡Ha funcionado! —exclamó susurrando Jude, inclinado sobre su hombro—. Tu magia ha tenido otro arrebato.

Ella no podía arrancar los ojos del ícono dibujado de Siobhan. Despacio, lo acercó a la vela parpadeante. Observó cómo la llama lo devoraba hasta que desapareció. Listo. Estaba destruido. Con suerte, la magia que había conjurado en él no afectaría a Siobhan.

¿Podían los íconos ser destruidos?

Maeve descartó el pensamiento apenas se le ocurrió. Necesitaba relatar el recuerdo de Siobhan tan rápido como pudiera, aterrada de volver a olvidarlo.

Se volvió para mirar a Jude.

—El Goddenwood... no es real, ¿cierto? Nos dijeron que era una especie de utopía. Un premio para los santos, pero eso es una mentira. Ahora lo veo. Y rezar... Rezar lo empeora. Rezar es lo que drena los recuerdos.

Jude negó con la cabeza.

—El Goddenwood es real. Yo no puedo ir. Juraría que tú tampoco.

Lo intenté poco después de que Elden llegara.

Fuimos juntos. Ninguno de nosotros pudo pasar el límite inicial de los árboles.

Apenas si podía ver debido a una migraña y Elden comenzó a vomitar.

Creo... —Una oleada de temor le cruzó los rasgos—.

Creo que es donde envían a los santos más viejos.

Cuando sus mentes ya no son útiles para la Abadía.

—Nunca he pintado a un santo de más de... cincuenta, quizá —reflexionó Maeve con voz alarmada—. Si llega.

—No puedo soportar siquiera pensarlo —murmuró Jude, más a sí mismo que a ella.

—¿Todos los iconógrafos tienen magia de la memoria?

—preguntó Maeve, dándole voz al pensamiento al mismo tiempo que se le ocurría—.

Había una iconógrafa en el recuerdo de Siobhan.

Una mujer joven. Acababa de pintar a Siobhan y la habitación estaba...

—Tragó—. Estaba cubierta de oro. La iconógrafa lo vio.

Tocó el polvo de oro. Y su pintura... acababa de secarse, igual que la mía.

¿Eso significa que también tenía magia de la memoria?

¿Es por eso que nos eligen para instruirnos en pintura y no en ninguna de las otras maestrías?

Jude parpadeó. Se le abrió la boca.

—Yo... no lo había pensado.

—Dijiste que sabían sobre mi magia mucho antes que yo —continuó Maeve, las palabras se le salían de los labios—. Quizá fui elegida. Pero cuando mis habilidades surgieron por completo, pensaron que era tiempo de mandarme lejos.