El espacio entre nosotros 20. Maeve
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20. Maeve

Maeve

La caminata de regreso a la casa pasó como en una nebulosa.

Maeve apenas fue consciente de que Jude le quitaba la bufanda de Siobhan del brazo, la guiaba desde la taberna y la llevaba por las calles de Oakmoor.

Recordaba haberse revisado las manos de forma casi compulsiva y habérselas frotado contra los costados de arriba abajo hasta que Jude la detuvo atrapándole las muñecas.

El fantasma de sus suaves palabras de ánimo era como una melodía perdida, como algo dulce que alguna vez había saboreado; el producto de un sueño a medio formar, donde el resto era una pesadilla.

Venía en destellos y comenzaba para desaparecer igual de rápido.

Un bosque verde relegado a la putrefacción. Un pueblo abandonado a la ruina.

Maeve se restregó las manos contra los muslos hasta que la piel irritada comenzó a arderle.

La cara de Jude tembló hasta que se centró en detenerla, aquietando el movimiento frenético.

Los rodeaban los libros. Un fino polvo de oro giraba en la luz del sol, tan intenso como el oro al agua que usaba en sus pinturas.

¿Una marca de la magia de Jude o la suya?

Por un momento que duró un latido, él fue su ícono; una réplica santa, perfecta en su distancia.

Luego, el sol cambió y Jude regresó. El catalizador para cada doloroso momento de deconstrucción que había sentido desde que entró en su casa. Había sido marcado como santo de nombre; sin embargo, Maeve comenzaba a creer que era todo menos eso.

Aun así, no podía apartar la mirada.

Polvo de oro le cubría el cabello y la parte superior de los hombros. El arco de los labios. Se liberó de sus manos para rozarle la parte superior del pómulo con las yemas de los dedos. Él inhaló con fuerza; algo suave y suplicante en los ojos antes de ponerse de pie de golpe.

—Necesito que me cuentes qué recuerdas —dijo sin preámbulos—. Rápido.

—¿De qué? —suspiró Maeve, aún mirándolo.

Jude soltó un sonido de frustración desde lo profundo de su garganta. Comenzó a caminar por la habitación, levantando una nube de oro al andar.

—Siobhan, Maeve. El recuerdo que te mostró. ¿Fue del Goddenwood?

El Goddenwood...

Los recuerdos del legendario pueblo se escurrían más rápido a cada segundo que pasaba. Agua de un drenaje, humo en el viento. Ahí un segundo y desaparecidos al siguiente, demasiado fluidos para agarrarlos y demasiado veloces para perseguirlos.

—Fuimos a la taberna, ella no estaba... Su mente —Maeve se trabó—. Ella no parecía estar bien. En absoluto.

—No lo está. —Jude dejó de caminar—. Para nada.

Maeve cerró los ojos. Solía rezarle al ícono de Siobhan en la Abadía, ¿cierto? Le gustaban los colores de sus túnicas... amarillo cadmio.

—Ella es una santa —señaló Maeve, con voz quebrada.

—Era —corrigió Jude—. Era una santa. La Abadía le quebró la mente cuando descubrieron que tenía magia de la memoria. Vivió en el Goddenwood durante años antes de escapar.

Maeve se secó las mejillas mojadas ansiosamente.

—¿Cómo? ¿Cómo le quebraron la mente?

Jude observó el cielo desde la ventana. El sutil subir y bajar de su pecho llamó la atención de Maeve. Ella se llevó ambas manos al esternón, justo debajo de la clavícula. Justo donde iría el tatuaje que marca la santidad si fuese una santa.

—El Goddenwood —repitió él, girando hacia ella—. ¿Qué recuerdas?

—Un bosque, un río. Agua fría. El pueblo era...

—Cerró los ojos—. Perfecto. Limpio, silencioso.

No había nadie, pero se sentía... ¿en paz?

—Apretó los dientes cuando un dolor le centelleó detrás de los párpados cerrados.

Había estado en los recuerdos de Siobhan hacía menos de una hora—. No. Paz no. Congelado, casi.

Abrió los ojos para encontrar que Jude sujetaba una página arrancada de un libro y un trozo de carboncillo.

—Haz un bosquejo.

Maeve tomó sus utensilios. La textura del carboncillo se sintió reconfortante en su familiaridad.

—¿Que bosqueje el Goddenwood? ¿Por qué?

—Uso los libros para atrapar los recuerdos.

Siobhan teje. Creo que tu pintura, o dibujo en este caso, podría ser el modo en que tu magia controla sus arrebatos —explicó Jude—.

Los recuerdos son cosas frágiles que nuestra magia ama aprehender, ya sea por nuestras propias manos o las de la Abadía.

Los libros son el medio tanto para extraer el exceso como para preservar los recuerdos que me quedan.

—Respiró hondo—. Antes de retirar las partes rebeldes, e incluso después de hacerlo, si no tengo cuidado, mi magia tiene arrebatos.

Momentos en los que salto a los recuerdos de otros, cuando mis...

emociones se vuelven difíciles de manejar. Creo que pintar es tu versión de eso.

—¿Arrebatos como cuando me agarraste de las muñecas o tiraste de mí en el pantano? —preguntó.

—Algo así. —Jude la observó—. Y puede mostrarte la verdad de un recuerdo si es diferente de lo que podrías creer.

Tu pintura podría ser una conexión incluso más grande entre los recuerdos y la Abadía que mis libros o los tejidos de Siobhan.

Hay una conexión ahí, algo que he estado explorando.

He estado investigando aquí... —Extendió la mano para abarcar toda la biblioteca—.

No todos estos son mis recuerdos. Muchos de ellos son libros.

Libros de la Abadía. Tus íconos podrían permitirle a la Abadía controlar a aquellos de nosotros que tenemos magia de la memoria y...

—Tragó—. Y a aquellos de nosotros que somos santos.

Santos...

Pese a sus similitudes —la magia de la memoria que ambos tenían, el polvo de oro, la expulsión de la Abadía—, él podía responder plegarias y ella no.

Él tenía una marca en el pecho. La Abadía lo había elegido, había visto el poder en él y lo había venerado por eso, solo para exiliarlo cuando se habían enterado de su habilidad para manipular recuerdos.

¿Lo habían enviado lejos para poder usarlo?

¿Y sus íconos ayudaban en esa manipulación?

De repente, Jude le rodeó la muñeca con los dedos y le empujó la mano hacia un rayo de luz solar.

—¿Podrías? —El pulgar de Jude resbaló sobre el borde de su dedo índice, áspero de sostener pinceles. Maeve luchó contra un escalofrío—. Bosqueja el recuerdo de Siobhan. Bosqueja el Goddenwood. Veamos si la teoría se demuestra y tu magia de la memoria se manifiesta a través de tu arte.

El peso de su mirada, su contacto, era demasiado que soportar. Maeve se apartó. Caminó hacia una pequeña mesa bajo la ventana.

—Puedo intentarlo.

Había bosquejado un poco desde su llegada.

Rápidos y descuidados estudios de los páramos, de Olive y mirlos y cielos turbulentos.

De cualquier cosa que pudiera ver, excepto de Jude.

Había intentado no pensar demasiado en por qué había evitado presionarlo para que se sentara a posar para su ícono.

Le había dicho que no estaba segura de si continuaría informando sobre él, que su creencia inquebrantable no había decidido a qué aferrarse.

Pero eso no era verdad, ya no. Al menos no del todo.

No estaba eligiendo entre Jude o la Abadía. Estaba eligiendo la verdad, sin importar dónde yacía.

Maeve apoyó su carboncillo con firmeza sobre el papel.

Para cuando se enderezó, el anochecer había sumido la biblioteca en un estudio de sombras y débil luz anaranjada.

Se le acalambraba el estómago de hambre.

Se recostó hacia atrás y observó su bosquejo.

Le dolía todo el cuerpo. Los hombros por encorvarse, los dedos por agarrar el carboncillo.

El suave hueco de su muñeca donde la mesa se le había clavado.

Presionó el pulgar contra el músculo dolorido cuando la desilusión la embargó.

—Como dije... —Se le quebró la voz—. Un pueblo perfecto.

Jude rozó el borde de un edificio con el dedo índice. El carboncillo le ennegreció la piel como un moretón.

—¿Es eso lo que ves?

Maeve observó su dibujo. Los techos puntiagudos, el río reluciente, el patrón uniforme de sombra y luz. Exactamente como las pinturas que había visto del Goddenwood colgadas en la Abadía.

—Sí

—Eso no es lo que yo veo. —Un calor le cubrió la espalda cuando él se inclinó hacia abajo—. Mira otra vez.

El papel tembló. Maeve pasó las yemas de los dedos sobre los bordes.

—Míralo desde el rabillo del ojo —murmuró Jude.

Ella obedeció. El dibujo cambió de forma con lentitud, luego se movió más rápido. Cuando devolvió la mirada a este, el pueblo era perfecto una vez más. Suspiró.

—Quizá... quizá mis recuerdos son falsos, de algún modo. Como si hubiera una distancia entre lo que recuerdo y lo que dibujo. Dibujar el pueblo... fue como bosquejar. No sé qué estoy haciendo mal. Cuál es el secreto.

El bosquejo no era su mejor trabajo, había que reconocerlo. Maeve nunca había disfrutado de dibujar nada que no fueran personas. Le parecía tan falto de vida. Mecánico.

Se le ocurrió una idea.

De inmediato, intentó asimilarla.

Debió de hacer algún sonido o se tensó en su asiento, algo , porque Jude se dejó caer de rodillas a su lado con el rostro a la altura del de ella.

—¿Qué pasa?

—Tengo que bosquejarla —respondió Maeve—. A Siobhan. Lo que experimenté en sus recuerdos no lo voy a encontrar en el dibujo de un pueblo. Lo voy a encontrar en ella ..., una santa.

—Un ícono —concluyó Jude.

—Sí.

Él se puso de pie, sacó un libro y arrancó una página cerca del final. Ella se estremeció...

—¡Jude!

—El libro está en blanco —explicó, dejando caer la hoja frente a ella—. No arruinaría ninguno que no lo estuviera.

—De todas formas —masculló ella. Jugueteó con una esquina del papel—. ¿Y si la lastima? Si los íconos permiten que alguien drene la magia, ¿no podría esto poner en riesgo a Siobhan?

—No somos sabios —respondió Jude—. No creo que alguien pueda robar magia involuntariamente. Tiene que haber un proceso detrás. Estoy seguro. De otra forma, podría pasar por accidente... —Hizo una pausa, frunciendo el ceño mientras miraba el papel—. ¿No?

Encontró los ojos de Jude y vio un destello de ansiedad antes de que bajara la mirada.

«Ella le importa» , advirtió Maeve. Pese a la excentricidad del santo, a Jude sinceramente le importaba la anciana, con sus bufandas y su amarillo cadmio. Pensar en causarle daño le dolía.

—Estoy segura de que los sabios tienen su propia forma de acceder a la magia —coincidió Maeve—. No creo que pueda pasar por accidente. Su daño parece... intencionado.

Jude asintió con la cabeza, exhalando con fuerza.

—Aun así, me preocupa que el solo acto de crear el ícono vaya a drenarla.

Maeve regresó al papel. Odiaba lo que estaba a punto de decir. Lo odiaba . No quería ver a Siobhan herida, no quería que sus acciones drenaran aún más a la santa. Pero no encontraba alternativa. Lo que Siobhan le había mostrado era importante y Maeve necesitaba recordarlo.

—¿Vale la pena, aunque sea un pequeño riesgo? Para recordar lo que Siobhan me mostró. Para ver si hay algo allí que pueda ayudarla mucho más de lo que pueda lastimarla.

Jude le recorrió el rostro con la mirada, de forma prolongada, antes de tomar un poco de aire por la nariz. Desvió la mirada hacia la ventana.

—Tan solo destrúyelo después. El bosquejo. —Los labios se le curvaron hacia abajo y dejó caer la voz—. El ícono.

Regresó a su vigilia frente a la ventana mientras ella cogía el carboncillo y trataba de olvidar las palpitaciones de su corazón.

Intentó dejar atrás todo lo que no fuera su recuerdo de Siobhan, tanto de cómo era en su ícono en la Abadía como de la versión de la santa que Maeve había conocido esa misma mañana.

La mano de Maeve se movió rápido sobre el papel. La ligera curva en la comisura de los labios. Un preciso sombreado con líneas cruzadas debajo de cada ojo. Cada detalle fino cobraba vida cada vez más y más rápido.

Y ahí...

Un zumbido bajo. Suave al principio, que se volvió más fuerte a medida que el oro se asentaba delicadamente sobre la mesa. Una corriente en espiral, que se acercaba cada vez más con cada rasgo que completaba. Oyó su nombre en la distancia. Una súplica frenética, que no tenía más opción que ignorar.

La voz de Siobhan se escurrió en sus oídos.

«No hay lugar seguro, hija de la memoria.»

La cabeza de Maeve se inclinó lentamente hacia delante.