El espacio entre nosotros 19. Maeve #2
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19. Maeve #2

Entonces, la taberna se desvaneció en un vertiginoso deslizamiento de color y luz.

La rotación detrás de los ojos de Maeve se intensificó con el contacto, como el vértigo que había experimentado en el recuerdo de Jude pero peor.

Luchó por conservar la claridad, el control sobre su cuerpo al caer hacia delante...

Directo en un recuerdo.

Lo primero que Maeve notó fue el olor, ligeramente dulce como de manzanas en proceso de putrefacción.

Invadía cada respiración y se le quedó pegado debajo de la lengua.

La neblina dorada que le oscurecía la vista comenzó a desvanecerse como una bruma descendiendo por un acantilado marino y le dejó un mareo repentino en su lugar, al solidificarse el mundo a su alrededor.

Una densa zona boscosa se extendía en todas las direcciones, un claro entre los árboles revelaba una auténtica joya de pueblo a orillas de un río cristalino.

La absoluta belleza del lugar no era comparable con nada que hubiese visto.

Una sensación de paz la inundó como una ola, llenándole el pecho de tal modo que se preguntó si su corazón podría estallar.

Maeve había oído hablar de un lugar así antes, ¿verdad?

Un lugar completamente perfecto, donde la comunidad florecía y las plegarias eran respondidas.

Un lugar con el propósito de ser un premio...

De repente, algo la golpeó justo entre los omóplatos, y la hizo caer de rodillas.

Maeve soltó un pequeño grito al encontrar con las manos un lodo espeso que le subía por los brazos y le salpicaba la cara.

El suelo se tambaleó, parpadeando como si unos dedos se le apoyaran en los ojos, cuando el bosque se transformó en una infinita extensión de lodo negro revuelto y volvió a su estado original, tan rápido que dolía mirarlo.

Cerró los ojos mientras se ponía de pie.

La tierra se hundió debajo de ella, margosa y húmeda.

Tan pronto como se enderezó, el paisaje se inmovilizó.

Luchó por recuperar el aire. ¿Había algo mal con el recuerdo de Siobhan?

Un chirrido metálico le llamó la atención. Giró a toda velocidad para buscar el origen, y su mirada aterrizó en un árbol cercano. Cada hoja era inmaculada, un óvalo uniforme que temblaba en perfecta sincronía con la hoja vecina. Cuanto más miraba, más empeoraba el dolor en sus sienes.

«Aparta la mirada» , se ordenó a sí misma. Fue difícil, dolió...

Maeve gruñó al forzar a los ojos a bajar de las hojas al cartel en el tronco: E L G ODDENWOOD .

La sorpresa le recorrió la espalda como una sacudida.

Ezra le había dicho que el hogar de Jude no estaba lejos del legendario pueblo, ¿cierto?

Maeve se había entusiasmado con el potencial que ofrecía la mera cercanía del santuario.

Un lugar donde los santos favoritos de la Abadía pasaban sus días, un premio por su piedad y devoción.

Un lugar tan perfecto que dolía mirar las pinturas que lo representaban.

Era extraño que Siobhan hubiese logrado visitarlo. ¿Por qué no se había quedado?

Una vez más, la sensación de paz imparable la embargó cuando miró el pintoresco pueblo. Hasta los colores eran más brillantes, los techos puntiagudos contra el cielo cerúleo. Tal como en las representaciones colgadas en la Abadía, hasta la última ventana brillante y aguja elevada.

Percibió distante un golpeteo bajo, como el latido de un corazón o las olas alcanzando la orilla.

Maeve se movió hacia él.

Sus pasos se volvieron livianos al moverse por el bosque.

Al llegar al río cristalino que bordeaba la pulcra pared de casas pastel, se arrodilló para lavarse el lodo de las manos, solo para saltar con violencia hacia atrás jadeando al ver el fango verde ácido que le cubría los dedos.

El agua aún se veía cristalina y perfecta, pero cuando se estiró para volver a tocarla, sus dedos solo encontraron una baba fría.

Despacio, Maeve se puso de pie.

Oro le manchaba la parte trasera de los párpados con cada pestañeo.

El pueblo era demasiado perfecto. Demasiado silencioso mientras se abría paso a través de sus inmaculadas calles.

Todas las puertas estaban cerradas, todas las ventanas cubiertas.

El pueblo estaba vacío, ningún santo a la vista.

Podría haber estado dentro de una casa de muñecas o en la exhibición de un circo itinerante.

El pensamiento la hizo dudar.

Maeve levantó una mano. Cerrando los ojos, trazó el contorno de un farol. Era áspero y se le curvó bajo los dedos; los bordes serrados de lo que parecía un agujero excavado le pinchaban la piel. Cuando abrió los ojos, había regresado a un hierro negro liso y definido.

Extraño. Muy muy extraño.

Continuó tanteando cosas con los ojos cerrados.

Cada pared, cada ventana, hasta el empedrado bajo los pies parecía en ruinas y sucio.

Maeve rozó un banco escondido bajo la sombra de otro árbol demasiado perfecto.

Con los dedos acarició el duro reposabrazos cuando, de repente, se le hundió la mano a través de algo blando y harinoso.

La retiró con asco y abrió los ojos para encontrar que la tenía metida hasta la muñeca en una canasta de manzanas podridas.

Entonces, en un despliegue espeluznante, el perfecto revestimiento del pueblo se destapó para mostrar algo completamente distinto.

Gruesas capas de suciedad cubrían cada superficie, desde los techos hundidos hasta las calles irregulares.

La maleza se abría paso a través de cada grieta del suelo.

Una neblina de un enfermizo amarillo grisáceo flotaba densa en el aire con un olor dulzón y sulfuroso.

Por un momento creyó que el cielo mismo estaba putrefacto.

Sin duda, sin duda , esto no podía ser el Goddenwood.

Como si hubiese oído sus pensamientos, el pueblo comenzó a metamorfosearse en su apariencia de falsa tranquilidad, como una nueva manta superpuesta a ropa de cama arrugada y manchada, escondiendo los horrores debajo.

La incredulidad, quizá algo más cercano a la negación, la inundó.

La Abadía le había dicho que este era un pueblo perfecto, un premio para los santos más leales.

Y sin embargo...

Inclinándose, miró de cerca la cadena fina enroscada en el asa de la canasta.

De ella colgaba un ícono, que destilaba oro puro contra la putrefacción gris del pueblo.

Maeve lo acunó en la palma de la mano. El rostro de una mujer moldeado en metal le devolvía la mirada.

Un rostro que conocía. Un rostro al que le había rezado, horas y horas de plegarias, con las rodillas sobre la piedra, la cabeza gacha mientras rogaba, mientras lloraba, mientras lloraba para que alguien la escuchara...

Siobhan.

La mujer de la taberna era una santa. Una santa cuyo ícono colgaba en la Abadía, cuya mente se desvanecía día a día, dejándola vivir en el miedo, en la miserable paranoia. Y el Goddenwood...

Los recuerdos de Siobhan revelaban un pueblo lejos del refugio idílico que la Abadía prometía. El Goddenwood no era un premio, advirtió Maeve. Era un castigo.

Maeve regresó a su cuerpo con una sacudida vertiginosa.