El espacio entre nosotros 19. Maeve
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19. Maeve

Maeve

Jude la esperaba temprano frente a la puerta de entrada la mañana siguiente.

No había sido una buena noche, llena de sueños a medio formar y horas sin dormir en las que Maeve había buscado agujeros en sus recuerdos con un peine de dientes finos.

En busca de algo que se sintiera... raro.

Demasiado brillante, demasiado perfecto.

Y se preguntó: si encontraba algo, ¿qué haría?

Había algo más que se había visto forzada a considerar.

A lo largo de los años, Maeve había lidiado con una pesadilla recurrente.

Siempre era la misma. Estaba quieta y sola en una habitación inmensa, mirando hacia arriba al rosetón de la Abadía.

El vitral no tenía su diseño habitual. En lugar de eso, mostraba a una persona.

A un santo, un brazo alzado con los dedos doblados hacia dentro, el otro sostenido cerca del pecho.

Sus ojos estaban rotos de dolor. Tenía la boca bien abierta.

Cada pieza del vitral del rosetón, desde el santo hasta el marco ornamentado que lo rodeaba, estaba hecha de un rojo brillante, arterial.

En la pesadilla, el vidrio se hacía añicos hacia dentro, con una explosión ensordecedora.

Las esquirlas cubrían el suelo alrededor de ella como un halo, como los rayos de un sol.

Y siempre, justo antes de que ella se despertara, se miraba las manos para encontrar que le caía sangre de las muñecas hasta las puntas de los dedos.

¿Su sangre o la del santo?

Maeve había estudiado la pesadilla la noche anterior, recorriéndola una y otra vez, buscando su significado. Para cuando había salido el sol, sintió que no había dormido casi nada. Y la respuesta aún la eludía.

Jude no se veía mucho mejor. Sin hablar, le pasó su abrigo y una bufanda roja. Ella se llevó la suave lana a la nariz.

—¿No es tuya?

—Es más bien una bufanda de la casa —dijo mientras abría la puerta de entrada. Una ráfaga de viento frío los azotó, ahuyentando los últimos vestigios difusos del sueño y reemplazándolos con el nítido matiz de la inquietud.

Maeve salió de la casa, sujetándose los mechones de cabello barridos por el viento detrás de las orejas.

—¿Adónde vamos?

—A Oakmoor. Hay alguien a quien quiero que conozcas. Normalmente está en la taberna, pero a veces ella pasea.

—¿Ella? ¿Es ella una amiga? ¿O algo... más?

Jude ladró una risa oxidada mientras abría el portón y le hacía un gesto para que pasara primero.

—Sí. Amo a una mujer de ochenta años. ¿Cómo lo sabías?

Maeve enterró la cara en la bufanda para ocultar que se había sonrojado, antes de encontrar su mirada y su sonrisa.

Él se deslizó un gorro color verde intenso sobre el pelo rapado; sus ojos color avellana resaltaban contra los densos flecos de sus pestañas.

Maeve apartó la vista primero, no sin antes notar la más ligera insinuación de un rubor en la parte superior de los pómulos de Jude.

No les llevó mucho tiempo abrirse camino a través de los páramos hasta el pequeño pueblo metido entre colinas como una palma ahuecada.

De inmediato, el pueblo la hizo sentir intranquila.

Las cortinas se agitaban cuando pasaban; los edificios de listones de madera y yeso, destartalados y desgastados por el tiempo.

Bien arriba sobre sus cabezas, nubes de gasa corrían a través de un cielo de acuarela; un intenso contraste con los grises y marrones apagados del pueblo.

Observada, ese era el sentimiento. Si era puro entrometimiento de la comunidad o algo más maligno lo que llevaba los ojos de los lugareños hacia ella, aún no estaba segura.

Jude se detuvo frente a un establecimiento que llevaba el acertado cartel de TABERNA y entró de un empujón.

Maeve lo siguió adentro, aflojó la bufanda que llevaba en el cuello mientras echaba un vistazo a su alrededor, sorprendida de verla concurrida tan temprano.

El aroma cálido a turba y pintas con malta permaneció agradablemente en su nariz.

—Está en el rincón —señaló Jude, que se agachó para acercarle la boca a la oreja.

Maeve recorrió el lugar con la mirada en busca de la esquiva «ella» .

La mayoría de los clientes eran hombres, sentados alrededor de mesas con tazas de té con leche entre ellos.

Para su sorpresa, el tabernero, un hombre alto con una melena de oscuros rizos descuidados y piel marrón clara, salió empujando una puerta cerca del fondo con tres platos de desayuno: salchichas, huevos, tostadas y judías. A Maeve le rugió el estómago.

La mujer estaba sentada sola en una mesa en el rincón, de espaldas al resto de la estancia.

Por un momento, Maeve solo pudo distinguir una pila de bufandas tejidas con detalles complejos sobre una capa confeccionada con más maestría aún.

Fluía desde los estrechos hombros de la mujer en una caída de brillante lana amarilla y fino hilo de oro, los colores tan vivos como un campo antes de la cosecha.

Jude llegó a su mesa primero, se inclinó para decir algo antes de sacar una silla para Maeve. Ella se quedó donde estaba, aún de pie, mientras la mujer se quitaba el gorro y dejaba escapar una risa baja, chirriante.

—¡Oh! Vaya, vaya, vaya. Siéntate aquí, al lado de la viejita. —Agitó la silla que Jude había sacado—. Siéntate .

Maeve se sentó.

¿Estaba Jude detrás de ella?

El suelo pareció moverse bajo sus pies cuando encontró la mirada de la mujer.

Tenía los ojos de un azul todavía brillante e intenso tras unos párpados caídos y una mata revuelta de pelo blanco.

Maeve comenzó a sentir una opresión repentina en el pecho.

Tenía su nombre ahí, en la punta de la lengua. Quería decirlo; pero no podía.

—Ay, ay, caramba —dijo la mujer, pasándose una mano sobre la nariz. Los dedos le salieron rojos de sangre.

—Siobhan —intervino Jude, estirándose hacia delante—, déjame limpiarte eso. —Con cuidado le limpió los dedos con un pañuelo.

Siobhan lo observó con un inquietante vacío detrás de los ojos.

La mirada de Maeve cayó a los contornos reunidos de su capa. La brillante lana amarilla, el tono tan familiar.

«Amarillo cadmio.»

—Siobhan —repitió Maeve en voz baja. Conocía ese nombre. ¿De qué lo conocía?

— Siobhan —canturreó la mujer, inclinando la cabeza de un lado a otro—. Un nombre hermoso para una hermosa muchacha mayor. Le gustaba hace tiempo, cuando el mar estaba en su punto y el cielo era una perla.

Maeve se giró hacia Jude con cautela y encontró que él ya la observaba.

—¿Está bien?

—No —respondió Jude—, pero aun así deberías hablar con ella.

—¿Hablar con quién? ¿Conmigo? —preguntó Siobhan.

Se sentó más erguida e inclinó un sombrero imaginario—.

Tanta gente solía hablar con la viejita.

Mucha mucha gente. Tantos años. Tantas lágrimas.

—Soltó una risita que sonó alegre y de niña—.

Miradas seductoras y burlas y aplausos. La viejita lo tenía todo, oh, sí...

Jude suavizó su voz a un tono que Maeve no había oído antes.

—¿Qué quieres decir con eso?

Ella le lanzó una mirada más aguda que cualquiera de las anteriores.

—Santo Jude. No juegues con lo que no entiendes.

Maeve sintió como si tuviera la boca llena de algodón.

Desesperada, miró alrededor de la taberna.

Metidos en el rincón del fondo como estaban, ninguno de los parroquianos podía ver lo que estaba pasando.

O si podían, a nadie parecía importarle.

Quizá la rareza de Siobhan era de sobras conocida y aceptada.

De pronto, había un dedo frente al rostro de Maeve, a centímetros de su nariz.

—Ella tiene preguntas para la viejita. Lo puedo sentir.

Jude le apoyó una mano en la muñeca a Maeve y tiró de ella hacia delante.

—Muéstrale, Siobhan. Lo que me mostraste. En tu bufanda.

—¿Su bufanda? —preguntó Maeve. La voz le sonó muy lejana.

Siobhan se recostó hacia atrás de la mesa y miró con malicia por encima de ellos. De los pliegues de su capa, se liberó un colgante. Oro destelló en una oscilación rítmica. A Maeve no le quedó más opción que mirar.

Dos manos. Un sol.

—La Abadía —inhaló Maeve.

— NO ... —gritó Siobhan.

Las manos de Jude volaron hacia delante para tratar de atrapar los brazos que la mujer agitaba mientras se sacudía hacia atrás y tropezaba con la pata de su taburete.

—Ellos no. Ellos no. Ya no, ya está para la viejita —lloriqueaba como una niña; le caían gruesas lágrimas por las mejillas arrugadas y por la punta de la nariz enrojecida—. Ya no. Por favor. Ya está para la viejita.

—Ya está —confirmó Jude; deslizó las manos hacia abajo para agarrar las frágiles muñecas de Siobhan, mientras la ayudaba a regresar a su asiento—. Estás a salvo aquí.

—A salvo —repitió Siobhan en voz baja—. No existe tal cosa. —Apuntó los ojos hacia los de Maeve; endureció la voz, se volvió más coherente—. No existe tal cosa. No para la viejita. No para ti, hija de la memoria.

Maeve no pudo hacer más que mirarla, horrorizada.

—¿Puedes mostrarle, Siobhan? —pidió Jude. Sus manos no habían dejado las muñecas de la anciana, acariciaba la piel traslúcida del dorso de las manos haciéndole círculos con los pulgares—. Necesita verlo.

Siobhan lo miró largo rato antes de bajar bruscamente el mentón para asentir.

La agitación atravesó a Maeve cuando la mujer tomó una de las bufandas finas enroscadas alrededor de su cuello.

Cada una de ellas tenía más que un simple patrón, era más bien un dibujo.

Una historia. La que liberó comenzaba con los azules y verdes de un mar antes de cambiar a lo que parecía un vitral, y luego a un bosque frondoso antes de terminar en hileras de casas grises amontonadas.

La mano de Siobhan estaba sudada y fría alrededor de la suya cuando extendió el brazo de Maeve. Comenzó a enrollarle la bufanda desde la muñeca hasta el codo como una venda.

—No tengas miedo —murmuró Jude.

—¿Por qué debería...?