18. Maeve
Maeve
Maeve sopesó la forma en que Jude apretaba la mandíbula y la firme determinación en su mirada, socavada por algo en carne viva, casi vulnerable.
Incapaz de soportarlo, se movió hasta las sillas que estaban cerca de una chimenea sin encender y se sentó, arrugando la carta en su puño.
Que Jude supiera que la habían enviado aquí a espiar debería desorientarla, pero en lugar de eso, se sentía extrañamente aliviada.
Como al desabrochar un corsé ajustado o al quitarse un par de zapatos que aprietan.
Jude cargaba cierta inquietud en sus movimientos al sentarse en la silla de enfrente.
El cruce lento de sus piernas, la cuidadosa forma en que había echado un brazo sobre el costado de su silla.
Todo eso, orquestado para parecer despreocupado.
Todo eso, traicionado por la inquebrantable intensidad en sus ojos.
El aire se volvió más tenso alrededor de ellos. Él esperó con paciencia a que ella rompiera el silencio, pero no esperaría mucho más.
—Quiero decir que no. Quiero confiar en ti —dijo Maeve lentamente—. Lo único que conozco es la Abadía. No puedo tan solo... desechar todo lo que me dijeron, incluido por qué me enviaron aquí.
Él no se movió, mantuvo la mirada trabada en ella. No estaba segura de que estuviera respirando.
—Sin embargo... —Emitió un sonido gutural—. No creo que pueda. Informar sobre ti, quiero decir. Al menos no en este momento.
Los hombros de Jude se combaron cuando exhaló.
—Te das cuenta de que eso es una completa contradicción...
—Lo sé. Pero, por ahora, es lo único que puedo ofrecerte.
La observó un largo momento.
—¿Qué tal si empiezo por el principio, entonces?
Al ver que ella asentía con la cabeza, Jude sacó un libro de su bolsillo y lo abrió de golpe. Movió los ojos muy rápido a través de la página, un extraño vacío merodeaba detrás de ellos como una neblina. Maeve se inclinó hacia delante para mirar. Runas, igual que el libro en su biblioteca.
De repente, él cerró bruscamente el libro.
—El recuerdo completo está aquí. En mi cabeza solo hay una sombra. Si lo leo, puedo recordar lo que vi durante algunas horas. Bueno, lo que queda del recuerdo.
Ella frunció el ceño.
—¿En el libro? ¿Cómo...?
Jude levantó una mano.
—Ya llegaré hasta ahí. ¿Puedo seguir?
Ella alzó una ceja.
—Por favor.
El atisbo de una sonrisa tiró de los labios de Jude y desapareció al instante.
—Cuando tenía quince años, alteré la memoria de alguien por primera vez.
—¿Qué? —cuestionó con un suspiro—. ¿Cómo?
Él le lanzó una mirada . Maeve apretó los labios en respuesta.
—Pasó justo antes del recuerdo que viste en el libro...
, algunas semanas antes, tal vez —continuó Jude—.
No estoy seguro. Pero recuerdo que un compañero acólito y yo fuimos a Whitebury.
Estábamos recogiendo una pila de hábitos recién arreglados para los sabios.
Recuerdo ir al sastre con claridad, pero solo ráfagas de lo que vino después.
Hizo una pausa para pasarse la mano nerviosamente por la cabeza.
—Fuimos a una taberna. El tabernero nos llevó abajo a una bodega.
El otro acólito que estaba conmigo... era mi amigo, creo.
—Se le profundizó la arruga entre las cejas—.
Entregó la moneda. Muchas, también. Más de las que costaban los arreglos.
Para qué, no sé. No era para los hábitos, al menos.
Sea lo que sea, lo que pasó el resto de la tarde desapareció, pero recuerdo despertarme al día siguiente, en mi habitación, y mis manos...
, mi ropa... —Abrió bien las manos—. Estaban empapadas.
Y había un polvo negro que me manchaba los dedos.
—¿Qué era? —preguntó Maeve.
—Olía al aceite que se usa en las lámparas: parafina.
Ella inspiró entre los dientes.
—¿Por qué estarías cubierto en aceite? ¿No es extremadamente inflamable?
—Lo es. —Jude giró las manos para observarse las palmas—.
Volví a la taberna al día siguiente. El tabernero no tenía recuerdo alguno de que nosotros hubiésemos estado allí.
Ni siquiera me miró a los ojos, solo me echó antes de que pudiera entrar por la puerta.
Así que regresé a la bodega, pensando que quizá podría encontrar alguna evidencia de parafina, alguna evidencia de algo.
Y lo que vi fue que alrededor del callejón y cubriendo la trampilla que llevaba a la bodega había polvo de oro. Como en mi biblioteca y en tu recuerdo.
—Pero ¿cómo sabes que lo hiciste tú? —insistió Maeve—. ¿La manipulación de la memoria?
—Un sabio me encontró apenas regresé a la Abadía.
Estaba furioso. —Jude hizo una pausa. La voz se le volvió más ronca—.
Me dijo que era culpa mía, que tenía suerte de que él se hubiera ocupado del tabernero.
Dijo que había hecho mi parte al borrar el recuerdo y que él arreglaría el resto.
—Se le movió la garganta al tragar—. Al día siguiente encontraron al tabernero muerto.
Y cuando le fui a preguntar al sabio al respecto, él...
Se le cortó la voz. Cerró los ojos con fuerza, se masajeó el entrecejo. Maeve comenzó a sentir un aleteo detrás de las costillas al verlo tratar de recomponerse, un frágil batir de alas. Pánico, quizá, o algo cercano al miedo.
—Lo único que puedo recordar es caerme hacia atrás.
Creo que me derrumbé, me desmayé tal vez.
Cuando desperté, el polvo de oro llenaba el aire y el sabio estaba frente a mí, sosteniendo algo en la mano.
No podía distinguir de qué se trataba, solo que era lo suficientemente pequeño como para ocultarlo en su palma.
Me pareció significativo en ese momento, pero cuando me desperté, no parecía poder recordar.
Mi ropa ya no olía a parafina y mis recuerdos del día anterior...
—sacudió una mano en el aire— casi desaparecidos.
Lo único que quedaba eran piezas fragmentadas, pero las suficientes como para creer que había sido yo quien la había cagado.
El tabernero había muerto y yo tenía la culpa.
Fui yo quien había dado el primer paso para manipular sus recuerdos.
Y la Abadía lo había matado como castigo.
Maeve no tenía palabras. La mente se le amedrentó ante su relato.
¿La Abadía mató a alguien?
La posibilidad era demasiado grande, demasiado apabullante para considerarla. Se ahogaría bajo ese peso.
Los ojos de Jude encontraron los de ella. Angustiados y expectantes.
—Esa fue la primera vez que advertí que la Abadía podía influir en los recuerdos.
Que yo también podía. Y que de alguna manera podían usar mi magia en mi contra y robar mis recuerdos en el proceso.
Yo no... —Negó con la cabeza—. No creo que sepan que soy consciente de que pueden manipular los recuerdos.
Si lo supieran..., no creo que se hubieran limitado a exiliarme. Creo que habría desaparecido.
—¿Como... como el tabernero? —La voz de Maeve estaba ronca—. ¿Desaparecido o...?
Jude no respondió. Simplemente se quedó mirándola; la palabra sin decir.
Ella bajó la cabeza para mirarse las manos, se las retorció en el regazo.
—Desde entonces —continuó Jude, más suave esta vez—, sentí cada vez que la Abadía usó su magia de la memoria.
Lo sentí, como una debilidad en mis músculos.
He visto destellos de oro en los límites de mi visión cada vez que se hacía magia.
El polvo de oro es una marca de la magia.
Solo aquellos de nosotros que tenemos magia de la memoria lo podemos ver, o cualquiera que manipule los recuerdos.
—Como los sabios —susurró Maeve. Recordó la expresión de Ezra al observar su estudio lleno de polvo de oro. La pregunta susurrada de Brigid de si Ezra había visto el oro. ¿También ella sabía lo que significaba?
Más importante aún, ¿estaba Ezra usando activamente la magia de la memoria, como Jude afirmaba?
Maeve archivó la pregunta. El solo hecho de considerarla le envió una oleada de pánico por las extremidades.
¿No era suficiente con sacudir su confianza esencial en la Abadía sin meter a Ezra, al menos no todavía?
No podía soportar pensar en perderlo, con las manos en sus hombros, manteniéndola estable.
¿Prohibiéndole que se desviara o evitando que se cayera?
—¿Y el recuerdo que vi en tu libro? —preguntó Maeve, volviendo su atención a Jude—. ¿Fue la consecuencia de lo que pasó con el tabernero? ¿Con la parafina?
—Bueno, en parte —contestó Jude—. Siento que hay algo más, que pasó otra cosa. Algo más grande, y que esa fue la razón por la que la Abadía no me permitió quedarme. Pero para cuando aprendí a guardar los recuerdos en libros por seguridad, quedaba muy poco que guardar para saberlo con certeza.
Se inclinó hacia delante, su mirada se aguzó.
—Pero, Maeve..., lo que sea que haya pasado, mi magia tuvo la culpa. Es difícil de manejar. Peligrosa. La Abadía no me quería allí mientras corriera por mis venas. Me querían en un lugar lejano, un lugar donde aún pudiera...
La boca se le cerró de golpe.
Y Maeve supo, supo, que todavía escondía algo.
Sopesó sus palabras, las archivó y eligió no presionarlo. Estaba siendo franco con ella, compartiendo partes vulnerables de sí con ella. Debía proceder con cuidado si quería respuestas.
—¿Eso es la magia de oro? —preguntó—. ¿La habilidad de manipular los recuerdos? Y la Abadía, los sabios... ¿también la pueden usar?
Jude asintió con la cabeza.
—¿Cómo?
—Creo que los íconos tienen algo que ver.
Ayudan a formar la conexión entre... —Hizo una pausa—.
Entre aquellos de nosotros con magia de la memoria y los sabios que buscan usar nuestras habilidades.
Los íconos funcionan como una piedra angular.
Nuestra magia toca un lado de la piedra, los sabios tocan la otra. La magia se extiende entre ambos.
—¿Íconos? —preguntó Maeve con voz atragantada—. ¿ Mis íconos?
—Eso creo, sí.
—¿Cómo? —insistió—. Es solo pintura. Pintura y lienzo, nada más.
—Eso es lo que necesito descubrir —respondió Jude—. Hay algo que permite que los sabios accedan a la magia, algo que la captura. Algo que la alimenta. Y tú, Maeve, una iconógrafa. Creo que ayudas a cubrir esa laguna.
—Pero los íconos son de los santos —argumentó Maeve—. ¿Estás diciendo que hay íconos de personas normales como yo, que no podemos responder plegarias?
—Bueno, en ese caso solo los llamaríamos retratos. No íconos. —La sonrisa que mostró no se reflejó en sus ojos—. Pero sí.
Maeve sopesó la historia que él había contado, la confesión sobre su magia y cómo la Abadía había alterado los recuerdos. Los íconos. Sus íconos. Algo tan preciado para ella, algo sagrado, reconvertido en algo que iba en contra de la mismísima esencia de su creación.
—¿Por qué? ¿Por qué alterar recuerdos? —cuestionó.
—Para protegerse. Si una situación amenaza la autoridad de la Abadía, la retuercen hasta que se quiebra.
Es como mantienen a sus seguidores. —Jude le apuntó una mirada evaluadora y cargada a la vez—.
¿Y nosotros, Maeve? ¿Los que podemos ver lo que están haciendo y lo que podemos hacer nosotros mismos?
Se deshacen de nosotros tan rápido y tan silenciosamente como pueden.
No pueden tener gente dando vueltas que sepa la verdad, ¿no es cierto?
No cuando está en riesgo todo aquello en lo que creen.
Y no cuando pueden usarnos para su propio beneficio.
No cuando pueden quitarnos nuestros recuerdos para alimentar su magia robada.
La imagen de Maeve sobre la Abadía, sobre sí misma, pareció hacerse trizas y volverse a componer, desordenada e irregular, con cada palabra condenatoria que Jude pronunciaba.
¿Cómo podía tener sentido? Incluso si lo que él decía era verdad, ¿por qué tenía que ser algo malévolo? A la Abadía, a Ezra y a los otros sabios aún les podían importar sus acólitos y seguidores mientras protegían sus intereses.
¿No es verdad?
—¿Qué pasa si mis intereses y los de la Abadía son los mismos? —preguntó Maeve. Los ojos de Jude se dilataron cuando se inclinó hacia delante para hablar, pero ella alzó una mano para detenerlo—. Soy una de ellos. Si bien fuiste marcado como santo, aun así te fuiste...
—Me expulsaron —interrumpió Jude—. No me fui. Me forzaron a irme.
—Siempre fui leal. Aunque pueda ver el oro, ¿por qué eso...?
—No supongas que les importa nadie que no sea un sabio. No les importé, no les importé cuando tenía quince años y estaba asustado, ni cuando me arrojaron aquí para vivir el resto de mis días solo. Y no les importaste. No si te mandaron aquí.
Maeve negó con la cabeza. No podía aceptarlo, no podía siquiera pensar en la Abadía como nada que no fuera su hogar.
—Yo... ¿Cómo pueden saber que también tengo magia de la memoria?
La mirada de Jude era, en parte, de compasión, en parte de frustración.
—Incluso sin contar el incidente del ícono, lo sabían mucho antes que tú, Maeve. Te lo garantizo. Y si lo sabían... te enviaron lejos por esa razón.
«Por los santos» , dolía. Maeve abrió los labios y respiró hondo.
—La Abadía pide piedad y devoción, fe de sus seguidores. ¿Por qué influir en sus recuerdos? ¿Qué gana? —Negó con la cabeza—. Lo siento —susurró, con agonía en cada palabra—. Desearía tan solo poder creerte. Creer todo.
Jude la observó un largo rato antes de ponerse de pie.
—Hay alguien que quiero que conozcas.
—¿Esta noche? —Maeve parpadeó, le empezó a dar vueltas la cabeza con el abrupto cambio de tema—. ¿Que conozca a quién?
—No —respondió Jude, soltando una risa medio áspera—. Ha sido un largo día. Necesito dormir. Y ambos necesitamos bañarnos. —Miró fijamente su dobladillo enlodado. Ambos estaban hechos un desastre—. Mañana.
—¿Quién es? —Maeve no pudo evitar insistir mientras se levantaba de la silla.
Pero Jude ya se encaminaba hacia la puerta, la sostuvo abierta para que ella pasara. Demasiado pronto, la estaba cerrando detrás de ellos y guiándola escaleras arriba.
Tan tarde de noche, el único ruido en el caserón era el crujido del entarimado.
El aire frío y húmedo contra la piel le provocaba picor en la base de la garganta, donde se le acumulaba una fina capa de sudor nervioso.
Miró los tajos de luz de luna que jugaban en la línea expuesta del cuello de Jude, el hueco de su nuca.
Él se detuvo frente al baño y se giró hacia ella, apenas a unos centímetros de distancia. No se movió. En lugar de eso, inclinó la cabeza hacia un lado y la miró a los ojos desde detrás de sus pestañas a medio cerrar.
A Maeve le surgió una repentina necesidad de ir hacia él, impulsiva y furiosa, que le provocó campanadas de alarma en la cabeza.
Si no se daba la vuelta e interponía una puerta cerrada entre ambos, haría algo de lo que se arrepentiría.
Como presionarle el cuello con los dedos justo en el lugar donde el pulso le latía con tanta rapidez como el suyo.
La firme inhalación de Jude rompió el silencio.
—Buenas noches, Maeve. Disfruta tu baño.
Ella se quedó mirando el espacio que él desocupó durante un largo rato después de que se fuera.