El espacio entre nosotros 17. Jude
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17. Jude

Jude

Tan pronto como Jude oyó los pasos, metió la mano en el bolsillo de su chaqueta. Comprobó que la carta aún estuviera ahí. Respiró hondo una vez para aclararse la mente. No pensaría en la otra carta que le había quitado, bien guardada sin leer en su biblioteca.

La puerta se abrió con un crujido.

Mantuvo la atención en la ventana, trazando la forma de los páramos en la distancia, mientras sentía el peso de los ojos de Maeve como una presión caliente en la espalda.

Azul y gris y negro devorador. Cerró los ojos un único, vacilante latido, antes de volverse para mirarla, observarla como si estuviera viéndola por primerísima vez.

Una estela de color brillante le caía por el cuello; el pelo enredado casi hasta la cintura.

El maldito vestido enlodado, desgarrado hasta el muslo.

En la hora transcurrida desde el accidente del pantano, ella había visto uno de sus peores recuerdos y, a cambio, él le había robado uno.

Además, se había dado cuenta de que la misma magia de sus venas corría también por las de ella.

Un secreto que había revelado de mala gana, sabiendo que debía hacerlo, pero resistiéndose al mismo tiempo.

Un secreto que ella había visto y del que había huido.

Huir nunca había sido un lujo que él se hubiera podido dar; a él no lo habían llevado a darse cuenta lentamente de la manipulación de la Abadía. No de la forma en que creía haberle ofrecido a Maeve con sus palabras elegidas con cuidado. Su casa no era mucho, pero al menos era segura.

Y, aun así, había huido. Y Jude no podía soportarlo. No podía bromear, no podía andar con cuidado...

—Te quisiste ir.

La respiración de Maeve salía entrecortada y áspera.

—Sí.

Lentamente, Jude sacó la carta de su bolsillo e hizo como que leía la página. El jadeo de Maeve se cortó en seco cuando reconoció lo que estaba sosteniendo. Giró la hoja para revisar el reverso con una mirada pausada.

—Escondes tus propios secretos, ¿no, Maeve?

Ella dio un paso inestable hacia atrás.

De inmediato, los ojos de Jude se posaron en ella.

La expresión de Maeve flaqueó: miedo, luego indignación.

—Tal vez debería darte algo de contexto primero.

—¿Contexto? —Alzó una ceja—. ¿Es necesario?

—Lo es.

Jude no respondió, solo la miró. Esperando.

Ella asintió con la cabeza; a sí misma, a él, Jude no lo supo.

—He estado estudiando iconografía casi desde que estoy en la Abadía. Toda mi vida, o al menos eso siento. Pintar, estudiar rostros, aprender el oficio... es todo para mí. Todo.

Algo ferviente y firme se arremolinó en sus ojos oscuros, encendido por un rayo de luz de luna.

En esa conexión de un latido, Jude vio que la atravesaba una profunda devoción por su arte, quizá más duradera que su compromiso con la Abadía.

Su propósito, posiblemente todo su ser, estaba entrelazado con su oficio.

—Estoy lista para un ascenso. Algo que quiero con desesperación —continuó—. Ezra, mi mentor, a quien le escribí esa carta, lo sabe. Sabía que yo haría cualquier cosa para obtenerlo.

Jude sostuvo la carta en alto.

—Incluyendo espiar.

Sorprendentemente, la voz de Maeve se mantuvo en calma.

—Dijeron que la posición sería mía si aceptaba venir, pintarte e informarles. Que solo debía hacer esto por ellos. Una prueba de mi lealtad.

A Jude no le quedaba desilusión alguna sobre los extremos a los que la Abadía podía llegar para manipular a sus seguidores, pero oír que habían tomado algo tan sagrado para Maeve, tan fundamental para su ser, y lo habían usado en su contra para luego ofrecerlo como una recompensa por buen comportamiento era despreciable; incluso si ella había aceptado espiarlo.

—Durante las semanas anteriores —continuó ella—, había estado preparando el comienzo de mi ícono de Felix. Es un santo en...

—Sé quién es.

—¿Oh? —Frunció el ceño.

Felix . Había estado estudiando en la Abadía al mismo tiempo que Jude, años antes de que se convirtiera en santo. Lleno de arrogancia y con un incesante dolor de cuello de tanto mirar por encima del hombro a los demás, Jude lo odiaba por una cuestión de principios; al menos eso creía.

Sus recuerdos del hombre tenían algunas marcas de manipulación. En qué dirección, Jude no estaba seguro. Se preguntó por qué podía recordar partes de Felix con una claridad casi sorprendente cuando tanto se había perdido en el camino.

Cuando quedó en evidencia que eso era todo lo que Jude le ofrecería, Maeve siguió:

—Después de lo que viste en mi recuerdo, me desperté en el suelo y todo era oro.

El ícono de Felix, que tan solo era un bosquejo y una pintura de fondo momentos antes, estaba terminado.

Completamente seco. Pensé que había sido Felix quien lo había hecho.

Él aseguró que no, que había sido mi magia...

Se le cortó la voz. Respiró hondo de forma temblorosa y se pasó el dedo gordo por debajo de un ojo.

—Ezra se enteró. Felix se lo dijo. Al día siguiente, me enteré de que me enviaban a pintarte. Querían un ícono actualizado. Y querían información sobre ti.

—¿Un ícono actualizado? —preguntó Jude—. El viejo... ¿está en la basílica, entonces? ¿Con todos los demás?

Maeve asintió con la cabeza.

Tal como sospechaba. Sus amarres a él, forjados por su ícono, debían de estar casi rotos y habían enviado a Maeve a renovarlos. En cierta forma, oír que aún tenían su ícono era un alivio. Significaba que aún estaban intentando controlar su magia, sus recuerdos. Que sus libros estaban funcionando.

Pero seguía albergando preguntas. En concreto, cómo romper ese vínculo por completo.

Se estiró y presionó la carta arrugada en la mano de Maeve. Los dedos de ella se cerraron alrededor de esta.

—¿Vas a enviar más cartas? —le preguntó él—. Si te cuento todo lo que sé, si te explico el oro, los libros..., todo. ¿Se lo dirás?

Los ojos de Maeve volaron sobre su rostro, bajaron a su boca, la línea de su cuello. Los segundos se alargaron y, por eso, se inflamaron, volviéndose incapaces de soportar el peso de la palabra que Jude estaba esperando oír. La palabra que necesitaba.

Cuanto más tiempo permanecía callada, peor se volvía la presión, hasta que no pudo soportarlo más.

Jude dio un solo paso hacia ella. Estiró el brazo, le acarició la parte interior de la muñeca con la yema de los dedos. Ella apretó los dedos con más fuerza alrededor del papel.

—Maeve —susurró.

Lentamente, los ojos de Maeve se alzaron para encontrar los suyos.

De algún modo, él ya sabía lo que ella iba a decir.