El espacio entre nosotros 16. Maeve
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16. Maeve

Maeve

La realidad a la que Maeve se aferraba débilmente parecía constar, por un momento que se sintió eterno y fugaz a la vez, de una librería polvorienta, suelos de madera cubiertos de polvo de oro y las manos de Jude deslizándose por sus hombros.

La parte posterior del cráneo le zumbaba como si le hubieran liberado una abeja en algún lugar entre los oídos para que volara rápido entre huesos y materia cerebral en busca de un escape.

Si pudiera moverse, habría dado media vuelta y echado a correr.

Habría abandonado la casa y la vida y los secretos de Jude.

Pero tal como estaba, no podía sentir los dedos.

En una aterradora transformación de visión y tiempo, la cara de Jude cambió entre su apariencia actual y la pintura de él en la Abadía de forma momentánea. Pelo largo que se rizaba suelto, pestañas gruesas que rozaban sus cejas. La extraña falta de vida en su mirada.

Maleable, inocente.

Jude como ícono, como niño. Jude como hombre, un santo.

Se estiró hacia ella una vez más, retrocedió cuando ella se retrajo. La expresión que suavizaba su rostro hablaba de piedad y arrepentimiento, y ella no podía soportarlo.

—¿Me expulsaron? —preguntó, con voz pequeña y atragantada—. Pero la Abadía... Mi mentor... él quiere que regrese. Dijo que me estaban considerando para ser iconógrafa líder.

Se negó a creerlo. No podía.

Y lo que fuera que esta... magia fuese. El polvo de oro.

La manipulación de recuerdos. Cerró los ojos.

El ícono terminado de Felix la miraba desde atrás de los párpados, vívido, atento.

Jude dijo que la magia podía alterar la percepción, jugar con el tiempo.

Bañar el mundo en un oro brillante, resplandeciente, en cuanto había terminado su terrible recorrido.

Algo que él aseguraba que rondaba en ella. Debajo de su piel y en su sangre, ajeno e indeseado.

Maeve dio otro paso atrás. Otro. Tragó. Tenía las palabras trabadas en la garganta.

—Estás equivocado.

La puerta cerrada de la biblioteca le golpeó la espalda. Buscó el picaporte. El metal estaba caliente al tacto, casi ardiendo. La impactó tanto que la hizo ponerse en acción. No podía quedarse aquí. No podía.

Por segunda vez ese día, Maeve huyó.

Jude la siguió cuando abandonó la biblioteca y se dirigió a su habitación.

—Maeve. Maeve, por favor, escúchame —le pidió; su voz, apagada y lejana.

Ella observó cómo sus propias manos arrojaban cosas dentro de la bolsa, con decisión.

Vestidos, tubos de pintura, un cuaderno a medio llenar.

Se le resbalaron los dedos al coger un frasco de vidrio con aceite para cabello, que se le derramó sobre la muñeca.

Un trozo de tela lo limpió; la presencia de él, demasiado cerca cuando lo hizo tan cuidadosamente que se le sacudieron las manos con finos temblores contra su piel.

Maeve se apartó, metió el frasco a medio cerrar en la bolsa y ajustó las correas con fuerza.

—Vete. Por favor, vete —susurró, odiando las lágrimas en su voz—. Necesito estar sola. Necesito pensar.

Los labios de Jude se separaron.

—Maeve.

Ella cerró los ojos. Pidió de nuevo:

—Por favor...

La puerta se cerró con suavidad detrás de él. Luego, silencio.

Maeve se recostó en la cama y dejó que la cabeza le cayera sobre las manos.

La incertidumbre la envolvió en una nube tan densa que la ahogaba.

Ansiaba la estabilidad de la Abadía. Una certeza de que estaba en el camino correcto, de que sus pasos estaban siendo observados y medidos por aquellos que sabían más.

No había sorpresas, ni agitaciones devastadoras.

No como aquí. La habían enviado a la deriva, la habían dejado en el mar abierto sin una vela que la guiara.

Y quería huir. Con desesperación. Volver a su hogar. Regresar a aguas más seguras.

Como había hecho tantas veces en su vida, Maeve inclinó la cabeza hacia el techo cuando una plegaria se le formó en los labios.

Para encontrar respuestas, para encontrar guía.

Una súplica desesperada por una vela en la oscuridad que le mostrase el camino.

No estaba esperando una respuesta, ni siquiera estaba segura de querer una, pero pedir la calmaba de todas maneras.

Abrió los ojos alarmada al caer en la cuenta de algo.

Era el rostro de Jude el que había imaginado al rezar.

—Mierda. —Maeve suspiró, la palabra era rara en sus labios—. Mierda.

Un suave golpe en la puerta la sobresaltó y la sacó de sus pensamientos. Un segundo después, la puerta se abrió con un crujido, revelando a Elden. Se irguió por la sorpresa. Nunca antes había ido a su habitación.

—¿Maeve? —preguntó—. ¿Puedo entrar?

Ella asintió con la cabeza, la curiosidad le ganó a la agitación latente que sentía en el estómago.

La negrura del pasillo le oscurecía la expresión cuando entró.

Tenía un jersey color crema arremangado hasta los codos, una mancha de lodo en la frente debajo de un mechón de pelo empapado por la lluvia. Barrió la habitación con la mirada.

—¿Estás haciendo el equipaje?

Maeve jugueteó con la correa de su bolsa, que tenía apoyada contra la cadera, sobre la cama.

—Quizá.

Elden ladeó la cabeza.

—¿Estás bien?

—Muy buena pregunta. —La voz se le quebró patéticamente en la última palabra.

Los ojos de Elden se ablandaron, y eso fue todo lo que hizo falta.

Se tapó la boca con la mano y se retorció para ponerse de pie, aspirando con fuerza por la nariz cada inhalación mientras cruzaba la habitación hacia la ventana.

Sonaron pasos detrás de ella. Una mano le tocó el hombro con cuidado, y como un perro abandonado, se dio la vuelta al primer contacto amable que le ofrecieron.

—Shhh —la calmó Elden contra el pelo al envolverla con los brazos—. Te prometo que no es tan horrible. Al menos, no siempre.

Ella soltó una risa mojada, permitiéndose ser abrazada un instante más antes de apartarse

—No es fácil para Jude. Pasó demasiados años solo, creo —explicó, con sincera pena en la voz.

Maeve asintió con la cabeza, se limpió los ojos.

Dirigió la mirada de nuevo a la ventana.

La luz acuosa de la luna iluminaba las gotas que corrían por el cristal.

El silencio entre ellos tenía el aire del confesionario.

Ella estaba lejos del silencio sagrado y el banco de terciopelo, pero la losa en su alma y las palabras en su lengua se sentían igual de pesadas. Igual de imposibles de sobrellevar.

—¿Alguna vez Jude ha...? Quiero decir, ¿él...? —Apretó los labios—. He entrado en su biblioteca.

—Ah. —La mirada de Elden pasó como flotando por encima de su cabeza, volviéndose desenfocada—. ¿Qué has encontrado?

No sabía si Jude había compartido el recuerdo con Elden, pero, como en el confesionario, no hubiera podido frenar las palabras aunque lo hubiese intentado.

—Un libro. Había un recuerdo en él, de alguna manera. Escrito en runas. No podía leerlo, pero yo... no he necesitado hacerlo. Me ha absorbido. He visto el recuerdo como si estuviera allí. Era del día que fue expulsado de la Abadía. Enviado aquí, creo.

El rostro de Elden no delató ninguna emoción mientras miraba fijamente las tierras agrestes más allá. El pecho le subía y bajaba despacio.

—¿Había más libros? ¿Con más recuerdos?

—Creo que sí. No lo sé. —Sopesó las palabras, debatiéndose si preguntarle a Elden algunas de las preguntas que ansiaba preguntarle a Jude—. ¿Qué son? Los libros.

Se tomó unos momentos sin responder. Finalmente, se frotó el entrecejo.

—Son recuerdos, como dijiste. Una especie de registro. Los tiene guardados en libros. Los pone ahí. No sé cómo. —Parpadeó una vez. Dos veces—. No le gusta que nadie vaya a su biblioteca.

—Quizá es para esconder los libros. Los recuerdos —señaló Maeve, pensando en lo furioso que estaba Jude cuando la encontró—. Un lugar donde solo él puede verlos.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Elden.

—Esconderlos..., sí. Tiene sentido. Para mantenerlos a salvo.

—A salvo —repitió Maeve.

Había algo extraño en la expresión de Elden, como si estuviera buscando respuestas de ella con tanta avidez como ella lo interrogaba en busca de la verdad. Quizá Jude tenía el hábito de mantener secretos con todos en su vida.

—Bueno. De cualquier modo —retomó—, ha sido desconcertante, como mínimo. Jude cree que soy igual que él. Que la Abadía me envió lejos a causa de esta... esta magia.

La mirada de Elden se disparó hacia la de ella.

—¿Y si lo hicieron?

—¿Si la Abadía me expulsó? Si ellos... —Hizo una pausa. El nudo que sentía en la garganta se hizo demasiado grande como para ignorarlo. Pensó en el recuerdo de Jude. La magia de él había lastimado a alguien—. Si piensan que esta magia que tengo es peligrosa y me expulsaron por eso, no sé qué haré.

Otros acólitos habían desaparecido a lo largo de los años.

No demasiados, pero suficientes para suscitar chismes fragmentados a través de los pasillos de piedra caliza como se forman ondas en una laguna.

Las especulaciones sobre las desapariciones nunca estaban bien formadas.

Una enfermedad que los santos no querían curar.

Un pecado tan atroz que no se podía permitir el perdón.

A veces había rumores de miembros que huían.

Esos siempre eran erradicados rápidamente.

Pero nunca por magia. Nunca por polvo dorado y recuerdos robados.

—Sí —respondió Elden—. Si la Abadía te ha desterrado, entonces, ¿qué?

—No lo sé. —Maeve intentó ignorar el ritmo rápido de su pulso, el creciente pánico—. Me enviaron aquí a pintar a Jude. Eso no ha cambiado. Creo..., sobre todo, que eso sigue siendo mi prioridad. Lo terminaré y luego... regresaré a la Abadía. Si no quieren que me quede, pueden decírmelo.

Sonó mucho más valiente de lo que se sentía, pero Elden no podía ver cómo le temblaban las piernas por debajo de su vestido enlodado.

Elden se acercó un paso.

—Si fuiste enviada aquí, quizá sea mejor que te quedes por ahora. Quizá eso es lo que la Abadía quiere. Eres una de ellos. Y necesitas terminar su ícono, como dijiste.

—Sí —suspiró Maeve. Agarró la correa de la bolsa que le colgaba del hombro y la dejó en el suelo—. Sí.

Si de verdad tenía la misma magia que Jude, Ezra lo sabía y la Abadía la había expulsado de todos modos.

Jude tal vez tuviera sus propias ideas de por qué la habían enviado, pero ella necesitaba confiar en lo que le habían dicho directamente.

Debía pintar a Jude, espiarlo y luego regresar a la Abadía.

Sin importar cuánto quisiera ceder al pánico, recoger sus cosas y huir; todavía tenía un objetivo aquí.

Un objetivo que debía desentrañar con el hombre que quería evitar.

Decidiera o no seguir informando acerca de él...

, necesitaba la verdad y necesitaba oírla directamente de Jude.

—Ve a hablar con él —dijo Elden en voz baja—. Quizá te cuente más de lo que crees.

Maeve asintió con la cabeza, soltando un largo suspiro.

Elden le ofreció una última sonrisa mientras ella avanzaba hacia la puerta. Aún le quedaban preguntas, que se aferraban como la escarcha de la primera hora de la mañana. No se disiparían hasta que saliera el sol y la luz se arrojara... Luz que solo Jude podía proporcionar.

Enterró lo que le quedaba de pánico, demasiado profundo como para alcanzarlo sin esfuerzo, sin dolor, y abandonó la habitación. Sus pasos hicieron eco escaleras abajo.

Cada paso la llevó más cerca de Jude.

De respuestas o de más mentiras, no estaba segura aún.