15. Jude
Jude
El olor había sido la primera señal de que algo no iba bien. Reconoció esa acidez: una vela recién apagada, el fuego de una chimenea consumido en brasas. Pero el poder que había detrás no era el suyo propio. Los bordes eran desconocidos.
No tardó demasiado en darse cuenta de que le faltaba la llave cuando se cambió el jersey enlodado y se puso un par de pantalones limpios que lo sacaran del apuro hasta que pudiera bañarse.
Ya tenía a mano las vendas y la cataplasma para la herida de Maeve, la bañera se estaba llenando al final del pasillo.
Debió de habérsela sacado del cuello cuando estaba metido hasta la cintura en el lodo del pantano.
Estaba desesperado y vulnerable, y ella le había robado.
Jude deambuló escaleras abajo en un aturdimiento semiconsciente, sabiendo, temiendo, lo que finalmente encontró al llegar: la peor de sus pesadillas confirmada. Maeve, en su biblioteca. Su libro, abierto al lado de ella. Sus recuerdos, expuestos para que ella los viera.
Los únicos sonidos eran el de su propio corazón, que le golpeaba los oídos, y el de la respiración fuerte, jadeante, de Maeve.
Su atención se deslizaba entre los labios agrietados de Maeve y el rubor que se le asentó con fuerza en los pómulos.
El dobladillo de su falda enlodada, de algodón a cuadros gingham azul desteñido y blanco, en ese momento todo opaco, levantó una nube de oro.
A lo lejos, reconoció el grito desgarrador de violación que golpeaba contra sus propias paredes.
Debería estar gritando, enfurecido contra ella por la atroz equivocación de meterse en su espacio privado, pero en lugar de eso, Jude estaba en calma.
Una frialdad se extendía sobre cada brasa aún humeante al mismo tiempo que avanzaba hacia ella.
—Jude —rogó Maeve, que sostenía las manos en alto como tratando de mantenerlo a raya—. Lo siento. Por favor, no sabía. No me di cuenta...
Él estiró las manos hacia delante y cerró los dedos alrededor de las muñecas de Maeve.
Su magia suspiró de alivio.
Esta inhaló, luego se aferró con fuerza.
Una bruma de oro cubría la habitación con una ráfaga de polvo fino.
Bien arriba, un retrato la observaba con ojos cómplices.
La pintura estaba seca; al parecer en unos pocos segundos.
¿Cómo? ¿Cómo lo habría hecho él? Se enderezó con esfuerzo cuando los últimos cánticos tarareados abandonaban sus oídos.
El grito áspero llamándolo por su nombre quedó flotando en la habitación llena de polvo de oro mientras el santo se giraba para mirarla.
Cuán igual a su ícono era, pensó mientras se estiraba hacia el lienzo. La pintura estaba seca bajo su contacto examinador, tal como había temido. Imposible, pero aun así...
—¿Tú has hecho esto? —susurró Maeve.
Tenía que ser él. Su negación susurrada disparó terror a los confines más profundos del corazón de Maeve.
¿Quién más podría haberlo hecho?
Un dolor creciente se le encendió en la piel cuando las palabras se formaron antes de que pudiera detenerlas. Intentó tragarlas, intentó apretar los dientes alrededor de la pregunta, pero era demasiado tarde.
—Tu cicatriz —preguntó ella—. Es de un incendio, ¿no es cierto?
Los ojos del santo encontraron los de ella.
Había visto esos ojos antes.
Jude trastabilló hacia atrás cuando Maeve se liberó de su agarre con una sacudida. Tenía los ojos ferozmente oscuros cuando atravesaron los de él. Se frotó las muñecas con movimientos frenéticos.
—¿Cómo...? ¿Qué...?
La vergüenza y una pena brutal, venenosa, se alzaron con furia en él y se transformaron rápido en ira. Ella le había robado mientras lo salvaba del lodazal. Había violado sus recuerdos mientras estaba llenándole la maldita bañera .
—Me robaste —explicó Jude, su control pendía de un hilo—. Te he devuelto el favor.
—¿Qué es? El oro. Los recuerdos —imploró Maeve, con el pecho agitado—. Por favor. Por favor, dime. No me mientas como él. Sé... Sé que no tienes ninguna razón para decirme la verdad. Pero... por favor.
Jude dio un paso atrás, luego otro. Algo comenzó a desenredársele en lo profundo del pecho ante esas palabras.
Un terror mordaz le carcomió la ira. Quizá era la súplica en su voz, o quizá era su desnuda desesperación por respuestas, una angustia que conocía íntimamente.
De cualquier forma, se le desprendió por completo el frágil sentido de estabilidad, dejándolo sin apoyo contra la realidad de Maeve.
Maeve había visto el oro.
Y aun así..., la Abadía la había enviado aquí. A él.
El recuerdo que él había robado cambiaba algo entre ellos, como si un fuego se le hubiera encendido en la cabeza, que arrasaba todo lo que creía saber sobre ella y lo reemplazaba con cenizas. Necesitaba examinarlo bien y ver qué podía sacar.
Podría empezar con la verdad. Si podía permitirse dar algo.
—El oro es una marca de la magia, Maeve —dijo Jude—. La manipulación de recuerdos. Lo que sea que pasó antes del recuerdo en mi libro, los eventos que causaron que la Abadía me exiliara, fue por mi magia. A causa de algo que hice. Algo que ya no puedo recordar.
Hizo una pausa. No confiaba en ella, vinculada a la Abadía como estaba..., pero ¿tenía elección?
Si el recuerdo de ella le había mostrado algo era que se parecía más a él de lo que creía, de lo que se temía. Necesitaba que ella se abriera con él. Necesitaba sus respuestas más que nada.
Jude respiró hondo.
—El oro es la razón por la que la Abadía me envió lejos.
La magia tiene la habilidad de manipular los recuerdos, de cambiar la percepción de realidad de otros.
La magia puede meterse en la mente de la gente.
—Trabajó las palabras en su lengua—. La magia puede escribir los recuerdos en libros con tanta facilidad como puede hacerlo en las pinturas.
Es la razón por la que me expulsaron del único hogar que jamás había conocido. Y la razón por la que a ti también.