14. Maeve
Maeve
La bota que le quedaba a Jude le colgaba de la mano al entrar en la casa, dejando un reguero de lodo en el suelo de madera. Él se detuvo, se pasó una mano sobre el pelo rapado.
—Te llenaré una bañera. Busca algo de avena. Para la... —le recorrió el cuerpo con la mirada, que se detuvo en la rasgadura del vestido y la pierna que asomaba por debajo— inflamación. Estará lista en unos minutos.
Sin esperar respuesta, dobló una esquina y desapareció camino a la cocina.
Maeve levantó la vista hacia los oscuros confines de Ánhaga.
Le iba a llevar horas lavar y desenredar la maraña sucia en que se había convertido su pelo y ni siquiera quería pensar en el estado de su pobre vestido.
Se pasó los dedos distraída sobre la herida del muslo.
El dolor le palpitó hacia arriba por la pierna y se le arremolinó en la cadera, con un ardor sutil.
Todavía sentía el fantasma de su inesperado contacto, tan suave como alarmantemente frío.
El rasguño era la menor de sus preocupaciones.
No sabía cómo, pero cuando sus dedos la rozaron por primera vez, sintió el abrupto despertar de un recuerdo, parecido a la extraña sensación de recordar un lugar al que nunca has ido.
Después, una fina capa de oro le había cubierto la vista por un instante desgarrador, antes de parpadear para quitársela.
Había notado el shock que se había disparado a través del rostro de Jude cuando ocurrió, la forma cuidadosa en la que él le había mirado a los ojos después.
¿Se le había metido en la cabeza de alguna forma? ¿Era esa la corrupción de la magia de la que Ezra le había advertido? Y, quizá más importante, ¿cómo lo había hecho?
Una escurridiza sensación de vulnerabilidad le cubrió las extremidades. Más que vulnerabilidad: violación.
Despacio, buscó el contorno liso de la llave que había metido debajo del cuello de su vestido.
Le sorprendía que Jude, el cauteloso y paranoico Jude, no hubiera notado que ella se la había quitado deslizándola fuera de su cuello cuando lo sacó del lodazal, una jugada nacida más de la oportunidad que de cualquier otra cosa.
Si no se había dado cuenta todavía..., lo haría pronto.
Debía meterse en la habitación cerrada.
«Ahora», con el dolor aún punzándole detrás de los ojos, el recuerdo aún amargo en la lengua.
«Ahora» , con Jude preocupado en otra parte.
La culpa se retorció en su pecho. Él había caído en el lodazal intentando protegerla de ese mismo destino.
La había seguido bajo la tormenta, había confiado en que ella lo ayudaría a liberarse del agarre de la tierra.
Incluso en ese mismo momento, mojado y cubierto de lodo, le estaba preparando el baño primero.
Pero... ¿tendría otra oportunidad? ¿Cuánto tiempo llevaría llenar una bañera? No el suficiente.
Tenía minutos... Tal vez ni siquiera eso.
Maeve dio un paso hacia la escalera, luego otro.
En poco tiempo, estaba corriendo hacia el primer piso, manteniendo sus pasos lo más silenciosos posible.
Esas ansias infernales regresaron cuando se acercó a la puerta.
Un impulso a seguir caminando, a apoyar las manos en el marco de madera desgastada, en el picaporte de latón brillante.
Esa vez, obedeció con entusiasmo. No estaba pensando en que Ezra esperaba sus informes o en el ascenso que con tanta desesperación quería.
Ni siquiera estaba pensando en Jude, quien vendría a buscarla en unos minutos.
Solo estaba la puerta y lo que fuera que yacía atrapado detrás de esta.
La cerradura cedió con un tenue clic. Maeve dio un paso adentro.
Lo que fuese que ella había estado esperando no era aquello.
La habitación estaba rodeada de estanterías, que cubrían las paredes hasta llegar a una ventana en el extremo opuesto; cada una, repleta con más libros de los que podía contar.
Una capa de oro resplandecía en cada superficie, caía por el aire.
Como polvo, pero más fino y menos sustancial.
Con lentitud, giró las palmas hacia arriba para recoger el polvo con los dedos.
La habitación era luz dorada y caramelo hilado, inundada con algo extraño y hermoso.
Giró en un círculo lento.
El oro era el mismo que en su estudio. ¿Era una marca que la magia de los santos dejaba atrás? ¿Había estado Jude ejerciendo sus habilidades aquí dentro? Se quedó inmóvil, observando el polvo caer cuando se le ocurrió algo.
¿Había estado respondiendo plegarias?
Se movió por la habitación, inspeccionando los libros. Una mezcla de ficción, tomos de la Abadía y volúmenes sin título encuadernados con tela. Su contacto dejaba una mancha limpia sobre los lomos.
Un libro yacía abierto sobre un escritorio ubicado bajo la ventana. Jude debía haberlo dejado ahí, listo para retomarlo en su siguiente visita. Se acercó. Las páginas tenían la misma textura que sus propios cuadernos de bosquejos; la forma de las letras, desconocida. ¿Runas, quizá?
A los costados, se le crisparon los dedos. Las páginas parecieron estremecerse en expectativa.
Y ella lo supo: el libro quería que lo tocasen.
Quería que ella tocara la superficie dorada.
Echó una mirada a su espalda hacia la puerta abierta.
Desde el piso de arriba vino el distante sonido del agua, el crujido del entarimado.
¿Esperaría Jude a que la bañera estuviera llena para ir a buscarla o supondría que fuera ella quien acudiera a su encuentro allí?
De cualquier forma, no tenía mucho tiempo.
El corazón le dio un vuelco en el pecho al dejar la mano flotando sobre las páginas. Un calor le golpeó la palma. Quería más de ese calor; quería el libro entero. Ser consumida, como una bocanada de aire antes de una caída.
Dejó caer la mano sobre la página. De repente, el mundo giró bajo sus pies.
Los estantes se arremolinaban para convertirse en ventanas y descender niveles de dormitorios y pasillos y páramos azotados por el viento al caer Maeve de un mundo al siguiente.
Las náuseas se le dispararon con un latigazo de vértigo.
Intentó gritar, pero sus pulmones no podían inhalar aire; la sensación era tan distinta a todo lo que había vivido que se le llenaron los pulmones de puro pánico.
Estaba plantada en una habitación desconocida cuando el mundo se detuvo.
Algunas partes estaban difusas, como una pintura corrida antes de que se secara del todo.
Otros elementos eran tan nítidos y definidos como su vista.
Sentía que no le pesaba el cuerpo. No era del todo corpórea; más un espíritu que humana.
Miró hacia abajo, no vio nada más que las tablas del suelo.
El más leve indicio de humo bajo una capa de sal marina cuando inhaló.
Dulce y familiar... La Abadía.
¿Estaba en un recuerdo?
La habitación era más pequeña que la de ella y tan desordenada que sintió el pánico de baja intensidad que le daba en los lugares que no compartían su particular nivel de orden.
Miró alrededor, el corazón le saltó a la garganta al detectar a un muchacho plantado junto a la puerta abierta.
Aunque era más joven, aproximadamente de la edad que tenía cuando pintaron su ícono, sin duda era Jude.
De alguna forma, debía de estar en un recuerdo. Su recuerdo.
Jude cerró la puerta detrás de él, se agachó para meter una pieza de madera triangular entre el borde de la puerta y el suelo, encerrándose, obviamente.
Maldijo por lo bajo mientras pateaba hacia un lado pilas de objetos fuera de lugar para echarse en la cama.
Tenía las piernas demasiado largas y delgadas; los tobillos y muñecas, delicados donde le sobresalían de la ropa, que le quedaba pequeña.
El cabello le crecía en rizos revueltos que le llegaban hasta la mandíbula.
De repente, se agarró la boca con las manos y gritó.
Un sonido animal, que hizo que Maeve se escabullera hacia atrás y chocara contra la puerta.
Antes de que Jude pudiera gritar otra vez, sonó un golpe en la puerta cerrada. El picaporte se agitó y la madera crujió, ya que quien estaba al otro lado intentó abrir de un empujón, pero fue detenido por la madera atorada en la base.
Jude se quedó en la cama. Se le aceleró la respiración cuando el quicio de la puerta chirrió sobre el suelo de piedra.
Otro golpe en la puerta, esta vez más fuerte.
—Jude... —llamó la persona desconocida. La voz carecía por completo de textura.
Maeve se encogió de miedo ante el sonido. Era como si el recuerdo de Jude se hubiese quedado corto al crear la voz, como si hubiese olvidado quién estaba detrás de la puerta en primer lugar.
—Sé que estás ahí dentro. Abre la puerta —gruñó. La puerta no cedió. Quien hablaba tamborileó con los dedos sobre la madera en un staccato rápido—. De acuerdo. Haz lo que quieras. Creí que querrías saber que se ha tomado una decisión.
Jude se puso de pie. Tenía los ojos mojados. Dio un paso hacia la puerta trabada y se detuvo.
—No me quiero ir. Por favor. Este es mi hogar. —Se le quebró la voz—. Por favor.
El suspiro de la persona se escurrió a través de la puerta.
¿Estaba Maeve asistiendo a su último día en la Abadía? En el recuerdo, él parecía estar a mitad de su adolescencia, ahora tal vez estuviera a principios de sus veinte. Elden dijo que llevaba exiliado más de ocho años.
Casi una década. Era un niño cuando lo habían enviado lejos.
Había reconocido la verdad en teoría, pero la realidad era mucho peor de lo que podría haber imaginado. Imaginar esta versión de Jude deambulando por Ánhaga solo era demasiado horroroso.
—Es demasiado peligroso que te quedes —explicó la persona.
Jude tropezó al regresar a la cama. Se sentó con pesadez, curvó los dedos sobre el borde del colchón—.
Mantenerte aquí pone en peligro a todos.
Toda la Abadía sufrirá si te quedas. No quieres eso, ¿no, Jude?
¿Lastimar a todos los demás? No después de lo que pasó.
¿Quién era esta persona para pedirle a Jude, un muchacho apenas salido de la niñez, que renunciara a su hogar?
Maeve quizá no entendiera qué había hecho Jude para merecer un castigo, para merecer el exilio , pero a ningún niño se le debería hacer creer que su propia existencia lastimaba a otras personas.
Sintió una repentina punzada de dolor en la mano izquierda.
Miró hacia abajo y encontró furiosas marcas de medias lunas en la piel de clavarse ahí las uñas.
Le creció una firme opresión en la garganta.
Confiaba en la Abadía. Había dado su vida en servicio, un acto del que no se arrepentía.
Una decisión que tomaría una y otra vez.
Pero esto... No sabía cómo conciliar las lágrimas de Jude con sus creencias arraigadas hacía tanto tiempo.
Quizá no estaba viendo el cuadro completo.
Esto solo era una porción de un recuerdo, después de todo.
Y de una fuente poco fiable, además. Jude tenía sus propios sesgos, a los que se aferraba con tanta fuerza como Maeve a su lealtad.
Eso estaba destinado a impactar sus recuerdos tanto como a filtrarse en su realidad actual.
Ni siquiera recordaba la identidad de la voz detrás de la puerta, razonó Maeve.
Por supuesto que el recuerdo estaría lleno de inconsistencias.
Respiró hondo para tranquilizarse e intentó concentrarse en la voz de la persona desconocida y no en el sonido apagado del llanto de Jude contra sus manos apretadas.
—Te enviaremos a un lugar donde estarás a salvo —dijo la persona, su voz se suavizó.
Aunque la voz aún era extraña en su anonimato, la cadencia le recordó las interacciones que había tenido con las enfermeras en la Abadía las veces que se había sentido mal. Directas, pero aun así atentas. ¿Quién estaba al otro lado de la puerta?
—Nunca más lastimarás a nadie. ¿No es eso lo que quieres? —preguntó la persona.
—¿El Goddenwood? —preguntó Jude atragantado. Tenía los ojos febrilmente brillantes, con una repentina pizca de esperanza.
—No —respondió la persona, con lentitud y cuidado—. Allí no. Otro lugar.
A Jude le tembló el labio inferior. Se frotó el ojo con el dorso del puño.
La delgada porción que ella podía verle de la muñeca estaba envuelta en una venda, se filtraba sangre por los bordes. A Jude parecía suponerle un esfuerzo endurecer las suaves líneas de su rostro. Era la misma terquedad que Maeve veía en el Jude actual.
—No quiero lastimar a nadie. Yo nunca...
—Shhh —lo tranquilizó la voz—. Lo único que importa es que no vuelva a pasar.
—¿Está bien...? —preguntó Jude. El espacio que ocuparía un nombre llegó como un zumbido.
El silencio flotó en el aire. Jude se quedó con la mirada en blanco y hacia delante mientras esperaba, tamborileando con los dedos contra sus muslos.
—El tiempo lo dirá. Lo que importa es que no haya una repetición de la práctica. —Otra pausa, esta más larga. Luego—: ... ha desaparecido. Pero ya lo sabías, ¿no?
Un extraño zumbido oscureció el nombre de nuevo. ¿Jude no recordaba eso tampoco? Maeve lo observó, catalogando la forma en que se estremecía ante el nombre oculto. ¿Por qué olvidaría un detalle tan fundamental?
—Está bien —susurró—. Me iré.
Un suave golpeteo en la puerta, como si la persona quisiera expresar su aprobación.
—Has hecho la elección correcta.
Cuando el recuerdo se desvanecía, captó el final de la expresión de Jude al oír los pasos que se alejaban de su puerta.
Las líneas jóvenes de su cara, familiares y a la vez no, pasaron de congoja a enfado y de enfado a resignación, donde se quedaron.
Se frotó con fuerza la cabeza, tirando de los pelos alrededor de las sienes, hasta que largos mechones se soltaron entre los dedos. Alzó una mano en puño a su boca.
Maeve volvió en sí aspirando una bocanada.
Estaba completamente apoyada sobre la espalda en el suelo de la biblioteca.
El polvo de oro destellaba en el aire, dándole a la habitación una sensación de irrealidad.
Los lloriqueos reprimidos de Jude aún le resonaban en los oídos cuando sintió un calor que se le deslizaba desde el ojo hasta la mandíbula.
No sabía cómo podría volver a mirarlo después de lo que acababa de ver, sabiendo que vería el eco de su adolescencia, quebrado y suplicando.
Se le agitó el corazón de forma errática con solo pensarlo.
De repente, un suave golpeteo de pasos sonó en la esquina de la habitación.
Maeve se puso de pie de un salto, el corazón le palpitaba a un ritmo peligroso cuando giró hacia la puerta, ya sabiendo a quién vería observándola.
Y ahí estaba él: Jude, con vendajes y un frasco de cataplasma en las manos. Los ojos firmemente fijos en el libro abierto junto a sus pies.