13. Jude
Jude
Jude persiguió un destello de cabello claro en la distancia crepuscular, mascullando por lo bajo.
Maeve estaba unos cincuenta metros por delante, empujaba la puerta y se dirigía hacia los terrenos de más allá.
Lo último que quería era correr tras ella como un perro, pero Maeve no conocía los páramos como él.
No eran seguros fuera del camino, sobre todo en la oscuridad.
Los pantanos surcaban los brezos en zonas invisibles, raíces trepadoras se arqueaban desde la tierra como dedos.
Ni hablar de la lluvia que le bajaba por la cara y le congelaba el aire en los pulmones.
¿En qué estaba pensando al dejar la casa en una noche como aquella?
La sangre le latía furiosamente en los oídos, lo convertía en una ola embravecida. Se estrellaría contra la orilla, se estrellaría contra ella , de alguna manera u otra. Si ella se erosionaba o no, u ofrecía resistencia, estaba por verse.
—Maeve —gritó—. ¡Maeve!
Avanzó más rápido. El roce del viento le hizo llorar los ojos. La lluvia barría la superficie expuesta del terreno y desdibujaba la figura delante de él.
Finalmente, Maeve se detuvo. Se le agrandaron los ojos al verlo.
El pensamiento se le ocurrió casi con desgana; había estado tan preocupado por asegurarse de que ella se mantuviera lejos del peligro que había olvidado mirar por dónde pisaba.
Si se hubiera detenido al menos un segundo, se habría dado cuenta del musgo característico, del agua pantanosa lamiéndole los tobillos.
Si no hubiese sido por la maldita mujer en frente de él ...
Demasiado tarde.
Las botas se le llenaron de agua y lodo helado, que se escurrieron hacia arriba por la parte trasera de su jersey cuando se le hundió el pie izquierdo hasta la rodilla.
Dio un tumbo hacia delante con el otro pie en un intento por estabilizarse.
Agitó los brazos en el aire cuando el lodo lo detuvo en seco.
—¡Jude! —chilló Maeve.
Apenas la hubo oído, dado que un pánico punzante le consumía todos los pensamientos.
El lodazal le envolvió con sus tentáculos los dos tobillos, impidiendo todo movimiento.
Pronto, toda la parte baja de su cuerpo estaba cimentada en el lodo.
El miedo se intensificó en su pecho mientras intentaba agarrarse de los juncos de alrededor.
Cuanto más luchaba, más rápido se hundía.
Buscó desesperadamente algo sólido, sin encontrar nada. Estaba atrapado.
De repente, Maeve se alzaba frente a él.
—Detente —intentó advertirle; sus palabras, severas y temerosas. Se resbalaría a la ciénaga con él si daba otro paso—. No te acerques más. No. Maeve...
Intentó obligarse a mantenerse quieto y recordar lo que Elden le había enseñado sobre escapar del tenaz agarre del lodazal, pero de repente, lo único que podía ver era la mano extendida de Maeve.
—Quédate quieto —le ordenó ella. Se puso de rodillas y gateó—. Estás empeorando las cosas.
Jude lo intentó . Realmente lo intentó, pero la claustrofobia no lo soltaba.
Solo podía pensar en su cuerpo atrapado y en Maeve acercándose cada vez más. Briznas de pasto pantanoso se le rompían bajo los dedos que intentaban aferrarse. El agua le rozó el mentón y el lodo le tocó la lengua. No podía terminar así..., con tierra llenándole la garganta, agua en los pulmones.
—Resiste... —La voz de Maeve atravesó el pánico.
Jude trató de concentrarse en su cara, pero al mismo tiempo el brazo derecho se le hundía más en el fango. Hizo fuerza para que el izquierdo le quedara más arriba que la cabeza. Respirar era un esfuerzo ahogado, entrecortado.
—Tienes que relajarte, Jude. Por favor, intenta relajarte. —Maeve se deslizó hacia delante sobre el abdomen hacia el último terreno firme antes del cenagal, con la mano extendida, apenas visible en la oscuridad—. Cógeme la mano.
Rozó la muñeca de Maeve con los dedos, que se resbalaron antes de poder agarrarla con firmeza.
El oro dio un salto en su visión periférica.
Jude lo apartó con todas sus fuerzas mientras Maeve reptaba hacia delante, con ambos brazos extendidos hacia él en ese momento.
Con las manos le tanteó el brazo, la nuca y alrededor del cuello del jersey, buscando agarre.
La lluvia caía como un velo de plata entre ellos y oscurecía todo salvo el vívido rojo que manchaba las mejillas de Maeve y sus desesperados ojos oscuros.
Con un quejido, Jude liberó su brazo derecho del lodo. Extendió ambas manos hacia ella y se sujetó bien a las muñecas de Maeve. Su magia saltó con avidez a la superficie. Él dejó ir un grito quejumbroso por entre los dientes apretados, mientras intentaba luchar contra su magia.
Los recuerdos de Maeve le inundaron la mente antes de que pudiera detenerlos.
Una bruma de oro cubría la habitación con una ráfaga de polvo fino. Bien arriba, un retrato la observaba con ojos cómplices. La pintura estaba seca; completamente seca en apenas unos segundos. ¿Cómo? ¿Cómo había hecho él para que se secara?
Maeve le agarró las muñecas con fuerza e hizo una pausa. Parpadeó con rapidez, ladeando la cabeza como si estuviera sacándose agua de los oídos. Con los dientes muy apretados, Jude por fin logró contener su magia.
De forma abrupta, a ella se le aclararon los ojos al retirarse el recuerdo de la mente de Jude y regresar a la de Maeve. Jude entrecerró los ojos contra los últimos vestigios de oro.
Las manos de Maeve se sacudieron alrededor de sus muñecas.
—Vale —jadeó ella—. Vale. Comienza por las piernas. Intenta aflojar los músculos.
Intentó hacer lo que ella le decía, ver su cuerpo separado de su mente apoderada por el pánico.
Lo había hecho antes. Podía hacerlo otra vez.
Se concentró en sus tobillos, en sus pantorrillas, sus rodillas, arriba hasta las caderas.
Pronto, se sentía la parte baja del cuerpo tan liviana que era como si estuviese flotando.
Lentamente, el lodo aflojó su agarre.
—Eso es —elogió Maeve. Tiró de sus brazos, deslizándose hacia atrás. Hizo una mueca, el dolor se le reflejaba en el rostro al llevarlos a ambos hacia atrás—. Solo mantente inmóvil.
Su torso salió del lodo primero. Ahora veía a Maeve por completo.
Yacía parcialmente en un árbol caído, tenía una pierna enganchada en una rama salida para sacarlo del lodazal haciendo palanca.
Tenía el vestido desgarrado hasta la mitad del muslo, exponiendo una media negra y un tajo rojo vivo en medio de la pierna.
—Estás sangrando —dijo con dientes apretados; las palabras le salieron más airadas de lo que hubiera deseado.
Maeve negó con la cabeza, indiferente, y tiró con más fuerza.
De golpe, el lodo lo soltó. Él se deslizó lo suficiente como para poner la rodilla en el borde sólido de tierra y empujar el resto afuera.
La turba estaba gloriosamente firme debajo de él.
Maeve le soltó las muñecas, rodó para salir del árbol y se quedó bocarriba.
Permanecieron ahí echados, exhaustos, jadeando, llenos de lodo y empapados por la lluvia.
—¿Cómo... —preguntó Maeve con voz entrecortada— te encontraste metido en una ciénaga?
—La ciénaga me encontró a mí —masculló Jude, frotándose la cara con la mano que tenía limpia—. Pienso que deberías estar más agradecida de que no te haya encontrado a ti en lugar de a mí. De nada por eso.
Para su sorpresa, Maeve se echó a reír. Una risa pura y brillante y más fuerte de lo que él esperaba. Se giró para mirarla, captando la comisura de su sonrisa. Algo profundo se estremeció en él.
Se sentó temblando.
Le dolía cada una de sus partes. Había perdido una bota, y el calcetín medio salido pesaba por el lodo. Se lo quitó con un suspiro. Le gustaban esas botas.
Maeve extendió una pierna y cuidadosamente retiró la falda empapada. Tenía las medias bajadas hasta los tobillos. Riachuelos de sangre enlodada y llenos de manchas le bajaban por el interior del muslo.
Los ojos de Jude se quedaron fijos en el tajo dentado.
—¿Duele? —preguntó inútilmente.
Ella presionó los bordes del corte. Ya había dejado de sangrar.
—Creo que es de la rama de ese árbol. Probablemente no debería haberme anclado ahí de manera tan... expeditiva. —Ella intentó reírse.
A Jude no le pareció nada gracioso. De cerca, no era tan malo como había pensado, apenas un poco más que un rasguño, pero de todas formas...
—No deberías haberte lastimado en absoluto.
Maeve encontró su mirada.
—¿Qué, no vas a darme las gracias por haberte salvado la vida?
—No, si casi cuesta la tuya.
Se sorprendió al encontrar que las palabras eran ciertas. Quería que ella se fuera, sí..., pero ¿que muriera? Quizá no.
—Jude —repuso ella con firmeza, al ver que él seguía mirándole la sangre en la pierna—. Es un rasguño. Sanará en unos pocos días. Tu vida es mucho más importante.
Despacio, él extendió la mano y le rozó la piel suave alrededor del corte con un nudillo, con cuidado de mantener su magia serpenteante bajo control.
Maeve sintió un escalofrío por el contacto. Él se apartó.
—¿Porque soy un santo? —preguntó, sin dejar de mirar el lugar donde tenía la mano flotando a un pelo de distancia de su piel.
Se tomó su tiempo para devolver la mirada al rostro de Maeve. El cabello dorado le caía en revoltijos enredados; los ojos, enormes y suavemente oscuros. Ella lo observaba como si estuviera buscando algo oculto, algo que solo ella podía ver.
—No —contestó—, no porque seas un santo.
Por una vez, Jude no tenía una respuesta.