12. Maeve
Maeve
Maeve estaba de regreso en la habitación que se había apropiado para usar de estudio cuando Jude apareció en el umbral de la puerta abierta.
Olive se entrecruzaba entre las piernas del santo.
Se puso a olfatear sus útiles de pintura con la cola bien en alto.
Maeve se puso tensa. Le había llevado una eternidad secarse el pelo después de la debacle de las patatas.
—¿Qué quieres?
—¿Puedo pasar?
Maeve recorrió el espacio con la mano.
—Por supuesto. Es tu casa, después de todo.
Para su sorpresa, Jude caminó hacia el centro de la habitación, dobló las rodillas y se sentó justo frente a su taburete. La luz parpadeante de la lámpara de aceite le lamía los rasgos. Olive le saltó a las piernas dobladas y comenzó a amasarle el muslo.
Se quedaron mirándose; ninguno dispuesto a romper el endeble silencio.
Maeve se inclinó hacia delante para descansar las manos sobre las rodillas, preguntándose qué veía él cuando la miraba.
No la viajera embarrada que la tormenta había escupido sobre la entrada de su casa.
No la acólita furiosa que sostenía un ícono frente a su rostro.
Ni siquiera la mujer arrodillada frente a una puerta cerrada, con la mente inundada de oro.
No quería ser ninguna de esas cosas. Quería ser un retrato, distante y libre de preocupaciones, dudas o temor. Algo que jamás sería.
Algunas veces, cuando Maeve se sentía débil y sola, se preguntaba si se conocía a sí misma en realidad o si simplemente era una combinación de todo aquello que la gente le había dicho que debía ser.
—Tengo algunas preguntas, si no te importa —dijo Jude rompiendo el silencio.
—La cordialidad no te queda bien.
La comisura de la boca de Jude se alzó.
—Lamento no estar de acuerdo.
El estado de ánimo le había cambiado drásticamente desde la frustración furibunda que ella le había visto en la cocina.
Había algo diferente en él. Parecía más...
liviano. Notó que tenía un cierto enrojecimiento en los ojos y que presionaba los labios como obligándose a mantenerse en silencio.
Él miraba al techo como si tratara de eludir su mirada indagadora.
El movimiento le recordó a un niño culpable, y se encontró con que una risa ronca burbujeaba hasta llegarle a los labios.
—¿ Qué has estado fumando?
Jude parpadeó rápido, se presionó el centro del pecho con una mano.
—¿Yo?
Maeve luchó contra una sonrisa. Había visto comportamientos como el de él antes.
Cuando era niña, algunos de los chicos más mayores de la Abadía solían volver a escondidas de los viajes a Whitebury con la cara como la de Jude: algo más contenta y relajada de lo normal.
Les había preguntado una vez, suspicaz por la risa incontrolable de los chicos y celosa de la obvia e ilícita amistad entre ellos.
Uno de los chicos había sacado la sustancia transgresora de detrás de la espalda y le había dejado probar.
A Maeve no le había gustado cómo la había hecho sentir, pero estaba claro que no era un problema para Jude.
Descubrió que le gustaba esta versión mejorada del santo.
—Me alegra que no estés gritándome de nuevo —comentó Maeve.
Por primera vez, Jude sonrió por completo.
Tenía hoyuelos a cada lado de la boca, que resultaban encantadores y suavizaban las líneas duras de su rostro.
Parecía incluso apuesto. Una pena que no volviera a verlas de nuevo.
Su piel lucía tersa bajo la luz cálida, lo que realzaba el ángulo de sus pómulos y el cabello oscuro cortado bien al ras.
Le nacía barba en el borde de la mandíbula.
Maeve, a regañadientes, admitió que tenía cierto atractivo si a uno le gustaban los hombres con rasgos afilados y boca suave.
Cosa que a ella no le pasaba.
—Se pasará pronto —informó él—. Será mejor que lo disfrutes mientras dure.
Ella asintió con la cabeza.
—¿Qué querías preguntarme?
—Es sobre la Abadía.
Maeve cerró las manos en puño sobre las rodillas.
—Si vas a burlarte de mí otra vez, será mejor que te vayas.
Jude negó con la cabeza al mismo tiempo que levantaba las manos en dirección a Maeve. Tenues cicatrices blancas a rayas le cruzaban las palmas.
—No. No, solo quiero aclarar algunas cosas, si es posible.
Ella no quería decir que sí, no cuando sabía cuán susceptible se mostraba Jude con los temas relacionados con la Abadía, pero debían tener esta conversación tarde o temprano. No le gustaba sentir que él la odiaba. Si tenía que pasar algún tiempo en aquella casa, prefería establecer una tregua.
Maeve se frotó ambas manos sobre los muslos.
—Está bien.
—Tengo curiosidad sobre tus plegarias —reveló Jude—. Me gustaría saber cómo las has visto respondidas. Y cómo haces tus peticiones cuando rezas.
—¿No deberías saberlo, considerando que eres quien recibe las plegarias? —preguntó Maeve, que se sorprendió a sí misma con su franqueza—. Además, dejaste muy claro que no debo rezar en tu casa.
—Te lo estoy preguntando amablemente —pidió Jude con una sonrisa.
Maeve resopló.
—Cuando rezo primero elijo un ícono...
—¿Cómo? —interrumpió él—. ¿Cómo eliges a qué ícono rezarle?
Lo que le estaba preguntando era algo privado. Se sentía expuesta.
—Solo lo hago. El que siento que corresponde ese día.
Las cejas de Jude se alzaron de golpe por la sorpresa.
—¿No es el mismo todos los días, entonces?
—No... Bueno, a veces. Depende.
—¿De qué?
Frente a esto, Maeve finalmente cedió a su frustración y lanzó las manos al aire.
—No entiendo por qué eso es relevante. Dejo que los santos me guíen, ¿está bien? Escucho qué ícono me llama. A veces es debido a sus expresiones, si estoy buscando paz o consuelo, le rezo a alguien que parece inclinado a darlo. ¿Es suficiente información para ti?
Las pestañas de Jude proyectaron largas espinas sobre sus mejillas cuando inclinó la cabeza hacia atrás.
—¿Y cómo responden?
—¿Cómo? —aclaró ella.
Él asintió con la cabeza.
—Un ejemplo concreto, tal vez. Cualquier cosa que se te ocurra.
Incomodada por sus preguntas y decidida a no responder, Maeve observó el largo de las piernas de Jude que ocupaba el espacio entre ellos, contó las tablas del suelo entre sus muslos.
Sus pantalones negros eran un pelín demasiado cortos para unas piernas tan largas.
Llevaba los dobladillos salpicados de lodo.
Jude se removió ante el peso de su escrutinio.
Olive salió de su regazo, en clara queja frente a sus movimientos.
—Maeve.
Ella no quería responderle.
El silencio se alargó.
Maeve se removió, incómoda. Finalmente, suspiró.
—No entiendo por qué es importante o por qué necesitas saberlo.
Ya no eres parte de la Abadía. Los santos responden nuestras plegarias todos los días.
Siempre hay comida en la mesa. Las sequías nunca duran demasiado y las olas nunca traspasan nuestras paredes.
Hasta la gripe se mantiene alejada. —Encontró los ojos penetrantes de Jude que la miraban y se prometió ser igual de mordaz e inflexible—.
Eso es suficiente para mí. Tener fe es creer en lo inexplicable. Eso incluye lo mundano y lo milagroso.
—Algo concreto —insistió Jude, ignorando todo lo que acababa de decir—. ¿Para qué rezas exactamente? ¿Y cómo te responden los santos? Exactamente.
—¿Por qué debería responderte? —gritó Maeve, que intentaba calmar el pánico latente que sentía.
Se tranquilizó recordando que podía darle una respuesta si realmente quería.
Podía , pero simplemente no quería—. Se trata de fe.
Se trata del poder de los santos. Saber que mis plegarias han sido respondidas.
Tuve la fe de creer de niña y todavía tengo la fe de creer ahora.
Jude flexionó las piernas y se puso de pie, tambaleándose levemente por los efectos de lo que fuese que había fumado. Al inclinarse, una cadena se liberó del cuello abierto de su jersey, de la que pendía una llave de oro brillante.
El corazón de Maeve dio un vuelco. «La habitación cerrada.»
—Quiero que pienses en cada momento de rezo respondido que puedas recordar —pidió Jude. Ella arrastró la mirada desde la llave hasta su rostro—. Recuerda el santo al que le rezaste. Recuerda cómo y si te respondió. Tan detalladamente como puedas.
—¿Por qué? —preguntó; su voz, un susurro ahogado.
Él no respondió, solo continuó observándola.
Así de cerca, Maeve pudo ver una tenue salpicadura de pecas sobre el puente de la nariz. El tono de sus ojos era un remolino de verde, marrón y gris. Justo debajo, la llave de oro centelleaba y oscilaba.
Necesitaba esa llave.
La única carta que le había enviado a Ezra apenas si contenía algo útil.
Sabía que no había sido lo suficientemente buena.
Su falta de respuesta le decía que debía esforzarse más, y estaba segura de que esa habitación cerrada contenía las respuestas que con tanta desesperación quería.
No podía arriesgarse a decepcionar a Ezra.
—Quiero que recuerdes cada momento en que creíste que tu rezo fue respondido y te preguntes si tus recuerdos son un relato verdadero, fiable. La memoria es extraña. Sé mejor que la mayoría cómo la devoción de un acólito puede distorsionar la fe hacia la ceguera. Piénsalo.
Se enderezó.
Maeve también se puso de pie. El corazón le martilleaba el pecho. Casi de forma inconsciente, se pasó la mano sobre la extensión de piel de su brazo milagrosamente curada. Podría hablarle de esa súplica respondida, pero ¿por qué debía hacerlo? ¿Acaso era él digno de sus secretos inmerecidos?
—¿Por qué? ¿Por qué debería pensar sobre eso ? Sé en lo que creo. Sé qué cimientos yacen en mi interior. Mi fe no es ciega.
Jude se detuvo en la puerta. Despacio, se giró para mirarla. Una oscuridad acechaba en lo profundo de su mirada impenetrable cuando ladeó la cabeza.
—¿No lo es?
Maeve había tenido suficiente.
Pasó bruscamente al lado de él para salir al pasillo. El aire se le volvió escaso en el pecho tenso. Las paredes de la casa se le venían encima mientras luchaba por respirar. No podía soportarlo más. No podía soportarlo a él.
Ignorando el enorme peso de su mirada en la nuca, Maeve se apresuró a bajar las escaleras y salir a la densa oscuridad.
Los páramos eran inmensos y estaban desiertos, lo que calmaba la agitada furia que consumía cada uno de sus pensamientos.
Abrió de un empujón el portón y caminó hacia el roble que había en la distancia.
Allí, y solo allí, podría finalmente respirar.
Hasta que le oyó gritar su nombre.