El espacio entre nosotros 11. Jude
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11. Jude

Jude

Ya tarde al día siguiente, la luz de las velas arrojaba largas sombras sobre el escritorio de Jude. Cada muesca sobre la madera resaltaba en relieve afilado. Grabados toscos, en su mayoría, de lo que veía desde su ventana. Manzanas y mirlos y hojas que caían.

Jude pasó la mano sobre el impoluto sobre blanco antes de darle la vuelta.

Era diferente de la carta que había robado de la bolsa de la iconógrafa, que aún no había tenido la osadía de abrir.

Le había llevado casi un día armarse de valor para abrir este.

El papel era más grueso, los bordes minuciosamente doblados.

«Ezra» estaba escrito en el frente sobre la dirección.

Ningún apellido ni descripción de oficio.

Solo un nombre. Muy probablemente su mentor, como le había dicho a Elden. Un sabio de la Abadía.

Los miembros de la Abadía abandonaban sus apellidos cuando entraban de niños. Jude no recordaba cuál había sido el suyo, mucho menos cualquier cosa sobre sus padres o sobre su infancia antes de la Abadía. Bien podría haber nacido allí, en ausencia de recuerdos, tallado de los propios muros.

Si Maeve hubiera escrito a un compañero acólito, habría puesto su oficio debajo del nombre.

Si alguien hubiese tenido a bien escribirle durante sus años en la Abadía, habría llegado etiquetado como «Jude (ilustraciones)», para marcar sus años aprendiendo el oficio de embellecer manuscritos.

Un título del que fue despojado en cuanto le apartaron de la congregación.

A diferencia de la carta que había robado de la bolsa, no dudó en sacar esta del sobre.

Ella la había escrito, y había escrito sobre él . Tenía todo el derecho a mirar. Alineó el borde inferior minuciosamente con la superficie de su escritorio. Leería lo que ella había informado y decidiría qué hacer a partir de ahí. Nada impulsivo. Nada sin pensar.

Asintiendo con la cabeza para afirmarse a sí mismo, Jude se enfocó en la página y empezó a leer:

Ezra:

Espero que estés bien y que las preparaciones para la intercesión de invierno no hayan sido demasiado agotadoras. Ansío de corazón estar en casa para ese momento, especialmente si diriges alguno de los himnos este año.

Jude miró al techo con exasperación. A ella poco le faltaba para agacharse y besar el suelo que pisaba su mentor a esas alturas.

Pese a la lluvia, el viaje transcurrió con tranquilidad.

He comenzado el bosquejo preliminar del ícono de Jude y espero comenzar la capa de base la semana que viene.

No ha sido la persona más fácil para trabajar hasta ahora, pero tengo confianza en que tendré su ícono listo antes de que termine el año.

Con respecto a mi otra tarea...

Jude está muy aislado y parece notablemente solo, con poco contacto con la vida fuera de su casa.

La casa no tiene ningún ícono, ni signos de la Abadía y ningún rastro obvio de su habilidad.

El casero, un hombre llamado Elden, parece recordar poco de su vida antes de Jude, salvo por unos pocos años que pasó como leñador, aunque estoy segura de que está ocultándome cosas a propósito.

Haré todo lo posible por encontrar y transmitir más información sobre él y Jude.

Mientras, la rutina diaria de Jude no suele variar demasiado, con frecuencia desaparece en una habitación que siempre mantiene cerrada.

Me da curiosidad descubrir qué hay dentro, aunque me temo que debe de ser importante.

Aspiro a descubrirlo antes de mi próximo informe; tengo la esperanza de que contenga respuestas a cómo está corrompiendo su magia.

El papel se arrugó cuando lo estrujó con fuerza en su puño.

¿La magia que Jude corrompió? ¿Era eso lo que le habían dicho?

¿Que había sido él quien había contaminado sus habilidades?

¿No la Abadía, con sus codiciosas garras, su toque venenoso?

El pecho palpitó con furia ante la mentira descarada.

De alguna forma, seguían encontrando maneras nuevas y creativas de sorprenderlo.

Exhaló con lentitud, obligándose a seguir leyendo. Ojeó el resto de la página. La letra de Maeve pasaba abruptamente de una caligrafía uniforme, aunque descuidada, a un completo garabato. Salpicaduras de tinta manchaban la hoja.

Jude muestra una notable falta de respeto hacia la Abadía y la gloriosa magia de los santos, que raya en el odio absoluto. Estoy más convencida que nunca de que esconde algo. Volveré a informar en una semana.

Por los santos,

M AEVE

Bueno.

Jude se inclinó hacia atrás sobre su silla. Entonces, sus sospechas eran ciertas. Ella era una espía, después de todo. No debería estar sorprendido. Por supuesto que su presencia aquí servía para un doble propósito.

Los iconógrafos eran fundamentales para la Abadía, quizá más que meros artistas.

Jamás forzarían a uno a irse a menos que estuvieran desesperados...

, y en verdad debían de estarlo por tener un ícono de él actualizado para elegir a Maeve, de entre todas las personas.

A su edad, ella habría completado toda su formación para ser una iconógrafa de pleno derecho, y la Abadía no tenía demasiados iconógrafos de esos. Enviar a uno hasta aquí...

Pero ¿por qué entonces? ¿Qué había cambiado para renovar su interés en él?

Sus ojos volvieron a la hoja.

«Jude está muy aislado y parece notablemente solo.»

Se puso de pie y caminó de un extremo a otro de la habitación.

Sentía una opresión en los pulmones, la garganta constreñida.

Tiró del cuello de su jersey hacia un lado y miró hacia abajo, al tatuaje bajo su clavícula izquierda, en el suave hueco donde el hombro se le unía al pecho.

Una línea vertical partida por tres líneas horizontales:

«Santo.»

Su primer tatuaje y el único que no se había hecho él mismo.

El recuerdo del grabado con tinta en su piel era otro que se negaba a abandonarlo. Las manos que lo sostenían, el dolor ardiente. Los rezos y cánticos y las voces febriles...

Jude trazó el símbolo con dedos temblorosos y resistió el impulso de traer los utensilios para hundirlo profundamente en su piel.

Si estaba solo y aislado era porque lo habían dejado así. Si estaba amargado, era porque ellos lo habían hecho así.

En lugar de eso, buscó debajo de su escritorio la caja de hojalata que tenía encajada allí, llena de cigarrillos que le había robado a Elden, hojas secas que extraía de una planta que cultivaba en su invernadero.

La llama del fósforo envió focos de oro a los extremos más lejanos de su vista.

Había fumado cigarrillos comunes antes, en una vida previa donde birlarlos de los lugareños era el máximo de rebelión.

Los de Elden no eran como los que recordaba, ni por el gusto ni por la oleada de mareo que le provocaban, que había llegado a asociar con el sabor herbal del tabaco o el clavo.

La presión bajo su piel cedió lentamente, tal como había esperado.

En cuanto su mente se aquietara, la enfrentaría. Necesitaba abordarla con cuidado, y repetir la discusión acalorada que habían tenido en su vieja habitación era lo más lejano a ser cuidadoso.

Jude inclinó la cabeza hacia atrás y exhaló una bocanada de humo.

Algunas ideas se arremolinaron y se hundieron en una ráfaga de viento. Dio otra calada y pensó en un pájaro que caía en picado hacia la tierra, a salvo en la confianza de sus alas.

Puso el cigarrillo en la tapa de la caja.

Había hecho su trabajo; estaba listo para abrir la segunda carta.

Maeve no se había dado cuenta de que él había robado la carta de su bolsa. Había permanecido en un bolsillo lateral, con la hebilla rígida por el desuso. Quizá nunca supo que estaba allí, oculta para que la encontrase al llegar.

«Lástima» , pensó Jude cuando la apoyó sobre la carta que iba dirigida a Ezra. Era suya ahora.

Solo su nombre estaba escrito en el frente, no su oficio. El sobre estaba arrugado y manchado por el agua, pero aún lacrado con el sello de la Abadía de las manos ahuecadas alrededor del sol.

Quería abrirlo... con desesperación.

Pero algo lo detenía. No exactamente el desgastado sentido de la moralidad que aún vivía dentro de él, pero se le acercaba bastante.

Un reconocimiento de que la carta no estaba escrita para que la leyera él, al menos no todavía.

La que había robado del buzón versaba sobre él.

Se sentía con derecho a abrirla. Pero esta...

La incomodidad le oprimió el pecho. Le trepó por la garganta y permaneció pesada en su lengua. El humo que se le arremolinaba en los pensamientos hizo que superar el trance fuera más fácil de lo normal, borrar el filo omnipresente de la ansiedad que lo acechaba como un perro hambriento.

¿Había alcanzado el punto de no retorno?

No estaba seguro. Al menos no por ahora.

No se arrepentía de haber tomado la carta, pero tampoco estaba listo para abrirla. No mientras aún tuviera sus propias preguntas. Preguntas sobre el oficio de la iconógrafa, sobre las creencias, la fe que ella tenía en las plegarias.

La más pequeña chispa de esperanza se encendió en el pecho de Jude.

Si pudiera descubrir cómo los sabios accedían a la magia en el interior de los íconos, estaría un paso más cerca de romper la conexión. No necesitaría proteger su mente ni sus recuerdos, no tendría que vivir temiendo perder el control. Su vida sería suya.

Quizá la iconógrafa tuviera las respuestas.

En el límite de su visión, su reflejo tembló.

Jude giró despacio para mirarse a los ojos. Por un momento, la luz de las velas formó una corona alrededor de su cabeza. Un halo dorado de luz, que lo enmarcaba como algo sagrado. Una imagen que solo veía cuando se permitía fumar. Nunca podía decidir si la amaba o la odiaba.

Parpadeó y esta desapareció.

¿Sería así como ella lo pintaría si tuviese la oportunidad? ¿Tomaría sus pinceles y lo mostraría no como era, el fantasma de un hombre que pisaba demasiado ligero como para dejar huellas, sino como un santo? Sin duda ella era talentosa, al igual que todos los iconógrafos de la Abadía.

Sería una ejecución magistral, aunque fuese blasfema.

Quería reestructurarle la mente. Diseccionar el velo de devoción y fe puesto en el lugar equivocado hasta descubrir lo que ella sabía.

¿Era ella consciente del poder que tenía cuando posaba el pincel sobre el lienzo? ¿Había algo intencionado que ella hiciera al pintar que conectara la magia del santo con su ícono, algún proceso que él pudiera alterar para liberar su magia del control de la Abadía?

Si la Abadía tenía un ícono de un santo, podía acceder a su magia. A su vez, el santo perdía sus recuerdos, drenados como el agua de un pozo. La iconógrafa jugaba una parte; también las plegarias, los rezos. Pero qué parte... era algo de lo que no estaba seguro aún.

Jude pasó los dedos sobre la llama de la vela, cuando el humo nubló su mente.

Su magia se agitó bajo la piel, buscando una salida. No había visitado la biblioteca más que para buscar consuelo desde la llegada de Maeve. Debía, necesitaba hacerlo, pero la idea de permitirse ese tipo de vulnerabilidad mientras ella estaba a escasas paredes de distancia era incomprensible.

Una luz le destelló detrás de los párpados cerrados. Si accidentalmente tocaba a Elden en ese momento, su magia le comería los recuerdos con una voracidad que Jude no podía controlar.

Una verdadera corrupción de su santa magia, sin duda.

Si tan siquiera Maeve supiera la verdad...: que no era él quien la corrompía.

Se frotó los ojos, soltó un quejido. No podría moverse tranquilo hasta que lidiara con ella.

Primero, necesitaba desestabilizar sus cimientos.

La idea, extrañamente, le hizo sentir culpa; no le gustaba tener que hurgar en sus creencias y pincharlas.

Pero ella no lo ayudaría a buscar respuestas si aún tenía confianza en la Abadía, en lo que le habían enseñado.

Jude necesitaba estar seguro de la solidez de las creencias de Maeve antes de intentar sacudirlas.

Se puso de pie y apagó el cigarrillo en la tapa de hojalata.

Podía darle algo de información bien seleccionada si eso ayudaba a descubrir si ella sabía sobre la conexión entre su oficio y las plegarias, sus pinturas y la magia.

Siempre y cuando la Abadía no se enterara de su biblioteca, de cómo había aprendido a guardar sus recuerdos en un lugar que ellos no podían alcanzar, Jude estaría a salvo.

Nada, nada, era más importante que sacar a la iconógrafa de su casa.

Sin importar cómo.