El espacio entre nosotros 10. Jude #3
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10. Jude #3

—¿Listo? Deberíamos irnos antes de que las cosas se vuelvan más... —frunció el ceño ante una muchedumbre que se descontrolaba— agresivas. —Ante la falta de respuesta de Jude, levantó un frasco de miel ámbar—. Tu favorita. Celia me la dio para ti.

Jude pasó un brazo por el asa de su canasta.

—¿Por qué no me la dio a mí directamente?

—Tal vez tu eterno ceño fruncido la desanimó —respondió Elden, suavizando sus palabras con una sonrisa.

La lluvia había disminuido a una pesada llovizna cuando se abrían camino de regreso; el ruido de la multitud lentamente se fue apagando detrás de ellos.

Jude estaba molesto. No podía evitarlo. Pese al ambiente que acababa de dejar, no quería regresar a la casa.

Sabía que debía pinchar un poco más a Maeve, ver qué podía averiguar sobre el conocimiento de la iconógrafa, pero pensar en pasar tiempo con ella le erizaba la piel.

No le gustaba la agudeza en esos ojos oscuros.

No le gustaba ni un poco.

Elden tiró de la manga del abrigo de Jude para detenerlo cuando se toparon con el bajo puente de piedra que marcaba la parte final del camino de regreso a Ánhaga. Jude alzó una ceja, soltándose con cuidado del contacto de Elden.

—¿Sí?

—Maeve —comenzó Elden, con la voz más baja y firme que nunca—. La iconógrafa.

—Sé su nombre.

La expresión de Elden se contrajo.

—Sabes que ha estado... explorando. La casa, digo.

Jude se cruzó de brazos mientras la tensión se le deslizaba hacia abajo por la columna. Apretó los dientes. No se dignaría darle una respuesta a Elden.

Elden pareció pensar lo mismo. Observó a Jude con las cejas en alto, expectante. Su impermeable estaba mal abotonado, más largo del lado derecho que del izquierdo. A Jude se le oprimía el pecho cuando miraba al hombre y veía en él cada vez más a un irritante hermano mayor.

El silencio se estiró. Jude se removió, incómodo.

Finalmente, Elden suspiró.

—En cada habitación que no cerraste, ha entrado.

Jude volteó la mirada hacia las colinas. Geoff tenía razón... La helada llegaría más temprano ese año.

—¿Jude? —insistió Elden.

—Ya sé que lo ha hecho —respondió.

—¿Y no te importa?

Jude resopló con una risa.

—Pues claro que me importa.

—Creo... —Elden hizo una pausa por un largo momento—. Creo que es algo bueno que ella esté aquí. Quizá.

—¿Cómo? —preguntó Jude, con escepticismo.

—Has estado lejos de la Abadía mucho tiempo —explicó Elden—. Llevas aquí mucho tiempo.

—Tú también.

Elden asintió. Frunció el ceño cuando se miró los pies. La preocupación inundó el pecho de Jude. La Abadía ya tenía sus garras clavadas en Jude y prefería que le cayera una maldición antes que las clavaran más profundamente en Elden. No permitiría que Maeve siguiera con su interrogatorio.

—Yo también —repitió Elden—. Pero no me refería a eso.

De verdad. Jude comenzó a caminar. El lodo le salpicaba las piernas a cada paso.

—Ella es frágil —lanzó Elden—. Más de lo que crees. Me recuerda a ti cuando llegué.

Jude se detuvo. Cerró los ojos. Sin apenas pensarlo, se puso la mano sobre la cadera derecha y apretó. El símbolo marcado ahí —«pertenecer»— era uno de los primeros que se había tatuado.

Elden le apoyó una mano en el hombro, el tipo de contacto casual que Jude normalmente solo permitía tras una cuidadosa reflexión. En ese momento, lo único que provocó fue que apretara los dientes.

—Está buscando un lugar seguro donde desembarcar. Lo que haya pasado en la Abadía para provocar su marcha, lo que sea que esté buscando aquí, dudo mucho que se trate solo de información sobre ti o de pintar un ícono, pese a lo que ella diga.

—¿Crees que está buscando algo? —preguntó Jude, girándose para mirar a Elden. La mano del hombre cayó de su hombro.

—Por supuesto que sí —contestó Elden—. Lo que sea que está poniendo en esas cartas...

—¿Cartas?

Antes de que Elden pudiera explayarse, Jude dio media vuelta y se dirigió al buzón clavado en el poste.

Se recogería al día siguiente por la mañana, si no tenía mal las fechas.

Si Maeve hubiera dejado una carta para la Abadía, todavía estaría dentro.

Vagamente, oyó a Elden llamarle cuando abrió con violencia la puerta de metal del pequeño compartimento.

Un solo sobre blanco yacía dentro.

Jude se lo metió en el bolsillo.

Elden llegó, jadeando vapor en una nube frente a sí, mientras observaba la mano de Jude desaparecer dentro de su abrigo.

—Muéstramelo —indicó; nada en su voz había sido una pregunta.

Por un segundo agonizante, Jude consideró ignorar lo que le pedía e irse, pero lo último que quería era que Elden se pusiera del lado de la iconógrafa y no del suyo. Con un suspiro, Jude sacó la carta y le dio la vuelta para leer la dirección.

—La carta de Maeve para la Abadía. Está dirigida a un hombre llamado Ezra. Probablemente sea su mentor.

Elden no respondió. Su mirada estaba clavada en el sobre.

Jude frunció el ceño. Ahora Elden lo desaprobaba cuando había sido él quien le había dado la idea en primer lugar. Giró de nuevo hacia la casa.

—Te contaré si encuentro algo interesante —exclamó.

La respuesta de Elden se perdió en el viento.