El espacio entre nosotros 10. Jude #2
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10. Jude #2

—Qué hermosos días has pasado, te han servido la comida, te han lavado la ropa.

Has dormido hasta entrada la tarde. —Jude señaló hacia la esquina más lejana del huerto en la distancia.

La lluvia de la noche anterior lo había convertido más en un lodazal que en algo apto para el cultivo—.

Elden y yo saldremos. Ve a recoger algunas patatas.

Maeve cerró la boca con un chasquido. Para su sorpresa, recogió una pala de jardinería de un cubo junto a la puerta.

Un rojo vivo se le extendió por las mejillas hasta la garganta y desapareció debajo del cuello de una de esas malditas camisolas.

Estaba claro que la ropa que Elden le había dado no era lo suficientemente buena.

—¿Eso es todo? —preguntó ella, levantando el mentón.

—Un poco de perejil. Del invernadero.

—Estupendo.

Maeve dio media vuelta y desapareció en la lluvia, con los nudillos blancos de sujetar con fuerza la pala. Jude la observó irse. Una pequeña chispa de admiración se le encendió en el pecho y se extinguió rápidamente.

—Bueno —señaló Elden, soltando una risita—. No está saliendo como planeabas, ¿eh?

Jude negó con la cabeza.

—Vamos. Vayamos al mercado.

—El mercado —repitió Elden, incrédulo—. ¿Para qué? Ya estuve en Oakmoor esta mañana.

Jude deslizó la tapa de una canasta que estaba sobre la encimera, una pequeña sonrisa le tiró de los labios frente a las patatas que había cogido unos días antes, junto a una pila de setas.

—Tengo algunas cosas que vender.

El mercado semanal de Oakmoor era un asunto financiero que Jude solía dejar en manos de Elden.

Él tenía habilidad para vender sus productos agrícolas y mezclas de té a los mejores precios; probablemente por su personalidad entusiasta o su capacidad para mantener conversaciones sin querer salir corriendo.

De cualquier manera, parecía disfrutar de las hordas de ancianas que criticaban su negocio más que Jude.

Jude examinó cuidadosamente los hongos, muy consciente de los ojos que registraban cada uno de sus movimientos. Si magullaba una sola seta de pie azul, Celia le arrancaría la cabeza. Seleccionó la más grande y se la presentó a la mujer. Ella la observó con sus ojos grises lechosos.

—Hum. Un poco pequeñas este año, ¿no?

—¿Pequeñas? Es más grande que mi mano. —Jude levantó el hongo más alto para examinarlo. Pequeño.

Celia alzó una ceja rala.

—Lo que yo te diga.

Jude colocó otro hongo al lado de la seta en cuestión.

—Dos por una, entonces.

Celia las guardó y se acercó a Elden antes de que Jude pudiera siquiera parpadear. Él suspiró y levantó las monedas, mientras la veía reírse de algo que el otro hombre decía.

Otro cliente se acercó al puesto y señaló una de las setas de la canasta de Jude. La mirada de este se posó de inmediato sobre el sello de la Abadía que colgaba del cuello del hombre.

El sudor le volvió las manos resbaladizas. Temblando envolvió los hongos con cuidado en papel vegetal y le entregó al cliente el cambio. El cabello rojizo le caía sobre la frente, tenía una arruga profunda entre los ojos.

Un lugareño, se dijo Jude a sí mismo. Un extraño devoto. Nada más.

—La helada parece haber llegado temprano este año, ¿eh? —comentó el extraño. Se le desvaneció la sonrisa al no recibir respuesta de Jude—. Pues bien. Buena suerte.

Geoff. Su nombre era Geoff. Jude lo había visto antes en el bar. Tocaba el violín.

Observó a Geoff marcharse; se le había revuelto el estómago. ¿Por qué tenía que estar siempre tan jodidamente nervioso? Era agotador. Inclinó el rostro al cielo. La lluvia le roció la piel en un bautismo esclarecedor. Estaba hecho un desastre.

Ella lo estaba arruinando. Había descubierto la paranoia que pensó que había enterrado hacía tiempo y la estaba desenterrando, centímetro a centímetro.

Ella ya había consumido sus pensamientos; pronto, perdería la mente, el tenue control sobre sí mismo y su propósito. Nada era sagrado. Nada era suyo.

Solo era ella.

La iconógrafa, la mujer enviada para torturarlo.

Un hombre se había subido al borde de una fuente dormida desde hacía mucho tiempo y agitaba las manos en el aire mientras gritaba:

—¡ BOTIJOS DE PEREGRINO ! ¡ AQUÍ SE VENDEN BOTIJOS DE PEREGRINO !

—Jude se puso tenso cuando el hombre rebuscó en su bolsa, sacó un objeto de metal rayado y lo sostuvo en la mano ahuecada: un recipiente de hojalata que contenía una pequeña medida de agua bendita, marcada con el sello de la Abadía—.

Solo faltan unas pocas semanas para la intercesión de invierno.

Anota tu nombre hoy mismo en la lista de asistencia. ¡No pierdas tiempo!

Jude dio media vuelta para darle la espalda al hombre de la Abadía antes de tener que ver a las multitudes apresurándose hacia ahí. Aun así, oyó las voces alzarse, el sonido del dinero cambiando de manos.

Un grito de dolor hizo que echara un vistazo a su espalda.

Una mujer de cabello claro había empujado al hombre de la Abadía contra la pared y le estaba suplicando algo fervientemente, con desesperación .

Sin duda, pensaba que este podía responder plegarias.

Clavó sus uñas en el cuello del hombre, lo que produjo un destello rubí de sangre.

Finalmente, él logró quitársela de encima, empujándola al suelo embarrado.

La mujer gritó cuando el pie de alguien aterrizó en su brazo.

Jude hizo una mueca y volvió su mirada a la pared detrás de su puesto, intentando concentrarse en su desdén y no en la insidiosa presión del miedo. Las ideas fanáticas de la mujer solo podían traerle a esta más dolor. No podía ayudarla, no podía ayudar a ninguno de ellos, aunque quisiera.

Aun así, el grito de dolor le resonaba en los oídos.

No tendría que haber ido al mercado. No era seguro; ningún lugar lo era.

Si los lugareños reaccionaban con casi violento interés a un secular de la Abadía, ¿cómo tratarían a Jude?

¿Se encontraría a sí mismo estrellado contra una pared, aporreado hasta que respondiera sus súplicas? ¿O algo incluso peor?

Jamás había visto un guía de peregrinaje en Oakmoor.

Sabía qué eran, por supuesto: miembros de la Abadía que viajaban de pueblo en pueblo para reunir personas que desearan hacer la travesía a la Abadía para las intercesiones de estación; pero por más que intentaba, no podía recordar qué sucedía en las intercesiones.

A juzgar por las fervorosas reacciones de la multitud, debía de ser algo importante.

Jude cerró los ojos y las voces se volvieron más fuertes. No se había percatado de que una gran parte de la escasa población de Oakmoor era devota. Su frágil sentido de la seguridad se resquebrajó aún más.

Una mano le tocó el hombro.

Jude sintió un escalofrío, se agachó para escabullirse, pero vio que Elden lo miraba con la mano aún en el aire. Este ladeó la cabeza.